Venganza a plazos
Antonia Lledó siempre había sido famosa en el edificio por su desmedida curiosidad. Disfrutaba conociendo hasta el último detalle de la vida de los vecinos, así que nunca dejaba pasar la oportunidad de enterarse de nuevas novedades. Aquella mañana le llamó la atención Aurora, que justo salía del piso con el gesto algo apurado. Antonia, ni corta ni perezosa, se acercó a la joven y le preguntó con fingido interés:
¿Qué pasa, te has enfadado con Tomás?
Aurora apenas logró contener un suspiro. Sabía perfectamente que la señora Antonia no se rendiría hasta arrancarle algún cotilleo. Procuró mantener la sonrisa y respondió con amabilidad:
Ay, Antonia, no sé a qué viene eso en su interior pensaba: “A ver si vuelve a meterse en su casa y me deja en paz. ¡Ojalá pudiera empujarla y atrancar la puerta para descansar de ella!”
Sin mostrar ninguna irritación, Aurora acompañó la respuesta con un gesto dulce:
Todo bien, sí, incluso estamos pensando en pedir fecha en el registro.
Las cejas de Antonia volaron sorprendidas mientras su voz adquiría un tono burlón:
¿En serio? Qué raro. Cuando yo estaba tan bien con mi Nico, no se me iba de casa cargado con todas sus cosas…
Aurora sintió un vuelco en el estómago, pero contuvo el impulso de justificarse. Sabía perfectamente por dónde iba la vecina, pero no iba a darle el gusto de alimentar nuevos chismes. Se recompuso y contestó tranquila:
Seguro ha mirado mal, señora Antonia. Tomás estaría ordenando el trastero, que tenemos ahí un batiburrillo de cosas…
Ya estaba subiendo el siguiente tramo de escalera cuando, desde detrás, la voz de Antonia volvió a alcanzarla. La anciana no pensaba soltar presa tan fácilmente; tenía el brillo de quien se sabe poseedora de un as bajo la manga.
Venga ya alargó la vecina, impregnando la frase de satisfacción. Claro, la basura siempre se mueve en maletas, y se apila en el coche ¿cómo no me di cuenta antes?
Aurora se detuvo en la escalera, apretó el asa del bolso con fuerza, pero no se giró. Sabía que si mostraba el más mínimo fastidio, Antonia lo consideraría una victoria. Inspiró hondo, se forzó a mantener la calma, y se volvió:
Le gusta a usted chinchar más que un tonto un lápiz replicó encogiéndose de hombros antes de proseguir con determinación escaleras arriba. Que tenga buena tarde.
Pero Antonia Lledó no pensaba perder la última palabra. Alzando la voz para que se oyera por todo el rellano, remató la faena con evidente gozo:
¡Corre, hija, corre, que ya es tarde! ¡Tomás no se ha ido en taxi, que le ha venido a buscar una rubia de escándalo! Te lo digo claro: con ella sales perdiendo por goleada, bonita.
Aurora cerró los ojos, clavó las llaves en la palma y se repitió no contestar. Si se ponía a discutir, se quedaría otra media hora y no tenía la más mínima gana de alimentar aquella hoguera de mentiras. Reuniendo fuerzas, abrió la puerta, entró deprisa y la cerró con llave.
Intentó quitarle importancia a los comentarios. ¿Quién sabe las cosas que se imagina una abuela sola? Igual se ha hinchado de ver culebrones y ya no distingue ficción de realidad. Al repasar mentalmente la afición de Antonia a meter la nariz en todo, inventando historias de la nada, Aurora se forzó a tranquilizarse.
Tomás no haría eso se repetía. No es de los que se largan sin más, ¿verdad? Un nudo amargo se le instaló en el pecho, pero lo apartó de golpe. Son rumores de vecina aburrida. Tomás me quiere, teníamos planes…
En el piso reinaba un silencio denso. No tardó en romperlo Grisa, su gata blanca y peluda, que apareció de repente y corrió hacia ella, maullando fuerte. Sus ojos verdes brillaban, el rabo vibraba de impaciencia.
¡Grisa! sonrió Aurora al recogerla. ¿Tienes hambre, bicho? Nadie le ha echado de comer a mi princesa, ¿eh?
La acarició, sintiendo cómo la tensión se aflojaba levemente. Grisa seguía quejándose, mirando la cocina de reojo, y Aurora acabó echándose a reír.
