Eras mayor y ahora aún más, – tu marido se fue sin llegar a descubrir la sorpresa…

Eras mayor, y ahora sigues siéndolo aún másel marido se fue sin llegar a enterarse de la sorpresa…

Celia espera con impaciencia la respuesta del médico, pero él sigue escribiendo durante un tiempo que se le antoja eterno, rellenando la ficha que le han abierto en aquella clínica. Hacía años que Celia no pisaba la consulta de un médico y, sin embargo, ahí estaba, sentada en ese despacho frío e impersonal, pese a lo moderno que parecía, y se retorcía por dentro, sometida a una inquietud profunda. Acudió a la consulta de ginecología venciendo vergüenzas, por indicación de la médico de cabecera, aunque en esa jornada, no había ginecólogas en turno. Pero Celia tenía prisa. Así que, por primera vez, rompió con sus costumbres.

¿Sucede algo grave?se decide a preguntar, sin poder aguantarse más, y el médico, interrumpiendo sus notas, la mira por encima de sus gafas.

Está usted embarazada, trece semanasresponde, y vuelve a concentrarse en sus papeles, pidiéndole que espere un minuto.

Celia se queda descolocada, boqueando como un pez fuera del agua, incapaz de hablar.

¿Cómo que embarazada?musita por fin.

Lo normaldice él, apartando la ficha sin cerrarla y observándola fijo a los ojos¿No lo sabía?

Por supuesto que no, ¿cómo iba a sospecharlo? Yo pensé que, por la edad, mi ciclo ya no era regular…

Entiendo…Busca las palabras adecuadas y continúaDebo advertirle que ya es tarde para una interrupción. Y dar a luz con su edad y siendo el primer embarazo supone riesgos. Tiene que mentalizarse y seguir todas las indicaciones si decide seguir adelante.

¿Y acaso tengo opción?A Celia le gustaría gritar su decisión, que ese hijo es el sueño de toda su vida, pero las palabras le salen así, dubitativas.

A veces algunas mujeres ruegan a los médicos, y si hay causas de salud, pueden concederlo y buscar la manera, pero…

Celia se incorpora, con la mirada clara y cortante, entendiendo de inmediato la insinuación.

No quiero eso.

Perfecto. Entonces le mandaré unas pruebas y vitaminas…

Gracias, pero no hace faltainterrumpe Celia, recogiendo el bolsoMe buscaré otro médico.

Le invade una sensación desagradable tras la consulta. Sale al pasillo y quiere avisar enseguida a su marido, Martín, pero al tomar el móvil, lo encuentra sin batería. Se queda sentada, aturdida. Aún no puede creer lo que ha oído. ¡¿Cómo era posible?! Veinticinco años de matrimonio con Martín, toda una vida juntos, planeando la llegada de un hijo que no venía. Se sometieron a pruebas, todos aseguraban que estaban bien. Llegaron a viajar hasta a balnearios, probaron hasta ir a una médium que recomendó la hermana de Martín; mil trucos, hasta resignarse al destino y aceptar que no podía ser. Ahora, cuando ya pensaban que eso jamás llegaría, sucede el milagro.

Celia vuelve a casa en taxi, absorta en sus pensamientos. Imagina el rostro de Martín cuando se lo diga. Segura está de que se alegrará, porque hace poco él alababa la suerte del amigo, Pablo, que acaba de tener un cuarto hijo, aunque el mayor ya pasara de los veinticuatro. Ella, reticente, le preguntó si no era tarde para tener hijos a esa edad. Martín contestó, seguro: “Si fuera padre ahora, me daría igual la edad. Haría lo que fuera por ese niño.”

Así que Celia trama una sorpresa, no lo revelará aún. Dentro de una semana celebran sus bodas de plata; será el mejor regalo. Llena de ilusión, decide cambiar la tarta encargada por algo relacionado con la maternidad: figuras de pollitos, ositos, biberones decorando el pastel. Y cuando traigan esa tarta, Martín no entenderá nada, hasta que ella se lo cuente: el gran secreto.

Pero los sueños pocas veces se cumplen tal cual. Pasan los días y Celia, sumida en su burbuja, no percibe los cambios en Martín. Cree que se preocupa por su salud, porque ha estado pachucha: dolores de cabeza, náuseas, cansancio. Por eso mismo pidió cita para el chequeo, y al descubrir la verdadera causa, sintió alivio e, incluso, alegría por sus molestias matutinas. Pensaba que Martín estaba inquieto por ella, y eso la tranquilizaba. Él también pronto compartirá su felicidad.

Llegó la víspera del aniversario. Celia se prueba el vestido nuevo cuando Martín llega antes de tiempo, con un ramo de lirios melocotón, igual que los que le regaló la primera vez que quiso conquistarla.

Celia se siente por un instante la muchacha codiciada del barrio, aunque sólo Martín supo llamar su atención. Dos años menor que ella, hasta que, desde la calle, le tiró una nota por la ventana del primero. Celia leyó aquello y algo se agitó en su interior. Él insistió con cartas, chocolates, pintadas en el patio del colegio. Sus compañeros bromeaban, quizá de envidia.

