Tres años de obras sin invitados
Inés dejó la taza en el alfeizar y escuchó cómo Álvaro se detenía en el pasillo. Lo sintió en la espalda, aunque estaba de cara a la ventana. El silencio fue tan denso que podría haberse ahogado en él.
Has dejado la taza en el alfeizar dijo por fin. No lo preguntó. Lo afirmó.
Sí, Álvaro. He dejado la taza en el alfeizar.
La superficie está barnizada. El calor deja marca.
Lo sé.
¿Entonces por qué lo haces?
Inés se giró. Él tenía cuarenta y ocho años, y los mostraba exactamente: ni más ni menos. Estaba en la puerta de la cocina con una camiseta gris de estar por casa, sujetando un nivel. Siempre llevaba ese nivel cuando paseaba por el piso los fines de semana, como otros llevan el móvil.
Porque no tengo dónde más ponerla respondió ella. La mesa está cubierta con plástico. La otra silla boca abajo. El suelo del pasillo aún está húmedo por la imprimación. Tomo el té de pie, junto a la ventana, Álvaro. Llevo tres años tomando el té de pie, junto a la ventana.
Él miró la taza, luego a ella, luego otra vez la taza.
Pondré un salvamanteles.
No hace falta un salvamanteles.
Pero quedará marca.
Que la deje.
Él entornó los ojos. Así miraba cuando no sabía si Inés bromeaba o no. Ella misma ya no estaba segura.
Inés, venga…
Ya está dijo ella, muy bajo. La palabra cayó en el silencio como una piedra en el agua. Ya está, Álvaro.
Él tardó en comprender. Repitió:
¿Qué ya está?
Me voy a llevar mis cosas.
El silencio se prolongó. Algún coche pitó en la calle y luego calló. Álvaro por fin dejó el nivel colgando a un lado.
¿Por el alfeizar?
No. No es el alfeizar.
Inés terminó el té y volvió a colocar la taza, deliberadamente, sin ni una pizca de arrepentimiento.
Ella tenía cuarenta y cinco. Era contable en una asesoría pequeña, leía antes de dormir, tenía en el trabajo un pequeño cactus al que llamó Félix y hacía mucho que no invitaba a ninguna amiga. Muchísimo. Tres años, para ser exactos.
Fue al dormitorio.
Hace tres años, cuando compraron aquel piso de dos habitaciones en la quinta planta de un edificio de ladrillo, en una travesía tranquila junto a la calle Príncipe de Vergara, Inés era feliz. Feliz de verdad, hasta físicamente feliz. Recordaba cómo, de pie en mitad de las habitaciones vacías llenas de papel pintado despegado y suelos de madera pintarrajeados, contemplaba a través de la ventana los plátanos del otoño y pensaba: esto es. Este es nuestro hogar.
Álvaro entonces también era otro. O eso le parecía. Pasaba de una habitación a otra, medía las paredes con el metro, apuntaba cosas en una libreta, con esa chispa en los ojos que ella tantas veces había amado, la de alguien que sabe lo que quiere y lo hace con sus propias manos.
Mira, Inés le decía, desplegando ante ella hojas cuadriculadas con apuntes. Aquí vamos a separar zona. Cocina y salón todo junto, espacio abierto. Aquí pondremos baldas desde el suelo hasta el techo, ¿ves? Y aquí, puntos de luz con regulador.
Qué bonito decía ella. Y era verdad.
Lo vamos a hacer con nuestras manos. Sin prisa, bien hecho. Una vez y para siempre.
Esa frase, una vez y para siempre, quizá quiso advertírselo entonces. Había detrás algo más que simple deseo de ahorrar en reformas.
Los primeros seis meses parecían una aventura. Vivían en pleno polvo y escombros. Inés cocinaba en una placa eléctrica porque el gas aún ni estaba. Dormían en un colchón porque la cama no cabía. Usaban platos de plástico porque no había dónde lavar lo demás. Incómodo, algo romántico y, entonces, soportable.
Después algo empezó a moverse. Lento, como la tierra bajo el cimiento.
Álvaro trabajaba en las obras cada fin de semana, incluso algunos días de diario. Era jefe de obra y sabía de materiales y técnicas más que cualquier albañil. Y eso estaba bien. Era incluso admirable. El problema no era el saber.
