¡Tú no me quieres!
Aquella tarde de viernes en Madrid, hace ya tantos años, no dejaba presagiar tormenta alguna. En el barrio de Chamberí, las luces se iban encendiendo, una a una, en los bloques de pisos. Alfonso, hombre de treinta y pocos, acababa de cruzar la puerta de su apartamento en el duodécimo, con una bolsa del supermercado en la mano: los típicos caprichos del fin de semanaqueso azul, como le encantaba a Lucía, embutido ibérico, tomates cherry, una botella de vino de La Rioja, y una caja de petit choux de crema y chocolate, también para ella.
Ya al entrar, notó un silencio extraño. Lucía siempre le recibía entre risas, brincándole al cuello, exigiendo saber con detalle cada minuto lejos de casa; pero ese viernes, ni asomo. Ningún hilo musical desde su dormitorio, ni el tap-tap de sus zapatillas con orejas de conejo.
Lucía, ya estoy llamó Alfonso mientras se quitaba los zapatos y aguzaba el oído.
Nada.
Fue hasta el salón, dejó la bolsa en la mesita, y se dirigió al dormitorio. Lo que vio le heló el ánimo. Lucía yacía cruzada sobre la gran cama, la cara hundida en la almohada. Sus hombros temblaban y la melena oscura se desparramaba sobre el edredón.
¿Qué te pasa? preguntó él, receloso, acercándose. ¿Ha ocurrido algo?
De golpe, Lucía se dio la vuelta; su mirada, hinchada y emborronada de máscara de pestañas, se clavó en él, llena de reproche y de un dolor casi silente.
¿No lo imaginas? balbuceó, la voz hecha lamento. Me encuentro fatal, Alfonso. Tan fatal que ni quiero vivir.
Él se sentó en el borde de la cama, con el gesto automático de tocarle la frente. Lucía se apartó rechazada y se cubrió la cara.
¿Te duele algo? ¿Tienes fiebre? intentó sonar sereno, aunque por dentro ya se sentía invadido por el viejo rencor, curtido a lo largo de seis años de matrimonio.
¡Me duele el alma! gritó Lucía, hundiendo el rostro y llorando a viva voz. Y ni si quiera preguntas cómo estoy. ¡Te da lo mismo! Llegas del trabajo, ni te molestas en acercarte, ni un abrazo, ni un beso. Me muero aquí de soledad, y tú, venga con las compras y perdiendo el tiempo por ahí
Lucía, fui a por comida. Para ti Los petit choux que tanto te gustan, pasé por la pastelería junto al metro solo por ellos dijo Alfonso, paciente, como quien lidia con una niña mimada.
¡Ah, los petit choux! exclamó, incorporándose en la cama y peinando con rabia su cabello. Había en sus ojos un destello de triunfo dolido, como quien ve confirmada la sospecha: ¿Crees que me compras con dulces? Deberías haberme abrazado al llegar, decirme que soy la más guapa y la más querida. ¡No me hace falta nada de ti, más que atención! Pero ni eso, ni eso. Soy invisible para ti, Alfonso.
Él apretó la mandíbula. Se sabía de memoria esa escena, como la tabla del nueve. Toca el momento de rendirse, de pedir perdón por pecados nunca cometidos, secar lágrimas, cargarla en brazos hasta la cocina donde, resignados, esperan los dichosos pastelitos.
Pero esa noche llegaba exhausto, sin fuerzas ni para fingir. El jefe en la oficina había gritado como un energúmeno, un cliente se retrasó con los pagos. Nada de energía para teatro.
Lucía, ¿cenamos en paz, por favor? sugirió, levantándose. Estoy que no puedo más Vente tú también, tomamos un poco de vino y los dulces, y hablamos tranquilos.
¿Tranquilos? su voz estalló en un agudo chillido. Lucía saltó de la cama y comenzó a golpearlo en el pecho con sus puños diminutos, descompuesta¿Tú estás cansado? ¿Y yo, qué? ¡Me he dejado la espalda limpiando toda la casa mientras tú tomabas café con las de marketing! ¡Me duele todo! Pero tú ni té me ofreces, ni te preguntas cómo fue mi día. ¡Eres un egoísta, Alfonso! ¡De piedra y sin entrañas!