No llores, pequeña le prometió mientras se dirigía a la alacena. Ahora buscamos a ese irresponsable de Tomás y le tiramos de las orejas, pero primero te lleno el cuenco.
Dejó a la gata en el suelo junto al bol y vertió pienso fresco. Grisa devoró la cena entre miradas vigilantes a su dueña, esperando no perderla otra vez. Aurora se acuclilló y la observó comer, sintiéndose un poco más tranquila. Con Grisa cerca, los pensamientos tristes parecían menos oscuros.
Pero una inquietud persistente se coló en su cabeza. Tomás siempre se ocupaba de la gata, incluso cuando le sacaba de quicio no se olvidaba de llenarle el cuenco. Más de una vez le ponía el doble, por no soportar sus maullidos.
Aurora recordaba bien cómo en cuanto Tomás entraba en casa, Grisa se le pegaba a los tobillos, reclamando atención y comida. Si la pasaban por alto, se vengaba: lleno de pelos los vaqueros negros, alguna trastada en las zapatillas o hasta un arañazo. Tomás se reía con sus travesuras pero prefería evitar esas venganzas peludas.
Al ver a Grisa engullir el alimento, a Aurora le subía la preocupación. ¿Por qué hoy no la ha alimentado? ¿Por qué este día es distinto? Las palabras de Antonia volvían a resonarle cuando se puso en pie. Tenía que confirmar que todo estuviese bien.
Fue hasta el dormitorio y abrió el armario. El corazón se le hundió al ver las estanterías: donde antes rebosaba la ropa de Tomás, ahora apenas quedaban un par de camisas solitarias. Desconcertada, acarició las perchas vacías como si esperase que todo fuese una ilusión. Pero la realidad era incontestable: la ropa había desaparecido.
Tenía razón la lengua de la vecina, pensó, cerrando el armario y apoyándose en él, sintiéndose de repente abrumadoramente sola. Grisa, después de cenar, se acercó a ella y le dio un golpecito cariñoso, intentando consolarla. Pero Aurora no encontraba consuelo. Sólo pensaba en la desaparición de Tomás y lo que todo eso significaba.
De pronto el móvil vibró con una notificación breve, rompiendo el silencio con brutalidad. Temblándole las manos, Aurora cogió el teléfono y leyó la pantalla: Cariño.
Abrió el mensaje con los dedos helados. Solo unas pocas palabras, pero consiguiendo desplazar el suelo bajo sus pies:
“Me has hartado. Lo nuestro se ha acabado.”
Aurora se quedó inmóvil, sumida en una especie de vacío resonante. No podía pensar nada, sólo ver repetidos esos fríos caracteres una y otra vez. Apretó el teléfono y musitó apenas audible:
¿Y no tenías valor de decirlo a la cara?
Las piernas la abandonaron y se hundió en el sofá; el teléfono cayó sobre un cojín. En ese instante, Grisa se lanzó desde la cocina para plantarse en su regazo, dándole un cabezazo autoritario. Como queriendo dejar claro: Ahora me toca a mí, esclava. Mimos, ¡ya!
Aurora no pudo evitar una sonrisa amarga, entre el llanto incipiente. Apretó a la gata contra el pecho, con la nariz hundida en el pelaje sedoso. Pero, al contrario de lo habitual que Grisa se habría deshecho de inmediato ahora la gata se quedó quieta, ronroneando bajito, entendiendo que Aurora necesitaba apoyo más que nunca.
Mientras la acariciaba, el calorcito de su pequeño cuerpo le fue ahuyentando poco a poco la frialdad interior. Las lágrimas brotaron, pero ya no intentó contenerlas. Simplemente permaneció allí, abrazando a su amiga peluda, susurrando:
¿Y ahora qué hacemos, Grisa?
La gata ronroneó como si dijera: Estoy aquí. Ya saldremos adelante.
**********************
Un año después.
Aurora estaba sentada en el salón, arropada con una manta. Ante ella humeaba una taza de té y sobre las piernas tenía una novela abierta, un intento más de distraerse del pesado silencio nocturno, que últimamente parecía más opresivo que nunca. El reloj marcaba exactamente las once. A esa hora, ella solía prepararse para dormir, que al día siguiente tocaba madrugar para ir a trabajar.
En ese momento sonó el teléfono con una insistencia molesta, rompiendo la tranquilidad. Aurora frunció el ceño mirando el móvil.
¿Quién será a estas horas? pensó. Cualquiera con dos dedos de frente sabría que no se llama así de noche.
Pero la llamada proseguía, aún más impertinente, como si el que marcaba no conociera el significado del respeto.