El problema era que no podía parar.
Al principio Inés no se percató. Por primera vez lo sintió, ocho meses después, en un café con su amiga Lucía:
¿Vais a terminar pronto? preguntó Lucía. Tengo ganas de ir a tu casa, me prometiste cocido.
Un poco más respondió. Álvaro dice que para Nochevieja estará.
Pasó la Nochevieja entre andamios. No hubo invitados, aún había caballetes y placas de pladur en el salón. Comieron uvas los dos en la cocina, que estaba casi lista. Casi.
El año próximo, una fiesta como Dios manda le dijo Inés llenando las copas de cava.
Claro respondió él. Cuando acabe el techo, pongo el suelo de parquet y listo.
El techo lo acabó en marzo, pero para entonces tocaba rehacer las tuberías del baño porque el fontanero había hecho mal la distribución, y él no podía soportar verlo. Después llegó el balcón: la espuma aislante había cedido y dejó una rendija. Tres milímetros. Álvaro los midió con una sonda.
Inés aún bromeaba por entonces: Mi marido lucha contra tres milímetros. Y sus amigas reían. Ella también. Parecía gracioso.
Pusieron el parquet del salón en mayo, cuando las ventanas ya podían abrirse. Inés cargaba tablas, le pasaba herramientas, pasaba el aspirador. Álvaro, concentrado como un cirujano, revisaba cada hilera con el nivel y el láser. Levantó varias veces la madera ya asentada y la recolocó porque el hueco no era idéntico.
Pero, Álvaro, si a simple vista ni se nota le preguntó.
Yo sí lo veo replicó, sin alzar la vista.
Fue la primera vez que algo en sus palabras la detuvo. No la ofendió. La detuvo. Inés se quedó, bayeta en mano, mirando su nuca y sintió algo extraño. Como si hubiese entendido algo importante y todavía no lo comprendiera del todo.
Terminaron el parquet en junio. De verdad estaba bonito: roble claro, veteado limpio, geometría perfecta. Inés lo acarició y dijo, convencida:
Es precioso.
Hay que barnizarlo apuntó Álvaro. Ya he elegido el producto, alemán, resistente a arañazos.
¿Cuándo?
La próxima semana.
Pero la próxima semana notó que un rodapiés despegaba apenas medio milímetro. El barnizado se pospuso.
Aquel junio Inés llamó a Lucía para quedar. Sentadas en una terraza, con té helado y silencio, Lucía preguntó:
¿Vais a acabar pronto? Tengo ganas de ir.
Pronto dijo Inés, y cayó en silencio.
¿Pasa algo?
No… Bueno. Lucía, empiezo a pensar que Álvaro nunca terminará.
Todos son así. Lo dejan para el final.
No, tú no lo entiendes. No es que lo deje, es que no quiere acabar. Mientras haya obras, tiene una excusa. Para no invitar, para no poner muebles en su sitio, para no vivir de verdad.
Lucía se la quedó mirando seria.
¿Se lo has dicho?
Lo intento. Siempre me explica que queda poco y entonces todo será perfecto.
¿Y tú quieres perfecto?
Inés calló.
Quiero un hogar susurró al final. Simplemente un hogar.
Esa noche, Álvaro le mostró veinte muestras de pintura para la pared. Todas blancas, pero diferentes.
Mira decía. Este es blanco cálido, toque crema. Este, frío, azulado. Hay matices, con luz diurna es crítico. Creo que debemos elegir este.
Ella miraba y sólo veía blanco. Blanco y ya.
Álvaro le dijo. Me da igual.
La miró como si ella hablase en chino.
¿Cómo que da igual? Es donde vamos a vivir.
Sí. Vivir nosotros. Las personas. Y las personas no notan esos blancos.
Sí los notan. Pero no son conscientes.
Vale concedió ella, exhausta. Elige tú.
Él elegía siempre. Lo hizo de forma casi imperceptible: al principio agradecía que Álvaro decidiera porque lo entendía mejor. Luego se dio cuenta de que ya no le preguntaban. Después dejó de haber preguntas. No con brusquedad, simplemente sus palabras tampoco contaban. Si decía me gusta este azulejo, él le argumentaba por qué era peor técnicamente que otro. Si sugería el sofá en tal sitio, él ilustraba con la app que rompía la zona. Me gusta, y él: pero lo correcto es esto.
