La tarta casera de cerezas de mamá

El pastel de cerezas de mamá

Purificación García marcaba por tercera vez esa mañana el número de su hijo. Las dos primeras llamadas sólo sonaban, después entraba el contestador automático. Reconocía esas señales de memoria: Eloy veía la llamada y le daba a colgar.

A la cuarta decidió contestar.

Mamá, estoy en una reunión.

Siempre estás en una reunión.

Porque estoy trabajando. ¿Pasa algo?

Purificación apretó los labios. Siempre igual. Como si le llamara porque sí, para molestar. Sólo quería saber cómo le iba, recordarle lo del sábado.

No pasa nada. Quería saber a qué hora venís el sábado. Voy a hacerte tu tarta favorita, con cerezas.

Mamá, creo que lo hablamos ya. El sábado no puede ser, Inés tiene que entregar un proyecto, va a estar todo el día currando.

¿Y no puedes venir solo? Hace un mes que no te veo.

Eloy resopló como si le pidiese cruzar a nado el Estrecho.

Son tres semanas, mamá, no un mes. Estuvimos aquí el veintitrés de diciembre.

El veintidós.

Bueno, da igual. Escucha, de verdad que estoy en el trabajo. Te llamo esta noche, ¿vale?

Purificación miró el reloj. Diez de la mañana. La noche para Eloy empezaba a las nueve y, si me despisto, ni eso, que luego se le olvida. Ya había pasado.

Vale dijo ella, por no empezar. Llámame.

Colgó rápido, sin ni un hasta luego bien dicho.

Purificación se quedó allí, de pie junto a la ventana, teléfono en mano. Fuera caía una lluvia de esas gordas, casi nieve, y los álamos del patio se movían al viento. Ese mismo viento, esos mismos árboles, treinta años después de mudarse con Enrique a ese piso. Enrique ya llevaba dos años bajo tierra, Eloy, cada vez más ajeno.

Bueno, no ajeno, pensó. Sólo diferente.

Dejó el móvil en el alféizar y fue a la cocina. La tetera estaba fría. La puso a calentar y se sentó a la mesa. Encima estaba el periódico de la noche anterior: noticias aburridas, de carreteras y políticos. Fue a apartarlo, pero le dio sin querer al borde de la mesa y una torre de cuadernos viejos rodó por el suelo.

Los recogió casi sin pensar. Eran cuadernos del colegio de Eloy que guardaba en el altillo desde hacía años. Ni recordaba por qué los bajó la tarde anterior. Quizá quiso tirar trastos, poner orden. Solo abrió uno, leyó un par de páginas y lo dejó estar. No fue capaz de tirarlo.

Ahora estaban otra vez en sus manos.

Abrió uno de cuadros, azul, con letras grandes: Diario. Eloy García Fernández. 6º. ¡No leer! y tres signos de exclamación. Sonrió. Tenía doce años. Era más abierto entonces, contaba todo. Luego se encerró, se volvió callado. Ella pensó: será la edad. Pero ahora era adulto y entre ellos seguía habiendo un muro.

Pasó unas páginas. El trazo de Eloy era torpe, las letras un tanto locas, pero se leía bien.

15 de septiembre. Hoy Víctor ha traído un hámster al cole. Se llama Peluso. La profe le dijo que no se puede traer animales, pero lo escondimos. En mates Peluso se escapó y se subió a la mesa de Lucía. ¡Vaya chillido pegó! Todos nos partíamos. La de mates echó a Víctor al pasillo. A Peluso me dio pena. Era pequeño y estaría asustado.

Purificación sonrió. Víctor Barbero, el amigo del alma de Eloy. Juntos hasta cuarto de ESO, después los Barbero se mudaron a Cáceres.

Siguió leyendo. Notas sobre la escuela, los amigos, el fútbol. Lo normal. El chico de siempre. Su chico.

