Buenos días, doña Olga Leonidovna. ¿Me permite pasar?

Buenas tardes, Doña Pilar. ¿Me permite pasar?

La suegra miró sorprendida durante unos segundos a su yerno y, después, abrió la puerta de par en par para dejarle entrar.

Hola, Salvador, pasa, hijo. ¿Y eso que vienes solo y a estas horas? ¿No tenías que estar trabajando hoy?

Eso es, hoy no trabajo asintió él, descalzándose y poniéndose unas zapatillas de andar por casa. He pedido el día libre precisamente para esto.

¿Para qué?

Pues para algo muy importante. Dígame, Doña Pilar, ¿tiene todo bien en el piso?

¿A qué te refieres? volvió a preguntarle con asombro la suegra.

Me refiero a si todo funciona. ¿No le da problemas nada?

¿Qué es todo? ¿Puedes hablar más claro?

Puedo, pero será mejor si lo reviso yo mismo dijo Salvador y, sin más, abrió la puerta del baño.

Oye, Salvador, ¿qué vas a mirar exactamente? se inquietó de repente la mujer, observando cómo el yerno, sin venir a cuento, tiraba de la cadena del inodoro. ¿Y para qué, dime?

Tranquila, Doña Pilar, es solo cuestión de rutina musitó el hombre, atento al sonido del agua bajando. Quiero que mi esposa tenga todas las comodidades.

¿Qué comodidades? insistió la suegra, cada vez más preocupada.

Las de la vida diaria. Vamos, déjeme, que reviso también el baño. Salvador salió del aseo, comprobó el interruptor de la luz y abrió la puerta del baño principal. Abrió el grifo de la bañera. Veamos… ¿Siempre hay agua caliente en casa? ¿Suelen cortar el suministro? preguntó mientras sentía el agua.

Hace semanas que no la cortan respondió Doña Pilar, ya nerviosa ante el comportamiento de su yerno. ¿Vas a explicarme a qué viene esta inspección?

Por supuesto. Pero antes quiero asegurarme de que todo esté en orden. Y si encuentro algo mal, lo arreglo enseguida.

¿Y eso por qué?

Vamos a ver, ¿acaso tiene usted marido ahora? Desde que falleció Don Manuel, ¿quién le echa una mano si pasa algo?

Ah… Doña Pilar empezó a entenderlo. ¿Te ha comido la cabeza Inés? ¿Te ha dicho que eches una mano? sonrió entre divertida y resignada. Pero si no hace falta, Salvador. En estos diez años sin mi Manuel he aprendido a encargarme de todo. Arreglo grifos, cuelgo baldas si hace falta

Ya bufó Salvador, sarcástico. La última balda que colgó casi le parte la cabeza cuando se cayó.

¿Y tú cómo lo sabes? se le endureció el gesto a Doña Pilar. ¿Te lo ha contado Inés?

Bueno, es mi esposa, aún puede contarme lo que quiera. ¿Vamos a ver la cocina y su funcionamiento?

Salvador cerró la puerta del baño y se fue hacia la cocina.

Anda, revisa, inspector le dijo la mujer, ya con una sonrisa divertida, dispuesta a seguirle el juego.

El yerno fue directo a la cocina, probó la placa de gas y después abrió el horno. Encendió los quemadores para ver la llama.

Vaya dijo con seriedad. Lo esperaba. El gas arde raro, la llama está roja. Deberíamos llamar a un técnico.

¿Cómo dices? Doña Pilar se asomó al horno encendido. Pero si siempre va bien

Hasta que deja de ir bien replicó él. La llama debe ser azul, y así no quema del todo el gas. Inés podría intoxicarse cocinando aquí, ya sabe que le encantan los bizcochos y dulces al horno

¡Salvador, por favor! interrumpió Doña Pilar. Desde que os casasteis y os fuisteis, mi Inés no ha vuelto ni a mirar ese horno. ¿Sabes cuánto hace?

Sí, dijo él cerrando el horno y probando el grifo del fregadero Pero va a volver a usarlo. Muy pronto, y mucho.

¿Cómo que va a volver? Doña Pilar se detuvo. ¿Me estás diciendo algo en clave?

No se lo digo yo, se lo insinúa Inés.

¿Inés?

Sí. Que últimamente no deja de repetir que pronto se vendrá otra vez a vivir aquí. Lo dice casi a diario.

