Ilusiones rotas

Expectativas rotas

Hace ya muchos años que aquella tarde se repite en mi memoria como si la hubiera vivido ayer. Lo veo: Alejandro de pie en el salón de aquel piso del centro de Madrid, apretando entre los dedos una pequeña caja de terciopelo azul oscuro. Repasaba mentalmente, una y otra vez, el discurso que había escrito en su cabeza, cuidando cada palabra, cada entonación. ¡Aquel día tenía que salir todo perfecto! Así lo había soñado.

Respiró hondo, buscando aplacar la agitación que sentía; pero el corazón seguía trepidando en la garganta, como un tambor de guerra. En su mente se sucedían imágenes: él abriendo la caja, ella descubriendo el anillo, su mirada emocionada

En ese preciso instante, desde el recibidor llegó el inconfundible timbre de una voz de mujer, melodiosa y clara:

¿Ale, ya estás en casa?

Alejandro se sobresaltó. El tiempo pareció detenerse un instante. Sin pensar, metió la cajita en el bolsillo de los vaqueros y se secó las manos sudorosas en la pernera. El gesto, torpe, delataba su nerviosismo.

Sí, aquí estoy respondió con voz ronca, incapaz de controlar el temblor. Tosió, buscando recuperar la compostura, y repitió, ya más calmado: He llegado hace poco.

Se acercó a Olalla, la saludó con un beso suave en la mejilla. Notó el calor de su piel y el aroma ligero de su perfume; por un momento, aquello apaciguó su inquietud. Pero al ver la bolsa que ella traía, una que sin duda pesaba más de la cuenta, Alejandro frunció el ceño, preocupado.

Olalla, hija, ¿pero por qué cargas tú sola con tanto peso? Te he dicho mil veces que tienes que cuidarte un poco más.

Ella esbozó una sonrisa cansada, pero sus ojos profundos, inteligentes captaron enseguida su inquietud: el temblor de sus dedos, la mirada huidiza. Algo no encajaba.

¿Te ocurre algo? preguntó, ladeando la cabeza con sutileza. Te noto raro, demasiado alterado.

Alejandro negó con la cabeza antes de tiempo, demasiado rápido como para resultar natural.

No, nada importante soltó apresuradamente, esforzándose por aparentar tranquilidad. Es solo el trabajo, ya sabes. Un proyecto que se ha atascado y, bueno, pese a que no hay motivos reales para preocuparse, una se queda con el runrún en la cabeza. Tonterías mías, será.

Notó que empezaba a hablar demasiado, así que cambió de tema con torpeza, deseoso de distraerla.

¿Tienes hambre? He preparado la cena, como te gusta, pensé que te haría ilusión llegar y tener todo listo para sentarte a la mesa.

Su tono era más cálido; la cena siempre había sido terreno seguro. Incluso esbozó una sonrisa más amplia, esperando que ella entrara en ese juego y no siguiera hurgando.

No, tranquilo, he picado algo con una compañera en un bar respondió Olalla, sin rodeos. Pero no te diría que no a una taza de té. Además, tenemos que hablar.

A Alejandro su respuesta lo sacudió por dentro. ¿Lo habrá adivinado?. La ansiedad volvió a escalarle por el cuerpo. Trató de controlar los movimientos no quería tartamudear, ni ruborizarse, ni fallar justo cuando más lo necesitaba. Les condujo a la cocina, dejando pasar a Olalla primero. El agua del hervidor empezó a calentarse mientras él se debatía entre tazas, la mesa, el mantel Movimientos descontrolados, de alguien que se sentía expuesto.

¿Algo importante? logró preguntar, forzando la serenidad, aunque le salió la voz demasiado aguda, demasiado rápida. ¿Quizá prefieres algo más fuerte que el té?

Hizo el amago de sonreír, pero le salió una mueca forzada. Por dentro, el miedo le comprimía el pecho: ¿qué le iba a decir? ¿Qué sabía ella? ¿Tan evidente era todo?

El té será suficiente dijo Olalla, sentándose con aplomo. Es preferible mantener la cabeza clara para hablar.

Alejandro se quedó mirando la taza. El hervidor comenzó a silbar, llenando la sala de un silbido monótono y penetrante. Sirvió el agua de forma mecánica, respirando hondo para evitar el temblor de los dedos. Toda su vida se resumía en aquel instante: o encontraba el valor para hablar o lo perdía todo.

