Una cara sin historia
Mamá, entiéndelo, ¿vale? Es solo una oficina. Ahí la gente es seria, muy de negocios. No puedes ir así… vestida, pues, como vas.
¿Así cómo, Lucía? ¿Cómo exactamente?
Marina estaba frente al espejo de la entrada, abrochándose los botones de un abrigo azul marino más clásico que la tortilla de patatas. Buen abrigo, aún aguantando tras tres inviernos. Lo pilló en El Corte Inglés en rebajas. Lucía, desde la puerta, jugueteaba nerviosa con el asa del bolso. Manicura perfecta, pelo cortado en esa peluquería carísima de la calle Fuencarral, esa donde los precios casi dan para la compra semanal de Marina.
Así, con ese abrigo… con esa cara. Mamá, que va a estar don Sergio García. Es el director general de “Luz Belleza Iberia”. ¿Lo entiendes? Es muy importante.
Lo entiendo. ¿Y qué pasa con mi cara?
Lucía cerró los ojos un instante. Lo insoportable no era que su madre no lo entendiera. Lo era que lo entendía perfectamente, pero aun así preguntaba.
Mamá, es que… tienes una imagen… buscó una forma suave… natural. Allí todas las mujeres están arregladísimas. Es otro nivel.
¿Arregladas significa con la cara llena de pinchazos?
No hace falta tanto, pero…
Pero arrugas. Quieres decir arrugas.
Marina se giró hacia su hija, con calma, ni pizca de enfado, solo esa curiosidad, casi peor que el reproche. Lucía abrió la boca, la cerró.
Mamá, que no es eso…
Solo llevo unos papeles. No voy de candidata a Miss España. Dijiste que sin estos documentos no podéis hacer la reunión porque el mensajero falló. Si quieres, se los doy al guardia y me marcho.
No, mamáLucía suspiró. No, mejor no. Vamos.
Salieron. El abril madrileño tampoco decidía si iba o venía, camisa o chaquetón. Por la mañana, sol de camiseta. Al mediodía un viento frío desde el Manzanares te recordaba que te ilusionas rápido. Marina caminaba erguida, el abrigo bien cerrado. Jamás se encorvaba. Lucía se acordaba de aquellas broncas infantiles tipo “espalda recta, que no eres una abuela”. Ahora era ella quien vigilaba su postura, su madre iba como siempre: derecho, sin pensar.
El metro estaba a cinco minutos. Silencio. Marina miraba fachadas, palomas, los charcos esquivados por la gente. Lucía pensaba en la reunión, en cómo estaría Sergio García, en el lío de los documentos, y de cómo la pobre Marta, la de logística, iba a cobrar. Y, sin saber por qué, recordaba las arrugas de mamá y sentía cierto bochorno. Rápido quitó el pensamiento de en medio.
Oficina de “Luz Belleza Iberia”: dos plantas en un centro de negocios en la Castellana. Fachada de cristal, conserje en chaleco, máquina de pases. Todo nuevo para Marina, su hija nunca la había traído en tres años. No por esconder nada, simplemente nunca hizo falta. Quedaban en casa o en alguna cafetería de Legazpi, de las de toda la vida.
Por aquí, Lucía pasó el pase, ven conmigo.
Marina miraba todo con atención. El hall en grises, jarrón de orquídeas blancas. Una recepcionista de sonrisa entrenada, esa que ponen todos los que trabajan de cara al público. Marina no llegó ni a devolver la mueca, Lucía ya tiraba hacia el ascensor.
Vamos al sexto.
Dentro, otro espejo. Marina y su reflejo, al lado el de su hija. Lucía en su móvil, su rostro sin una línea, aquel cutis de anuncio, como si cada día le pasaran la goma de borrar lo innecesario. Buena cara, sí. Marina, al verse, solo pensó que bastante decente. Arruguillas en los ojos, pliegues junto a la boca, la frente ya no tan lisa como a los cuarenta. Cada arruga era historia vivida, pensó. Tal la que surgió entre el ceño al morir su padre (ella no lloró, solo fruncía el entrecejo). Las de la risa en la comisura había reído mucho y a cuenta propia. Las de los ojos: señal de que disfrutaba mirando, de buscar el horizonte.
El ascensor paró. Lucía guardó el móvil.
Mamá, por favor. Solo da la carpeta y te espero.
Tú tranquila, ya soy mayor.
