Adam se sentía abatido cuando recibió como regalo un calcetín viejo de su abuelo. Pero al descubrir que era un calcetín mágico, no pudo contener su alegría. Cada mañana encontraba una sorpresa que le esperaba dentro del calcetín.

Adrián fue criado por su abuelo, porque sabía apenas nada de su madre y su padre se largó persiguiendo una imposible carrera musical en América Latina. Siempre se le escapaba una pizca de envidia al ver a sus compañeros, a quienes sus padres bañaban en vaqueros nuevos y meriendas de marca. Aunque el abuelo de Adrián se dejaba la vida trabajando en dos empleos una mezcla entre héroe invisible y artista de la supervivencia, apenas les llegaba para nada, y Adrián se conformaba con pantalones heredados y una colección tristísima de juguetes con más años que la plaza Mayor.

Por su cumpleaños, soñaba a lo grande: un camión de bomberos rojo chillón o, de perdidos al río, una consola de videojuegos que no fuese del jurásico. Esperando un soplo de magia, escribió muy formalmente una carta a un mago (el del barrio estaba ocupado reparando paraguas y dando consejos de fútbol). Pero, en la mañana especial, lo único que encontró bajo la almohada fue un calcetín viejo de su abuelo, con una singular chocolatina dentro, como un tesoro venido a menos. Se sintió herido y amargado, y no tardó en echar unas lagrimitas de las que hacen temblar las paredes. El abuelo, maestro en inventarse cuentos, le consoló con una sonrisa: No te disgustes, chiquillo. ¿No ves que eres afortunado? Este calcetín no es cualquier cosa, es mágico. Cada mañana aparece una chocolatina nueva dentro. ¡Así será siempre! El mago te hizo un regalo histórico, y justo tenía mi calcetín a mano para hechizarlo.

Adrián, con la cara mojada, miró el calcetín de su abuelo como quien ve al mismísimo genio de la lámpara. Desde entonces, cada día, encontraba su chocolatina milagrosa. Presumía y compartía con orgullo su hallazgo mágico con los chicos de la guardería, que le miraban como si fuera el niño prodigio del barrio. Los años pasaron y, al final, la verdad salió a la luz porque la magia de los abuelos tiene fecha de caducidad pero nunca se enfadó con su abuelo por esa mentirijilla inocente. Al contrario, se emocionó por el cariño y la energía que el abuelo había gastado por verle sonreír.

Cuando Adrián creció, terminó la universidad y consiguió un buen trabajo (con nómina en euros y vacaciones pagadas), pero no olvidó jamás a su abuelo. Siguió viviendo con él y con su pequeña familia. En su último cumpleaños, Adrián decidió regalarle un calcetín decorado con una manzana verde, a lo madrileño. El abuelo, feliz como unas castañuelas, proclamó que ahora, cada día, aparecía una manzana mágica en su calcetín. El vínculo entre Adrián y su abuelo siguió siendo de lo más especial: una chispa mágica de amor, humor y gratitud por los pequeños grandes regalos del día a día, que vale más que cualquier camión de bomberos.

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Adam se sentía abatido cuando recibió como regalo un calcetín viejo de su abuelo. Pero al descubrir que era un calcetín mágico, no pudo contener su alegría. Cada mañana encontraba una sorpresa que le esperaba dentro del calcetín.
No me voy a comer eso, dijo la suegra mientras miraba el plato con asco