Pero la mirada de Olalla, seria y sosegada, le heló el ánimo. ¿Querría aceptar aquel trabajo? ¿Se iría de Madrid, pasaría semanas fuera en viajes, rodeada de nuevas caras, de otras voces? Ese pensamiento dolía. Temía perderla más allá de su alcance.

Mira, Ale empezó ella, bajando la vista. Han pasado cosas últimamente que me han hecho replantearme todo. Qué quiero de verdad; si quiero pasarme la vida aquí, en Madrid, si sueño con tener familia, con tu trabajo, con el mío He pensado mucho, muchísimo. Y he decidido que quiero cambiarlo todo.

Aunque hablaba en voz baja, en cada sílaba se adivinaba una decisión firme, irrebatible. Ningún intento de involucrarle ni de buscar su opinión. Olalla sostenía la mirada, queriendo asegurarse de que Alejandro la escuchaba, que percibía la gravedad de aquel momento.

Él notó la garganta seca. Se llevó la taza de té a los labios, y se sorprendió de cuán amarga le resultaba de repente. Dejó la taza a un lado, sin hacer ruido, esforzándose por mantener el porte: espalda recta, la boca en una media sonrisa ambigua, los ojos fijos y vacíos. Por dentro, sin embargo, el conflicto era atroz.

¿Qué quieres decir con eso? preguntó, luchando por mantener la voz firme. No lo logró del todo; hubo una vibración que se le coló en la última palabra.

La miró intensamente, buscándole un atisbo de duda, una sombra de vacilación. Cientos de preguntas le cruzaban la mente, pero ninguna se atrevía a formularse.

Olalla jugaba entre los dedos con la cuchara del té, casi como si fuera confidente muda. Miraba la madera de la mesa, el dibujo de las vetas, evitando encontrarse con los ojos de Alejandro.

Voy a dejar el trabajo, cambiar de ciudad, hacer nuevos amigos y buscar nuevas oportunidades. A ti te tengo mucho aprecio, eres buena persona, inteligente, atractivo. Pero tú no puedes darme lo que realmente anhelo su voz se quebró, aunque se rehizo al momento. Sí, te va bien, tienes tu piso, tu coche, y parece que nada te falta ni quieres cambiar. Pero para mí no basta, Ale. Quiero viajar, vivir en una casa enorme, vistas a la montaña o al mar. Quiero vestirme de gala, sentir el oro y la seda. ¡Quiero algo más!

La letanía, inequívoca, de alguien que ya ha decidido. Alejandro buscó en ella una duda, algo que le dijera que aún podía detener ese tren en marcha. Pero no, todo era convicción. Entonces, aferrado a lo absurdo, intentó lo primero que pasó por la cabeza:

¿Pero si siempre has dicho que odiabas los abrigos y las pieles? arqueó la ceja, intentando sonar desenfadado, aunque la confusión se coló en su voz. Aquella vez que te regalé un chalequillo de piel, la escena que montaste te parecían una crueldad, y ahora…

Soltó una risa breve, acordándose del escándalo que siguió al regalo; había acabado pidiéndole perdón, sin entender bien la furia desatada entonces. Ahora, sin embargo, ese recuerdo parecía una tabla de salvación. Si cambiaba de opinión sobre algo tan fundamental para ella, ¿no sería esto otro arrebato?

Olalla alzó la cara, y sus pupilas relampaguearon de indignación. Esperaba otra reacción, y esa calma le enfurecía aún más. Había ensayado el discurso, armado el ánimo durante días, y él apenas parecía afectado.

¡Claro que era ingenua y tonta! ¿Eso es todo lo que tienes que decir? ¿Nada más te importa? escupió, herida y decepcionada.

Apoyada sobre la mesa, con los puños crispados, buscaba en vano una emoción más intensa en el rostro de Alejandro. Pero él permanecía tranquilo, casi imperturbable, como quien asiste a una función que no le concierne.

No, no es eso contestó con voz neutra, indiferente incluso. Solo intento entender ¿por qué hoy? ¿Por qué compras la compra si ya has decidido que esto se acaba? Puedo hacerla yo, no soy inútil.

Eso terminó por sacar de quicio a Olalla. ¿Cómo podía estar tan calmado, tan ilógico, ante semejante revelación?

De un salto se irguió, la silla chilló contra el suelo. Piel encendida, ojos vidriososno se sabía si de ira o de tristeza.

¡Sois todos iguales! soltó al borde de un grito. ¿Por qué hoy? Porque por fin me ha hecho caso una persona de verdad, Alejandro. Uno que, a diferencia de ti, no se duerme en los laureles. Alguien en constante progreso.