Bueno, contesto refunfuñó, cogiendo el móvil. Igual es algo urgente…
Contestó con sequedad:
Dime.
¡Hola, Aurora! Cuánto tiempo, ¿eh? Se oyó una voz conocida al otro lado.
El corazón de Aurora se encogió de golpe. No podía olvidar ese timbre pese a todos sus esfuerzos. Tomás. Justo él, que hacía un año se había esfumado de su vida sin dar explicaciones, dejándola sola y desilusionada.
Apretó el móvil, intentando que no se le notara el temblor. Mil preguntas cruzaron su cabeza: ¿Qué quiere ahora? ¿Por qué me llama? ¿Por qué ahora? En voz alta, solo preguntó, fría:
¿Qué quieres?
Clavó la voz cortante, como si el tiempo la hubiese convertido en otra persona. Por dentro, todo le temblaba un año entero, ¡un año! y pensaba que ya había cicatrizado, que había rehecho su vida. Pero ahí estaba: una simple llamada, y las murallas internas se tambaleaban.
¿Qué buscas de mí? insistió, esforzándose por sonar imperturbable.
Siguió un breve silencio al otro lado, como si Tomás reorganizase su discurso. Luego habló, con ese tono ligeramente culpable que tanto le dolía oír:
He estado pensando Me porté fatal contigo. No busco excusas, pero en aquel momento tuve unos problemas muy serios y no quería involucrarte pausó para ver si Aurora le interrumpía o le preguntaba, pero ella guardó silencio. En todo este tiempo no he dejado de pensar en ti. Ahora las cosas han cambiado, quiero que volvamos a intentarlo.
Aurora cerró los ojos, aguantando la carcajada amarga. Problemas Sabía perfectamente que detrás de su desaparición no había más misterio que las ganas de buscarse una chica con mejor posición y más guapa. Recordaba la vez que lo vio, de casualidad, en un restaurante del centro con aquella rubia impecable de vestido carísimo. También cómo Tomás bajó la mirada al cruzarse con ella.
No tenía ganas de sacar aquello. En vez de eso, preguntó despacio:
¿Estás tan seguro de que sigo sola?
El tono neutro de su voz ocultaba un torbellino. Imaginó a Tomás, inmóvil al otro lado del teléfono, preguntándose si ella habría encontrado a alguien nuevo. Si llegaba demasiado tarde.
No se apresuró. Dejó la pausa flotar, disfrutando por una vez al tener el control. Él se había esfumado sin dar la cara; ahora le tocaba a ella elegir.
Tú también me sigues queriendo, seguro que no me has cambiado por nadie sentenció Tomás, sin dejar espacio a la duda, exhibiendo una seguridad que hizo a Aurora reprimir una sonrisa sarcástica.
Lo tuyo es autoestima y lo demás tonterías respondió ella, ligera. Estuvo a punto de colgar, de cortar ese absurdo, pero de pronto se le ocurrió un plan distinto, chispeante, que le calentó el pecho incluso.
Tardó un segundo como si se lo pensara y luego dijo, muy metódica:
Podríamos empezar de cero.
Tomás guardó silencio, incrédulo. Luego soltó un suspiro ilusionado:
¿De verdad? ¿Quieres volver?
Aurora entornó la mirada hacia la ventana, ya oscurecida, y cambió de registro:
Pero de verdad, ¿eh? Nada de medias tintas. Flores, cenas, detalles… todo como es debido. Quiero ver que vas en serio, no que llamas por aburrimiento. Si soportas un mes así, lo hablamos y quizá volvemos a vivir juntos. ¿Te parece?
Al teléfono se hizo el silencio mientras él digería la propuesta. A Aurora le pareció casi verlo calculando si valía la pena el esfuerzo. Por fin respondió, con prisa y un alivio palpable:
¡Por supuesto! Te prometo que no te arrepentirás.
Le sonaba tan entusiasmado que Aurora sonrió para sí.
A ver, ¿cuánto tarda en hartarse del cuento? ¿Y si descubre que ni en un mes puede fingir lo que ya no siente?
No pensaba darle realmente otra oportunidad. Aquello era un experimento, una forma de poner punto final, de poder mirar al pasado sin dudas ni remordimientos.
Muy bien, entonces quedamos mañana a las siete, en la cafetería donde tomamos café por primera vez. ¿Te acuerdas?
