Compañero de Trabajo

Colega

Chicas, ¿de quién era el turno de dejar ordenada la sala de descanso? Marina dejó la taza de café en la mesa y miró a sus compañeras. ¿Hasta cuándo, eh? ¡Si justo ayer lo dejé todo limpio y hoy otra vez es un desastre! ¿Tanto cuesta fregar tu propia taza y devolverla a su sitio?

Había mucho trabajo respondió tímidamente Carmen y volvió a esconderse detrás de su monitor. Justo entró don Iñaki durante nuestro descanso y nos pidió los últimos informes. Así que no nos dio tiempo a recoger.

¿Y después qué? Marina seguía enfadada. ¿Fuisteis todas corriendo a una cita o decidisteis que yo soy vuestra asistenta?

Lidia Alejandra se levantó en silencio y caminó hacia la puerta.

No te molestes, Lidia. Ya he limpiado yo esperó a que llegara a la puerta para decírselo. Pero para la próxima, no lo volváis a hacer. Si tomáis té o café, recoged.

Lidia regresó sin decir nada, sacó una nueva carpeta de documentos y se cruzó una mirada cómplice con Carmen. Ambas le tenían cierto respeto a Marina. Estricta y firme, era una excelente profesional y por eso no temía quedarse sin trabajo, al contrario de la joven Carmen o la veterana Lidia Alejandra. Marina no dependía del juicio de nadie, siempre sabía lo que quería y cómo conseguirlo. Carmen la miraba casi con devoción, intentando imitarla, mientras Lidia se esforzaba en mantenerse neutral, sabiendo cuán importante era Marina, que hacía poco había ascendido a jefa de departamento.

Durante un rato reinó el silencio en el despacho. Todas se sumergieron en su trabajo, sin lograr realmente concentrarse.

A Lidia le dolía la cabeza desde la mañana. Era esclava del tiempo y últimamente ya no podía con el cuerpo. Los días en los que se sentía más o menos bien eran cada vez menos. Le daba miedo ir al médico, temiendo escuchar lo peor. Además, no encontraba tiempo. Su hijo pequeño reincidía en travesuras y el colegio no paraba de llamar; Lidia pensaba en no contestar de vez en cuando. Su hija mayor, en pleno romance nuevo, seguía discutiendo con su ex. Al final, la única víctima de las peleas de adultos era el pequeño nieto, que vivía temporalmente con Lidia. Eso significaba que tenía que recogerlo de la guardería y atenderle por las tardes; el año que viene, Daniel cumpliría siete y tendría que empezar a prepararle para el colegio, aunque a todos se les olvidara, envueltos en sus propios problemas. Lidia le enseñaba a leer y escribir, y soñaba con poder pasar una sola tarde en silencio, sin ocupaciones, dedicándose un rato a sí misma. Ya ni recordaba la última vez que pudo sentarse en la cocina con un libro nuevo o una serie, sin temor a que en cualquier momento la puerta se abriera trayendo nuevos líos. Esperaba el regreso de su exmarido, que volvía pronto de otro viaje de trabajo. Así podría enviarle al hijo menor unos días, pedir a su hija que recogiera a Daniel unas horas y descansar. Llevaban años divorciados, de mutuo acuerdo, sin dramas. Él intentó discutir, pero Lidia lo cortó en seco.

¡Iñaki! Hemos vivido casi veinte años juntos y, mira, la verdad es que tampoco puedo quejarme. Así que mejor no lo estropeemos al final. Vivimos con amor hasta que se volvió rutina; pues que la despedida también sea con cariño. Los hijos seguirán siendo nuestros. ¿Crees que si nos peleamos ahora saldrán mejor las cosas? Ya lo sé todo, Iñaki. De tu nueva pareja y que está esperando un hijo.

¿Cómo lo sabes?

Ella misma me lo dijo. Llamó para informarme. ¿Y sabes una cosa?

¿Qué? Iñaki la miró alarmado.

Te felicito.

¿Por qué?

Porque asumes tus actos. No diré que esto me haya hecho feliz, pero sí que ha subido mi respeto hacia ti. Si vas a formalizar, adelante.

Lidia zanjó la conversación, cansada de luchar por algo que ya no existía.

Le dolía que lo suyo terminara de esa manera, pero ya era tarde para empezar una nueva vida, y no tenía ni intención. Lo suyo era terminar de criar a los hijos y vivir tranquila. Iñaki tendría una nueva familia, un niño y un nuevo sentido a su vida; su rencor solo la envenenaría. ¿Por qué no quedarse con los buenos recuerdos y aceptar lo que no puede cambiar?

El nacimiento del nieto le trajo alegría y nuevas responsabilidades. Su hija no podía cuidar sola al pequeño.

¡Mamá, es tu nieto! Tienes que ayudarme, ¿si no eres tú, quién?

