Hace ya un año y medio, en pleno invierno, cuando mi hijo tenía solo cinco meses. El hermano de mi esposa me preguntó si él y su novia podían quedarse en nuestra casa durante una semana. ¿Cómo podía negarme? Desde luego, la idea no me hacía ninguna gracia; al fin y al cabo, acabábamos de ser padres, yo casi no dormía ni comía, apenas tenía tiempo, y los familiares no dan tregua nunca. Pero pensé: bueno, quizá me ayuden, igual descanso un poco y además tendré alguien con quien compartir un café y una charla.
Llegaron sin traer absolutamente nada, ni siquiera un sonajero para el pequeño. Yo tengo la costumbre -que me inculcaron en casa- de no ir nunca con las manos vacías si hay un niño de por medio, pero aquí debí suponer que la situación era bien distinta.
Vinieron porque decían que tenían que resolver unos asuntos, aunque nunca explicaron exactamente qué era tan urgente.
Procuré ser un buen anfitrión: cocinaba, limpiaba, trataba de que se sintieran cómodos. Los llegué a conocer bien en esos días. Y aunque parecía que todo estaba bien, lo cierto es que durante las jornadas que estuvieron bajo nuestro techo, ella no se ofreció ni una sola vez a echarme una mano con la comida, ni a pasar un trapo, o al menos a quedarse un rato con el pequeño para que yo pudiera adelantar algo en casa.
Ella se marchaba bien temprano a hacer gestiones, su novio dormía hasta media mañana, mi esposa en el trabajo, y yo dando vueltas por la casa con el niño en brazos. Al volver, ella se tumbaba en el sofá y ahí se quedaba todo el día, viendo la tele o descansando.
Mientras tanto, yo pasaba la fregona porque fuera llovía, entraba barro y había suciedad por todas partes; tenía que preparar la comida, dar de comer al niño, bañarlo… y así todos los días.
Al tercer día ya no pude más. Le comenté a mi esposa mi cabreo y ella simplemente se encogió de hombros; como hombre, parecía que aquello no iba con ella. Al cuarto día, mi esposa volvió del trabajo y los otros dos se fueron tan tranquilos al cine.
Entre los dos, preparamos rápido la cena, comimos Y justo al terminar, llegaron ellos de nuevo, cargados con muchas cervezas y picoteo variado, pero ni una sola cosa pensada para una madre lactante, ni siquiera un dulce.
La feliz pareja cenó y enseguida volvió a salir para ver otra película; llamaron por teléfono a mi esposa para que les acompañara. En ese momento, me sentí realmente menospreciado. Entonces la aparté a un lado y le dije:
Mira, lo siento, pero ¿te importaría ayudarme al menos una vez? Tengo un bebé, estoy agotado. Aunque sea pelar unas patatas para el caldo, o al menos ofrecerte un poco a ayudarme.
¿Vas a echarme en cara algo? No me parece justo. Yo también estoy cansada (¿De qué? ¿De descansar en el sofá?)
Vamos a ver, cariño, estás en mi casa. No soy tu invitado, eres tú quien se está quedando aquí.
No quiero oír más.
Pues mira, lo siento mucho, pero haz las maletas y vete ya, por favor.
Recogieron sus cosas y se marcharon. Yo pasé varios días triste y dolido por aquello.
Ahora, viéndolo con perspectiva, me doy cuenta de que hay personas que solo piensan en sí mismas, y que por mucho que intentes ser buen anfitrión o familiar, hay quienes no tienen el detalle ni la empatía de ponerse en tu lugar. La lección que aprendí es clara: no puedo esperar de los demás lo que yo mismo estaría dispuesto a dar, y a veces, hay que saber poner límites incluso con la familia.







