Tres lecciones
Llamó al telefonillo y, mientras el auricular chisporroteaba, tuvo tiempo de arrepentirse dos veces. Salir corriendo, decirse a sí misma que aquello era una tontería. O subir las escaleras sin mirar a los lados. La puerta sonó y entró en el portal, con una placa en el segundo piso donde ponía Autoescuela, como si fuese no a aprender, sino a pedir disculpas de antemano.
En el pasillo olía a papel y café de máquina. En la pared colgaban carteles con señales y el horario de los grupos. Una joven recepcionista, sin apartar la mirada del ordenador, le preguntó el apellido. Ella lo dijo, y su voz sonó algo más aguda de lo que le gustaría.
¿Para la práctica? El instructor baja en seguida. Puede sentarsedijo la chica, señalando una silla.
Se sentó. Las rodillas no encontraban postura. En el bolso llevaba las gafas en su funda, el DNI, el informe médico y una libreta donde la noche anterior había apuntado muy ordenadamente: embrague, freno, acelerador. La palabra embrague le resultaba casi obscena, como si insinuara algo íntimo.
Se abrió la puerta del aula y salió un hombre de unos cuarenta años, con chaqueta y un manojo de llaves colgado en un mosquetón. Consultó la lista en el móvil, luego la miró.
¿Usted viene a conducir?preguntó sin sonrisa, pero sin la condescendencia que ella tanto temía.
Sí. Yo…iba a añadir si no le importa o si no es molestia, pero se contuvo. Sí.
Vamos. Soy Sergio Alonso. El coche está en el patio.
No dijo abuela, ni le insinuó mejor estaría en casa. Simplemente echó a andar y ella tuvo que levantarse y caminar junto a él, sin quedarse atrás. En la escalera se agarró a la barandilla como en el ambulatorio, aunque los peldaños estaban perfectos.
En el patio esperaba un Seat Ibiza de autoescuela, con el triángulo amarillo. Sergio Alonso abrió la puerta del copiloto, dejó la carpeta en el salpicadero y se sentó. Ella rodeó el coche, se detuvo ante la puerta del conductor y de pronto sintió que las manos no eran suyas. Llaves, cinturón, pedales… nada de eso parecía pertenecerle. Ella siempre se había sostenido en otras habilidades: la paciencia, las palabras, no molestar.
Siénteseindicó él. Vamos a ajustar el asiento y los espejos.
Se sentó. El asiento estaba bajo, y lo acercó con la palanca como le mostró el instructor. La espalda tardó en encontrar respaldo. El volante estaba templado por el sol y las manos se le vieron más viejas que en el espejo de casa. Ajustó las gafas.
¿Llega bien a los pedales? preguntó Sergio Alonso.
Sí, llego.
Bien. El cinturón.
Sonó el click. Por alguna razón, ese sonido la tranquilizó. Era como abrocharse no el cuerpo, sino la decisión.
Embrague a la izquierda, freno en el medio, acelerador a la derecha. De momento solo sienta las posiciones. No pise, solo toque.
Tocó. Los pedales estaban duros, como puertas antiguas. Sergio Alonso explicaba con calma, frases cortas y claras. Ella escuchaba y en el fondo temía un veredicto: muy bien o pero, mujer. Pero él solo guiaba, no juzgaba.
Arranque. La llave aquí. Gire. Escuche el motor. Ahora embrague a fondo, primera. Suelte despacio el embrague y un poco de acelerador.
Lo hizo tal cual. El coche tembló y se caló.
No pasa nadadijo él. Es normal. Otra vez.
La palabra normal era casi un regalo. Volvió a pisar el embrague, giró la llave. Motor en marcha. Ahora soltó el embrague más despacio. El coche avanzó.
Eso es. Mano firme al volante. No tense los hombros.
Pero los tenía arriba. Al intentar relajar, le entró más miedo, como si aflojar fuese ceder el mando. Condujo por el patio, entre Opel Corsas y Nissan Qashqais aparcados. Del portal salió una señora con bolsas, miró el coche de autoescuela y apartó la vista. A ella le pareció que todos la miraban, viéndole la edad a través del cristal.
Ahí delante hay una curva. Con suavidad. Mire a dónde quiere irle indicó Sergio Alonso.
Miró al final del patio, a la salida, al asfalto con líneas blancas. El coche obedeció. Fue una sorpresa. Descubrió que el volante no era enemigo, solo reclamaba claridad.
Cuarenta minutos más tarde salió del coche con las piernas de trapo. Los dedos le temblaban, como después de fregar con agua fría. Sergio Alonso anotó algo en su libreta.