Y Lidia tragaba otra pastilla y, saliendo del trabajo, corriendo a cuidar de Daniel. El hijo menor vivía su adolescencia, y ya no dejaba a la madre entrar en su mundo. Lidia sabía que había descuidado a sus hijos, y ahora recogía lo que había sembrado: su supuesta independencia era, en realidad, una distancia difícil de salvar.

¿Hijos? Guardería, colegio, extraescolares Yo no podía dejar mi vida por ellos, aún era joven. Quería trabajar, vivir, y no volverme loca por un suspenso o una manualidad perdida.

Con el tiempo, hijos y nietos la percibieron como un cajero automático o un recurso para ocasionales confidencias, cada vez más esporádicas. A ellos les bastaba y Lidia un día entendió que siempre había sido la que solucionaba todo y nunca la que recibía cariño. Ya no tenía fuerzas para cambiarlo, así que se conformaba con darles su ayuda, aunque ya ni la pidieran.

Carmen tenía una vida más sencilla. Hija única y tardía, criada entre algodones, su padre era funcionario importante en Madrid, y gracias a eso nunca le faltó nada. Carmen practicaba danza, tocaba la guitarra, iba a clases de arte y hablaba inglés fluido. Todos esperaban que tuviera una vida sin sobresaltos, pero su padre falleció de un infarto con poco más de cincuenta, y a Carmen le tocó enfrentarse sola a la realidad: su madre rehizo su vida apenas medio año después, se mudó a otra ciudad, dejándole el piso céntrico de Madrid, una buena cuenta en el banco para estudios y una recomendación:

¡Sé feliz! Ahora todo depende de ti. Eres una mujer adulta.

Carmen supo reaccionar sin dramas; no era solo mimada, también era lista. Llamó a un amigo abogado para asesorarse, calculó que el dinero duraría poco y quizás la vivienda propia le daría margen. Sin experiencia de vida, lo primero que hizo fue ir a la vecina a preguntarle sobre las facturas de luz y agua. Luego, investigó universidades que le permitieran estudiar y trabajar a la vez. Calculó lo que costaría todo, pues no confiaba en sacar una beca, y se organizó para que el dinero durara al menos hasta afianzarse. Con alivio, se volcó en cumplir su plan.

Ya llevaba más de un año en la empresa, acabando la carrera, y dudaba si casarse con su novio, que deseaba emanciparse, o esperar un poco más, ya que no estaba del todo segura de sus sentimientos.

Marina sabía poco de sus subordinadas y tampoco le interesaba saberlo. Sus problemas eran otros. Incapaz de tener hijos, decidió adoptar y llevaba más de un año intentándolo. Solo le preocupaba una cosa: el hecho de estar soltera. Podía ser un obstáculo serio para la adopción, pese a su buena casa y salario. Se planteó buscar pareja temporal solo para la ocasión, pero luego pensó que era absurdo y no quería explicaciones a su futuro hijo. Decidió confiar en que los servicios sociales valorarían lo esencial. Por las noches recorría portales de adopción, esperando encontrar, algún día, a su niño o niña. Nunca habló de su deseo, convencida de que la felicidad va de la mano del silencio.

Fuera, el anochecer caía y el típico chirimiri golpeaba los cristales, acentuando la melancolía. Todas pensaban en lo que las esperaba fuera: frío, humedad y la rutina de más tareas al llegar a casa. Ni un minuto de paz cuando más lo ansían, y el otoño, con su mezcla de lluvias y vientos, hacía el ánimo aún más gris.

Carmen, al terminar su informe, se estiró perezosamente y se quedó boquiabierta al ver la puerta abrirse para dar paso a algo insólito.

La joven era un espectáculo. Llevaba un gorro de rayas tan llamativo que dolían los ojos y, para rematar, traía bajo el brazo una pecera con un pez dorado. Sus rizos rubios se escapaban del gorro y todas suspiraron soñando con semejante melena. Los ojos azules, enormes y curiosos, miraban de frente, como si supieran un secreto especial a punto de ser revelado.

¡Hola! Soy Ana. Trabajaré con vosotras. ¿Este es mi escritorio? ¡Qué bien, justo al lado de la ventana, mi favorito! Sois un encanto por reservarmelo.

A Marina, atónita, le costó recobrar la voz:

¿Y tú de dónde sales, criatura?

De recursos humanos respondió Ana con desenfado. Me dijeron que viniera hoy para empezar mañana.

Dejó la pecera en la mesa, desenrolló una bufanda larguísima y miró alrededor.