Dejó de decir me gusta. ¿Para qué?
En otoño del segundo año, en octubre, un viejo amigo de Álvaro, Jaime, venía de Valladolid y pidió quedarse una noche. Inés se alegró. Mucho. Compró cosas, preparó la vajilla, limpió la mesa.
Álvaro dijo que no podía porque estaban obras en el dormitorio.
No había ninguna obra. Había cama normal, armario compuesto. Inés lo sabía.
Álvaro susurró después de la llamada, ¿qué obras hay en el dormitorio?
Él vaciló.
Tengo que desmontar un poco el suelo. Jaime no dormiría bien con el olor.
¿Qué olor? Si no hay olor.
Inés, no quiero que vea la casa así.
¿Así cómo?
Sin acabar.
Ella le miró y por un instante la tierra se movió bajo sus pies, de verdad. Comprendió: él sentía vergüenza. Vergüenza de su propia casa porque aún no era como en su cabeza. Capaz de mentir por ese ideal invisible.
Está bien dijo. Nada más.
Jaime vino, estuvo en la cocina tres horas, cenó fuera con Álvaro, durmió en un hotel. Inés cenó sola.
Aquella noche no podía dormir. Miró el techo blanco, perfecto, sin una costura, pintado por Álvaro sobre una cama ideal en una habitación donde no entraba nadie hacía años.
Ese invierno a la madre de Inés le dio una gripe. De las de toda la vida, pero al estar sola, Inés viajaba dos veces por semana a Getafe, al otro extremo de Madrid. A veces dormía allí. Álvaro no protestaba. Él se enfrascaba en pintar el marco del balcón con un compuesto especial de dos capas, veinticuatro horas de secado.
Una tarde regresó antes de lo previsto y le encontró de rodillas en el pasillo, lupa en mano.
¿Te pasa algo? le preguntó mientras se quitaba el abrigo.
Aquí hay una rendija respondió él.
Ella no preguntó cuánto. Ya no servía de nada. Él le respondería en milímetros.
Álvaro dijo, ¿tú has comido hoy?
Pausa.
No me acuerdo.
¿Por la mañana?
Algo cayó.
Preparó macarrones y un huevo. Él llegó y se sentó, miró su plato.
Gracias.
De nada.
Comieron en silencio. Nevaba afuera. En la mesa, un catálogo de tiradores para el armario empotrado del recibidor que llevaban un año discutiendo.
Álvaro dijo Inés.
Mmm.
Cuéntame algo. Nada de reformas.
Él la miró como si le pidiera hablar en sueco.
¿El qué?
Lo que sea. Tu día, tus pensamientos, qué te hizo reír o enfadar hoy. Cualquier cosa menos materiales y rendijas.
Él lo pensó de verdad.
Hoy en la obra un operario echó el mortero sin mallazo. Le eché.
Eso es trabajo.
Sí.
¿Nada más?
Él buscaba, sinceramente. Pensaba, de veras, en algo ajeno a piezas prefabricadas. No lo halló.
No lo sé admitió al fin. Supongo que no.
Tras aquello, Inés miró largo rato la oscuridad y pensó: ¿cuándo sucedió? ¿Cuándo el ser vivo se volvió función? ¿O siempre fue así y no me enteré? No. Recordaba a otro Álvaro, contándole las estrellas cuando viajaban en su viejo Seat a Cantabria. Las conocía de memoria. Mira, Casiopea, la Osa Mayor, las Pléyades, ¿ves? Ella veía.
¿A dónde fueron las Pléyades?
Al tercer año, dejó de prometer a las amigas que acabarían pronto. Porque era mentira. La reforma terminaba y empezaba de nuevo. Álvaro hallaba otra imperfección, o revisaba una decisión: el azulejo era poco resistente, el tono de pintura no era el perfecto, el tirador bueno pero la bisagra chirrío luego. Cada defecto era un principio.
Inés se compró una lámpara de mesilla. Sencilla, de tela. La puso. Álvaro llegó por la noche.
¿Eso?
La compré.
¿Para qué? Íbamos a poner ojos de buey empotrados.
