Ahora entiendo por qué mi marido me presentó a mi suegra solo el día de nuestra boda

Muchas jóvenes nueras sufren a causa de sus suegros y no pueden quejarse a nadie.

Se acerca el primer aniversario de nuestra boda. La relación con mi suegra aún no está del todo definida. Más bien, hay malentendidos; estamos lejos de una relación perfecta, eso seguro.

Le pedí a mi marido varias veces que me presentara a su madre antes del enlace, ya que él ya conocía a la mía. Siempre lo acababa posponiendo que si no había tiempo, que si mi madre estaba ocupada, que si cualquier otra excusa. Ya habrá tiempo para que os conozcáis, decía. Al final, nos vimos el día de la boda. El encuentro fue frío: a mi sincero y sonriente ¡Buenos días!, ella respondió entre dientes un seco buenos días.

Mi marido siempre me había contado que su madre era maravillosa y muy comprensiva. Pero yo le confesé en una ocasión que temía que se entrometiese en nuestra vida, pues ya había visto muchos casos así a mi alrededor. Él me aseguró una y otra vez que su madre no era de ese tipo. Decía que siempre había sostenido que dejaría a su hijo elegir a la mujer con la que quisiera casarse y que jamás criticaría esa decisión ni le daría lecciones de vida. Sin embargo, pocos días después del enlace, mi marido regresó del trabajo y se sentó conmigo en la cocina a tomar un café con una expresión seria. Le pregunté qué le pasaba. Su respuesta me descolocó:

Creo que a mi madre no le caes bien.

Resulta que a mi suegra le molestaba que no lavara los huevos con bicarbonato antes de usarlos, que dejara los platos en el fregadero porque me resulta cómodo, que pusiera la esponja de fregar sobre el fregadero en vez de en un platito aparte, que hiciera el caldo de una sola vez en lugar de cambiarle el agua dos veces. Y así, un sinfín de pequeños detalles. Me quedé helada.

Le pregunté a mi marido:

¿Por qué tiene que desagradarle algo de mí? Después de todo, ahora nosotros somos nuestra propia familia. Ella no vive con nosotros.

Pero soy su hijo dijo él. Estoy acostumbrado a vivir como en casa de mi madre; deberías hacer como ella.

Yo protesté entonces que aquella era mi casa y mi cocina, que podía organizarme de la manera que me viniera en gana.

Sin embargo, mi marido insistió en que, a partir de entonces, íbamos a vivir bajo otras normas y que debía acostumbrarme a ello.

Después de aquello, llegaron unos meses de cierta paz. Cuando veíamos a mi suegra, ella sonreía y me preguntaba educadamente por mis cosas, por nuestra vida en común, por si su hijo colaboraba en casa. Cuando adoptamos un perro, a la semana ya sabía medio barrio que yo no le cocinaba huesos y carne, que era una insensata por darle comida de lata, que mi pobre suegra no podía con una nuera tan desinteresada. Resulté ser completamente inútil.

Y yo ni sabía que lo era tanto. Se lo conté a mi marido tras enterarme de estos comentarios mientras paseaba al perro, gracias a una vecina. Me disgustó mucho que se hablase así de mí a mis espaldas, y precisamente por gente que ni me conocía. Le pedí al él que hablara con su madre, pero sólo se rió y me aconsejó que no diera importancia al asunto. Ahora, además, mi suegra guarda cierto recelo contra mí. Yo siempre le hablo con educación, pero ella apenas me responde con un cortante buenos días.

Mi marido dice que no respeto a su madre, pues me niego a adoptar las costumbres de su familia y tampoco hago esfuerzos por acercarme a ella. Parece incluso que lo que más echa en falta su madre es nuestro perro. Por cierto, sus padres venían muchas veces a casa a tomar café sin avisar.

Lo peor está por llegar, ya que pronto deberemos irnos a vivir unos meses a su piso. Me siento angustiada pensando cómo lo gestionaré. Me da miedo imaginar cómo será cuando tengamos hijos, qué dirán los vecinos sobre cómo los baño o los alimento. Creo que en ese caso, la única salida será regresar a casa de mis padres. Dudo mucho que mi suegra me permita vivir en paz bajo su techo.