¿Pero en serio?

Sí, tal cual. Cuando algo no le cuadra, me suelta: ¿Quieres que me vaya con mi madre? Pues me voy. Y yo ya no sé qué más hacer. Ahora, si no dejo la tapa del váter baja, amenaza con irse a vivir con usted.

¿Aquí, a este piso? a Doña Pilar se le heló la sangre. ¿De verdad?

Exactamente afirmó Salvador. Así que como marido responsable y preocupado, tengo que dejar su casa a punto, por si acaso.

¡Pero tú estás loco, muchacho!

¿Por qué? Si ella quiere volver, es su decisión.

¡¿Decisión ninguna?! le gritó Pilar. ¡¿Pero tú qué tonterías estás diciendo?!

¿Y qué hago yo?

¡Cerrar la tapa del váter, hombre! Para que Inés no quiera escaparse de casa.

Si yo ya la cierro siempre. Pero su hija cada día saca una razón nueva. Ayer, sin ir más lejos, porque no puse su bolsa de pepinos en la balda correcta dentro del frigorífico. Yo digo que hay que ponerlo en el hueco que esté libre, pero Inés no lo ve así. Por cierto, ¿tiene hueco libre aquí? Abrió el frigorífico de la suegra y miró dentro. Mira, aquí tampoco están los pepinos donde ella dice. Ya verá cuando venga

¡Basta ya! exclamó Pilar, cerrándole el frigorífico de golpe, casi pillándole los dedos. Para ya con la inspección. Menuda ocurrencia ¡Con lo poco que os veo! Y yo que empezaba a disfrutar de mi libertad y a respirar tranquila, y ahora vais a venir a instalaros

No vosotros, sino su hija se encogió de hombros Salvador. No es culpa mía que siempre se acuerde de este piso.

¡Eso, es MI piso! empezó a lamentarse la suegra. Y aquí no entra nadie más. Díselo a Inés. Ella tiene marido y debe vivir con él. Mejor se lo digo yo misma.

Eso será lo mejor, sí asintió Salvador. Llevaba tiempo queriendo hablarlo con ella. Pero, por si acaso, llamaré al técnico del gas.

¡Ni se te ocurra! exclamó Pilar, aún más alto. Te doy mi palabra, Salvador, hablaré con Inés para que se olvide de esta casa para siempre.

Eso sí, no se pase discutiendo con ella añadió Salvador, fingiendo preocupación. Que no quiero luego a mi mujer nerviosa

Anda, vete a tu casa, Salvador dijo Pilar echándole con la mano. Basta ya. ¡Vas a enseñarme tú a mí cómo hablar con mi hija! Si la tienes tan mimada es por tu culpa. Yo siempre fui de las de pocas palabras. ¡Ya me gustaría verla marcharse de casa! Cuando la eche la que va a salir escarmentada va a ser ellaSalvador se calzó en silencio, mientras Pilar le seguía a la puerta, farfullando. Justo cuando el yerno salía al descansillo, ella le sujetó del hombro y bajó la voz:

Salvador, escucha Si algún día me instalo yo en vuestra casa, ya sabes: el váter, la tapa siempre baja.

El yerno la miró, primero asustado, después divertido. La suegra le guiñó un ojo y cerró la puerta de golpe.

Salvador se quedó mirándola, escuchó el cerrojo, y se marchó escaleras abajo, sonriendo. Sabía que, en esa familia, el amor a veces se escondía en tapas bajadas, frigoríficos bien organizados y amenazas muy poco veladas de invasión.

Pero al menos, pensó mientras salía a la calle, él y Pilar tenían un pacto tácito: harían cualquier cosa menos quedarse sin su propio espacio.

Y, calentándose con la idea de llegar a casa antes que Inés, murmuró para sí:

Total, no sé yo quién pondrá más remedio: si la suegra, o el gasista.