Era evidente que aquellas palabras las tenía guardadas tiempo atrás y ahora las lanzaba todas, sin medir su efecto.

Alejandro, sin moverse, seguía en su sitio, con los brazos cruzados y una expresión entre estoica e indiferente. Le dolía, y mucho, pero no iba a mostrarlo.

Guardó silencio varios segundos, valorando lo escuchado, y al final, casi asépticamente, preguntó:

¿Y la compra?

Eso fue un mazazo para Olalla. Se quedó paralizada, incrédula.

¡Qué más te dan las malditas bolsas! le gritó, subiéndole el tono. ¿Es que no te importa nada de lo que te estoy diciendo?

Él levantó despacio la mirada, esta vez directo a los ojos. No había rencor ni desesperación, solo una fría distancia. Ocultar ese dolor le costaba horrores.

Pues la verdad, no respondió encogiéndose de hombros, rindiéndose. ¿O esperabas que me tirara a tus pies a implorarte que no te fueras? ¿Que te jurara que cambiaría mi vida para contentarte? ¿Que trabajaría el triple solo para darte todos esos caprichos? Olalla, pides demasiado.

Ella abrió la boca, pero se le atascó la respuesta. Su expresión mudó de ira a desconcierto al comprenderlo: Alejandro no iba a luchar por ella, ni suplicar, ni prometer lo imposible. Y ese descubrimiento la destrozó mucho más de lo que había anticipado. Esperaba rendición, rabia, lágrimas. Lo último que creía encontrar era esa heladora serenidad.

¿No vas a pelear ni un poco? murmuró ella, sin rabia ya, solo perplejidad.

¿Para qué? Si ya has decidido. No voy a suplicar, respeto tu elección aunque no la entienda. ¿De veras pensabas que me pondría a cambiar mi vida solo por ti?

Los nudillos de Olalla estaban blancos de la tensión. No se veía ya enfado sino dolor e incomprensión. Sentía el impulso de gritar, romper algo, con tal de arrancarle aunque fuera un gramo de emoción.

Pues deberías, ¡por lo menos así tendrías una posibilidad! contestó, temblándole la voz.

Pero Alejandro apenas alzó una ceja, siguiéndole el juego distante.

Te crees muy especial, Olalla afirmó con una neutralidad insólita. Contigo era cómodo, sí. Pero como tú, hay a montones en Madrid. Sabes, hasta me has hecho un favor, cortando tú antes. No quería acabar teniendo la fama de mujeriego.

Nada podía haber dolido más a Olalla que esa frialdad. Se inclinó hacia él, luchando contra el impulso de sacudirle.

¿Cómo puedes quedarte ahí sentado? gritó. Al borde del llanto, furiosa, decepcionada. Yo pensaba que por lo menos tú harías algo.

¿Y qué quieres, que me eche a llorar? Mejor será dar gracias de que esto termina.

El reloj de la cocina marcaba el paso del tiempo, y el silencio lo envolvía todo. Olalla quedó paralizada, sin palabras. Por dentro, ambas sensaciones se mezclaban: humillación y perplejidad. Nada estaba saliendo como había imaginado.

El eco de una bofetada retumbó en la cocina. Olalla ni supo cómo ni por qué, la mano se le escapó sola. Alejandro giró apenas la cabeza, sin devolvérsela, siguió sentado como si nada.

Aquella falta de reacción la desesperó más. Se fue corriendo a la habitación, abrió el armario de par en par y comenzó a arrojar ropa en la maleta, sin orden ni concierto, con esa rabia febril de quien quiere que todo acabe rápido. Si paraba a pensar, se derrumbaría.

Era ella quien se iba, quien pedía más de la vida; pero eso no quería decir que él debiera alegrarse. En su cabeza todo era distinto: esperaba súplica, promesas, excusas y solo encontró indiferencia.

Pero a Alejandro no le era indiferente.

Tras oír el portazo final, Alejandro seguía en la cocina, la cabeza entre las manos, apoyado en la encimera. Por dentro le desgarraba un torbellino de dolor y rabia, pero no iba a dejarse arrastrar.

Quería a Olalla con algo más profundo que el amor: llevaba meses ahorrando peseta a peseta qué ironía, ahora que ya ni circulaban para comprarle aquel anillo de compromiso que guardaba en su escritorio. Había escogido el mejor que su sueldo en euros le permitía, planeando el momento en el que le pediría matrimonio, imaginando juntos el futuro en alguna urbanización apacible de las afueras de Madrid. Había buscado casas, se informaba, y cuando la imaginaba feliz ante aquel hogar nuevo sentía que merecía todo el esfuerzo.

