Ya no esposa
Antoñito, ¿te has tomado la tensión hoy? ¿Te has tomado la pastilla? preguntó Mari Carmen asomándose al salón, mientras se secaba las manos en el delantal.
¡Ay, por favor, Mari Carmen! Déjame ya con la tensión gruñó él, sin apartar la vista del móvil. Que tengo una reunión en una hora. ¿Has planchado mi camisa azul, la de algodón? La buena.
Te planché tres camisas ayer, y la azul dijiste tú que a la tintorería, que tenía una mancha
¡Siempre lo confundes todo! No se te puede dejar nada. Da igual, tráeme cualquiera. Que el té sea fuerte, por favor, que esa manzanilla tuya me tiene ya la garganta desierta.
A Mari Carmen se le tensaron los hombros, pero no dijo nada y volvió a la cocina.
Fuera era noviembre; gris, mojado, de los que ponen todo del color del betún. El bloque de enfrente, tan castizo, solo tenía dos ventanas con luz. Mari Carmen Ramos Jiménez tenía cincuenta y seis años y vigilaba cómo hervía el agua en su viejo hervidor con el pico abollado. Llevaba desde primavera queriendo cambiar el dichoso cacharro. Otra de esas cosas que nunca le daba la vida a dejar hechas.
Puso el té fuertecito, como le gustaba a su marido, sin manzanilla ni hierbabuena. Montó la bandeja con los sándwiches que preparó a las seis de la mañana: pan con mantequilla y queso, la corteza bien cortada porque al señor últimamente le sentaba mal el estómago, y algo de tomate cortado, aunque el de noviembre sabe a cartón mojado en Madrid. Pero, bueno, vitaminas.
Se lo llevó al salón. Antonio Fernández Zamora, cincuenta y ocho años, estaba allí, emperador del sillón y móvil. Desde hacía tres meses era jefe de sección en una empresa de suministros. Veinte años siendo ingeniero raso y, de pronto, con la jubilación de don Ignacio, nombraron a Antonio jefe por veteranía. La jefatura traía una subida de sueldo de ciento cincuenta euros, un despacho para él solo, y, por lo que parecía, un punto de vista completamente renovado sobre el universo y sobre sí mismo, el mismísimo Galileo de Túnez.
Déjala ahí señaló el revistero, clavado en el teléfono.
Mari Carmen dejó la bandeja, callada.
Antonio, de verdad, tómate la pastilla, que ayer dijiste que te dolía la cabeza
Dije que ayer me dolía, hoy no. Venga, anda, que tengo que hacer una llamada.
Ella se fue. Se paró en el pasillo, mirando el perchero: su abrigo, el plumífero de ella, el paraguas torcido que sobrevivía de milagro. Se quedó quieta, un rato largo, como viendo el aire. Después agarró el trapo y se puso a limpiar el alféizar, por hacer algo. Porque ya ni sabía qué hacer consigo misma.
Llevaban así tres semanas, desde el ascenso y un cursillo de empresa en Las Rozas. Antonio volvió de allí otro: erguido, corte moderno, aire distinto. Ella se puso contenta. Parece que ha despertado, pensó. Luego empezaron las rarezas.
De repente, todo le parecía mal: la comida, la casa, la vida. Si antes se comía lo que había, ahora resulta que el cocido salado, los filetes secos y la ensaladilla rusa mejor no la nombre, que eso es de estudiantes, no de ejecutivo. Cuando Mari Carmen replicó, Antonio le soltó:
Mira, mujer, que ya es hora de que cocines un poco en condiciones. Haz, no sé, pescado al horno, ensaladillas normales, no ese tuyo de una vez al año por Navidad.
Y ella los hizo. Él se lo comió en silencio. A la noche siguiente, vuelve del trabajo gruñón contando que al marido de su nuevo colega del cursillo, la mujer no solo no trabaja, sino que lleva la casa y parece una persona, da gusto verla.