23 de septiembre. Mamá hoy estuvo muy enfadada. Olvidé avisarla después del cole. Estuve en casa de Víctor haciendo un avión de papel. Mamá gritó que soy un irresponsable y que llamaría a la policía. Le dije que solo me despisté. Dijo que no la quiero. No es verdad. Es que me olvidé.

Purificación se quedó quieta. Recordó ese día. Eloy llegó tarde, y ella sí que perdió la cabeza. Llamó a medio barrio. Él solo estaba jugando y perdió la noción del tiempo. Ella le chilló tanto que estuvo toda la tarde encerrado.

Le entró una incomodidad rara, como de cotilla. Pero no podía dejar de leer.

12 de octubre. Me pusieron un sobresaliente en historia. Quería contárselo a mamá, pero estaba ocupada hablando con tía Fina por teléfono. Hablaban de pastillas y del abuelo. Me quedé cerca esperando, no me miró. Me fui a mi cuarto. Creo que luego ni se acordó de preguntar.

Purificación se vio de repente a sí misma en aquel momento, discutiendo medicinas con su hermana. Eloy esperando, ella diciéndole luego. Y luego, nada.

La tetera empezó a silbar. Purificación ni se movió. Pasó otra página.

28 de octubre. Hoy papá iba a venir conmigo al parque con la bici. Pero mamá dijo que le dolía la espalda y debía descansar. Papá quería ir, mamá insistió en que se encontrará mal y que luego sería ella quien le cuidase. Papá me miró con cara de pena y se quedó en casa. Fui solo. Fue un rollo.

Purificación tragó saliva. Enrique estaba dolorido, sí. Y Eloy dándole la brasa con la bici. Ella creyó que hacía lo correcto, cuidando al marido.

Siguió pasando hojas: cada vez se le hacía más duro leer.

15 de noviembre. Le pedí a mamá apuntarme a natación. A Víctor le encanta. Mamá dijo que era caro y que nadar da catarros. Que mejor me quede estudiando en casa. No discutí. Total, no iba a conseguir nada.

2 de diciembre. Mamá me compró abrigo nuevo. Azul con rayas rojas. Dije que no me gustaba, que se reirían. Mamá se enfadó, dijo que soy un desagradecido. Me sentí fatal. Me lo puse. Víctor dijo que parecía un payaso. Le dije a mamá que me estaba pequeño. Y se lo creyó.

18 de diciembre. Hoy hubo reunión de padres. Mamá le contó a la profe mi suspenso en química. Le pedí que no lo hiciera, pero dice que los profes deben saberlo. Ahora todo el mundo lo sabe. Eloy García, empollón fracasado. Sergio estuvo todo el día vacilando. Quise pegarle, pero no lo hice. Mamá habría dicho que soy un gamberro.

Purificación cerró el cuaderno. Le temblaban las manos. Fue a la ventana. Seguía lloviendo. El patio estaba vacío. Antes jugaban niños. Ahora, todos pegados a sus cacharritos.

Eloy también. En casa nueva, con su mujer. Sin ella.

Volvió a abrir el diario. Quedaban más entradas.

9 de enero. Nochevieja. Mamá preparó mucha comida. La mesa llenísima. Papá y yo solo pudimos tomar la mitad. Mamá se enfadó porque no lo agradecimos. Papá dijo que estaba rico, pero era demasiado. Mamá se calló y estuvo rara toda la noche. Yo intenté comer un poco más, pero no pude. Me sentó mal, pero no lo dije. No quería ponerla triste.

14 de febrero. Me gusta una chica. Se llama Fátima. Sienta detrás de mí. Quise regalarle una tarjeta, pero mamá dijo que era pequeño para tonterías. Y que mejor me dedique a lo mío, no a las niñas. No le di la tarjeta. Fátima ni me habló en una semana.

3 de marzo. Mamá volvió al cole. Quería hablar con el de gimnasia. Dijo que no debía correr tanto, por los bronquios. Tengo los pulmones bien. Solo toqué tras correr. Ahora todos creen que soy un flojo. Odiaba cuando viene al colegio.