Qué sitio más acogedor. Aunque faltan plantas. ¿Queréis que mañana traiga una palmera? ¡Tengo una en casa! Y la ponemos en la esquina y nos imaginamos que estamos en la Costa del Sol… o en Canarias, o en cualquier lugar con sol. ¡Odio el otoño! Poca luz, mucha lluvia y barro. Si pudiera, viviría en la playa y andaría en bañador todo el año. ¡Ay, el mío rojo de lunares es divino! No entiendo por qué las mujeres con curvas prefieren ocultarse y encima visten de negro. ¡Vaya aburrimiento!

Marina, cuyos bañadores eran todos negros, no pudo evitar resoplar y cortó la charla. Carmen ya reía abiertamente, y hasta la severa Lidia se llevó las manos a la cara para cubrir una carcajada y disimular las lágrimas.

Ana, un momento. ¿Quién te ha contratado y a qué vas a dedicarte? Nuestra plantilla ya está completa.

De programadora. Y, bueno, no pertenezco exactamente a vuestro departamento. Simplemente no había otro sitio libre donde sentarme. ¡Pero aquí estoy genial! Me caéis de maravilla. Así que me quedo. ¡Ah, y presento a Horacio! Ana señaló la pecera. Mi pez dorado.

¿Pez? Carmen apenas podía parar de reír.

Claro. El pez o la pez es femenino, pero Horacio es masculino. ¡Y muy apuesto! Y como somos ya compañeras, tengo un secreto para vosotras.

¿Qué secreto? preguntó, por fin calmada, Lidia, notando que el dolor de cabeza remitía.

¡Él concede deseos! En serio. No os riáis, es de verdad. Pero solo cumple los que se piden creyendo en ello. Si no, se enfada. Venga, ¿a qué esperáis?

Ana acercó la pecera al borde de la mesa.

Carmen miró a las otras, dudó y se acercó.

¿Cómo se hace?

Toca su nariz, así Ana colocó el dedo de Carmen en el cristal mientras el pez nadaba cerca. ¡Y pide rápido!

¿En voz alta?

Si no es por la paz mundial, basta con pensarlo.

Carmen cerró los ojos un instante y murmuró:

Que todo salga bien

Al abrirlos, vio que el pez se había quedado quieto, agitando lentamente las aletas.

¿Lo ha escuchado?

Por supuesto Ana sonrió.

¡Siguiente! dijo mirando a las demás.

Lidia no entendía por qué, pero también se levantó y, tocando la pecera, pidió mentalmente lo que llevaba tiempo rondándole la cabeza.

Que mis hijos sean felices

Ana la miró con seriedad y luego hizo un gesto a Marina.

¿Y tú? Aprovecha antes de que Horacio decida dormir.

Marina quiso protestar por la ridiculez, pero cambió de opinión. Tocó el cristal, concentrándose en un único deseo que ni se atrevía a pronunciar.

Que lo encuentre

Ana aplaudió y rió con tal alegría que las demás no pudieron evitar sonreír.

¡Listo! ¡Ya está en marcha!

Se puso a buscar su silla.

¿Dónde está mi asiento? De pie trabajo peor, necesito uno cómodo. A veces me echo una siesta. Como no hay sofá, tendré que dormir en la silla.

¿Dormir? Carmen no salía de su asombro.

Claro. Tengo que recuperar sueño. ¡Quince minutos y estoy como nueva! Horacio lo confirma. Ana inspeccionó el despacho y salió. Voy a presentarme a los demás. De paso busco silla.

Al irse, las mujeres se miraron entre incrédulas y divertidas.

¿Pero qué ha sido esto? Carmen reaccionó la primera.

Creo que algo maravilloso Lidia se apresuró, tenía que recoger a su nieto.

Marina apagó el ordenador, sin prisa por volver a casa, pero tampoco razones para quedarse más tiempo.

Ana volvió un rato después con su silla, se despidió y desapareció bajo su original gorro.

Aquella noche, las tres volvían a casa notando que la lluvia ya no molestaba tanto, la tarde no era tan gris y, en el despacho, había, nada menos, un pez dorado. Y, por alguna razón, ninguna frunció el ceño pensando en sus problemas. Al revés, llevaban sonrisas porque el día siguiente prometía ser menos monótono. Había algo nuevo.

Sus presagios no fallaron. La mañana comenzó cuando Ana trajo la maceta con palmera, organizando a don Iñaki, que se ofreció a ayudar.

¡Aquí! En la esquina, que nadie se la lleve, que todos desean vacaciones en la playa, ¿no?

Iñaki, aliviado tras colocar la pesada maceta, asintió.

¡Ya te digo!

Por tu ayuda, Horacio concederá un deseo, pero solo uno, ¿eh? Que aún es joven.

Iñaki, desconcertado, miró a Marina, pero hizo lo que Ana decía y, después de pedir su deseo, salió.

Ana, eres la bomba. ¿Así tratas siempre a los jefes? Carmen dejó el abrigo mojado junto a los demás y abrió el paraguas.