Quiero leer antes de dormir.
Los focos son mejores.
¿Cuándo?
No respondió.
Eso, dijo ella, cuando lleguen los focos. Yo quiero leer ahora.
La lámpara duró una semana. Luego él trajo otra, de metal, y la puso al lado, mejor flujo de luz.
La de Inés acabó en la esquina, luego en la estantería, luego en el trastero junto a las cajas de imprimación.
Ella no dijo nada. La recuperó y la volvió a poner en la mesilla.
Álvaro la devolvió a la estantería.
Ella la devolvió a la mesilla.
Y los dos callaron.
La lámpara quedó allí. Era una pequeña victoria y, a la vez, una pequeña derrota: porque en una casa real eso no sería ni triunfo ni enfrentamiento. Sería sólo una lámpara.
En abril del tercer año, Inés escribió a Lucía en medio de la jornada:
¿Te apetece ir a algún sitio? No sé… a un balneario, a algún parador, juntas, sin maridos.
Lucía respondió a los minutos: ¡Sí! ¿Cuándo?
Se marcharon en mayo, cuatro días a un pequeño hostal cerca de El Escorial. Inés pidió días libres. Álvaro se sorprendió, pero no puso pegas: estaba renovando el baño y sumido en eso del todo.
En el hostal, la habitación era pequeña, muebles de madera ya vividos, edredón colorido y una ventana por la que entraba olor a bosque mojado. Todo un poco gastado, ligeramente imperfecto, con arañazos y desigualdades. Allí Inés sintió que estaba bien. De verdad. La primera noche se tumbó sobre la colcha floreada, miró la grieta en el techo y se echó a llorar.
Lucía, en la otra cama, no preguntó nada.
Vivo en un museo dijo al final Inés, mirando el techo. Precioso, perfecto, muerto.
Lucía guardó silencio. Luego preguntó:
¿Se lo has dicho?
Sí.
¿Y?
Dice que le falta poco. Siempre lo dice.
¿Y si un terapeuta? Juntos.
No irá. Álvaro piensa que los terapeutas son para quien tiene problemas de verdad. Él sólo tiene la obra.
Callaron. El aire traía bosque, y de pronto Inés supo: eso es lo que faltaba. La ventana, el bosque, la colcha elegida sin plan, sin nivel, sólo porque sí. Vida.
Volvió a casa a los cuatro días. Olía a yeso. Álvaro la esperó en la entrada, anunciando que había rehecho el hueco del baño y quería enseñárselo. Inés dejó la bolsa, fue hasta allí.
¿Qué tal? preguntó él.
Bien.
Mira, ahora está simétrico. Antes, el lado derecho era centímetro y medio más ancho.
Lo veo.
Llevé una semana dándole vueltas para no perder el azulejo bueno.
Ajá.
Fue al dormitorio, cambió de ropa, se tiró en la cama. Observó el techo. Perfecto.
En junio llegó la conversación definitiva. Domingo, ocho de la tarde. Álvaro pintaba la despensa. Inés cocinaba. Le llamó:
¡Álvaro!
¡¿Qué?!
La cena en veinte minutos.
Ajá.
A los veinte minutos no salió. Ni a los cuarenta. Ella llamó a la puerta.
La cena se enfría.
Cinco minutos.
No salió.
Cenó sola. Recogió. Álvaro apareció casi a las once.
Se me fue el santo al cielo comentó.
Ya.
¿Te caliento algo?
Hazlo tú.
Inés fue al dormitorio. Leyó. O fingió. Cuando él entró, preguntó, sin apartar los ojos:
Álvaro, ¿eres feliz?
Pausa larga.
Pues sí. Supongo.
¿De verdad?
¿Qué pregunta es esa?
Una normal.
Se tumbó a su lado. En silencio. Al final dijo:
Cuando acabe la despensa, empiezo el balcón. Tengo que aislarlo. Entonces ya estará todo.
Ella cerró el libro.
¿Ves que acabas de contestar la pregunta?
¿Cómo?
Pregunté si eras feliz. Contestaste con el balcón.
No supo qué decir.
Buenas noches dijo Inés.
Buenas noches.