Mari Carmen tragó. Podía haberle recordado que ella no trabaja fuera desde que la despidieron de la gestoría hace cuatro años. Que madruga antes de que él bostece y se acuesta después. Lleva el hogar, va a por sus recetas, le espera en la farmacia, repasa las pastillas: tensión, colesterol Lleva y trae la ropa de la tintorería y el calzado a arreglar porque él está muy ocupado. Ella podría haberlo dicho. Pero no lo hizo. Costumbre.
Hasta que, dos días atrás, pasó algo que ya no podía tragarse más.
Él llegó cerca de las ocho, justo cuando ella apartaba el puchero del fuego, ese caldo de pollo desgrasado, segundo hervor, que el médico había mandado. Llevaba dos horas hirviendo, todo olor a zanahoria y laurel.
¿Qué tardas tanto? le dijo ella desde la cocina.
Se me hizo tarde contestó él, ya quitándose los zapatos a patada, no en la zapatera.
El caldo está listo, siéntate.
Antonio entró, miró el cazo: mala cara.
¿Otra vez pollo?
Antoñito, que el colesterol, el médico lo dijo
Ya lo sé, que no soy tonto. Pero ya me tiene frito la dieta de hospital en mi propia casa.
Ella sirvió el caldo, sacó pan. Él comió y se largó al salón dejando el plato en la mesa. Ella fregó, limpió, recogió migas. Luego fue al salón a preguntar si quería un poco de compota.
Él absorto en el móvil, algo rosa en pantalla. La cubrió de golpe.
Antoñito, ¿compota?
No la miró largo rato. Mari Carmen, mírate un poco.
¿Cómo?
Digo que te mires. ¿Cuándo fue la última vez que fuiste a la peluquería? Llevas el moño como una abuela de pueblo con ese batín a cuadros.
El grifo goteando de fondo, televisión de fondo en los vecinos.
Antonio dijo ella bajito.
¿Antonio qué? Si te digo la verdad. Ahora tengo que ir a reuniones, a convites, y la gente viene y la esposa pues debe ya sabes.
¿La gente va a venir? Si no has invitado en tres meses a un alma.
¡Porque me da apuro! subió la voz. El apuro cayó como adoquín. La mujer de García le da gusto, arreglada, mona. Pero tú Te has echado encima, vas en ese trapo, las raíces ya ni te las tiñes
Antonio Fernández. Le soltó el nombre entero, que solo usaba en contadas ocasiones. Vas a cumplir sesenta. Yo, cincuenta y seis. No somos críos.
¡Por eso hay que cuidarse! Yo voy al gym ahora, tú todo el día en casa y ni eso puedes
Todo el día en casa repitió ella, tono plano, un poco hasta le extrañó lo sereno de su voz. Muy bien, Antonio. Ya.
Se fue a la cocina. Puso el pan en la panera, apagó la luz. Todo despacito, casi automático. Por dentro, sintió algo: no que se haya roto, sino que, al fin, algo se movió, como un mueble empujado tras años. Al principio raro, luego piensas: ya tocaba.
Esa noche no pegó ojo. Miraba el techo en su lado de la cama, escuchando el resuello de Antonio. Y pensaba.
Pensaba que hacía diez años que su vida era dar servicio. Preparar, limpiar, buscarle las recetas, asegurarse que todo estuviera al día, paseos, consultas No coche, que lo vendieron hace tres años ya no podía él conducir con la tensión, así que taxi (de su cuenta). La ronda de pastillas: para la tensión, para el colesterol, luego para las reumas, esa cara, de veintipico euros, apuntada en la libreta para no quedarse sin tratamiento. Y él le dice que le da apuro cómo está ella. Que la mujer de García sí que vale.
Mari Carmen miró el techo y a la una de la mañana pensó, claro, clarísimo: basta.