Purificación dejó el cuaderno sobre las rodillas. Un nudo en el pecho. Recordó ese día: Eloy tosió después de gimnasia y ella temió una bronquitis. Fue a hablar con el profe. Pensó que le protegía.

Pero él lo veía diferente.

Odiar, no. Es cosa de niños. No lo entendía, nada más.

Cogió de nuevo el cuaderno.

22 de marzo. Le pedí a mamá dormir en casa de Víctor. Era su cumple. Mamá dijo que no, que duerma en casa, que así descansa ella. Le dije que tengo doce años. Mama dijo que sigo siendo su niño chico. No discutí. Víctor dijo que estoy atado de pies y manos.

17 de abril. Hoy mamá rebuscó en la mochila. Quería el boletín de notas. Encontró una nota de Fátima. La leyó. Preguntó quién era y para qué me escribía. Le dije que era de clase. Dijo que soy pequeño para esto de las niñas. Rompió la nota. Ya no sé cómo mirar a Fátima a la cara.

Purificación apretó el cuaderno. Se acordaba de la nota. Una tontería. La rompió pensando que así era mejor. Tenía que estudiar, no tontear.

Las entradas se volvían cada vez más grises:

12 de mayo. Ya no quiero contarle nada a mamá. Da igual lo que diga, siempre hace lo suyo. Papá dice que mamá me quiere a su manera. Estoy cansado de ese cariño.

29 de mayo. Último día de cole. Víctor va de campamento en verano. Yo quería también, pero mamá ha decidido que voy al pueblo, con la abuela. No quiero, es aburrido. Pero da igual. El billete está comprado.

Purificación cerró el cuaderno de golpe. Le temblaba el corazón. Se levantó, fue a la pila, bebió agua a tragos.

¿Esto era? ¿Un juicio de un niño de doce años?

Pero ella le quería. Le cuidó. Lo intentó. Siempre.

Volvió a la mesa. Abrió otra vez el cuaderno. Por si más adelante mejoraba el tono. A lo mejor era un día malo, quién sabe.

10 de junio. Estoy en el pueblo. Es aburrido. La abuela es buena, pero siempre quiere que coma. Dice que estoy escuálido. No es verdad. Mamá llamó. Me preguntó si estoy bien. Dije que sí, para no preocuparla. Pero quiero estar en casa. O de campamento con Víctor. En cualquier sitio menos aquí.

25 de junio. Pronto vuelvo. Papá vendrá a buscarme en coche. Le echo de menos. Nunca da consejos, simplemente está conmigo y basta. Mamá siempre manda, prohíbe, insiste. Estoy cansado.

La última entrada era de agosto.

23 de agosto. Decidí dejar el diario. No sirve para nada. Todo lo que pienso no cambia nada. Mamá es como es. Papá igual. Lo mejor es callar y hacer como que todo bien. Así es más fácil.

Purificación dejó el cuaderno. Ya no le temblaban las manos. Solo sentía frío, como si le hubiesen caído encima un cubo de agua helada.

¿Así empezó todo? ¿En sexto de primaria? Ella pensaba que Eloy simplemente crecía, cambiaba. Pero se estaba yendo. Poco a poco. Porque entendió que las palabras no importaban.

Se sentó. Vio el móvil. Eloy había prometido llamar por la noche. ¿Pero lo haría?

¿Y si lo hacía, qué le iba a decir? ¿Que había leído el diario? ¿Que al fin comprendía qué madre fue?

No. No lo iba a entender. O sí, pero mal. Diría que eso era el pasado. Que está olvidado. Pero no lo estaba. Si no, no serían tan distantes ahora.

¿Será por Inés? Desde que apareció Inés hace tres años todo cambió. Eloy venía menos. Llamaba menos. Después se casaron y casi desapareció de su vida.