Alfonso agarró sus muñecas: delgadas, frágiles como las de un pájaro. Cuando empezaron a salir, parte de su atracción por ella era ese aire de vulnerabilidad, esa necesidad de protección. Nunca sospechó lo peligrosa que podía ser esa fragilidad.
¡Suelta, que me haces daño! chilló Lucía, forcejeando. Él soltó y ella, sollozando, se fue al ventanal, dándole la espalda y mirando Madrid, con las luces parpadeando allá fuera.
Alfonso suspiró hondo. Pasó a la cocina, abrió el vino, llenó una copa y la vació de un trago, sin saberle a nada. Sirvió otra antes de encaminarse otra vez al dormitorio.
Lucía, toma una copa, le ofreció, conciliador.
Ahora, los ojos de ella estaban secos; sólo quedaba la rabia.
Llévatela masculló. No hace falta que me drogues para acallar tu conciencia. No me quieres. Te quedas conmigo por lástima.
¿De dónde sacas eso? preguntó él, agotado.
Lo noto dijo, clavándole el dedo en el pecho. Antes venías corriendo a casa, me traías flores, me mimabas. Ahora el trabajo, siempre el trabajo. ¿Y yo? ¿Un mueble más?
Él calló, sabiendo que hasta la respiración se volvería en su contra. Aquella no era una conversación; era una cacería. Él, la presa, ella, la cazadora, jugando con su pieza antes de rematar.
Me voy a cenar, dijo por fin. Si te apetece, ven.
Se retiró a la cocina, resistiendo el peso de su mirada furiosa a la espalda. Sacó el queso, cortó el pan y los tomates, se sirvió más vino, tratando de no pensar en lo que vendría después.
Y lo que vino fue lo de siempre.
A los pocos minutos, entró Lucía hecha un huracán, arrebató el plato con el queso y lo lanzó al suelo con tanta fuerza que la cerámica voló en mil fragmentos y el queso se desparramó por el gres.
¿¡Pero qué haces!? rugió Alfonso, saltando de la silla. ¿Te has vuelto loca?
¡Así aprendes a ignorarme, a callarte! gritó ella, el rostro encendido, ojos llameantes. Me desvivo por ti, limpio, te espero, y tú ni hablas.
Cogió la botella de vino, y antes de que la arrojara también, él la interceptó con firmezael líquido se derramó, tiñiendo los cascotes y el suelo.
¡Suéltame! berreó, forcejeando. ¡Cerdo, suéltame!
Basta ya dijo entre dientes, apretando. Ya está bien.
Ella chilló y, resbalando en el vino, casi cayó; logró agarrarse a la encimera. Alfonso se quedó mirando la escena, sólo con rabia dentro.
Mira lo que has hecho dijo al fin, señalado la cocina.
¿¡Yo!? ¡Tú lo has provocado! ¡Con tu indiferencia! Si fueras marido de verdad, esto no pasaría.
Alfonso agarró la escoba, barrió los trozos. Lucía le quitó la escoba de la mano, la arrojó al fregadero y volvió al grito:
¡No limpies! ¡Que todo el mundo vea como eres! ¡Todos deben saber lo que me haces!
¿Todos? preguntó, exhausto. Nadie quiere saber nada, Lucía.
Los vecinos, ¡que sepan el monstruo que tengo por marido!
Ya estarán acostumbrados rió, amargo. Deben pensar que aquí se estrena vajilla cada noche.
Era cierto. La familia joven de al lado seguro conocía de memoria sus óperas domésticas; casi podía notar cómo bajaban la voz para no perder detalle de los gritos y el crash de los platos.
¿¡Encima te ríes!? profirió ella.
No me hace gracia, Lucía. Se fue al salón, se dejó caer en el sillón, los ojos cerrados.