No me voy, no divorcio, no te monto un escándalo. Basta, simplemente, de hacer lo que él ni ve ni valora. Basta de ser recurso: como un grifo, abres, usas, cierras. Ahora, apáñate.
Al día siguiente, a las seis como siempre, se hizo su té de manzanilla el que Antonio odiaba. Sentada con el móvil, entró en la web de una peluquería, justo la del centro comercial, la que nunca usó porque el corte costaba mínimo cincuenta euros. Reservó para el miércoles. Buscó clases de marcha nórdica en el Retiro, gratuitas, martes y jueves por la mañana. Apuntó en el móvil.
Cuando Antonio salió a la cocina a las siete, en la encimera solo estaba SU taza. Pan en la panera, mantequilla en la nevera. Que se sirva.
¿Y el desayuno? protestó.
Pan tienes, mantequilla tienes, queso en la nevera contestó Mari Carmen, sin levantar la vista.
Se apañó solo. Tostó el pan, puso el queso, masticó de pie. Se fue al trabajo sin decir nada.
Ella miró cómo se cerraba la puerta y sintió algo así como alivio.
Ese miércoles fue a la peluquería. La chavala que le tocó tenía el lateral rapado y pendientes hasta en la ceja, pero examinó el pelo y dijo:
¿Sin teñir hace mucho?
Tres años, admitió. Nunca encontraba el momento.
Se ha dejado usted el pelo bien para hacerse unas mechas, un poco de color para matizar, y un corte nuevo.
Se pasó dos horas y media en la butaca. Viendo cómo cambiaba poco a poco, reconocible pero nueva. No joven eso sería engañarse, pero viva. Se pareció a esa Mari Carmen que se había olvidado de recordar.
Pagó casi cien euros. Por el camino se compró una crema de cara buena, para piel madura veintidós euros. Dudó: Es mucho. Pensó en la mujer de García, y la compró.
Por la noche Antonio lo notó. La miró el pelo. No dijo nada.
Y ni falta que hacía.
La semana siguiente se acabaron las pastillas para la tensión. Antes, Mari Carmen vigilaba, contaba cuántas quedaban y, tres días antes, a la farmacia. Ahora vio la caja vacía y la dejó en la mesita junto a la cama.
Antonio llegó, ni la miró.
Siguiente día, buscó la caja:
¡Mari Carmen! ¡No hay pastillas!
Ya lo sé, respondió ella desde la cocina.
¿No las has comprado?
Antonio, eres mayorcito. Puedes ir tú.
Pausa. Larga.
Que tengo trabajo.
Y yo, mis cosas.
Ahora sí que tenía cosas: martes y jueves marcha nórdica. Allí conoció a Pilar y a Rosario. Pilar era subdirectora en un instituto y reía tan fuerte que espantaba a las palomas, Rosario ya jubilada y de abuela a tiempo completo. Charlaban, caminaban, y a Mari Carmen le parecía el rato más agradable de la semana, algo que jamás imaginó.
Antonio al final fue a la farmacia. Llegó con cara de epopeya. Puso la caja en la mesilla. Ninguno dijo nada.
En aquellos días, Mari Carmen llamó a su amiga Paqui, del antiguo trabajo.
Paqui, ¿andas libre el sábado?
¿Qué pasa?
Nada, podemos ir al cine o a tomar un café.
¿Tú bien? Paqui, con la mosca. Que hace cuatro años que no tomas café fuera
Mejor que nunca.
Se vieron en Atocha. Paqui pegó un grito al verla:
Pero Mari Carmen, ¡menudo cambio! ¡Por fin la pelu, mujer!
Ya tocaba.
Entraron a una cafetería, café con leche y tarta. Tras el cristal caía el primer granizo de la temporada, pero dentro se estaba en gloria.
Venga, cuéntame dijo Paqui.
Y Mari Carmen lo soltó: lo del ascenso, la transformación de Antonio, los lamentos de jefe, la mujer de García, mírate tú, las vergüenzas Habló sin llantos, como si contara la historia de otra.