No apagó la luz enseguida. Miró al techo, escuchó su respiración y pensó en otra vida, en otro posible rumbo: quizá también así tumbados, pero hablando de algo, cualquier cosa: una serie, lo que dijo su madre, el nuevo menú del bar. Solo hablar.
En esta, sólo silencio. Tan perfecto como el techo.
Recordó esa charla por la mañana en que dejó la taza en el alfeizar. Y entendió: ya está llevaba mucho gestándose, pero necesitaba una taza para salir.
Guardó cosas meticulosa y sin llorar. Escogió solo lo suyo. Libros. Ropa. Cosméticos. La lámpara de tela. El DNI y papeles. El cactus Félix, que llevó del trabajo porque no había ni una planta en casa. Álvaro no protestó. Félix no dejaba huella.
Álvaro estaba en la puerta, viéndola llenar la bolsa.
Inés.
¿Qué?
¿Hablamos?
¿De qué?
¿Cómo de qué? Te estás yendo.
Sí.
¿Por la taza?
Álvaro, por favor. Lo sabes.
No lo sé. De verdad.
Paró. Le miró. Sin el nivel, por primera vez, sólo como persona, desconcertado. Hacía años que no le veía así.
Álvaro le dijo, llevamos aquí tres años.
Sí.
No hemos hecho ni una cena con invitados. Ni una. En tres años.
Porque la casa no está…
Porque nunca estará. ¿Lo entiendes?
Él calló.
Siempre buscarás algo que corregir. Eres así. No es malo en sí. Pero yo no puedo vivir en una obra eterna.
Pronto…
No. Lo dijo suave, pero firme. No pronto. Esto no es cuestión de esperar. He vivido tres años de invitada en mi propia casa. Caminando de puntillas para no dejar marca, apartando mi lámpara, sin llamar a mis amigas porque te daba vergüenza lo inacabado. Yo…
La voz le tembló.
Quiero vivir. Sólo eso. Con arañazos en el suelo y manchas en el alfeizar. Con visitas. Con tu chaqueta vieja en la silla. Lo que hay en un hogar vivo. Aquí no lo conseguimos.
Él calló mucho rato.
¿A dónde vas?
A casa de mi madre, de momento.
¿Por mucho?
No lo sé.
Cerró la maleta. Cogió a Félix. Cruzó el pasillo, se puso la chaqueta, intentó no fijarse en el parquet perfecto.
Inés la llamó él.
¿Qué?
Yo No sabía que era así.
Lo sabías le corrigió. Solo que no lo pensabas.
El portazo fue un clic bajito. Muy cuidadoso, como todo ahí.
Él se quedó.
Álvaro permaneció un minuto en el pasillo, luego fue al salón y se sentó en el sofá. Para elegirlo tardó tres meses: tela resistente y sin pelusas. Se sentó en ese gran sofá, en su magnífico salón, y miró alrededor.
El piso era precioso. De verdad precioso. Las paredes, en el tono exacto. El parquet, sin un resquicio. El techo, liso. Baldas de libro de suelo a techo, alineadas al milímetro. Luz suave, sin sombras. El balcón, hermético. El baño, azulejo contra azulejo.
Lo miraba y sentía algo raro. No orgullo. Algo como náusea, pero más arriba.
En la balda quedaban libros no llevados. Vio los lomos y pensó: ¿hace cuánto que no leía ella aquí una tarde, no robando minutos, sino simplemente leyendo? Mucho.
Fue a la cocina. La taza seguía en el alfeizar. Miró el círculo. No había marca. El té estaba frío.
Lavó la taza, la puso a secar. Se fue al dormitorio; se tumbó vestido. Nunca lo había hecho.
El techo era perfecto.
Pasó así una hora, dos. El tiempo ya no pesaba igual. Se levantó, fue al trastero. Cubos de pintura, rollos de malla, cajas de imprimación, herramientas ordenadas. Todo en su sitio. Sacó un azulejo de muestra, lo giró. Lo devolvió a su sitio.
Nada sobraba allí. Sólo él.
Por la noche recalentó cualquier cosa y la comió sin gusto. Silencio absoluto. Antes, siempre había un ruido: clavos, cinta adhesiva, olor a barniz. Ahora, nada. Tanta perfección, tanto frío.