El recuerdo se le amontonaba: conoció a Lucía en la fiesta de un amigo común. Ella tenía chispa, era impulsiva, con esa energía de quien brilla como cava recién abierto. Única hija de una vieja profesora y de un hombre con varios talleres de coches. La malcriaron a base de regalos y atenciones, siempre lista para recibir todo lo que pidiera, lágrimas por delante.
Ya entonces, Lucía demostraba un carácter endiablado: si llegaba cinco minutos tarde, ponía morros; si no le gustaba la comida del restaurante, montaba escena. Alfonso, cegado de amor, creía que con el tiempo y cariño todo mejoraría. No fue así.
El matrimonio empeoró las cosas. Sus padres desaparecieron de la ecuación y todos sus caprichos, todas sus exigencias, cayeron sobre Alfonso. Tenía que adivinarle los gustos antes de que los pensara. Ser su padre, su madre y su bufón.
Reclamaba mimos y atenciones constantes. El café mañanero en la cama con piropos, cada tarde usando su regazo de diván para confidencias y quejas, aunque el día lo hubiera pasado viendo series y haciéndose la manicura. Los regalos debían ser frecuentes, aunque baratos, como si fuesen vitaminas; las sorpresas, diarias; y si olvidaba uno sólo de sus yogures favoritos, se acababa el mundo.
¡No me quieres! le gritaba ella. ¡No piensas en mis detallitos!
Si él se defendía, ella sollozaba, lágrimas de niña herida. Y en él, lejos de activar el instinto de apaciguar, eso sólo le provocaba más hartazgo: eran lágrimas de chantaje, armas bien aprendidas.
Ultimamente, cuando veía que el llanto no le servía, Lucía recurría a “enfermar”: dolor de cabeza, fatiga, dizque el corazón… y Alfonso allí, midiéndole la tensión, trayendo agua tibia, sentado a su lado. Pero si la dejaba sola un instante, Lucía hacía escándalo: que la abandonaba, que no la quería.
Y final siempre era igual: si él no hacía el papel de enfermero, Lucía se levantaba milagrosamente y se iba a la cocina a romper algo de la vajilla. Ese era el verdadero calmante. El crash de la loza era su anestesia. Después, a veces, ayudaba a recoger, hasta con cierto remordimiento.
¿Por qué rompes tanto plato? preguntó él cansado, tras el enésimo estallido.
¿Qué, si no? respondió sincera. Como no me escuchas por las buenas
¿Y el dineral gastado en loza? se quejó él, señalando la cocina, donde en un año ya iban cuatro juegos de platos.
Pues no me provoques zanjó ella.
Alfonso estaba agotado. Quería una relación como las de los adultos: que al llegar le sonrieran, poder sentarse juntos sin dramas. Que el sexo no fuera una recompensa, sino un acto natural de amor. Y que, en fin, ella dejara de ser una niña mala disfrazada de mujer.
Pero educarla ¿cómo? No lo veía posible. Sus padres la enseñaron a obtener todo a base de berrinches y platos rotos. Y funcionó. Hasta que dio con él.
Al día siguiente, domingo, Alfonso se levantó temprano, preparó café y se quedó mirando el cielo gris de Madrid. Decidió hablar con Lucía, firme y sin rodeos. A eso de las once, ella asomó, envuelta en bata con el rostro inflamado de tanto llorar, sirvió café y se sentó.
Tenemos que hablar, dijo él.
¿De qué? contestó ella, helada.
De nosotros. De esto. Yo no aguanto más.
¿Tú no aguantas? ¡Si la que no aguanta soy yo! ¡No soporto vivir con alguien para quien no existo!
Lucía, escúchate un poco. ¿No ves que te comportas como una niña mimada?
¿Una niña? se indignó, la voz subiéndole de tono¿Quién cuida de esta casa? ¿Quién te cuida a ti?
¿Tú? Si la limpiadora viene dos veces por semana. Cocinar has hecho una tortilla una docena de veces en seis años. Y preocuparte sólo lo haces por ti.
¡Cómo te atreves! se levantó, tirando la taza. ¡Desagradecido!
Siéntate ordenó él, seco. Escucha.
Ella, picada por la curiosidad, se sentó.