Paqui removía el café.
¿Y tú qué vas a hacer?
Hacer nada de lo que no valore.
Nada de lo que no valore repitió Paqui. Pues me parece estupendo.
Si es que no puedo ya vivir de otra manera.
Ella sonrió. Terminaron el café, pidieron otro. Al irse, Paqui propuso otro sábado igual, y Mari Carmen dijo que sí.
En el metro, pensaba que hacía años que no salía con una amiga tranquila, solo para disfrutar, sin reloj y sin Toli por medio.
En casa, él estaba delante de la tele. En la cocina, taza y plato del desayuno que él mismo se hizo. Antes ella limpiaría automáticamente. Ahora, ahí se quedó.
¿Dónde has estado? sin mirar.
Con Paqui.
Has tardado.
Sí.
Se lavó la cara y se echó la crema nueva. Miró el espejo: cincuenta y seis años, no una modelo, pero sí viva. Las arrugas de los ojos, la marca en la boca, el pelo nuevo. Ella, mujer que no es de pueblo, ni vieja. Simplemente ella.
Llegó diciembre con frío de verdad. Mari Carmen se compró unas botas buenas, de piel, nada de las baratijas de goma que llevaba tres inviernos. Ciento veinte euros y ni un remordimiento.
En casa, ahora se cocinaba lo que le apetecía: cocido, pollo con patatas, hasta tortellini congelados. Las albóndigas healthy quedaron en el pasado; si Antonio quería cuidarse, que se apañase él. Ropa lavada con el resto, ya sin tantas milongas.
Él se dio cuenta. No decía nada, alguna puya:
¿Otra vez pasta?
Sí, pasta contestaba ella.
¿Has dejado de cocinar?
Ayer hice sopa, y asado el domingo.
Antonio mascullaba, pero ni discutía. Ya no podía pedir: ¿Por qué no giras el mundo a mi alrededor? Hasta él veía lo ridículo.
Mari Carmen seguía su rutina: marcha, lectures en la biblioteca, incluso apuntada a un taller de acuarela los miércoles, no porque soñara con pintar, sino simplemente porque sí. Dos horas en las que no tenía que pensar más que en el color y el papel.
A mediados de diciembre, Antonio empezó a llegar tarde. Antes eso era tragedia: cena fría, marido incómodo. Ahora, ella cenaba cuando quería y punto. Un día lo notó oler a perfume ajeno dulzón y empalagoso, no de bar ni de oficina. Lo olió y pensó: Ah, amigo.
Y no dolió. Esperaba dolor y solo notó curiosidad. Y una sensación nueva: ella ya no es responsable de lo que pase. Si se va, se va él. No es su derrota.
No dijo nada. Durmió bien por la noche.
Así transcurrieron tres semanas. Antonio: trabajo-tarde, llamadas en el baño, algún …que sí, Lucía, el sábado por la puerta. Lucía. Bueno.
En esa época pensaba mucho. Treinta y dos años juntos, un hijo, Javi, quien vive en Barcelona con mujer y dos niños. De joven, Antonio fue otro: bromista, buen padre. El cambio, fue lento pero implacable, como el agua que inunda un sótano: empiezas sin notarlo, al final está hasta arriba.
Repasaba su propia vida: tantos años cuidando a él que olvidó cuidarse a sí misma. Ni sabía lo que le gustaba: música, libros, sueños Todo soterrado bajo el uniforme de qué quiere Antonio.
El taller de acuarela fue, contra pronóstico, importante. En la biblioteca, la profe, doña María del Carmen, de cincuenta y dos, le enseñaba cómo la acuarela funde los colores. Mari Carmen pintaba una manzana y se acordaba de la última vez que dibujó, en la EGB. El amarillo y el verde, bailando juntos en el papel, le parecieron esperanza.
