Entré en la oficina media hora antes porque había olvidado mi portátil, y sobre el escritorio de mi compañera encontré el cuaderno de cuero rojo de mi madre — el mismo que ella siempre guardaba bajo llave en el cajón de casa.

Entré en la oficina media hora antes de lo habitual, pues había olvidado mi portátil en casa. Sobre la mesa de mi compañera descansaba la libreta de cuero rojo de mi madreesa misma que siempre guardaba celosamente bajo llave en su cajón del salón de nuestra casa de Toledo.

Me acerqué al escritorio y la observé unos instantes sin atreverme a tocarla. La libreta era antigua, con una esquina algo desgastada y una mancha de tinta en el borde inferior derecho. Recordaba perfectamente esa mancha; la hice yo misma, hace ya quince años, cuando curioseaba a escondidas entre las cosas de mi madre, una tarde de tormenta en que todo parecía menos real.

Vaya, has llegado temprano escuché una voz a mi espalda.

Me giré despacio. Mi compañera, Carmen, estaba en el umbral con un vaso de agua en la mano. Su sonrisa parecía serena, aunque al fijarse en lo que miraba, esa sonrisa se curvó hacia abajo, como si le hubiesen contado un secreto turbio.

¿De dónde has sacado eso? pregunté, notando cómo el aire en la sala olía a papel antiguo y a jazmín, igual que el perfume de mi abuela.

Carmen miró la libreta, luego me miró.

La compré dijo.

Aquello fue el primer indicio de que nada tenía sentido.

No susurré mirando la mancha de tinta. Es la libreta de mi madre.

Carmen se acercó y cerró despacio el cuaderno, como si temiera que, al dejarlo abierto, escaparan recuerdos o palabras.

Debe de ser parecida.

No es parecida insistí. Es la misma. Esa mancha la hice yo cuando tenía dieciséis años.

Se hizo un silencio extraño, como el de una iglesia vacía por la mañana. Yo señalé la mancha de tinta.

La hice yo, hace años.

El rostro de Carmen palideció, fundiéndose casi con la luz que ese día se colaba a jirones por los ventanales.

De acuerdo susurró. No la compré.

Entonces, ¿de dónde es?

Suspiró y se dejó caer en la silla, como si el peso de todas las monedas de euro del mundo le cayera encima.

De tu hermano.

La realidad se dobló en ese instante, como una sábana mojada extendida sobre las azoteas de Madrid.

¿De quién?

De tu hermano repitió apenas audible. Me la dio ayer.

Mi cabeza intentó organizar los recuerdos. Mi hermano había estado en casa la semana pasada. Mamá le había dejado las llaves, pues iba a reparar el grifo de la cocina que goteaba sin descanso.

¿Por qué te daría mi hermano la libreta de mi madre? pregunté.

Carmen me miró de una manera extraña, como si intentara adivinar el resultado del sorteo de la Once en mi cara.

Dijo que era tuya. Que era tu viejo diario y que lo habías olvidado aquí.

En ese momento lo supe: algo iba terriblemente mal.

Porque esa libreta no era mía. No era un diario cualquiera. Era el diario secreto de mi madre. Allí dentro había cosas que nadie más debía leer jamás.

¿La abriste? le pregunté sin respirar.

Carmen tardó un instante en contestar, el tiempo que tarda la lluvia en empezar a golpear los tejados de Segovia.

Solo un poco musitó al fin.

¿Qué leíste?

Su mirada flotaba sobre mí, indecisa.

La primera página.

¿Y?

Mi voz era ya apenas un eco sumergido.

Tragó saliva.

Ponía que tu padre no es realmente tu padre.

La habitación se encogió sobre sí misma, las paredes girando en espiral.

¿Cómo?

Eso decía susurró. Que tu madre nunca se lo contó a nadie.

Comprendí entonces por qué mi hermano había tomado la libreta. La había leído. Y había decidido que también yo debía saberlo, aunque fuese de la forma más cruel.

Me quedé junto al escritorio, mirando la libreta cerrada, como si un monstruo de palabras latiese dentro, esperando ser liberado.

Si lo que pone ahí es cierto, toda mi vida cambia de golpe, como una plaza tras una procesión. Pero si no entonces mi hermano ha tragado nuestro hogar con una mentira, una sombra.

Ahora solo me queda decidir: ¿Vuelvo a casa y le pregunto directamente a mi madre bajo la higuera del patio o nunca, jamás, abro esa libreta?

¿Vosotros qué haríais, en este sueño de calles vacías y relojes que nunca marcan la hora correcta?

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Entré en la oficina media hora antes porque había olvidado mi portátil, y sobre el escritorio de mi compañera encontré el cuaderno de cuero rojo de mi madre — el mismo que ella siempre guardaba bajo llave en el cajón de casa.
«¿Acaso esta mujer cruel, semejante a una bestia acorralada, es su madre?». Sus palabras: «Eres el error de mi juventud» resonaban sin cesar en sus oídos.