Te quiero, Lucía. Pero estoy cansado. De tus rabietas, tus platos rotos, sentirme siempre en juicio. Quiero una familia, socios igualitarios, no una madre con hija caprichosa.
¿Entonces soy mala? hizo pucheritos.
No eres mala. Pero tienes que madurar. Dejar de manipular con lágrimas, con achaques. Esto es insostenible.
¿¡Manipulo!? Pero si de verdad me encuentro fatal. Los nervios me están matando, y tú empujas más.
Nunca te pasa nada grave. Cuando consigo lo que quieres, mágicamente te curas.
Lucía le miró atónita; pocas veces vio que él se le pusiera así. Normalmente Alfonso cedía rápido con tal de evitar gritos.
¡Eres un monstruo! ¡No me quieres, nunca me has querido! ¡Te casaste conmigo por mi familia y el dinero!
¿Qué dinero? Vivimos en mi piso, lo compré antes de conocerte. Tus padres sólo aportan regalos de navidad.
¡Eso piensas tú! ¡Me usaste y ahora me tiras!
Alfonso se dio cuenta de lo inútil que era seguir discutiendo. Lucía sólo oía lo que le convenía.
Me voy a dar una vuelta anunció, cogiendo la chaqueta.
¡No te vayas! ¡No he terminado contigo!
Yo sí, Lucía.
Ella agarró una pequeña bombonera de cristal (un regalo de su madre) y la lanzó al suelo, haciéndola añicos. Alfonso sólo la miró.
¿Vas a romper más? Si no, me marcho.
Le esquivó, salió al portal y bajó en el ascensor. Detrás, oyó cómo la puerta recibía el impacto de algún objeto más.
Alfonso salió a las calles de Madrid, sin dirección. Avanzaba entre hojas amarillentas, mirando a los transeúntes, preguntándose: ¿Cómo pudo acabar así? Él sí la quiso, de veras.
Entró a una cafetería, pidió un café y un bollo. Lucía lo llamaba sin parar, él cortó la llamada cada vez. Después vinieron los mensajes, primero furiosos, luego lastimeros, luego otra vez con rabia. Por último, el aviso de su suegra:
«¿Te has vuelto loco? Lucía está fatal, le duele el corazón. Vuelve y pide disculpas ahora mismo.»
Alfonso sonrió, reconociendo el chantaje aprendido. Fingió ignorarlo.
Volvió de madrugada. En casa nadie recogió los cristales. Lucía fingía dormir. Él limpió la cocina en silencio y se tumbó en el sofá.
Por la mañana, Lucía salió de la habitación deshecha, se sentó a su lado y posó la cabeza en su hombro.
Perdóname, Alfonso, susurró. He sido tonta. Me asusté al verte irte, pensé que no volverías.
Él guardó silencio.
Te amo, de verdad. Juro que intentaré cambiar. Este será el último intento, te lo prometo. Mañana mismo voy al psicólogo, ya tengo cita le enseñó el móvil con una web de terapia.
Él suspiró.
Bien cedió. Pero es la última vez.
Ella se le abrazó, besándole, jurándole amor eterno, y él casi la creyó. Porque empezar de cero daba miedo. Admitir seis años perdidos, aterroriza.
Pasaron dos semanas. Lucía fue un par de veces al psicólogo y hasta le mostraba cuadernos con tareas. Estaba más tranquila en casa, y si sentía venir el ataque, se metía en otra habitación y respiraba hondo, tal como le enseñaron. Alfonso empezaba a recobrar ilusión.
Hasta que sucedió lo inevitable: un día se retrasó apenas una hora en el trabajo. Avisó a Lucía por WhatsApp. Ella dijo vale. Pero al llegar, ya la tenía chillando en el recibidor.
¿Dónde estabas?
Te avisé, me retrasé.
Dijiste media hora, ha sido una. ¿Con quién estabas?
Con un cliente, luego tráfico.
¡Mentira! ¡Estabas con esa Marta de administración! ¡Ya lo sé todo!
¿Qué dices, Lucía?