La sexta planta, puro espacio diáfano. Luz blanca, mesas blancas, portátiles, empleados y carteles de campañas. Marina reconocía ciertas caras: no rostros reales, sino famosillas de crema que la saludaban cada tarde desde la tele. De cerca, parecían imposibles: demasiado iguales, demasiado perfectas, de copiar y pegar hasta el infinito.
¡Lucía! Una joven trajeada se acercó. ¿Los documentos? Sergio ya los reclama.
Sí, mi madre los trae, Lucía casi se atraganta con el “mi madre”, pero Marina se fijó. Es Paloma, mi jefa de departamento.
Encantada. Marina le tendió la mano. Marina Navarrete.
Igualmente. Paloma giró al asunto. Dame la carpeta, la llevo yo directa, no hay tiempo.
Un momento, Paloma, hay papeles extra, tengo que explicar el orden.
Paloma resopló, miró el reloj, resignada.
Vale, ven. Y Marina, siéntese allí en el sofácito, no tardamos.
Marina se sentó en un sillón gris. Lucía y Paloma desaparecieron al fondo. Marina, sola, salvo por la marea de gente absorta en sus pantallas.
Se quitó el abrigo, lo dobló sobre las rodillas. Sacó de su bolso un termo pequeño. Café del bueno, de los de casa, con cardamomo. Costumbre de funcionaria de archivo; nunca fiarse del café ajeno. Sirvió en la tapita. Buen café, sí señora.
Algo cayó cerca. Un chico joven, gafas y pinta de programador, agachado a por su móvil caído.
¿Todo bien? preguntó Marina.
Sí, gracias, sonrió. ¿Venía usted a algo de trabajo?
La hija trabaja aquí. Traje unos papeles.
Ah, bien. ¿Café de casa? señaló el termo.
Sí, ¿le apetece?
Soltó una risa breve de sorpresa.
No, gracias. Llevo tres cafés de máquina. Ya estoy temblando.
Eso no es sano.
Lo sé. Maldito deadline.
Marina asintió. Esa palabra la explicó Lucía hacía años.
Al fondo, las salas de reuniones separadas por cristal. De allí salía un grupo de cuatro discutiendo algo. A la cabeza, un hombre alto, canoso, americana clara. Hablaba rápido a una mujer; ella asentía y escribía. Marina tardó tres segundos en encajar el movimiento: era la forma de andar, la espalda recta, el paso firme, sin pose. Sergio Gómez. De la clase de al lado. A ese Sergio echaron varias veces de química por pensar en voz alta.
No disimuló mirando el móvil ni ocultó la cara tras el termo. Si la veía o no, le daba igual.
La vio. Paró. La mujer le miró esperando respuesta.
Un minuto, Ángeles, dijo él. Se acercó.
Marina dejó el termo en la mesita.
¿Marina? No preguntó, más bien constató. Por si colaba.
Sergio Gómez, décimo B.
Soltó una carcajada breve.
Décimo B… Treinta y seis años.
Treinta y siete. El año pasado teníamos el aniversario.
No fui.
Casi nadie fue.
Él la miró de un modo extraño. Era ausencia de juicio, pensó Marina. Nadie escaneando categorías o jerarquías. Solo se fijaba en ella, como si le alegrara verla sin más.
¿Cómo acabaste aquí?
Mi hija trabaja aquí. Lucía Ramírez, marketing.
Ramírez, claro, buen fichaje. ¿Traías papeles, entonces?
Falló el mensajero. Vivo más cerca.
Muy bien hecho. Sin condescendencia, sólo como quien constata. Marina, sigues… buscando palabras. ¿Recuerdas cuando doña Matilde decía de algunos: una cara con historia? Así te veo.
Matilde, la profe de literatura. Marina la recordaba perfectamente.
Lo decía de Dostoievski.
Y de ti, después de aquel ensayo de Ana Karenina. Que escribiste que es más guapa de mayor, porque hay verdad en ella. Matilde lo leyó en alto.
No me acuerdo.
Yo sí.
Apareció Lucía al fondo, carpeta bajo el brazo, andando rápido. Vio a su madre sentada con don Sergio. Se acercó.
Sergio, la carpeta con todo; lo he ordenado todo por pestañas.
Muy bien. Casi ni mira. Lucía, ¿sabías que tu madre era una genia en redacción del cole?
Lucía parpadeó.
No… no tenía idea.
Íbamos al mismo colegio, clases distintas. Vuelve a Marina. Oye, ¿tienes prisa? Ángeles, retrásame la reunión una hora, salgo a comer.
Ángeles asintió con resignación.