Purificación jamás dijo en voz alta que Inés no le gustaba. Pero era cierto. Inés era fría. Cordial, siempre sonriendo y, a la vez, distante. Se llevó a Eloy a su mundo, donde Purificación no cabía.

¿O fue Eloy quien decidió marcharse? ¿Quizá solo esperaba la oportunidad, y Inés fue la excusa?

Purificación fue al salón. Cogió el móvil y mandó un mensaje: Eloy, necesito hablar contigo. Vente el sábado, por favor. Es importante.

Envió. Dos tics. Leído.

Silencio. Pasaron cinco minutos. Diez. Media hora. Una.

Se tumbó en el sofá. Cerró los ojos. Las frases del diario volvían: Estoy cansado de ese cariño. No le voy a contar nada más nunca. Es más fácil así.

Despertó ya entrada la noche. Mensaje de Eloy: Mamá, este sábado es imposible. ¿Mejor el finde siguiente?

Miró el mensaje un rato largo. Fue a la cocina. El diario seguía sobre la mesa.

Lo metió en una bolsa. Sacó los demás, los metió también. Ató la bolsa. La dejó en el pasillo, junto a la puerta.

Mañana los tiraría.

O no. Igual no.

Volvió al salón y escribió a Eloy: Vale. El próximo sábado. Te espero.

Respondió enseguida: Perfecto.

Purificación apagó la luz y se tumbó en la cama. No lograba dormir. ¿Le enseñaría el diario? ¿Diría que lo encontró por casualidad, y lo leyó y entendió?

¿Pero qué? ¿Que fue mala madre?

No. Solo fue una madre que amó demasiado, cuidó demasiado, temió demasiado.

Y él lo vivió como asfixia.

Quizás, pensó, no se equivocaba.

Purificación suspiró. Fuera el viento golpeaba la puerta del portal, los vecinos de arriba hacían ruido, ponían la lavadora. Todo igual. Solo que por dentro estaba vacía.

***

El sábado por la mañana Purificación madrugó. Limpió todo, aunque ya estaba limpio. Preparó la famosa tarta de cerezas. Puso agua a calentar. La mesa puesta.

Eloy dijo que vendría a las dos. A la una y media ya estaba en la ventana, mirando el patio. Esperando. El Seat León gris perlado de Eloy, comprado el año pasado. Dijo que era bueno, seguro. Purificación nunca entendió de coches.

A las dos, nada. A las dos y veinte, un mensaje: ¿Estás en camino?

Contestó rápido: Sí, pillado en atasco. Llego en media hora.

A las tres llegó. Solo.

Purificación le abrió y de inmediato le notó cansado. Ojeras, hombros caídos. La abrazó deprisa, con una mezcla de cariño y prisa, y entró.

Huele a tarta dijo.

La que te gusta.

Gracias, mamá.

Dejó la cazadora, se sentó. Purificación sirvió té y un trozo de tarta. Comió deprisa, casi sin mirar.

¿Inés no viene?

No, está currando.

¿En sábado?

Deadline.

Purificación asintió. Se sentó enfrente, mirando cómo comía. Él lo hacía deprisa, como si quisiera evitar la sobremesa.

Eloy empezó ella, tengo que hablar contigo.

Él levantó la mirada y se encendió una chispa de alerta.

¿De qué?

De nosotros. De ti y de mí.

Él dejó el tenedor y se recostó.

Mamá, si es por no venir tan a menudo…

No. Bueno, también. Pero no sólo.

Purificación se levantó. Fue al salón y trajo la bolsa de cuadernos. La puso sobre la mesa.

Eloy la miró de reojo.

¿Eso qué es?

Cuadernos del cole. Los encontré ordenando.

Frunció el ceño.

¿Y?

Tu diario.

La cara de Eloy cambió. Se tensó.

¿Mi diario?

De sexto. ¿Te acuerdas?

Guardó silencio. Miraba la bolsa como si fuera una bomba.

Lo he leído dijo Purificación, bajito. Perdóname, pero lo leí.