¡No me tomes por idiota! Me contó Jaime que le comprabas café.
Vaya chorrada. Compro café a cualquiera en la máquina.
¡Para mí sí significa! ¡No me quieres, me engañas! ¡Siempre lo supe!
Y allí empezó de nuevo la tormenta: gritos, llantos, la carrera a la cocina y el estrépito de platos volando contra el suelo. Esta vez, Lucía arrasó el juego nuevo de loza recién comprado.
Alfonso sólo miraba, sin moverse.
Lucía, por favor. Deja de montar el escándalo, los vecinos quieren dormir.
¡Me da igual! ¡Que lo sepan todos!
Cogió otro plato, pero esta vez resbaló de su mano y sólo tintineó en las baldosas. Lucía miró el plato intacto y luego, confusa, a su marido.
Él fue al dormitorio, sacó la vieja maleta del armario, y comenzó a llenar ropa.
Lucía lo miraba, agarrada del marco de la puerta, pálida y con el rimel corrido.
¿Qué haces?
Me voy.
¿A dónde?
A casa de mi madre. No volveré al piso mientras sigas aquí.
Ella sollozó y corrió a abrazarlo, pero él se apartó, tranquilo y firme.
No, Lucía.
Perdón. No volverá a pasar, lo juro. Sólo son los nervios. No me dejes imploró.
Alfonso la observó: ese rostro roto, las manos temblorosas. ¿Cuántas veces más iba a ver lo mismo?
No puedes cambiar, Lucía. No es tu culpa, ni la mía. Así te criaron. Yo ya no puedo más.
¡Sí que puedo! Sólo no me das una oportunidad
Te he dado seis años dijo, cerrando la cremallera. Se acabó.
¿Y el amor? Dijiste que me querías.
Te quise. Mucho. Ahora… no sé. Tal vez lo mataste, día tras día, con tus platos y tus rabietas.
Cogió la maleta, se acercó a la puerta. Lucía se le colgó, sin dejarle pasar.
¡No puedes irte! ¿Cuánto tiempo estarás en casa de tu madre?
Hasta que te marches. El piso es mío, no sé si recuerdaslo compré cinco años antes de conocerte.
Lucía se apartó, herida en el orgullo; Alfonso salió, bajó y se montó en el coche.
El móvil no paraba de sonar: veinte llamadas perdidas, y al rato, un mensaje: Te arrepentirás. Esto no quedará así.
Sonrió amargamente y apagó el móvil.
Despertó en el coche, aparcado en una calle de Tetuán. El desayuno del café y sándwich le supo a gloria.
Un mes después llegó el divorcio. Lucía lloró, dijo que le amaba, pero todo terminó rápidono había niños de por medio.
Alfonso, durante meses, soñó con ella: en bata, los ojos húmedos, tendiéndole los brazos. Se despertaba de madrugada, sudando frío. Pero, poco a poco, fue pasando.
Al año, conoció a Carmen, una compañera nueva del departamento vecino. Usaba gafas discretas, reía quedo, le gustaba el café solo y nunca levantaba la voz. Cuando se enojaba, simplemente guardaba silencio o se iba a otra habitación. Luego volvía y le decía: Vamos a hablarlo tranquilos.
Al principio, Alfonso saltaba ante cualquier ruido o movimiento brusco. Pero Carmen era otra cosa. No rompía platos, no fingía males, no exigía que le prestasen atención las veinticuatro horas.
A los dos años se casaron en el Ayuntamiento, con sus padres y sin alharacas. Lucía le mandó un mensaje aquel día: Espero que te pudras, cabrón. Alfonso lo leyó, sonrió y la bloqueó.
A veces, al pasar por la sección de vajillas en El Corte Inglés, se detenía y pensaba: ¿cuántos platos se podrían haber comprado con todo lo que Lucía destrozó? Carmen le juntaba la mano, sonreía y le decía:
¿En qué piensas? Anda, que tenemos que comprar leche.
Y Alfonso, dejando atrás la sección de loza, seguía adelante, sabiendo que había dejado por fin la tormenta atrás.






