Mis padres nunca me dedicaron suficiente atención: crecí solo en un hogar frío, pero la familia de V…

Mis padres nunca me prestaron demasiada atención. Mi madre trabajaba como modista los siete días de la semana y mi padre siempre estaba metido en la oficina. Estaban pagando la hipoteca del piso y yo sentía que era un hijo no deseado, una carga que les cayó encima, y no se atrevieron a deshacerse de mí. Como tenían relaciones tensas con los familiares, tampoco veían opción de dejarme con los abuelos, así que siempre me sentí muy solo.

No era buen estudiante, pero nunca me regañaban por ello; o no podían o no les interesaba sentarse conmigo para ayudarme con los deberes. No me apuntaron a ninguna actividad extraescolar y, hasta casi terminar el instituto, pasaba las tardes con los chavales del barrio.

Así fue pasando el tiempo. Crecí. Ya era un adulto ocupado entre trabajo y estudios cuando conocí a Jimena. Era no solo guapa y lista, sino también divertida, ingeniosa y muy interesante. Literalmente, tuve que ir persiguiéndola, invitarla a salir, y ocurrió el milagro: aceptó.

Siempre quise darle lo mejor: cocinaba para ella, le compraba flores, la sorprendía con algún detalle. Creo que a base de estos sobornos conseguí que sugiriera irnos a vivir juntos. Cuatro meses después de empezar nuestra relación, me presentó a su familia. Y ¡qué padres tan maravillosos tenía!

Yo que siempre había vivido falto de cariño paternal, en la familia de Jimena encontré todo lo contrario; me acogieron enseguida. Era una familia grande, alegre, siempre de bromas y canciones. Por eso mismo Jimena era como era. En esa chica y ese hogar encontré mi sitio, y el miedo a perderlo fue tan grande que me armé de valor y le pedí matrimonio en el sexto mes. Tenía miedo de que con sólo veinte años no se atreviera a decirme que sí, pero no se negó.

Como si todo estuviera escrito, justo después de la boda supimos que Jimena estaba embarazada, y sinceramente, fueron los nueve meses más bonitos de nuestras vidas, llenos de ilusión y preparativos ante la llegada de un milagro. Y el destino nos regaló mellizos.

Ahora soy yo quien se ha convertido en padre, en un adulto que a veces lidia con el trabajo y algún que otro apuro económico, pero nunca me falta tiempo para mis hijos ni para mi mujer. No quiero culpar a mis padres de indiferencia ni de falta de ganas, pero sinceramente creo que todo padre puede encontrar momentos y fuerzas para su hijo, por muy ocupado que esté. Mi familia propia, feliz, grande y creciendo, solo confirma que mis padres sencillamente en algún momento eligieron no ser padres. Y ahora tampoco les interesa ser abuelos.

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SE PARECE A TU MADRE DESAPARECIDA” – DIJO LA PROMETIDA DEL MAGNATE: Y ÉL SE QUEDÓ PETRIFICADO