Eloy se levantó de golpe. Hasta la silla chirrió.

¿Has leído mi diario?

Se cayó la bolsa… lo encontré, lo abrí…

¿Por casualidad? ¡Ponía no leer en la tapa!

Ya, pero no lo pensé…

¡Nunca lo piensas! alzó la voz Eloy. ¡Siempre haces lo que te da la gana! ¡Siempre!

Purificación retrocedió, como si le hubiera empujado.

Sólo quería entender…

¿El qué? ¿Por qué me fui? ¿Por qué vengo poco? ¿De verdad no lo entiendes?

Cogió la bolsa de la mesa.

Eso fue hace veinte años, mamá. ¡Veinte! Yo era un crío. ¡No puedes soltarme nunca!

Quiero soltar, pero no sé…

Eloy la miró largo rato, luego se sentó de nuevo. Dejó la bolsa a su lado.

¿Sabes? dijo, muy tranquilo Cuando me mudé hace tres años sentí por primera vez que podía respirar. Que nadie me controlaba. Que no tenía que justificar cada paso. ¿Sabes lo que es eso?

Purificación guardó silencio.

Te quiero, mamá. Pero vivir pegado a ti no puedo. Es demasiado.

¿Por qué? ¿Qué he hecho mal?

Suspiró.

Nada, mamá. Has hecho demasiado. Demasiada protección. Demasiadas normas. Ni podía respirar.

Solo quería que fueras feliz.

Lo sé. Pero la felicidad no se da a la fuerza. Cada uno la encuentra como puede.

Purificación agachó la cabeza.

¿E Inés? ¿Te hace feliz?

Sí respondió Eloy, tan tranquilo. Porque no intenta cambiarme. No me explica la vida. Me acepta.

Ella calló. Sentía un nudo en la garganta.

Entonces no supe quererte bien.

Me quisiste. A tu manera. Pero crecí, mamá. Necesito otra cosa.

Se levantó. Cogió la bolsa.

Me la llevo. ¿No importa?

Llévatela asintió Purificación.

Se puso la cazadora. Cogió las llaves, dispuesto a marcharse.

Ni siquiera te has acabado la tarta susurró ella.

Él miró el plato, la tarta, la miró a ella. En su cara un gesto de pena.

Perdóname dijo. Estoy lleno, de verdad.

Salió. Purificación se quedó en la cocina. Escuchó el portazo del portal. El motor del coche alejándose.

Luego se sentó y lloró.

***

Dos meses después. Eloy apenas llamaba. Una vez vino media hora y le trajo la compra. Dijo que estaban con obras en casa, que iban muy liados. Purificación no le retuvo.

Intentó no llamar. Muy difícil. Cada día quería oír su voz, preguntar cómo estaba. Pero aguantó. No ser pesada. Otra vez.

En marzo Eloy llamó él.

Mamá, tenemos inauguración este sábado. ¿Te vienes?

Purificación se quedó de piedra.

¿Inauguración?

Remate de la obra. Queremos celebrarlo. Vendrán colegas, los padres de Inés. Y tú. ¿Te apuntas?

Claro dijo rápido. Por supuesto.

Genial. A las tres. Te mando la dirección.

El mensaje llegó al minuto. Un polígono nuevo en las afueras de Madrid. Bloques altos con grandes ventanales. Nunca había ido por ahí.

Pasó la semana preparando todo. Compró vestido azul marino, sencillo. Hizo el pastel de cerezas, lo envolvió con esmero, regalo para la casa: un mantel blanco de lino, bordado por ella misma años atrás.

El sábado se arregló, se maquilló un pelín. Se miró al espejo: aceptable. No tan vieja.

Pidió taxi. El conductor, un chaval con gorra, no paró de poner reggaetón con bajos a tope. Purificación miraba la ciudad pasar: barrios antiguos, luego modernos, bloques cada vez más altos y avenidas más anchas.