¿Y los jefes no son personas con ilusiones? Siempre hay tiempo para soñar Ana sacó una taza rosa y una cafetera turca. ¿Alguien quiere café? Menos mal que aquí hay cocina, en el trabajo anterior casi me mataba la máquina de cápsulas.

Preparó un café que maravilló a todas.

Increíble, Ana, ¿qué café es?

Uno exótico que me trae un conocido por darle masajes a su madre.

Carmen dejó la taza, pensativa.

Uy

¿Qué pasa, Carmen? Lidia la miró.

He leído cómo se produce ese café ¿Tú lo sabes?

¡Claro! asomó la cabeza de Ana. ¡Bah! Está tan bien procesado que no queda nada raro. Y, admitámoslo, está delicioso. Y ya llevas media taza.

Carmen miró la taza, pero Marina le dedicó una sonrisa cómplice.

Venga, que está buenísimo reconoció, bebiendo otro sorbo.

Con Anita el ambiente cambió por completo. Entre risas y bromas, todo era más llevadero. Quien entraba con protestas, acababa en las manos de Ana, que los llevaba ante Horacio y les ofrecía caramelos de una bandeja misteriosa. Nadie descubrió el secreto de dónde conseguía esos dulces.

La primera en ver realizado su deseo fue Carmen. Un día, volviendo más temprano a casa porque habían cortado la luz en el edificio, vio a su novio con otra chica. Sin mucho drama, sacó el móvil, hizo unas fotos y, acercándose, pidió las llaves de casa.

Mejor cámbialas tú dijo al chico impasible. Suerte con todo.

En casa, pensó en llorar, pero optó por hornear una tarta y ver comedias toda la noche, agradecida a Horacio, su sabio pez.

A la mañana siguiente, rozó el cristal de la pecera y musitó:

Gracias.

Ana la miró y se limitó a asentir.

Meses más tarde, el deseo de Lidia también se cumplió. Un día, al llegar a casa, se encontró a su exmarido ayudando a su hijo con papeles.

¡Mamá! Justo a tiempo, necesito estos documentos. Y mi partida de nacimiento.

¿Para qué? preguntó Lidia.

Es para el colegio en Salamanca. Quiero estudiar física allí. Papá me ayudó con la olimpiada y el acceso y me han invitado. No queríamos decirte nada hasta estar seguros. ¿Me dejarás ir, mamá?

Lidia dudó un momento, pero sabía que no podía cortar las alas a los sueños de su hijo.

Está bien.

Pasó la tarde entre documentos y cuando por la noche su hija llamó pidiéndole quedarse con Daniel el fin de semana, Lidia accedió, escuchando al otro lado del teléfono la voz rota de emoción de su hija, que se había reconciliado con su ex.

Al día siguiente, otro agradecimiento fue para Horacio.

El turno de Marina llegó con la ayuda de Ana, que un día la llamó aparte y le entregó dos fotos de niños.

Perdona la poca delicadeza, pero he visto esto y no podía ignorarlo. Son hermanos. Viven en mi barrio. Sus padres no pueden hacerse cargo y los servicios sociales buscan familia. Puede que no sea lo que buscas, pero ¿quieres pensarlo?

Meses después, Marina completó la adopción, convirtiéndose en madre de los niños.

Poco después, Ana se despidió. Recogió sus cosas, dejó Horacio y la palmera, y desapareció.

Carmen y Lidia, incapaces de sonsacarle a Ana detalles de su vida, se turnaban para alimentar al pez, llenas de nostalgia. Un día, Marina les contó la razón de la marcha de Ana: su madre llevaba una década enferma y Ana se había quedado en Madrid por cuidarla, rechazando oportunidades laborales fuera. Tras fallecer, Ana decidió que era momento de seguir adelante y mudarse a otra ciudad.

Carmen miró la pecera de Horacio y preguntó:

¿De dónde sacaba la energía para todo? Siempre sonreía, encontraba algo bonito hasta en el peor día. ¿De dónde salía esa alegría?

No lo sé dijo Marina. Si lo supiera, iría corriendo a beber de esa fuente. Me gustaría aprender a repartir esa calidez, ese modo de ver el mundo.

Quizá ya lo estamos haciendo, de alguna forma añadió Lidia, sacando un paquete del café de Ana. Costoso, sí, y es una pena que no tengamos un vecino como el suyo. Pero no puedo resistirme. ¿Un café, chicas?

Brindaron con sus tazas alrededor de Horacio, sentadas bajo la palmera, pensando con cariño en aquella joven que irrumpió en sus vidas, las revolucionó y les enseñó el mayor de los regalos: que la verdadera fortuna es compartir alegría y esperanza, y que basta con una pizca de cariño para transformar un pequeño rincón del mundo. Nada cambia de golpe, pero la vida, desde entonces, se hizo un poco más luminosa.

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