Un día ya en enero, la profe le dice: Mari Carmen, tienes muy buen ojo para el color. Lo dijo como quien enumera la compra, pero a Mari Carmen nadie le decía algo bueno desde ¿cuándo?
A principios de enero, Lucía debió terminar su función. No por confesión, sino porque él volvió a su rutina. Antonio llegaba a las siete, callado, encorvado, menos salud y más toses. Ya no llamaba nadie al baño.
Ella hacía la comida, él comía. Una tarde se sentó con ella en la cocina y soltó, mirando la mesa:
Hace un frío de pelotas ahí fuera.
Sí, dicen que va a helar.
Ajá.
Se fue. Fin de la conversación.
Lo que pasó con Lucía, lo supo tiempo después: un conocido dejó caer en una llamada que al jefe le salió rana la última. Mari Carmen respondió disimuladamente y aquello quedó zanjado. La chica pensó que ligaba con un jefe solvente y resultó ser un cincuentón con pastillas, quejumbroso y muy de su casa. No duró.
No sintió lástima. Era como cuando el dolor de muelas se va: no te alegras, pero notar la ausencia de dolor, ya es mucho.
En febrero él empeoró. Las pastillas, sin sistema, se le olvidaban, repetía dosis A veces tomaba dos juntas, como para compensar. Ella no le marcó la pauta, él ya sabía lo que hacer.
La tensión subía, y un día le dijo:
Me da vueltas la cabeza.
Ve al médico.
¿Me sacas cita?
El teléfono está en la tarjeta sanitaria, allí viene explicado.
Antonio la miró perplejo. Ella bebió su té.
No sé bien cómo va eso.
Antonio, eres jefe, ¿no? Pues adelante.
Reservó cita solo. Fue al centro. Trajo la hoja de medicación nueva y la puso en la mesa.
¿La comprarás tú?
Mañana paso cerca, pero tráeme el dinero.
Eso sí que le sorprendió. Antes, ella pagaba, organizaba y recordaba todo. Ahora, dinero sobre la mesa. Ella fue, trajo el recado. No apuntó rutinas ni colgó esquemas. Solo lo dejó ahí.
Llegó marzo. Madrid se inundaba de charcos, los niños jugaban con palos. Ella paseaba más, compró para sí un anorak beige, con cinturón, bien bonita. Frente al espejo de la tienda, pensó esto sí que es para mí.
En marzo fue a visitarlos Javi con Laura. Javi, alto, cuarenta años, se parecía a su padre pero más sensible. Llevaban una garrafa de aceite y bombones de regalo.
Primera cena juntos: patatas al horno, ensaladilla de remolacha, el fiambre frío que hacía su madre, todo al estilo de Mari Carmen. Antonio, parco, comía callado. Javi contaba batallitas, Laura preguntaba por el taller de acuarela:
¿Pintas, mamá?
Estoy aprendiendo, con acuarela.
Qué guay. ¿Nos enseñas?
Ella trajo los papeles del curso: una manzana, luego un jarrón con flores, la vista desde la biblioteca. Javi lo miraba muy serio y Laura le decía lo bonito que le había quedado.
Mamá, has rejuvenecido, te lo juro.
Es que al final, una va a la peluquería dijo ella.
Notó que Javi echaba miradas a su padre. Antonio tragaba en silencio. Algo extraño había entre ellos, pero hijo y nuera no preguntaron.
Un día Laura fue de compras y Javi se quedó en casa. Entró a la cocina mientras Mari Carmen hacía empanadillas.
¿Va todo bien entre vosotros?
¿Por qué lo dices?
No sé papá está raro. Como apagado. ¿Está enfermo?
Con la tensión, sí. El médico le mandó más pastillas. Va él mismo a la farmacia, ya es mayor.
Javi se calló, jugueteando con la masa.
¿No os habéis peleado?
No respondió ella, y era verdad. No hay pelea, hay convivencia en paralelo.