¡Claro! respondió rápidamente Tomás. Llegaré puntual. De verdad, Aurora, me alegro tanto
No le dejó continuar. Colgó, dejó el móvil sobre la mesa y respiró hondo. El silencio volvía, pero ahora sentía fuerza, no soledad. Aurora sonrió, esta vez sinceramente. Mañana comenzaría un nuevo capítulo; esta vez ella tendría el control.
************************
Durante ese mes, Tomás se esforzó en aparentar ser el novio perfecto. Cada día se obligaba a hacer cosas que antes le parecían una pérdida de tiempo: compraba ramos caros, reservaba mesas en restaurantes de moda, escuchaba paciente los análisis de Aurora sobre esculturas y cuadros. Por dentro se moría: visitas al teatro, paseos por el Retiro… pero asentía, sonreía y se dejaba llevar.
Solo por un mes se repetía. Después, todo volverá a la normalidad.
El dinero se le escapaba volando; mentalmente hacía cuentas y no cabía en sí de desagrado. Pero convencía a sí mismo: Es una inversión. Que Aurora vea que me esfuerzo, que he cambiado. Luego, podré dejarme de tanto teatro…
Aguantaba sus gustos, sus manías, sus charlas sobre el futuro. Y aunque por dentro hervía, por fuera respondía comprensivo:
Sí, elegimos las cortinas más bonitas, amor mío
Por fin ese mes llegaba a su fin. Aquella tarde tenían la última cita antes de, supuestamente, volver a compartir piso. Tomás miraba el calendario, con el día de hoy marcado en rojo, sintiendo un alivio inminente. Pronto podría dejar de fingir.
Deseaba esa fecha, no porque le hiciera ilusión, sino porque ya no soportaba el gasto ni el esfuerzo. Su idea era convivir un tiempo, lo justo hasta encontrar algo mejor, y después buscar la excusa ideal para marcharse.
Un par de meses, nada más se decía atándose la corbata. A estas alturas, seguro que aparece una opción más interesante. No pienso tragar a Aurora mucho tiempo.
Repasó su aspecto en el espejo, metió en el bolsillo una cajita con un anillo barato el teatrillo del compromiso y salió de casa.
Hoy todo iba a cambiar.
************************
Tomás esperó sentado en su mesa favorita, la del ventanal, en el café de siempre. Llevaba un enorme ramo de rosas y el falso anillo oculto en el bolsillo, dispuesto a representar la escena perfecta si era necesario. Pero Aurora no llegaba. Los minutos pasaban y su malhumor crecía.
Probó a llamarla, marcó dos veces; nada. Le mandó mensajes, ni respuesta. Media hora más tarde, por fin el móvil vibró con una notificación. Ansioso, leyó:
“Me has decepcionado. Ya no eres quien eras. Adiós.”
La rabia le estalló de golpe. Sin pensar, tiró el móvil al suelo la pantalla se astilló contra el mármol y acto seguido lanzó el ramo a la papelera más cercana. Las flores, tan impecables segundos antes, terminaban marchitas entre la basura.
¡Cómo se atreve a dejarme tirado! clamó, sin ver que los demás clientes lo miraban con recelo. No le importaba. Solo sentía rabia y frustración. Un mes de teatro, y ¿ella se largaba así, sin explicaciones, sin darle oportunidad de rectificar?
Sin saberlo, Aurora observaba la escena escondida tras un árbol del paseo. Había visto cómo Tomás perdía la paciencia, cómo tiraba el regalo, cómo explotaba. Ella, por fin, sonrió serena.
Durante ese mes había comprendido muchas cosas. El primer impulso era comprobar si él estaba realmente dispuesto a cambiar; pero las sonrisas de Tomás cada vez parecían más forzadas, y su irritación más evidente. La noche anterior, además, oyó por casualidad cuando Tomás contaba por teléfono su estrategia a un amigo: solo aguantaba por comodidad, mientras encontraba a alguien mejor.
El dolor fue sustituido por una certeza: no quería ser segunda opción ni volver a mendigar cariño.
Dejó que él probara, por su cuenta, lo que es ser dejado sin explicación. Que supiera cómo se siente la espera, la incertidumbre, el portazo en la cara.
Ahora, viéndolo rabioso, Aurora no sentía rencor sino alivio. Había cerrado ese capítulo de su vida.
No en vano dicen los abuelos que la venganza se sirve en plato frío pensó mientras se alejaba. Por fin nacía una nueva etapa, sin mentiras ni juegos, y sin un hombre incapaz de valorarla de verdad.