Sergio, tienes jaleo.
El jaleo espera treinta minutos. Hay una cafetería abajo decente. Miró el termo. Pero seguro que tu café es mejor.
Es casero, con cardamomo.
Me encanta el cardamomo, miró a Lucía. Vente también, tómate un break, mujer.
Lucía dudó.
Tengo veinte minutos, aviso a Paloma.
La cafetería era pequeña y acogedora, inesperadamente agradable para ese entorno. Tres mesas, barra, olor a napolitana reciente. Marina pidió un simple americano. Sergio también. Lucía algo largo, con leche de avena, porque tocaba.
Se sentaron. Silencio, de ese bueno, de los que no exige hablar.
¿Archivista toda la vida? preguntó Sergio.
Veintidós años. Me prejubilé cuando ofrecieron. Lo pensé y acepté.
¿Te arrepientes?
No. Ahora tengo tiempo. Leo, voy al teatro… y tengo un huerto en la sierra.
¿En serio? Un huerto.
¿De qué te ríes?
Nada Es que no me imagino con tiempo para eso. Ya me gustaría.
Pues es fantástico. Cave usted y deje la cabeza vacía, pruébalo.
Lucía observaba a ambos: el jefe serio de la oficina y la madre de vida sencilla, defendiendo el cardamomo y el tomate del huerto. Dos mundos que nunca debían cruzarse, y ahí estaban, hablando de la vida como si nada.
No me dijiste que compartisteis colegio, mamá.
No preguntaste.
Sabías que trabajaba aquí
Sí.
¿Y no te presentaste?
¿Para qué? Su vida, la mía.
Hubiera sido una alegría, intervino Sergio.
Marina lo miró.
Siempre fuiste bueno diciendo cosas bonitas.
No es bonito, es real. Llevo veinte años en belleza. He visto miles de caras: de anuncio, de revista, de clientes… Y los rostros que se recuerdan son los que tienen algo dentro. No los lisos, no tras mil retoques, los que muestran que se ha vivido, reído, sufrido.
Lucía miraba el café vainilla-pose y sentía un pellizco, como cuando sabes que te has equivocado pero no lo confiesas.
En vuestro sector no se piensa así, dijo Marina.
Sé bien cómo funcionan los cánones. Yo los promociono. Pero no significa que crea en ellos.
¿Y por qué hacerlo?
Negocio. Se encogió de hombros. La gente compra esperanza. Yo intento que lo que vendemos no sea cuento.
Eso ya es bastante, asintió Marina.
Lucía miraba a sus dos referentes y percibía que entre ellos había algo común, inexplicable por edad o éxito. Una especie de seguridad tranquila; sabían quiénes eran, sin demostrar nada cada día.
Lucía, ¿sabías que tu madre era la más lista del cole?
No la más lista, corrigió Marina.
La más. Pero nunca levantaba la mano. Esperaba el fallo del atrevido y de repente le corregía discretamente. Y siempre tenía razón.
¿Por qué te acuerdas?
Yo era el bocazas… varias veces me corregiste. Lo recuerdo porque la primera vez me molestó, luego me fascinó.
Rieron ambos. Lucía las miraba, viendo por primera vez esa ligereza en su madre después de mucho.
Tengo que irme, dijo Lucía. ¿Te quieres venir, mamá?
No, me quedo. Luego te llamo.
Lucía subió al sexto, mientras pensaba en contarle por WhatsApp a Carmen el milagro de la mañana. Pero no lo hizo. Era demasiado íntimo.
De vuelta al curro, pasó por el sillón donde hacía poco reposó su madre. En la mesa estaba la tapa del termo.
¿Todo entregado a Sergio? preguntó Paloma.
Sí, todo.
Genial. ¿Y? ¿Qué ha dicho?
Que está todo bien.
Por cierto, ¿de dónde conoce tu madre a Sergio? Les vi marcharse juntos.
Fueron compañeros de clase. Pararelamente.
Paloma se sorprendió.
¿Y habló de ella?
Lucía dudó, presintiendo el runrún de cotilleos.
Solo han tomado un café. Llevaban treinta y siete años sin verse.
Paloma asintió con ceja alta y se fue. Lucía frente al ordenador, la hoja de excel y las cifras pendiente de cerrar desde el día anterior… pero su cabeza miraba por la ventana, donde la Castellana reverdecía en su primer abril.
Pensó en lo que dijo en el espejo: Tienes una imagen natural. Y cómo sonaba: no como cumplido, sino como defecto. Como algo que debería borrarse.
