La gata, al percibir la desesperación y el dolor persistente del niño, se deslizó sobre sus piernas, le ronroneó suavemente de manera tranquilizadora, le miró a los ojos y le acarició las mejillas con su diminuta nariz
Sobre una vieja manta de lana, cuidadosamente extendida por la abuela en el sótano de la casa, justo bajo una tubería de la calefacción, yacía la gata, vigilando atenta a sus cachorros. El ventanuco del sótano era pequeño y, a través de él, de vez en cuando se colaba el viento frío, acariciando con sus dedos helados a toda la pequeña familia felina.
Los gatitos, ajenos al frío, jugaban correteando y se peleaban por algún trocito de lana arrancado de la manta. Con el siguiente soplo de aire gélido, corrieron chillando hacia la tubería caliente y al cuerpo cálido de su madre.
Mientras los lamía uno a uno, la gata pensaba, inquieta, en el futuro. La vida apacible y sin demasiadas penurias parecía estar llegando a su final. La abuela que los alimentaba no había aparecido en tres días. ¿Estaría enferma? ¿O le habría pasado algo peor? Ella necesitaba buscar comida, tanto para sí misma como para sus pequeños.
Suspiró hondo, reunió a los gatitos y, tras advertirles con una mirada que se mantuvieran tranquilos, se deslizó silenciosa hacia la ventana. De un salto ágil subió al alféizar. Un vendaval le erizó el pelaje apenas asomó la cabeza. Salió al exterior, pisando con cautela la tierra fría, y empezó la búsqueda.
Cerca de una tienda de ultramarinos del barrio, consiguió saborear un poco de pienso barato húmedo, compartiéndolo con otra gata callejera. No era gran cosa, pero tampoco podía llevarse comida a los gatitos ni arrastrarlos hasta allí: resultaba demasiado peligroso.
Frente a la carnicería, el carnicero sacó en una tabla unos recortes de carne helada, deslizándolos sobre un trozo de cartón. Había tantos gatos alrededor esperando su turno que la gata ni se atrevió a acercarse. Un perro grande apareció de repente, ahuyentó al resto y engulló todos los restos en pocos segundos.
Con las patas entumecidas, la gata entendió que seguir deambulando solo podía terminar mal. Volvió al sótano con las manos vacías. A su paso, divisó un edificio grande, decorado con luces de colores, que se llenaba de familias entrando y saliendo.
La curiosidad venció a su cansancio. Metió una pata bajo su vientre y se acercó para observar cómo los adultos acompañaban a los niños de la mano por la puerta, todos sonrientes, con risas que llenaban el aire festivo.
Aprovechando un despiste, la gata se coló tras ellos y, bordeando la pared discretamente, llegó a un gran salón. Se escondió bajo una silla en la esquina y observó todo, con los ojos muy abiertos.
Niños vestidos con ropas elegantes bailaban alrededor de un árbol de Navidad, cantando villancicos entre risas y alegría, mientras los padres los contemplaban con sonrisas cálidas. El abeto relucía iluminado, y las bolas de colores multiplicaban la luz, llenando la estancia de una atmósfera mágica.
Entonces entró un hombre disfrazado de Rey Mago, con barba blanca y un saco a la espalda. Hablaba en voz alta, gastaba bromas e iba repartiendo regalos entre los niños. Pronto terminó la función, todos comenzaron a irse, y cuando las luces del árbol se apagaron y el salón quedó vacío, solo permanecieron el Rey Mago y una muchacha vestida de azul.
La gata, ya calentita bajo la silla y cautivada por tantas caras sonrientes, seguía en su escondite cuando la descubrieron
Pablo, cadete en la Academia General Militar, había regresado a casa por vacaciones. Al llegar al orfanato de Vallecas, lo recibió calurosamente doña Carmen y la gata Madre. Los niños se avalanzaron sobre él entre risas y abrazos, cada uno intentando contarle sus novedades de primero. Madre, con sus grandes ojos verdes, esperaba en silencio. Cuando Pablo pudo, la tomó en brazos y sintió su leve ronroneo, cálido y conocido.
La gata cerró los ojos, disfrutando el reencuentro. Años atrás, al rescatarla junto a sus cachorros, Pablo también había salvado una parte de sí mismo: desde entonces creyó de nuevo en la bondad y tuvo confianza en el porvenir.
Al día siguiente salió corriendo a casa de Lucía, amiga del orfanato que soñaba con ser médica. Su padre, don Enrique, jefe de pediatría del hospital del distrito, les propuso una idea:
La Navidad es la fiesta de la esperanza, y mis pequeños pacientes solo la ven desde la ventana. ¿Por qué no les organizáis una sorpresa para animarles? Quizá se recuperen antes.
Lucía y Pablo aceptaron felices. Los disfraces los prestó doña Carmen y la función fue tan animada y divertida que decidieron repetirla después en el orfanato para los más pequeños. La ilusión fue inmensa.
Lo que no sabían, es que la directora del centro cultural de RENFE los había visto: los invitó enseguida a dar un par de funciones más. ¿Quién podría negarle la alegría extra a los niños?
Lucía, mira: ¡alguien más se ha quedado a ver el espectáculo! dijo Pablo quitándose la barba y haciendo un gesto hacia la gata aún bajo la silla.
Se han ido todos menos ella. Será porque le ha gustado más que a nadie rió Lucía. ¿Le buscamos un regalo?
Lo que necesita primero es comer respondió Pablo. Compartamos nuestro bocadillo.
Lucía sacó un paquete envuelto en papel de plata. El aroma era tan tentador que la gata no se atrevió a huir.
Toma, bonita le ofreció Lucía un trocito de chorizo.