Si necesitas cualquier cosa empezó Javi.
Estoy bien, de verdad, hijo.
Él se quedó tranquilo. Porque ella de verdad lo estaba, cosa más extraña.
Los hijos se marcharon en domingo. Casa vacía y silenciosa. Mari Carmen recogió, limpió. Antonio, TV.
A la noche, él apareció en la cocina.
Javi está hecho un hombre.
Sí.
Y sus niños
También.
Bebió agua, ella quedó en la ventana. Fuera, farolas y lluvia. Algunas hojas ya caídas brillando en el suelo mojado. El último coletazo del invierno.
En abril, Antonio tuvo una crisis hipertensiva. Nada de ambulancia, pero le pilló de lleno: se levantó, sintió un mareo y se sentó en el pasillo.
Mari Carmen, me encuentro fatal.
Ella le ayudó a la cama. Midió la tensión: 18,5/11. Muy mal.
Tómate la de emergencia, que está en tu mesilla. Acuéstate. En media hora te vuelvo a medir.
¿Y tú qué haces?
En la cocina estaré.
A la media hora estaba mejor. Ella le trajo té y pan seco, por no dejarlo en ayunas. No por obligación, sino humanidad. Hay diferencia entre no querer cuidar y mirar cómo alguien sufre.
Él tumbado, mirando el techo.
Mari Carmen rompe el silencio, creo que he sido imbécil estos meses.
Ella se sentó en la cama.
Sí, Antonio, lo has sido.
Sí Lo del ascenso Se me subió a la cabeza, pensé que cambiaba todo, que tenía que No sé.
Pues ya lo tienes: jefe de sección.
Pero tú aquí, igual balbuceó. Oye, no quería
Sí sabes lo que querías decir bajó la voz.
Ella recogió la taza y volvió a la cocina. No era perdón, ni reconciliación. Solo constatación tranquila.
Pasó abril, llegó mayo. Ella seguía con la marcha, el taller, quedó con Pilar en ver una obra en el Teatro Español, buenas butacas, patio de butacas, todo un planazo. Hacía una década que no iba al teatro. Miraba el escenario, el zumo de naranja a media función, y pensaba: Esto sí es vivir.
Cincuenta y seis años, y entendía que eso no era el final de nada, sino el comienzo de no se sabe qué.
Antonio y ella vivían en su convivencia silente. No criticaba ya, ni hablaba de la mujer de García. A veces, conversaciones prácticas. A veces, compartían espacio y poco más: tele él, libro ella, paz casi cómoda. Pero ahora, ella nunca sentía deberle nada a nadie.
Un día él le pidió que le pidiese por internet unas pastillas más baratas.
No sé hacerlo, tú sabrás.
Solo hay que buscar el nombre, meterlo en la cesta, y escoger farmacia.
Pero contigo va mejor.
Sí, pero puedes aprender. Mira: pones el nombre, le das a comprar, recoges tú.
Aprendió. Tardó, preguntó una cosa, otra pero la hizo él.
Mari Carmen entendió bien: lo valiente no es hacerle la vida a otro, sino dejarle que la haga él.
El verano llegó fuerte. Se compró un vestido fresco de flores. Al ponérselo, se miró y se vio bien. No como la abuela de pueblo de la acusación, sino como una mujer normal.
Sabía que cada pareja en esa edad va a su manera: algunos siempre a la gresca, otros pegados como chicles, otros como fenómenos meteorológicos independientes. Lo suyo era esa cuarta vía: ni guerra ni paz ni hielo.
No tenía claro el futuro, ni lo temía. A veces pensaba en separarse, otras no. Había que encontrarse a una misma primero.
Llegó julio. Fue a Barcelona a ver a Javi dos semanas, sola. Él se quedó por “trabajo”. Preparó la maleta, llevó una almohada bordada para su nieta aprendió viendo tutoriales. Las mejores dos semanas en años: cuidaba a los pequeños, cocinaba, paseaban. Cuidar niños era distinto. Te apetece.