Llegaron. El edificio realmente era nuevo de paquete. Inmenso, con portero y parking subterráneo. Bajó la mujer con el pastel, miró a su alrededor. Parque infantil, columpios nuevos, madres jóvenes con carritos.

En el portal, un ascensor enorme y brillante. Novena planta. Llamó al timbre.

Abrió Inés.

¡Purificación! ¡Pasa, por favor! sonrisa amplia, mirada fría de siempre.

Pasó. Recibidor luminoso y amplio, olor a pintura y a comida.

¡Eloy, tu madre está aquí! gritó Inés.

Apareció Eloy. Le dio un beso rápido.

Hola, mamá. ¿Bien el viaje?

Bien, en taxi.

Haberme avisado, te recogía.

No quería molestar.

Inés cogió la tarta.

¡Uy, pastel! ¡Qué detalle! ¡Muchas gracias!

Entró a la cocina, la depositó entre los canapés.

Te enseño la casa dijo Eloy.

Un recorrido: salón enorme con ventanales y vistas a la ciudad, dormitorio con armario empotrado, despacho pequeño pero cuco, cocina americana ultramoderna.

Es preciosa Purificación intentó sonreír.

Inés lo ha decorado todo ella.

¿Que he hecho yo? preguntó Inés desde la cocina.

Contando a mamá que todo el mérito es tuyo reía él.

Inés sonrió: Me pasé semanas eligiendo muebles, cortinas Quería algo luminoso.

Pues lo has logrado asintió Purificación.

Sonó el timbre. Fueron entrando parejas jóvenes, padres de Inés él alto de gafas, ella robusta y teñida, saludaron a Purificación con mucha educación y poco interés.

Todos se sentaron en el salón. Inés sirvió vino, Eloy enseñaba fotos del antes y después de la obra. Todos reían. Purificación se sentó en una esquina, callada. No se le ocurría nada que decir entre aquel grupo. Todos hablaban de interioristas, marcas de muebles, viajes. Le sonaban chino.

¿Hace mucho que se jubiló? le preguntó de repente la madre de Inés.

Dos años.

Será aburrido estar tanto tiempo en casa solas.

A veces admitió.

¿Y algún hobby? ¿Punto, ganchillo?

Bordo respondió Purificación.

Ay, qué mono. Yo para esas cosas soy fatal se rió la mujer, y le dio la espalda.

Qué mono. Como si tuviera cinco años.

Purificación se levantó.

Disculpad, ¿dónde está el baño?

En el pasillo, a la derecha indicó Inés.

Entró, se miró al espejo. Cara pálida, ojos tristes. Una vieja, una extraña en medio de todos y de todo.

Se lavó la cara. Volvió al pasillo. Aún murmullo y risas desde el salón, música moderna de fondo.

Entró en el despacho. Quería apartarse un rato. El cuarto pequeño, un escritorio con ordenador, estanterías con libros, una butaca en la esquina. En la balda baja, fotos enmarcadas: Eloy e Inés en la playa. Eloy con amigos. Inés sola, posando.

Miró las fotos: Eloy allí parecía relajado. Feliz.

Entonces vio el cuaderno azul familiar. El diario de 6º.

Lo cogió. Lo abrió. Letras infantiles, lo mismo que había leído.

Y de pronto le vino un arranque extraño: ¿y si lo leía en alto, ahora, delante de todos?

¿Y si mostraba a Inés, a todos, lo que Eloy había sufrido, lo mal que lo pasó? Igual así entenderían que él necesitaba cariño, comprensión; que no era tan fuerte como creían.

Que ella, Purificación, no era la bruja controladora. Que sólo quería a su hijo.

Apretó el cuaderno contra el pecho. El corazón le latía a mil. Una locura. Sabía que Eloy se pondría furioso.

¿Pero y si era la única manera? ¿La última oportunidad?

Salió con el diario al salón. Todos en torno a la mesa, brindando.