Había aprendido bien el idioma de su empresa. Palabras de transformación, tu mejor versión, no te conformes con verte como no quieres. Sonaban potentes. Ella creía en los productos. Buenos productos. Pero ahora esos lemas sabían a poco. Mejor versión en su jerga es siempre una versión más joven. Más tersa. Versiones sin historia. Y Sergio, creador de ese lenguaje, le decía que lo que queda en la memoria son las caras con vida propia.
Miró en el móvil una foto antigua de su madre en el huerto, verano pasado. Sentada en el porche, taza en mano, el sol de lado. Arrugas a la vista. Cara de vida real. Sintió un pinchazo.
Cerró la foto y volvió a la tabla.
Abajo, Marina y Sergio iban por el segundo café.
¿Qué tal tú? ¿Estás casada? preguntó él.
No, divorciada hace ya veinte años.
¿Difícil?
Al principio sí. Luego mejor. Luego bien. Lo normal.
Yo igual, hace ocho años. Dos hijos: uno en Barcelona, otra aquí. Sin nietos todavía.
¿Te apetece tenerlos?
Si digo sí, presiono. Si digo no, miento.
Respuesta honesta.
Lo intento. La miró. Marina, quiero preguntarte algo. ¿Te ofenderá?
Prueba.
¿Nunca te sentiste sola tras el divorcio?
Ella lo pensó de verdad.
Al principio sí. Luego me acostumbré. Y más tarde me di cuenta: soledad y estar sola no es lo mismo. Se puede estar sola sin sentirse perdida. Me gusta mi vida.
Y se nota.
¿El qué?
Que lo dices creyéndolo. No convenciéndome, ni a ti. Solo lo dices.
Marina miró por la ventana: gente ajena pasando, con sus mil asuntos.
¿Y tú, Sergio, eres feliz?
No contestó al instante. Buena señal. Los que responden rápido eso, nunca lo han pensado.
A ratos. El trabajo bien, los hijos sanos, la salud aguanta. Pero falta algo, no siempre sé el qué.
Honesto, de nuevo.
Me felicitas como si no fuera común.
A veces, no lo es. Menos aún en despachos como el tuyo.
Se miraron. Nadie tenía prisa por hablar. Mejor el silencio.
¿Te puedo pedir el número? dijo él.
¿Para qué?
Para llamarte.
¿Y para qué querrías?
Porque disfruto hablando contigo. Y porque me falta alguien que me corrija con gracia y con razón.
Ella sacó su móvil. Nada de pantalla infinita ni florituras. Marcó el número dictado.
Ya está. Te llamo y lo tienes.
Vibró el teléfono de él. Sonrieron como niños.
Perfecto. Sergio se despidió. ¡Ángeles va a estar de los nervios!
Ve, que no quiero líos en tu empresa.
¿Te has arrepentido de venir?
No vine, me arrastró Lucía.
Lo mismo es.
No me arrepiento.
Salieron. En el ascensor, él se volvió:
Marina.
¿Sí?
Eres guapa. Sé que se dice mucho, pero lo digo de verdad. Guapa como lo son las cosas que envejecen bien, madera vieja, porcelana antigua, una ciudad que ha visto mundo. En ellas hay una belleza diferente.
Ella lo miró tranquila.
No soy porcelana, Sergio.
No, eres mejor.
Se cerraron las puertas. Marina bajó y cruzó el vestíbulo, pasando junto al jarrón y el conserje. Afuera, viento de abril.
El móvil ni sonaba ni importaba. Lucía tendría trabajo. Caminó hacia la parada sin prisa, mirando el Madrid que brotaba de verde nuevo.
Por la tarde, Lucía llamó. Marina calentaba sopa.
¿Todo bien, mamá?
Sí, hija, ¿y tú?
Quería pedirte perdón por lo de esta mañana… por lo de la cara. Fue
Lucía.
¿Qué?
¿Tú alguna vez has hecho sopa con lo que, la noche anterior, creías que era basura?
¿Eso a qué viene?
A nada. Solo que a veces algo tiene que parecer destartalado, para ser lo mejor luego. No pasa nada.
Pausa.
¿Te cayó bien Sergio?
¿Desde cuándo usted? Compartimos pupitre.
¿Te cayó bien, entonces?
Removió la sopa.
No ha cambiado. Sigue diciendo en alto lo que piensa.
¿Eso es bueno o malo?
Raro. Muy raro hoy día.
¿Dijo que llamaría?
Sí.