Por las noches, Javi preguntaba sobre Madrid. Ella contestaba la verdad: ahora bien, pero todo nuevo. Él escuchaba, sin sermones. Buen hijo sí que era.
Volvió a Madrid morena, más tranquila. Antonio la recibió en la puerta y ayudó con la maleta. Poco más.
El agosto vino sofocante. Compró un ventilador y un melón, que se zampó casi entero ella. A él le tocó la otra mitad. Dio las gracias primer gracias en mucho tiempo.
En septiembre, ya fresco y con los chopos soltando hojas, pasó lo inevitable.
Un viernes por la noche, él volvió raro, cara apagada, andar lento. Ella leía en la cocina.
Mari Carmen dijo, esperando en el umbral, me encuentro fatal.
¿Qué te pasa?
La tensión, la cabeza, y aquí se tocó el pecho, me duele.
Mari Carmen le miró.
¿Hace mucho que te duele?
Desde la comida. Pensé que se me pasaba.
¿Te has tomado la pastilla?
A las tres. No me ha hecho mucho.
Siéntate.
Le midió: 19/11, peor que en abril.
Antonio, esto es grave. Hay que llamar a urgencias.
¿Para qué? Tomo otra y
No. 19 de tensión y dolor en el pecho: hay que ir al médico.
Pues llama tú
Ahí Mari Carmen se paró, con el tensiómetro en la mano.
Le veía: cara cenicienta, mirada asustada, mano en el pecho. Daba pena, claro. Pero también veía otra cosa: que el último año él ha mirado a través de ella. Que le dijo cosas que no se olvidan. Que dejó de ser persona para él mucho antes de que ella dejase de girar sobre él.
Y supo lo que haría, y lo que no.
Antonio dijo tranquila. Tienes el móvil. El número de urgencias lo sabes.
Él la miró sin entender.
¿Eh?
Marca el 112. Da la dirección, y di que tienes la tensión así y te duele el pecho. Vendrán.
Mari Carmen ¿no me vas a ayudar?
Ya te he ayudado: te he medido y te he dicho lo que tienes que hacer. Ahora, hazlo tú.
Pero
Antonio. Dejó el tensiómetro sobre la mesa. Llama tú mismo. Eres un adulto. Jefe. Puedes.
Se fue al salón. Cerró la puerta sin golpes. A través del pasillo, oyó su voz temblorosa al móvil:
Sí urgencias el domicilio es
Mari Carmen se sirvió su té de manzanilla; lo llevó a la cocina en silencio, pasó junto a él, que explicaba a la operadora lo ocurrido. Se quedó en la ventana, mirando la oscuridad.
El patio estaba, como tantas noches de su vida, vacío. Un farol iluminaba el asfalto mojado, las hojas de chopo ya caídas resplandecían contra la acera. Nadie en el banco del portal.
Él colgó, mucho silencio.
Ya vienen dijo.
Bien.
¿Vendrás conmigo al hospital?
Ella se giró. Cara gris, mano en el pecho, ojos de niño asustado. Le dio pena verdadera, sincera, sin pizca de vanidad. Un hombre mayor, enfermo, asustado.
No, Antonio. No. Los médicos te verán.
Mari Carmen
La ambulancia hará lo suyo. Es su trabajo.
Tomó su taza y se fue al dormitorio. Dejó la puerta entornada.
Al rato, oyó puertas, voces, pasos rápidos. ¿Dónde está la paciente? Tensión, electro, quizá ingresamos Antonio respondía con voz de chiquillo.
¿Su mujer está en casa?
Sí pero ella no viene.
Unos segundos en silencio.
Bueno, vaya poniéndose el abrigo. Vamos a mirarle en el centro.
Puerta. Ascensor. Silencio.