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Buenos días, doña Olga Leonidovna. ¿Me permite pasar?
– ¡Pues claro! – exclamó Álex. – ¡Así es como debe ser! La última palabra siempre tiene que tenerla el hombre Por la mañana llegó a casa de los Eifiménkov el nieto mayor desde la ciudad, en cuya boda habían estado hace poco. Vino Álex a por patatas, porque siempre ayudaba a sus queridos abuelos a plantarlas y recogerlas. – Pero dime, Álex, ¿qué tal te va la vida con tu Svetlana? – preguntó la abuela, trajinando en la cocina. – Bueno, abuela… hay días de todo – respondió el nieto, poco convencido. – Depende… – Espera, espera – se alarmó el abuelo Juan. – ¿Cómo que depende? ¿Es que ya discutís, o qué? – Hombre, por ahora no discutimos. Lo que pasa es que estamos en esa fase de decidir quién manda en casa – confesó el nieto. – Vaya cosas tenéis que decidir… – suspiró la abuela junto a la cocina, con una sonrisa. – Claro – se echó a reír el abuelo también. – Si en toda familia de verdad quien manda, manda la mujer. – ¡Eso, eso! – se oyó desde la cocina. – Pero abuelo, ¿de veras? ¿Lo dices en serio o de broma? – preguntó el nieto, sorprendido. – Nada de bromas – cortó Juan. – Si no me crees, pregunta a tu abuela. Anda, Catalina, ¿quién toma aquí las decisiones finales? – Anda ya, Juan, no digas tonterías – contestó la abuela con cariño. – Venga, dilo – insistió Juan, – ¿quién decide aquí, tú o yo? – Bueno… yo… – ¿Cómo puede ser eso? – dudó el nieto. – Yo siempre he creído que el cabeza de familia debía ser el hombre. – Anda, Álex, eso no funciona así – volvió a reír el abuelo. – En una familia de verdad las cosas son distintas de lo que piensas. Espera que te cuente dos historias… Historias de familia – Ya empezamos… – murmuró la abuela. – Ahora seguro que contará lo de la moto. – ¿Qué moto? – se intrigó el nieto. – La que llevamos cien años oxidándose en el cobertizo – confirmó el abuelo. – ¿Sabes quién me convenció para comprarla? Tu abuela. Ella me dio el dinero. Pero primero pasó otra cosa… Una vez, tuve un extra y me alcanzaba justo para la moto con sidecar, así podía traer las patatas del huerto. Tu abuela se empeñó en que mejor comprásemos una tele a color, que eran carísimas. «Las patatas las puedes llevar en bici como siempre», me dijo. Así que, como siempre, la última palabra fue suya. Compramos la tele. – ¿Y la moto? – preguntó el nieto. – La moto también la acabamos comprando – suspiró la abuela. – Pero después de que el abuelo se lastimase la espalda y yo tuve que cargar con casi toda la cosecha de patatas. Después, con el dinero de vender los cerdos, le di todo a tu abuelo y le dije: «Vete al pueblo y compra la moto con sidecar». – Al año siguiente volvió a haber dinero – continuó el abuelo – y yo quise gastarlo en una sauna nueva porque la antigua estaba destrozada. Pero tu abuela insistió en que lo mejor era comprar muebles como la gente normal. Así que de nuevo, su palabra fue la última. Compramos los muebles. – Y en primavera, la sauna vieja colapsó bajo un montón de nieve, – terminó la abuela. – Desde entonces, decidí que lo que dijera Juan, eso haríamos. – ¡Pues ves! – exclamó Álex. – ¡Lo correcto! La última palabra, siempre el hombre. – No, Álex, no entiendes – rió el abuelo. – Antes de hacer nada, siempre le pregunto: «¿Cómo lo ves tú?» Y lo que diga ella, eso vale. – Después de aquello, yo siempre digo: «Haz lo que creas correcto». – Así que, Álex, la última palabra la tiene que tener siempre la mujer – concluyó el abuelo. – ¿Lo has entendido? Álex se quedó pensando, luego rompió a reír. Al cabo, reflexionó y su expresión se iluminó: – Ahora sí entiendo, abuelo. Cuando llegue a casa le diré a Svetlana: “Vale, cariño, nos vamos de vacaciones a Turquía como tú quieres. Lo del coche, el arreglo lo dejamos para después. Si se avería, pues nada, este invierno iremos al trabajo en autobús. Solo es cuestión de madrugar una hora más, no pasa nada…” ¿Lo hago bien, abuelo? – Muy bien decidido – asintió el abuelo, divertido. – Ya verás, Álex, en un año o dos todos en casa estaréis en la misma sintonía. Y es que la mujer debe ser siempre la jefa en casa. Así el hombre vive más tranquilo. ¡Te lo dice la experiencia! – ¡Pues claro! ¡Así debe ser! La última palabra, siempre el hombre… pero elige la mujer