Por hoy suficiente. En casa repase mentalmente: embrague, marcha, mirada. Y no se preocupe por calar. Nos ha pasado a todos.
Ella asintió y otra vez estuvo a punto de decir perdón. Por calar, por quitarle su tiempo. Por haber venido. Se contuvo.
Por la tarde puso la libreta en la mesa de la cocina y abrió la página de los pedales. Su marido, que ya estaba acostumbrado a sus decisiones como al tiempo, preguntó:
¿Qué tal?
Se muevedijo ella, sorprendida de que sonara menos a queja de lo esperado.
Esa noche se despertó pensando en el salto del coche. Le subió aquel clásico ¿por qué me meto en esto?. Escuchaba el tic-tac del reloj en la otra habitación, pensando en los nietos, que unas veces llevan los padres, otras un taxi, otras ella en autobús haciendo transbordo. En la casita de campo, a la que cada vez iba menos porque las bolsas pesan y no quiere pedir ayuda. En el ambulatorio, donde siempre alguien sentencia: mejor venga con alguien. Y comprendió que no aprendía a conducir por el coche, sino para no tener que justificar cada movimiento.
Al segundo día llegó antes de la hora. Se sentó en la misma silla, sacó las gafas, comprobó que el certificado y el DNI seguían ahí, aunque ya no fueran necesarios. Le reconfortaba abrazarse al orden.
Sergio Alonso la llevó a una explanada en las afueras, con conos y marcas en el suelo. Había otros dos coches de autoescuela. En uno fumaba un chaval con chándal y una chica reía a su lado. La miraron e intercambiaron una mirada.
Vamos a aprender a arrancar en cuesta y a girar en espacio reducido dijo Sergio Alonso. Lo importante es no tener prisa.
Se sentó al volante. Ya sus manos recordaban dónde estaba la palanca del asiento. Espejos. Cinturón. Ese ritual corto que la centraba.
En la cuesta, el coche se caló otra vez. Y luego, otra más. Notó las mejillas ardiendo. Fuera, alguien gritó:
¡Ánimo, abuela, dale más caña!
Las palabras dolieron, le cayeron por la espalda. Soltó el embrague de golpe; el coche dio un bote y rodó hacia atrás. Sergio Alonso pisó el freno inmediatamente.
Pare, tranquiladijo sin alzar la voz. No pasa nada. Mantenga embrague y freno, respire.
Se quedó agarrada al volante. El corazón retumbaba tan fuerte que parecía ajeno. Pensó: ya está, se acabó. Se vio saliendo del coche, diciendo a la recepcionista: me arrepiento. Imaginó tener que decirle a todos: no lo conseguí. Y le dio más vergüenza eso ceder al miedo ajeno que el error en sí.
Molestosusurró.
Está aprendiendorespondió Sergio Alonso. Para eso se cala aquí, para practicar.
Miró al retrovisor, luego a ella.
Y el que grita, que apruebe él primero. No le preste atención. Atención a los pedales y a su mirada.
Eran palabras sencillas, pero contenían eso que tantas veces le había faltado: el derecho a estar en el proceso, sin disculpas.
Volvió a arrancar. Esta vez no quería demostrar velocidad. Solo escuchó el motor, como la había enseñado. Notó cuándo el coche quería ir y metió gas. Subió la cuesta. No fue perfecto, pero subió.
Al acabar la clase, Sergio Alonso le propuso acompañarla a la parada porque el autobús pasaba poco y el viento era frío. Fueron andando por el arcén y ella sentía las piernas aún con el recuerdo de los pedales.
Hoy, la frase de fuera le ha asustadocomentó él.
Quiso responder con el típico bah, una tontería, pero prefirió ser sincera.
Sí. No me gusta sentir las miradasconfesó.
En la carretera siempre le mirarán. Mirar no da derechos. Usted tiene derecho a aprender.
Asintió. Aquel tiene derecho sonaba raro, como si le dieran un papel oficial.
En casa llamó a su amiga, con quien iba juntas a gimnasia de espalda en el centro cívico. Su amiga resopló:
Que se rían. Lo hacen porque les aterra verse en tu lugar. Les demuestras que se puede.
Yo no quiero demostrar nadaprotestó.
Pues demuéstrate a ti. Y no des excusas. No las das cuando vas a la farmacia.
Tras la llamada, se quedó un rato en la cocina. En la ventana se reflejaba la lámpara, y ahí se vio no joven ni vieja, sino viva. Con manos que tiemblan cuando hay miedo, y aun así, sujetan.
