Entré en el ascensor de nuestro bloque de pisos con dos bolsas pesadas de la compra, cuando me fijé en una pequeña llave plateada con una etiqueta de plástico roja en el suelo, justo al lado del espejo.

Oye, te tengo que contar lo que me pasó ayer en el edificio. Volvía a casa cargada con dos bolsas bien pesadas del súper y, nada más entrar en el ascensor, veo en el suelo, junto al espejo, una llave plateada pequeñita con una plaquita de plástico roja. En la plaquita ponía el número 2B.

El problema es que el 2B ¡es mi piso!

Cogí la llave y me quedé mirando cómo brillaba, era nueva, reluciente, y el número recién grabado. Te juro que yo jamás he mandado hacer copia de mis llaves.

En ese momento se abrieron las puertas del ascensor en mi planta y, justo enfrente de su puerta, estaba mi vecina de 2D, Lucía.

Cuando me vio con la llave en la mano, se quedó como parada un segundo.
Hola me soltó de repente.
Hola le contesté. ¿No habrás perdido algo?
Y le enseñé la llave.

A Lucía casi se le borra el color de la cara.
No no es mía balbuceó.
¿Seguro?
Sí, sí.
Y salió corriendo a su piso, cerrando la puerta.

Me quedé en el pasillo sintiéndome rarísima. Lucía lleva viviendo aquí un par de años. A veces coincidimos en el ascensor, otras veces recoge un paquete para mí si no estoy en casa; nada raro. Pero su reacción me dejó dándole vueltas en la cabeza.

Abrí mi puerta y, aparentemente, todo estaba igual: la cocina tal y como la había dejado, el portátil sobre la mesa, los papeles ordenados pero la dichosa llave seguía rondándome la cabeza.

A la mañana siguiente se me ocurrió hacer una tontería: puse un trocito de celo por dentro de la puerta, pegadito para que casi no se notara. Si alguien entraba después, el celo caería.

Esa noche, cuando volví del trabajo, vi el celo en el suelo.

Me quedé ahí delante durante unos segundos, sin saber muy bien cómo reaccionar. Alguien había entrado.

Entré con el corazón latiendo a mil. De primeras, todo estaba normal. Pero entonces vi que mi taza de café, esa que siempre dejo en una esquina de la mesa, estaba en la otra punta. Nada más.

Al día siguiente, puse una mini cámara al lado de los libros, medio escondida. No se lo conté a nadie.

Al tercer día, volví antes de lo habitual. Antes de entrar, abrí la app del móvil. La cámara había detectado movimiento.

Le di al vídeo. Se ve la puerta abrirse y, al poco, entra Lucía. Miró alrededor, asegurándose de que no hubiera nadie. Se sentó en mi sofá y estuvo allí, en silencio, unos diez minutos. Nada más, sólo sentada. Luego se levantó, cogió un libro de la estantería, lo miró un rato, y lo devolvió a su sitio. Se fue tan tranquila.

Vi el vídeo unas cuantas veces, intentando entender.

Esa noche fui a su puerta y llamé. Me abrió Lucía.
Hola dijo con voz apagada.
¿Podemos hablar?
Me miró un poco a la defensiva.
¿Sobre qué?
Sobre la llave.

Su cara cambió de repente.
¿Qué llave?
Le mostré el móvil y puse el vídeo. Lo vio y, poco a poco, se le fue agotando la expresión.

Esto No es lo que piensas me susurró.
¿Entonces qué es?
Suspiró, el alma encogida:
Hace tres meses, mi hermano vivía en tu piso.
Me quedé de piedra.
¿Cómo?
Antes de que tú llegaras, él era el inquilino. Bajó la mirada Falleció.
El pasillo estaba en silencio total.
Y continuó a veces entro y me siento allí unos minutos. Era el último sitio donde le vi con vida.
Tenía la voz temblorosa.

No supe qué decir. Nos miramos un momento.
Ya sé que es raro murmuró Lucía.
Señaló el móvil.
Pero, dime de verdad ¿Es tan grave?.

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Entré en el ascensor de nuestro bloque de pisos con dos bolsas pesadas de la compra, cuando me fijé en una pequeña llave plateada con una etiqueta de plástico roja en el suelo, justo al lado del espejo.
Mi casa, mis reglas