Intentó encender la tele. No entendió el canal. Apagó.
Miró el móvil. Su nombre, Inés, en WhatsApp. Nada. Pensó.
No en recuperarla, sino en lo que ella dijo. Los invitados. La lámpara. Ser invitada tres años. Invitada. Eso dolía. Invitada en tu propia casa.
Recordó lo de Jaime, la trola de las obras en el dormitorio. ¿Por qué mintió? Ni entonces se lo confesó a sí mismo. Porque la casa no estaba acabada, se repetía. Mentira. Se podía vivir en ella hacía más de un año. Pero no era la de su cabeza. No la soñada.
Se prometió una casa perfecta. Y trabajó para ella, sin lograrla nunca: el ideal es horizonte, no techo; caminas y nunca llegas.
Inés lo entendía. Él no. O no quería.
Recorrió cada estancia encendiendo luces. Observó las baldas.
Cada libro alineado, decoración exacta. Su principio: cada objeto en su sitio.
En la tercera balda había un corazón de vidrio, anaranjado e imperfecto. Inés lo compró en El Rastro hacía dos años. Él preguntó: ¿Para qué? Sólo coge polvo. Ella respondió: Me gusta. Se quedó. Una pequeña renuncia.
Lo tomó entre mano. El cristal parecía cálido, o lo imaginó.
Pensó en todo aquello tres días. Tres días arrastrándose por el piso, comiendo lo que caía, sin dormir bien. En la obra, un error en los cálculos. Un compañero preguntó: ¿Todo bien, Alvarito? Sí, todo bien.
El cuarto día le escribió a Inés:
Inés, ¿podemos hablar?
Ella tardó una hora: Vale.
La llamó. Ella contestó al segundo tono.
Hola dijo él.
Hola.
¿Cómo estás?
Bien, en casa de mamá.
Silencio. Podía oírla moverse, quizás colocando una taza.
Pensé estos días.
Ya.
¿Sabes lo que quiero decir?
Más o menos.
Entendí que elegí mal. Es decir, no que me despisté, sino… buscó la palabra que escogía lo que no era.
Ella callaba.
Decías lo de los invitados. La lámpara. Lo recuerdo. No lo capté a tiempo. O hacía como si nada.
¿Por qué me cuentas esto?
Porque quiero que vuelvas.
Larga pausa.
Álvaro…
No pido que sea ahora. Sólo quiero ser sincero. Quiero que vuelvas. Y quiero intentar otra forma. No sé si podré, pero quiero.
Ella calló mucho. Él oyó cómo ella movía algo, quizá una taza sobre el alfeizar, o la mesa, igual daba.
¿Sabes que lo intentaré no basta? preguntó, por fin.
Lo sé.
¿Sabes que no puedo volver y vivir igual?
Lo sé.
No creo que lo sepas. No te ofendas, soy honesta. Estás asustado y dices lo que debes. Pero no puedes decidir cambiar de golpe. No es colgar una estantería.
Ya sé que no es eso.
¿Entonces qué propones tú?
Se demoró.
Propondría vernos. Hablar, en persona. No por teléfono.
Vale aceptó ella. Nos vemos.
Se citaron en un café de la calle Fuencarral, bien anodino, con sillas algo cojas y pizarra de menú. Inés llevaba su parka crema de siempre, cansada pero serena.
Pidieron café. Álvaro la miraba, dándose cuenta de que hacía muchísimo que no la miraba así: sólo mirar.
¿Cómo está tu madre?
Mejor. Se ha puesto a plantar flores. Contentilla de tenerme.
Me alegro.
Silencio.
Álvaro, tienes que entender algo dijo ella: no es la reforma en sí. No el querer hacer bien las cosas, que es bueno. Es que confundiste el objetivo. El hogar es para la vida. Tú lo pusiste como fin.
Sí admitió él.
¿Estás seguro?
Sí.
¿Cómo sé que lo entiendes?
Tomó la taza, la sostuvo y la dejó.
No lo sabes. Yo tampoco sé cuánto puedo cambiar. Pero sé que esto ya no. Que mientras estabas, pensaba que se podía aguantar. Al irte, la casa es solo una caja bonita.
Inés le miró.
Una caja bonita repitió.
Eso.
Me alegro que lo entiendas.