¡Mira quién vuelve! rió Eloy. Mamá, ven, justo íbamos a brindar.

Purificación se quedó de pie. Dejó el cuaderno en la mesa, suave pero visible.

Inés preguntó:

¿Y eso?

El diario de Eloy dijo ella. De cuando era un chaval.

Eloy se puso blanco.

¿Pero qué…?

Voy a leer algo dijo Purificación, tranquila. Es importante.

Mamá, no empieces.

Pero ella ya había abierto el cuaderno.

Por ejemplo, el quince de septiembre Hoy Víctor ha traído un hámster

¡Mamá, basta! Eloy se levantó bruscamente.

Pero ella siguió, voz temblorosa pero nítida.

Me dio pena Peluso. Era pequeño y estaría asustado. ¿Veis? Eloy siempre fue un chico sensible. Necesita comprensión.

Purificación empezó Inés. Pero no le dejó seguir.

Otra del veintitrés de septiembre Mamá hoy estuvo muy enfadada

¡Ya está bien! Eloy le arrancó el cuaderno. ¿Te has vuelto loca?

Silencio total. Todos mirando.

Inés fue hacia él.

Eloy, no te alteres

¿Que no me altere? ¿La has oído? ¡Leyendo mi diario de niño delante de desconocidos!

No son desconocidos susurró Purificación. Son tu gente. Deben saber

¿El qué? ¿Que tuve una infancia infeliz? ¿Que mi madre me asfixió de cariño? ¡Eso ya lo sabe hasta el apuntador!

Purificación dio un paso atrás.

Eloy

Te lo he pedido muchas veces: no invadas mi vida, dame espacio. Pero lo tuyo Lo tuyo es siempre decidir qué se cuenta y qué no, cómo se vive.

Solo quería

¡Querías recuperarme! ¡Recuperar al niño dependiente! Pero ese niño ya no existe. He crecido. Soy otro.

Abrió la puerta.

Vete, por favor.

Purificación se quedó un instante allí plantada. Todos se hacían los distraídos.

Eloy, habla con ella intentó Inés.

No ahora respondió él.

Purificación cogió el abrigo, torpemente. Eloy se apartó, sin mirarla.

Lo siento musitó.

Él no contestó.

Salió. La puerta se cerró suave. En la calle hacía frío. Miró al bloque alto, las luces encendidas. Allí había vida; una en la que ella ya no cabía.

***

Pasaron tres semanas. Eloy no llamó. Purificación tampoco. Si lo hacía, sabía que probablemente cortaría del todo.

Iba tirando, como en sueños. Ocupaba el día en tareas, la tele de fondo. Cocinaba sin hambre. Dormía mal.

Su hermana llamaba a menudo; Purificación decía que todo bien, y la otra fingía creerla.

En abril llegó la primavera. Los árboles del patio ya verdes, chiquillos en bici y balón. Purificación miraba desde la ventana. Veía la imagen de Eloy pequeño, rodillas peladas, corriendo con su abrigo azul.

El teléfono por fin sonó.

Eloy.

El corazón le dio un brinco.

¿Sí?

Hola, mamá.

El tono era tranquilo. Como si nada hubiera ocurrido.

Hola, hijo.

Pausas largas.

¿Cómo estás?

Bien. ¿Y tú?

Bien también.

Otra pausa.

Escucha, mamá. Tengo que decirte algo.

Purificación apretó el móvil.

Dime.

Lo he pensado mucho. Así no podemos seguir.

Lo sé susurró. Perdón No debí

No va de eso interrumpió. Es que no puedes soltarme y yo no puedo seguir sintiendo culpa.

No quiero que pienses eso

Pero lo hago. Cada vez que no cojo el móvil. Cada vez que digo que no. Cuando veo tu cara triste.

Ella cerró los ojos.

¿Qué quieres decir?

Que necesitamos espacio. De verdad. Físico y emocional.

¿No quieres verme más?

Sí, pero diferente. No como madre e hijo pegados por obligación. Como adultos libres.

