Está libre Leonor alzó la vista y esbozó una sonrisa suave.
Aquel gesto surgió de forma natural, como si lo hubiera practicado toda la vida, aunque en realidad apenas comenzaba a aprenderlo en las últimas veinticuatro horas.
Jaime Herrera se presentó el hombre, sentándose frente a ella Asesor financiero.
Hablaba con serenidad, sin prisas ni presión. No apartaba la mirada hacia sus hombros descubiertos, como sí lo hacían muchos esa noche; la miraba directamente a los ojos.
Leonor respondió ella Soy profesora. Cuando hay oportunidad.
Cuando hay oportunidad, eso es ser honesta asintió Jaime Así que sabes lo que vale el tiempo.
El camarero depositó las copas de vino. La música volvió a llenar el salón; las conversaciones retornaron, pero ya eran otras. Más suaves. Con frecuentes miradas hacia ella.
Leonor lo notaba. No le incomodaba; más bien, la sorprendía.
Sus joyas… se inclinó un poco Jaime ¿Son artesanales?
Sí.
Se nota. Ahora todo es de fábrica o demasiado ostentoso; esto tiene personalidad.
Leonor sonrió.
Personalidad. Hacía tiempo que nadie empleaba esa palabra para describirla.
Luis se acercó tras unos diez minutos. Se detuvo a cierta distancia, como asegurándose de que no era una ilusión, y después forzó una sonrisa.
Leo al final viniste.
Su mirada fue enseguida hacia Jaime. Rápida. Evaluadora.
Sí dijo ella, tranquila Cambié de opinión.
¿Y él quién es?
En su voz apareció un matiz que Leonor conocía demasiado bien. Poseedor.
Jaime Herrera el hombre se levantó y tendió la mano Acabamos de conocernos.
El apretón fue breve y firme.
Luis apartó la vista primero.
Eh carraspeó Me alegra que estés bien.
Siempre he estado bien, Luis respondió Leonor en voz baja Simplemente llevas años sin mirarme.
Quiso replicar, pero otras personas se sumaron a su mesa. Y después más.
Preguntas sobre las joyas, dónde aprendió, si se podía encargar un conjunto similar.
Jaime permanecía junto a ella, sin protegerla ni eclipsarla. Simplemente estaba.
Luis rondaba inquieto el salón. Iba y venía.
Sus compañeros miraban a Leonor con el respeto que él llevaba toda la noche intentando conquistar.
¿Es ella tu mujer? oyó susurrar a su espalda Jamás lo habría imaginado.
Más tarde, cuando sirvieron el postre, Jaime dijo:
Perdóneme la franqueza. Está usted en una encrucijada. O se mira atrás y se vuelve, o se avanza. La mayoría prefiere regresar; es más sencillo.
¿Y usted? preguntó Leonor.
Yo siempre avanzo. Por eso he empezado de cero dos veces. Y por eso me he divorciado dos veces.
Leonor se rió.
No por cortesía, sino de verdad.
¿Sabe? dijo Hoy me di cuenta de que todos estos años he vivido como un borrador.
Entonces, llegó el momento de la versión definitiva.
Cuando el banquete terminó, Luis la alcanzó en la salida.
Leo, espera. Debemos hablar.
Ella lo miró sin enfado. Sin resentimiento.
Como se contempla a alguien que ya pertenece a otra vida.
Te escucho.
Yo me pasé. Con aquello de “me avergüenzo”. Estaba agobiado. El puesto nuevo, las expectativas ya sabes.
Lo sé asintió ella Tenías miedo de que te recordara quién eres de verdad.
Él palideció.
¿De qué hablas?
No te avergüenzas de mí. Te avergüenza ver que, sin mí, no eres nada.
Su tono era sereno. Por eso mismo, las palabras dolieron aún más.
Leonor, ¿qué quieres? ¿El divorcio?
Ella paseó la vista por el salón las mesas recogidas, las risas que se desvanecían, la noche en que volvía a ser ella misma.
No. Respeto.
Se quitó el collar y lo depositó suavemente en su mano.
Esto no es para quien se avergüenza.
Él se quedó allí de pie, sintiendo el peso frío de la piedra azul en su palma.
Una semana después, el teléfono de Leonor sonó.
Primero era una tienda de joyería de autor. Luego, otra. Luego, una galería.
Nos dieron su número. Nos dicen que crea piezas únicas.
Ana reía al teléfono, Marta ya hacía planes.
Leonor, sentada a la mesa, ordenaba abalorios y sentía cómo algo en ella, que creía irremediablemente roto, comenzaba a recomponerse.
Luis intentaba mostrarse atento. Llevaba flores. Decía: “hoy estás guapa”.
Pero ya no funcionaba.
He presentado la demanda de divorcio le comunicó una noche, mientras los niños hacían los deberes.
¿Por el banquete? preguntó él, con la voz ronca.
No. Por los doce años en los que fui invisible.
Él guardó silencio.
Por primera vez, de verdad.
Un mes después, Leonor volvió a sentarse en el restaurante del paseo marítimo.
No era un banquete era una reunión de negocios.
Frente a ella, Jaime. Ahora, socio.
¿Sabe? dijo él Me alegro de que aquella noche finalmente viniera.
Yo también sonrió Leonor.