Para la tercera clase, fue con unos guantes finos para conducir, comprados en la ferretería. No de cuero ni elegantes, sólo para que no resbalasen las manos. Los metió en el bolso sintiendo que era un gesto para sí misma, no para aparentar.
Sergio Alonso la esperaba en la puerta.
¿Preparada? Hoy salimos por la ciudad. Calles tranquilas, ninguna avenida.
La palabra ciudad le apretó el estómago. Imaginó cruces, autobuses metiéndose a la fuerza, conductores nerviosos. Pero contestó:
Estoy lista.
Se sentaron en el coche. Ella se puso los guantes, se abrochó el cinturón y acomodó espejos. Las manos se veían ahora más firmes, como si tuvieran frontera.
Fueron al principio por calles de barrio. Pronto salieron a una avenida de dos carriles. Sergio Alonso anunciaba:
En doscientos metros, cambio de carril a la derecha. Mire espejo, intermitente, hombro.
Ella lo hizo. El intermitente sonaba como un metrónomo. Miraba el retrovisor, luego giraba rápido la cabeza buscando el ángulo muerto. El coche de atrás guardaba la distancia. Nadie pitó. El mundo seguía entero.
En el semáforo paró en rojo. La pierna del freno se cansaba y movió el talón para evitar temblores. En el coche de al lado el conductor vio el triángulo de autoescuela y apartó la mirada. Le dio igual lo que pensara. Ella estaba en lo suyo.
Ahora toca cambio de sentidoavisó Sergio Alonso. Es complicado, pero hemos elegido un sitio tranquilo.
Fueron a un tramo amplio junto a un solar donde en Navidad ponían el abeto del barrio. Cambiar de sentido requería atención: intermitente a la izquierda, comprobar que no viniera nadie, avanzar al medio, girar a tope, sin pisar el bordillo.
Sintió tensa la espalda. Pensó: ¿y si se cala justo ahora? Pero recordó la cuesta y aquel: fíjese en su mirada. Miró al punto donde quería ir y comenzó la maniobra.
El volante pesaba, los guantes impedían que resbalara. El coche giró en arco. Oyó al instructor decir suavemente:
Bien. Aguante. Un poco más.
Enderezó las ruedas; el coche quedó en su carril. El cambio de sentido salió, no perfecto, pero sin sobresaltos.
Respiró y se dio cuenta de que había contenido el aire durante toda la maniobra. Le entró alivio, como tras subir varios pisos a pie.
A los pocos minutos aparcaron junto a la acera.
Muy biendijo Sergio Alonso. ¿Ve cómo lo consigue?
Miró sus manos en el volante. Los guantes estaban húmedos por dentro. Se quitó uno, secó la palma en los vaqueros, y se lo volvió a poner.
Sergio Alonsodijo, y la voz sonaba ya firme. Quiero pedirle algo. Si me equivoco, explíquemelo sin brusquedad. Así aprendo más.
Él asintió, como si fuera obvio.
Por supuesto. Y pregunte cuando quiera. Lo suyo es preguntar. Mi tarea es explicar.
Le gustó lo de tarea. No era capricho ni antojo, era tarea. No imploraba un favor.
Al terminar, volvieron a la autoescuela. Ella bajó con cuidado, cerró la puerta como si ya no fuese ajena. Sergio Alonso le entregó una tarjeta con el horario.
¿Le apunto para el examen interno en dos semanas?propuso.
Miró la fecha. Dos semanas: no era mañana, ni un día lejano. Era un plazo concreto.
Apúnteme, por favorrespondió.
Sintió las ganas de añadir: si puedo, si no fallo. Reconoció esa manía, como un picor, y no la dejó salir.
En el pasillo, la recepcionista preguntó:
¿Qué tal, le gusta?
Trabajandocontestó, sonriendo apenas, sin disimulos.
En la calle sacó los guantes, los dobló y guardó en el bolso. Caminó a la parada. El autobús llegó a los diez minutos. Subió despacio, pasó la tarjeta por el validador y se sentó junto a la ventana.
El trayecto era corto, pero miraba ahora la carretera de otra manera. No como pasajera esperando que la lleven, sino sabiendo lo que hacen pies y manos cuando el coche gira.
En casa, al quitarse el abrigo, escuchó a su marido preguntar desde la otra habitación:
¿Entonces, no lo dejas?
Colgó el abrigo en la percha, despacio, y contestó:
No lo dejo.
Y en ese no lo dejo no había reto. Solo un sitio calmado y firme dentro de sí, donde ya no hace falta pedir perdón por seguir adelante.