¿Le diste el número?
Sí.
Otra pausa. Ella no tenía prisa por rellenar el hueco de la conversación.
¿Qué te parece a ti?
Ya veré. Si llama, veremos. Si no, tampoco pasa nada.
Siempre tan tranquila…
Es práctica. Eso no va de serie, se gana con los años.
Algo murmuró Lucía al colgar. Luego: ¿Vendrás la semana que viene a cenar conmigo? Sin prisas, por variar.
Claro.
Ya escojo sitio.
Pero que sea sencillo. Yo en sitios modernos me pierdo.
Sitio normal, prometido.
Marina se sirvió el plato, picó pan y contempló el atardecer madrileño. Relucía la ciudad como en su infancia, cuando otra casa, otra vida la esperaban.
Comía sopa, pensando en regar las macetas mañana, en la biblioteca del sábado hasta las seis, en que se acababa la mantequilla.
El móvil, mudo. Bien así. Ni esperaba ni dejaba de esperar nada.
***
Lucía vivió esa semana con el ángulo de visión descolocado. En las reuniones, miraba los carteles de campaña y pensaba en la foto de su madre del huerto. En la comida con Amanda, su amiga experta en tratamientos, la escuchó contar maravillas de un nuevo lifting, pero la cabeza estaba lejos. Recordaba lo de Sergio: “carasmemorizables son las caras vividas”.
Amanda, dos años mayor, perfecta de revista. Pinchazos trimestrales, hilos tensores semestrales, trabajo de ingeniera en su propia piel. Cara lisa, impecable. Lucía antes la envidiaba; ahora miraba y pensaba: ¿qué hay detrás de esa suavidad? Injusto, sí. Amanda era buena gente. Su piel no la definía.
Aun así, la duda quedaba.
El miércoles Sergio pasó por la oficina:
Lucía, ¿cómo va la campaña de Naturalísima?
Todo según lo previsto: presentación la semana próxima.
Perfecto. Y ya se iba, pero volvió. Ayer llamé a tu madre.
Lucía levantó la vista.
¿Sí?
Nos hemos citado el sábado. Le apetecía pasear por El Retiro, dice que hace mucho que no iba.
Le encanta El Retiro.
Ya me lo contó. Miró otra vez. ¿Te molesta?
Pregunta rara de un jefe. Pero él preguntaba como amigo de la familia.
No me molesta. Le hará ilusión.
Le vio irse y pensó: su madre, con su abrigo azul marino, el termo en la mano y esa cara natural que ella misma criticó, había movido cosas. No en la empresa, no en Sergio. En su propio interior.
Incómodo, sí. Una astilla lenta.
Reabrió el documento de la campaña Naturalísima. Primer párrafo: “aceptación y autenticidad como tendencia”. Los escribió ella. Quedaban bonitos. Pero ahora se sentían un poco cartón-piedra. Como si la auténtica aceptación fuera solo un buen eslogan, mientras la gente de verdad venía con café casero y arrugas sin complejos.
El viernes por la noche fue a ver a su madre, sin avisar. Marina, con bata y un libro. Sorpresa sin descoloque.
¿No avisaste?
Quería aparecer. Como antes.
La casa en Legazpi igual que siempre. Más plantas, más libros. Olor a cocido desde la cocina.
¿Has cenado?
Vengo directa del trabajo.
Siéntate, te caliento algo.
Que no, mamá
Siéntate.
Mientras Marina trajinaba, Lucía miraba las fotos de la estantería. Una de su madre joven, riendo con ella en brazos. Pura vida.
Le puso el plato: patatas guisadas. Nada sofisticado, pero el olor le hizo descubrir el hambre real.
Come. Cuéntame.
¿El qué?
El motivo de tu visita sin excusa.
Lucía comió un poco, luego fue directa.
Mamá, quiero disculparme. De verdad, no solo por teléfono.
Ya acepté las disculpas.
No del todo. Me refiero a más cosas. Llevo años mirándote mal.
Marina, taza entre las manos.
¿Mal cómo?
Como algo a corregir. O a tapar. Hablar costaba. No te retocas, no te maquillas, vistes como te da la gana… y yo pensaba que te dabas igual. Y no es eso. Te cuidas, pero a tu manera. Es tu elección; no fruto de desconocimiento o dejadez.
Marina asintió.
¿Y esa epifanía repentina?
Por Sergio García. Habló de “caras con historia”. Y te llamó la más lista del colegio.
Siempre exageraba un poco.
No lo creo.