¿Vas a volver?
Ella miró la lluvia por la ventana, los tulipanes rojos del quiosco medio despeluchados.
Voy a intentarlo dijo. Pero con condiciones.
Dímelas.
Primero, un mes sin obras. Ni un clavo. Vivimos y punto.
Vale.
Segundo: el domingo vienen Lucía y Pablo. Si Jaime puede, también. Se come aquí, así tal cual.
Asintió.
Tercero: si exageras con una rayita o mancha, te lo diré y tendrás que escuchar.
Vale.
No es simple advirtió ella. Es difícil.
Lo sé reconoció, para mí es difícil. Pero quiero intentarlo.
Inés lo miró largo rato. Luego dijo:
De acuerdo.
Regresaron paseando, bajo la lluvia, casi codo a codo. Ella llevaba a Félix en el bolsillo, él su bolso. Al llegar, miró de abajo a arriba su edificio del barrio Salamanca, piso quinto.
Es bonito dijo ella.
Sí dijo él.
Subieron en ascensor. Abrió la puerta y ella fue a la sala, puso a Félix en el alfeizar, sin salvamanteles.
Álvaro lo observó. El barniz bajo el macetero.
No dijo nada.
Inés fue a la cocina, puso agua, encendió el hervidor.
Él se sentó en el sofá, miró las baldas. El corazón de cristal un poco torcido.
No lo tocó.
El domingo llamaron a Lucía. Ella soltó un al fin tan alegre que se oía la risa. Jaime no pudo, prometió venir la próxima. Pablo trajo vino, Lucía una tarta, Inés coció cocido, el prometido de hace tres años.
Comieron en el salón. Álvaro colocó los platos y se detuvo al notar que una fila estaba torcida. Corrigió uno. Luego lo dejó.
Había ruido, algo de apreturas. Lucía derramó vino tinto en el mantel. Todos se asustaron. Álvaro sintió una punzada, miró a Inés.
Ella le miraba también, tranquila.
Él cogió la servilleta y secó la mancha.
No pasa nada.
Lucía suspiró. Inés esbozó una sonrisa apenas.
Después del postre quedaron largo rato hablando, riendo, tomando café. Cuando se marcharon, era medianoche. Inés fregaba, Álvaro secaba. Silencio, pero distinto; no como antes.
La mancha se irá señaló él.
Puede que no repuso ella.
Da igual.
Le pasó un plato.
Álvaro dijo.
¿Qué?
Hoy hemos estado bien.
Sí.
Terminaron de limpiar. En el salón, las tazas y la mancha de vino. El corazón de cristal, el cactus de Félix en el alfeizar.
Álvaro lo miró todo. Pensó que la mancha habría que intentar quitarla por la mañana antes que se quede. En que la maceta sobre la madera dejará anillo. En que una taza estaba torcida.
Y pensó en que Inés se había reído dos veces: una con Lucía y su gato, una con Pablo al decir un brindis mal. Así reía cuando él la miraba y pensaba: sí, es ella.
Ella fue al dormitorio. Se paró en la puerta.
¿Vienes?
Ahora dijo él.
Reparó en el salón. La mancha. Félix. El corazón.
Apagó la luz.
Se tumbó a su lado. Ella leía. Su lámpara de tela, luz blanda.
Miró el techo.
Inés.
¿Sí?
¿Me oyes cuando hablo de rendijas y milímetros?
Ella bajó el libro, le miró.
Te oigo.
¿En qué piensas mientras?
Pensó unos segundos. De verdad pensó.
En que estás lejos.
Sí admitió él. Supongo.
Ella volvió al libro.
Él pensó que no sabía si lo lograrían. Tres años son mucho: algo cambió en ella, y en él, como una grieta tapada, apenas visible, pero no es lo mismo. Él lo sabía mejor que nadie.
Pensó en eso, hasta dormirse. Y en el filo mismo del sueño, pensó que a la mañana pondría a Félix sobre un salvamanteles, por el barniz.
Abrió los ojos.
El techo seguía ahí. Perfecto. Sin una grieta.
A su lado, Inés pasaba página en silencio.
Cerró los ojos de nuevo. Félix no tenía prisa. Félix podía esperar hasta mañana.