No lo entiendo.

Eloy suspiró.

No vendré cada semana. No llamaré por sistema. Vendré cuando me apetezca, te llamaré cuando tenga ganas. Acéptalo, sin reproches, sin intentar volver a atrás.

Silencio. El nudo volvía a la garganta.

¿Me entiendes, mamá?

Entiendo.

¿Y lo aceptas?

Tenía ganas de decir no, de gritar que era injusto. Que era su madre. Que solo le quedaba él.

Pero respondió:

Lo acepto.

Gracias.

Pausa.

Te llamo cuando pueda. Lo prometo.

Vale.

Hasta luego.

Hasta luego.

Colgó. Purificación miró el patio, los niños, las madres cargando bolsas, los coches, la vida avanzando.

Ya sin ella.

Fue a la cocina, puso a calentar agua. Se sentó. El periódico viejo encima de la mesa. Lo abrió, leyó sin leer. Carreteras, política, tiempo.

Todo daba igual.

Todo.

***

Pasó un mes. Eloy no llamó. Ni ella.

Llegó mayo, el olor a azahar del patio. Purificación abrió ventanas de par en par.

Salía a pasear por el parque. Se sentaba en el banco, daba pan a las palomas. A veces hablaba con vecinas: precios, salud y lo de siempre.

Le ayudaba a matar el tiempo.

Una mañana, camino del parque, sonó el móvil.

Eloy.

Contestó.

¿Sí?

Hola, mamá. ¿Qué tal?

Bien, ¿y tú?

Muy bien. Tengo una noticia.

¿Sí?

Inés está embarazada.

Purificación se quedó muda.

¿Embarazada?

Sí. Lleva tres meses. Nos lo han confirmado.

Se sentó.

Eso eso es una gran noticia, hijo.

Sí. Estamos ilusionados. Y queríamos decírtelo.

Gracias por contármelo.

Pausita.

Mamá, quiero que formes parte de la vida del niño. Como abuela. Pero

Pero con distancia lo adivinó ella.

Exacto.

Purificación cerró los ojos. Dolía por dentro, pero consiguió que la voz le sonara alegre.

Lo entiendo. Quiero ser buena abuela. No pesada.

Gracias, mamá.

Te quiero, hijo.

Silencio, y luego:

Yo también te quiero. A mi manera.

Lo sé.

Colgó.

Purificación se quedó sentada. El teléfono en la mesa, los gorriones piando en la calle, los niños jugando, una canción pop de fondo.

Pensó en que en unos meses tendría nieto, o nieta. Un pequeño ser recién llegado.

Y ella sería abuela. No de esas que educan o dictan cátedra. Solo una presencia lejana. En la distancia.

Quizá era lo mejor.

Quizá no sabía querer bien. Ni dejar espacio. Ni soltar.

Pero podía aprender.

Tenía que hacerlo.

Se levantó. Se asomó al balcón. Miró los árboles, los pájaros, el cielo azul.

La vida seguía.

Y ella debía seguir también.

Como pudiera.

Salió de casa. Paseó despacio entre los edificios, los rostros conocidos que no la saludaban. Otra pensionista. Anónima. Una más.

Al llegar al parque, se sentó en el banco, sacó pan, lo desmigó para los pájaros. Gorrioncillos felices en completa libertad.

Ella, en cambio, seguía amarrada: a su hijo, a un pasado irrecuperable.

Quizá ahí estaba el secreto de soltar: sentarse, mirar el cielo, dar pan a quien vuela.

Y saber que, en otro sitio, alguien que fue todo para ti, simplemente existe.

Y ya está.

Es suficiente.

Ojalá lo sea.

Purificación se levantó, se sacudió la falda, volvió a casa, muy despacito.

Preparó té, cogió un libro e inauguró la primera página.

Y el teléfono, en silencio.

Y eso, finalmente, era normal.

Rate article
Add a comment

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

five × 2 =