Marina dejó el té.
No estoy enfadada contigo, Lucía. Entiendo de dónde sale. Estás rodeada de gente que piensa que tener buena pinta es parte del empleo. Mirar así las cosas es casi inevitable.
Es deformación profesional.
Eso es. Hay que saber cuándo te limita.
Lucía se animó.
¿Te molestó?
Un poco. Pero más fue el tropiezo en el “mamá”. Eso sí. Dolió.
Perdón
Ya está. Come, anda.
Se oyó el tamborileo de la lluvia sobre los cristales.
¿Contenta con que te llamara Sergio?
No lo sé aún. Es agradable, hace mucho que no me llamaba nadie así.
¿Irás a El Retiro?
Dependerá del tiempo.
Eso no es respuesta.
Es la honesta. No hago planes a larga distancia.
Lucía terminó. Marina la despidió con un tupper de guiso sobrado.
Mientras Lucía se abrochaba el abrigo, Marina se quedó en la puerta. Buena niña. Un poco perdida trotando por su mundo de neones, pero buena. Ya volverá.
Vuelve otro día así, sin avisar.
Claro.
Y basta de disculpas. Una y punto.
Vale.
Salir. Cerrar. Marina de nuevo en su sofá, libro en mano, la lluvia ya cesando. Miró al exterior: asfalto espejeando bajo la farolas.
Pensó en Sergio, no con romanticismo ni ansia. Solo curiosidad de ver adónde lleva esa nueva aparición. Un agradable no-saber. Solo llevó papeles por encargo de su hija.
***
El sábado salió bueno. El Retiro olía a hojarasca y primer césped. Árboles en ese punto donde la primavera todavía deja pasar el cielo. Iban andando junto al lago, Marina contando recuerdos de cuando sus padres la llevaban allí los domingos. Nada había cambiado demasiado.
¿Vivías cerca?
En Argüelles, a cinco paradas.
Yo en Chamberí. Igual coincidíamos aquí veinte años antes de conocernos.
Igual, rió Marina.
Cosas del destino.
O una pura casualidad.
¿No te gusta “destino”?
No si se usa para evitar decidir.
¿Decidir qué?
Por ejemplo, seguir siendo tú aunque el mundo quiera cambiarte. Eso no es destino. Es elección.
La miró, intrigado.
¿Hablas de los retoques?
De todo. Incluida la moda de la inyección.
¿Nunca pensaste en ello?
Lo pensé a los cuarenta y tantos. Fui con una amiga, consulta de estética. Desde el pasillo, vi a las mujeres que entraban y salían todas con la misma expresión en la cara, como si se hubieran puesto una máscara. Y pensé: ¿Quiero yo eso? y decidí que no.
Pararon en un banco, debajo de una gran acacia.
¿Nos sentamos?
Claro.
El banco chirriaba. Pasó un perro, un ciclista esquivando charcos, niños gritando.
Marina, esto es en serio.
Pregunta.
Sabes que no te llamé solo por antiguos compañeros.
Lo sé.
¿No te importa?
Miro al estanque, al agua inquieta por el viento.
Sergio, tengo cincuenta y ocho.
Yo sesenta.
Pues eso. Tenemos tablas para no prometer nada de antemano.
Exacto.
Entonces, perfecto.
Nada más que añadir. Sobre ellos, el bullicio de Madrid como otro planeta lejano. Allí, dos personas con toda su vida a la espalda, sin obligación de dar explicaciones.
Sonó el móvil. Lucía.
Cógelo, dijo Sergio. Es tu hija.
Luego.
Venga, que es la hija.
Marina contestó.
Mamá, ¿estás liada?
Un poco.
¿En El Retiro?
Sí.
Genial. Pausa. Oye, que ya he mirado restaurante para la semana que viene. Nada moderno, lo juro. Y… ¿te importa si traigo a una persona?
¿A quién?
A una amiga, Amanda. Quiero que la conozcas. Os vais a caer bien.
Marina sonrió.
De acuerdo, va.
No interrumpo más. Saluda a Sergio, ¿vale?
¿A Sergio, tan serio?
Pásamelo, anda.
Marina le tendió el móvil a Sergio.
Te buscan.
Él, sorprendido.
¿Sí?
Sergio, vigila que mi madre no beba café sin cardamomo, que le da algo.
Se rió:
Anotado. Gracias por el dato.
Nada.
Colgó. Ella guardó el móvil.
Buena chica, dijo él.
Muy buena, afirmó Marina.