No había estado quieto, en absoluto; en el último año había aceptado todo trabajo extra que caía en sus manos, aprendiendo, creciendo, asumiendo retos. Su sueldo había aumentado, hasta le aguardaba un nuevo ascenso, pero no había dicho nada aún: quería que la sorpresa fuera total.

Pero mientras Olalla vaciaba el armario, él recordaba amargamente que había planeado enseñarle aquel chalet digno de la mejor urbanización de Pozuelo. Quería decirle: Ya está, Olalla, tu sueño es nuestro.

Y ahora todo eso era qué ironía puro humo, solo un cuento ingenuo.

Sentado en la soledad de la cocina, el olor a té y el leve tufo a quemado quizá dejó algo en la vitrocerámica le atravesaban como el zumbido de una mosca. Como si aquellos tres años no hubieran sido más que un simulacro mediocre, una obra de teatro mal interpretada, destinada al olvido más vulgar.

Al cabo, fue al baño, casi por instinto, sin mirar mucho a su alrededor. Frente al espejo, descubrió la marca roja de la bofetada. Apenas le dolía físicamente, pero le ardía en otro sitio mucho más hondo. Se lavó la cara con agua fría. En ese instante, escuchó la puerta del piso cerrándose de golpe. Ya se había ido.

Regresó al salón, echó un vistazo rápido a la habitación medio vacía, los cajones abiertos, alguna camisa en el suelo. No había tardado mucho, pensó: ¿sería que ya tenía parte de sus cosas preparadas de antemano?

Sin pensarlo, sacó la cajita de terciopelo del bolsillo, la apretó con furia. En un arranque, la arrojó al cubo de basura de la cocina. Cayó con un golpe sordo, tragada por las bolsas del supermercado y papeles arrugados.

Ahí es donde tiene que estar, pensó secamente. Solo sentía un vacío pesado y denso, como una losa aplastando el pecho.

Fue hasta la ventana, miró fuera. Madrid seguía su curso: niños en el patio, coches rugiendo por la calle, vecinos ajenos en los balcones. Todo igual. Solo para él, el mundo acababa de desmoronarse. Y ni siquiera entendía cómo.

*************************

Olalla se marchó convencida de estar abriendo las puertas de una vida nueva: el galán de posibles por quien se dejaba cegar la acompañó dos semanas, no más. Rápidamente se cansó, desapareció sin avisar, dejando a Olalla sola, aturdida ante la indiferencia absoluta.

Al principio, canalizó su rabia contra todos, luego vinieron los análisis, las dudas. Y con el tiempo, los recuerdos de Alejandro acudían cada vez más: la compostura, la mirada serena, las palabras contenidas aquella última noche. Descubrió que su calma no era desinterés, sino respeto: a ella y a sí mismo.

Pasado un mes, por fin reunió el coraje. Se arregló, se pintó el rostro para disimular la fatiga y se presentó frente al portal de Alejandro, sin previo aviso.

Él la recibió sin emoción: bata de toalla y taza de té en mano, despeinado. No ocultó la sorpresa, pero tampoco alegría, ni ira.

Alejandro, yo empezó ella, pero él alzó la mano, cortándole el paso.

No hace falta.

Solo quiero hablar. He comprendido que me equivoqué. Tenías razón. Quiero volver

Él dejó la taza, cruzó los brazos.

¿Volver adónde, Olalla? Ya no hay un nosotros.

¡Pero aún puede haberlo! He cambiado, veo las cosas de otro modo. Esta vez no pediré nada, no exigiré. Solo te pido una oportunidad.

Alejandro negó, sonrió amargamente.

¿Una oportunidad? ¿Para qué? ¿Para que en unos meses pase lo mismo, que venga otro vendiéndote sueños fáciles y salgas corriendo? No, Olalla. No quiero ese juego.

Ella quiso replicar, pero él la detuvo de nuevo:

¿Sabes? El anillo ya lo había comprado. Aquella noche te lo iba a dar. Lo primero que hice tras tu marcha fue tirarlo a la basura. Luego, me lo pensé mejor y volví a recuperarlo, como recordatorio. Recordatorio de cómo son a veces las mujeres cuando solo miran lo material.

Olalla calló. Sintió la punzada del llanto, contuvo el sollozo y, sin decir nada, dio media vuelta.

Alejandro cerró la puerta despacio. En la cocina abrió el cajón y sacó la caja de terciopelo. La sostuvo un instante, la acarició, y volvió a guardarla en silencio.

Todo había terminado.

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