Pasiones florales

Pasiones Florales
Aquel sábado por la mañana sonó el teléfono con insistencia, despertando ecos de otros tiempos.
¡Lucía, te puedes creer lo que me hizo! La voz de Carmen, mi amiga de toda la vida, vibraba tanto que parecía que el auricular iba a romperse en mis manos. ¡Ayer le mandé tres mensajes! ¡Tres! Respondió a dos con un simple vale y el tercero ni lo leyó. Me pasé media hora esperando. Y él, ¿qué hizo? ¡Se quedó dormido! ¿¡Dormido, te lo puedes imaginar!?
Yo, Lucía, saboreé mi tostada, tomé un sorbo de café, y respondí después de disfrutar aquel pequeño placer.
Carmen, ¿por qué le escribiste a las doce de la noche? ¿No se te ocurre lo que significa que es la hora de dormir?
¿Cómo que por qué? ¡Quería saber cómo estaba! ¡Mostrarle que me importa! la emoción y la herida se escuchaban en cada sílaba.
¿Y no crees que podía sobrevivir sin saberlo justo a medianoche? ¿Te lo pidió él?
¡Tenía que darse cuenta de que pienso en él! ¡Tendría que alegrarse!
Sí, claro. Debería concedí. Pero parece que lo olvidó y prefirió dormir en vez de recordarlo.
El silencio se hizo en la línea. Carmen estaba preparando su siguiente argumento, y yo lo sabía.
Lucía, de verdad te digo ¿Estás de mi parte o no?
Por supuesto, Carmen, siempre de tu lado dejé la taza sobre la mesa. Justo por eso te lo digo claro: otra vez te veo metiéndote en el mismo agujero de siempre, esa manía de ser la salvavidas.
¿La qué?
La salvavidas. Siempre eliges un hombre que, según tú, tiene algo averiado por dentro y crees que puedes arreglarlo. Quieres salvarlo.
Aguantas sus manías, intentas llevarle por buen camino, le explicas que tiene que responder a los mensajes, sorprenderte con pequeños gestos. Pero él no cambia, porque no quiere cambiar.
Carmen guardó silencio, con ese tonito herido, y después susurró:
Solo quiero una relación de verdad. Que me presten atención, que me cuiden, que me den sorpresas
¿Y él también lo quiere?
Bueno yo creo que sí
Mira, Carmen suspiré, si alguien tiene hambre, no tienes que insistirle para que coma. Él mismo irá a la nevera. Si un hombre quiere hacerte feliz, te hará feliz. No porque tú lo pidas, sino porque a él mismo le gusta verte sonreír.
¿Y si no sabe cómo hacerlo? musitó Carmen, casi llorando.
¿Y tú quién eres? ¿Instructora de la felicidad?
Durante unos segundos, lo único que se oía era su respiración y el suave resoplar. Imaginaba su nariz humedecida, como antaño cuando se enfadaba de verdad.
Mira, ¿te acuerdas de mi Álvaro?
¡Claro! dijo Carmen con una sonrisa que podía percibirse incluso a través del teléfono. ¡El hombre perfecto!
Pues nunca traté de arreglarlo. Le acepté tal cual era, con sus virtudes y rarezas. Él, por ejemplo, aún no sabe escoger flores. Siempre me regala rosas, aunque yo adoro las margaritas.
¿Y qué haces?
Nada. Las margaritas me las compro yo. Las pongo en el jarrón y disfruto. Las rosas también, claro, porque es un regalo sincero, viene de su corazón.
Carmen volvió a sonarse la nariz.
¿Y si no te regala nada de nada nunca?
Entonces es que realmente no quiere hacerlo. Simplemente te ha tocado otro tipo de hombre.
Qué rabia susurró Carmen. Con lo que me esfuerzo. Leo artículos, estudio psicología, intento comprender Y él ni se da cuenta.
Carmen miré por la ventana, donde el sol de marzo ya derretía los últimos carámbanos, imagina que compras un cactus. Verde, bonito, lleno de espinas. Lo riegas, lo cuidas, le hablas, pero nunca florece. Nunca lo hará; porque el cactus no está obligado a florecer. Es tu elección regarlo, pero a él le basta con estar en la repisa, tranquilo.
¿Y entonces qué hago?
Dejar de regarlo. Buscarte una violeta. O una rosa. Una que quiera florecer de verdad.
Carmen suspiró.
¿Y cómo se sabe si es una violeta o un cactus?
Muy fácil. Si lo dejas de regar tres días y sigue igual es cactus. Si empieza a buscarte, llamarte, pedir verte eso sí que es violeta, o hasta rosa.
En la línea, oí su risa, mezclada con lágrimas, pero genuina.
¿Hablamos de flores o de hombres?
¿Y qué más da?
Carmen volvió a reír, ahora con más ganas.
Mejor voy a llevar mi cactus a la sombra.
Exactamente, déjalo en la sombra le animé, y sal a pasear. Es primavera.
Colgué y miré mi ramo. Rosas, rosas y más rosas. Ni una margarita
Sonreí y fui en busca de mi taza favorita en el armario.
Margaritas me las compraré yo mañana. Hoy me dedicaré a descansar, saboreando mi día libre.
Hay cosas que nadie necesita demostrarle a los demás.
***
Carmen dejó el teléfono. En la habitación se hizo un silencio profundo, de esos que permiten oír cómo gotea el agua del tejado tras la lluvia.
Se acercó al espejo. Ojos cansados, mirada perdida. Cuánto se había esforzado por ser la mujer ideal para Pedro
Y al final, solo se había convertido en una jardinera regando un cactus…
Dejar de regar, retumbaba en su mente.
Abrió el chat con Pedro. Su último mensaje: vale. La madrugada pasada, a las 00:17.
A punto estuvo de escribir: Pedro, tenemos que dejarlo.
Pero borró el mensaje.
Miró su foto de perfil: él, con el coche de fondo. Antes esa foto le hacía sentir algo cálido. Ahora, solo vacío.
Y pulsó la opción: Bloquear.
El móvil vibró, la pantalla se apagó. Listo.
Le latía el corazón, pero ya no sentía ese vacío habitual. Dentro de ella algo nacía: algo nuevo, extraño, casi embriagador. Libertad.
Se puso el abrigo y salió a la calle.
Día cegador, gotas deslizándose del tejado, aires de tierra mojada y promesas frescas. No sabía donde iba. Caminaba sin rumbo, saltando charcos donde se reflejaba el azul del cielo.
Junto al metro, una floristería. Carmen se detuvo. Miró largos minutos los ramos de rosas, crisantemos, claveles hasta que vio las margaritas.
¿Por qué amaba tanto Lucía esas flores?
Por favor, deme ese ramo dijo a la florista.
La mujer le sonrió y le entregó el ramo.
Carmen salió a la calle con su sencilla y hermosa compra, y una alegría tibia le inundó el pecho
No caminaba, volaba.
¡Quién quiere un cactus! ¿Para qué? Llevaba las flores para sí misma.
Y qué bien se sentía.

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