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Ahora entiendo por qué mi marido me presentó a mi suegra solo el día de nuestra boda
Ahora vais a tener un hijo propio y es hora de que ella vuelva al orfanato —¿Cuándo va a darme mi hijo, por fin, un nieto? —preguntó doña Carmen con irritación, mirando a su nuera sentada a la mesa. —Usted sabe tan bien como yo que llevamos ya tres años intentando tener un hijo —suspiró Marta, resignada a escuchar, una vez más, la misma pregunta que marcaba cada visita familiar. ¿Qué podía hacer? Los médicos aseguraban que ni ella ni Javier tenían ningún problema. —Eso digo. Estáis casados desde hace mucho y no hay manera de que llegue ese niño —dijo la mujer con desdén—. Seguro que tu juventud fue de las moviditas. —Por favor, doña Carmen, ¿a qué viene esa insinuación? —no pudo evitar Marta, cerrando con fuerza el portátil. Ya esa tarde no podría avanzar en el trabajo—. ¿Acaso le he dado algún motivo? Le pido, además, que no me hable de ese modo. —¿Y si no? —respondió la suegra, fingiendo sorpresa—. ¿Vas a quejarte a Javier? ¿No te da miedo que él me dé la razón? Al fin y al cabo, soy su madre. La respuesta fue una puerta cerrada de un portazo. Por supuesto, Marta no pensaba decirle nada a su marido; no porque creyera que se pondría del lado de su madre, sino porque no quería preocuparle. ************************************************************* Desde el primer encuentro, las cosas entre nuera y suegra no funcionaron. A doña Carmen no le gustaba nada en Marta: ni su apariencia sencilla, ni cómo vestía, ni cómo cocinaba… La lista era inagotable. La madre de Javier se opuso siempre a esa relación, presionó a su hijo, pero por suerte él sabía imponerse. Se casaron. Al principio pareció que doña Carmen se calmaba, en parte porque los recién casados se mudaron a un piso lejos de la casa familiar. Pero no pasó ni medio año antes de que encontrara un motivo nuevo para sus quejas: la ausencia de hijos. Al principio Marta se lo tomaba con humor: todavía son jóvenes, mejor disfrutar de la vida; también la carrera profesional es importante. Pero su suegra respondía con firmeza, que hay que tener hijos cuanto antes y, además, más de uno. Marta cedió ante la presión. Y entonces comenzó el calvario. Durante tres años pasó por todo tipo de pruebas médicas y tratamientos, pero nada daba resultado. Uno de los médicos sugirió que quizá el problema era psicológico. Doña Carmen solo se rió y le recomendó cambiar de doctor. ****************************************** Tras otra conversación agotadora con la suegra, Marta trató de distraerse hojeando las redes sociales. Las fotos de niños le revolvían el alma; ella realmente deseaba ser madre, pero no para contentar a su imposible suegra, sino para sí misma. Un post le llamó la atención: una mujer hablaba de su trabajo en un orfanato. Pensó en esos niños sin padres ni madre… ¿Sería capaz de querer a un niño ajeno como propio? Se imaginó el rostro sonriente de un bebé reclamando sus brazos. Decidida, acercó el teclado y empezó a informarse. Llenar papeles, exámenes médicos, citas… No le asustaba la burocracia si el deseo de ser madre era más fuerte. Solo faltaba la opinión de Javier. Ella temía su reacción, pero él aceptó la idea con sorprendente facilidad. Solo sugirió que, si era posible, fuese un bebé de la casa-cuna. Así quedó acordado. Con el tiempo, la familia sumó un miembro más. Los dos se enamoraron enseguida de Angelines, una bebé de cinco meses. La única en oponerse era doña Carmen, pero a nadie le importó; Javier incluso la amenazó con mudarse a otra ciudad si seguía armando escándalos. Al final, la suegra tuvo que fingir ante todos que adoraba a su nieta. Pasaron siete años. Angelines terminó primero de Primaria, tenía muchos amigos y era muy cariñosa y responsable. Marta