La gata, desconfiada, se erguió y atrapó la golosina entre sus patas. Quiso tragarlo de un bocado, pero al recordar a sus crías, se contuvo, maulló dócilmente y fue hacia la puerta. Antes de marcharse, miró suplicante a los jóvenes.
Quédate dijo Lucía acariciándole el lomo. Aquí nadie va a quitártelo.
Está muerta de hambre susurró triste Pablo.
No comerá aquí meditó Pablo con los ojos en la gata. Tiene gatitos escondidos, y seguro que pasan hambre. Llevará la comida a sus pequeños. Madre era igual.
Abrió la puerta despacio, y la gata salió ágil y silenciosa.
Ambos siguieron su carrera con la mirada: cruzó la plaza nevada frente al club y desapareció en el ventanuco oscuro de la casa de enfrente.
¿Quedan más bocadillos? preguntó Pablo cerrando la puerta.
Sí, un par.
Mejor dejémoslos para la gata. ¿Viste hacia dónde corrió?
Los gatitos devoraron aquel trocito de chorizo en un santiamén y miraron insaciables a su madre para pedir más. Ella se giró simulando dormir, ignorando el vacío del estómago, y el sabor aún vivo del manjar que ni probó.
No pudo quedarse dormida. Pronto, crujidos en la ventana y una voz familiar:
¡Misu, misu… sal, gatita! ¡Te hemos traído comida!
Reconoció los mismos olores y voces. No dudó, y corrió hacia el ventanuco. Habían dejado allí más rodajas aromáticas. Los chavales esperaban, apartados por si la asustaban. Tomó las golosinas y desapareció de nuevo en la penumbra.
Así que aquí es donde están los gatos reflexionó Pablo.
Hoy han cenado, mañana también podemos ayudarles dijo Lucía, arropándose del frío que caía sobre Madrid. Pero eso no basta, les hacen falta familias. Pablo, tú eres nuestro Rey Mago, ¡haz tu magia!
Decidido afirmó, poniéndose de pie. ¿Dónde está la entrada al sótano?
Al día siguiente, en la puerta del centro cultural, el Rey Mago saludaba a los niños y padres, y, tras hablar discretamente con algunos adultos, corrió sonriente hacia Lucía: había encontrado hogar para los tres cachorros.
Durante la función, entre regalos y sorpresas, tres niños afortunados recibieron su gatito, ante la envidia de los demás. Pablo eligió a sus nuevas familias con el corazón: niños amables y madres dispuestas a cuidar de los pequeños. Sabía bien reconocer la calidad humana; la infancia en el orfanato lo había convertido en experto.
La gata no protestó. Entendió que era lo mejor. Pero en su pequeño corazón quedaba aún ternura y el deseo de cuidar y ser querida. Lucía y Pablo, aún disfrazados, se sentaron a su lado y la acariciaron, en un intento de consolarla.
Se aproximó un hombre, empujando despacio una silla de ruedas en la que iba un niño de unos seis años. Los ojos del chiquillo destilaban una profunda tristeza. Fijó la mirada en la gata, y la gata se la devolvió, atenta.
Disculpad dijo el hombre. ¿Ya no quedan gatitos? Sergio soñaba con recibir uno de manos del Rey Mago esta Navidad. Habría sido el mayor milagro para nosotros. Si lo hubiéramos sabido antes
Ya están adoptados Lucía se disculpó con una mueca triste. El hombre suspiró profundamente.
No necesita un cachorro afirmó Pablo, mirando a Sergio. Ahora tiene a la mejor amiga que podría soñar.
Sintiendo el dolor y la soledad en el niño, la gata se subió despacio a sus piernas, le ronroneó al oído, le miró fijamente y le acarició la mejilla con la nariz, como prometiéndole cuidado y paz.
Todo irá bien parecía decirle su ronroneo, aquí me tienes, siempre contigo, haré que tu pena desaparezca
Sergio esbozó una sonrisa y abrazó a la gata con fuerza, hundiendo la cara en su suave pelaje. Solo acertó a susurrar:
Gatita mi gatitaPablo, Lucía y todos los presentes guardaron silencio al contemplar esa escena mágica. Afuera, los primeros copos de nieve comenzaban a caer, dibujando luces titilantes en las ventanas del centro cultural. El padre de Sergio, con la voz temblorosa, dio las gracias.
Al abrir la puerta para marcharse, un murmullo alegre resonó por el vestíbulo. Los niños del orfanato, tomados de la mano, miraban cómo el Rey Mago entregaba el regalo más valioso: compañía sincera y amor sin condición. Porque en aquella Navidad, había milagros para todos, grandes y pequeños.
Sergio, con la gata en brazos, saludó a sus nuevos amigos. La tristeza no podía con la promesa de un ronroneo cálido y una naricita húmeda, como quien trae de vuelta la esperanza.
Esa noche, bajo la luz suave de la luna y el parpadeo distante de las estrellas, en la recámara azul donde Sergio dormía, la gata se acomodó junto a su almohada. Él le susurró un gracias antes de cerrar los ojos, seguro al fin de que una parte de la magia de los Reyes Magos había decidido quedarse, para velar por su corazón y por sus sueños.
Y así, entre abrazos, juegos y el inicio de nuevas familias, la Navidad dejó grabada su huella indeleble en todos: la certeza de que, a veces, lo más sencilloaquello que se entrega sin pedir nada a cambioes el regalo más grande que podemos darnos unos a otros.
Nunca faltaron, desde entonces, ni villancicos ni cuentos en el orfanato, ni rodajas de chorizo escondidas junto al ventanuco, ni manos dispuestas a atender a quienes más lo necesitaban. Porque el verdadero milagro, comprendieron todos, es no perder nunca la esperanza y saber que, aún en los inviernos más fríos, siempre hay un lugar cálido donde merece la pena volver.