no podía estar más feliz. Ese verano se fueron todos juntos al mar. Sol, olas, arena blanca… ¿Qué más se podía pedir? Y además, la suegra estaba bien lejos, sin oportunidad de amargar el ambiente. Al final de las vacaciones Marta empezó a encontrarse mal, pero no dijo nada para no preocupar. Al volver a casa fue directa al médico. Javier, sin embargo, notó el malestar y, preocupado, adelantó el regreso prometiendo volver al mar en Navidades. El resultado de las pruebas fue el menos esperado, pero el más feliz: iban a tener un hijo. Angelines, emocionadísima, ya pensaba en su nuevo rol de hermana mayor. Doña Carmen se enteró unos meses después, cuando el embarazo era evidente. Aprovechando que solo estaba Marta en casa, apareció sin avisar. —No voy a preguntar por qué no lo contasteis antes —soltó desde la puerta, examinando la barriga de Marta—, pero sí traigo otra pregunta. —¿Cuál? —a Marta le dio un mal presentimiento. —¿Cuándo pensáis devolver a Angelines al orfanato? —preguntó la suegra, seria—. Ahora que vais a tener un hijo de verdad, la adoptada debe volver donde corresponde. Marta tembló. No podía creer lo que oía. ¿Cómo se puede decir algo así? ¿Sobre una niña que ya es parte de la familia? —¿Lo dice en serio? —Por supuesto —bufó doña Carmen, mirándola fijamente—. ¿Entonces, para cuándo? —¡Fuera de mi casa! —gruñó Marta, conteniéndose para no perder los nervios—. ¡No vuelva nunca más! Empujó a la suegra fuera, que no esperaba semejante reacción. Dudó en llamar a Javier —tenía una reunión importante—, pero al final tendría que contárselo. ********************************************* Airada, doña Carmen fue directamente al trabajo de su hijo. Ignoró a la secretaria y se plantó en el despacho. —Tu mujercita acaba de echarme de casa como si yo fuera una extraña. —Vaya recibimiento —resopló Javier—. ¿Qué le has dicho para que reaccionase así? —Solo le pregunté cuándo pensáis devolver a la niña al orfanato. Por fin vais a tener vuestro hijo, así que necesitaréis tiempo y dinero para él. —¿Cómo puedes tener una idea tan monstruosa? —Javier apretó con rabia el bolígrafo hasta partirlo—. No vamos a echar a Angelines. ¡Es mi hija, te guste o no! —¿Y eso por qué? Solo es una adoptada, y ya es mayorcita. Lo entenderá si se lo explicáis. —Ni se te ocurra decirle nada —lanzó el bolígrafo roto y golpeó la mesa—. ¿Me has entendido? —¿Y cómo piensas impedírmelo? —replicó burlona la mujer mientras salía—. Esa niña sobra en la familia y haré lo posible para que lo entiendas. Javier se quedó mirando la puerta cerrada mucho tiempo. La secretaria entró a disculparse; él ni la oyó. Tenía mucho en qué pensar. Finalmente, tomó una decisión y se inclinó hacia el teléfono… ************************************************************* Marta caminaba despacio por el parque, sonriendo al ver a Angelines correteando junto al bebé de un año. Su nueva faceta de hermana mayor la vivía con total compromiso. En un banco cercano, dos mujeres charlaban sobre sus nueras. Entonces Marta recordó a su propia suegra. Tras aquella última visita, no volvieron a verse. En solo una semana, Javier trasladó a toda la familia a miles de kilómetros del antiguo hogar, sabiendo que era la única forma de proteger a Angelines. Su madre sería capaz de contarle a todo el mundo que la niña era adoptada. Ahora vivían tranquilos: tenían una niña encantadora, un bebé, y pronto llegaría otro hijo más. De vez en cuando, Javier llamaba a su padre. Así supo que su madre seguía igual, aunque ahora había puesto el punto de mira en la hija que acababa de casarse. Javier lo sentía por su hermana, pero ella no parecía disgustada. Así es la vida, pensaba: ellos tienen la suya y nosotros la nuestra. Y mirando a su familia, Javier solo podía sentirse profundamente feliz. Ojalá todos pudieran decir lo mismo.