En una clase de gimnasia con chicos más pequeños, uno se burla: “¿A dónde la vas a llevar de viaje de novios, a Canarias o a la ría de aquí?” Los demás se suman. Ríen, le dicen a Celia que busque a alguien de su edad, que ese niño no merece su atención. Martín escucha, y no lo aguanta: salta la pelea. El profesor los separa. Luego, Martín se acerca y le dice con el corazón en la mano: “Celia, no les hagas caso, yo te quiero y nunca lo olvidaré.” Ella sonríe, le parece tierno, pero no contesta. Sus amigas opinan, unas a favor, otras en contra; que si un hombre debe ser mayor, que si a veces las diferencias no cuentan… Celia ni soñaba con casarse con Martín entonces, pero tampoco rechazaba su cariño.

A lo largo de los años, Martín nunca faltó a su promesa. Cuando Celia acabó el bachillerato él entró en FP y, aunque iban en diferentes clases, siguieron juntos. Luego, mili, cartas y, al regresar, una pedida formal. “Pero si soy mayor para ti…” “No digas eso nunca”, respondió él serio. Al final, Celia también se enamoró, y juntos formaron un matrimonio feliz, al menos eso pensaba.

Ahora, frente a ella, Martín la mira distinto, el ramo en la mano, el aire entre los dos frío. A Celia le recorre un escalofrío. Martín no tarda en hablar.

Celia, tenemos que cancelar la celebración. ¿Puedes avisar tú al restaurante?

¿Qué pasa?

No se imagina qué puede haber ocurrido tan grave como para suspender algo tan importante. Todo reservado, invitados confirmados… ¿Por qué?

Verás, hemos sido felices muchos años y te estoy muy agradecido. Pero hace un par de meses conocí a otra mujer y…hace una pausa, se rasca la nuca. Baja la miradaHe sentido que estaba de verdad enamorado. Y… va a tener un niño. He tomado la decisión de estar con ella. No quiero herirte más de lo necesario. Gracias por todo, pero aquí se acaba nuestro camino juntos. Perdóname.

Celia siente que el aire le quema por dentro, una mezcla de rabia y dolor la ahoga.

Vetesusurra, apenas audibleNo quiero verte más. Recogeré yo tus cosas. Vetealza la voz, llevándose la mano al vientre.

Martín no lo duda y se marcha. Celia, temblando, llama a emergencias.

No entiende cómo puede uno traicionar tan a la ligera. Alguien con quien compartías todo, ilusiones, tristezas, el día a día. Pero, como todo, el amor también se acaba. Celia decide no culpar a su exmarido¡qué dolorosa le resulta esa palabra!y, en vez de odio, se llena de agradecimiento por los años vividos. Al menos, algo bueno se lleva, el hijo que está gestando.

En hospital, los médicos luchan por salvar lo que al fin la vida le ha concedido. Recomiendan que permanezca ingresada hasta el parto. Celia acepta gustosa. No cuenta a nadie lo ocurrido ni lo de su embarazo tardío, sólo lo sabe su madre, que la anima y cuida como oro en paño, llevándole comida casera, paseando con ella por los jardines del hospital.

Martín llama un par de veces, pide que no les guarde rencor, hasta que Celia le desea felicidad de todo corazón y deja de insistir. Después, sólo le manda un mensaje: “Fuiste y eres la mejor mujer, perdona lo que ha pasado.”

Y Celia de verdad lo perdona. Sabe que vivir con rencor solo amarga el alma y la aleja de la alegría. Habla mentalmente con su hijo, le promete que saldrán adelante, y que además de una madre tendrá una abuela que le querrá con locura. Lástima que el abuelo no vaya a conocerlo.

Los primeros meses se le pasan volando. El último, en cambio, parece eterno. Pero, por fin, llega el día del parto. Celia mira a su hijo y no puede creer el milagro. Se llama Mateo, como el padre de ella. Puede permitirse una habitación privada gracias a sus ahorros, así que le basta con dedicarse a su bebé y olvidarse del trabajo de momento.

Al atardecer, cuando Mateo duerme a pierna suelta, Celia escucha voces y pasos enérgicos por el pasillo, la algarabía de las puertas, alguien corre con una camilla. Luego, la calma, y Celia se entrega a un sueño profundo. Al despertar, feliz por fin de tener a su hijo, se asusta al notar que el niño no llora. Corre a la cuna, le acaricia la carita, y suspira aliviada. Pregunta a la enfermera si es normal tanto sueño.

Todo correctole responde con nerviosismoDale toma ahora y cambia los pañales. Ya verá que se apaña bien.

¿Pasa algo?Celia se extraña del tono, espera al menos que le expliquen con detalle las rutinas.

Bueno, no sé si lo sabesdice la chica a regañadientesEsta noche falleció una parturienta en un accidente. Trajeron a la madre tarde, salvaron a la niña, pero el padre murió en el acto. Ella ha quedado huérfana nada más nacer. Ahora vendrá la policía, mucho papeleo… Y nosotras, sin dormir.

Celia se retira a la habitación, abrazando a Mateo. Teme cogerlo en brazos, lo toca con ternura, le habla bajito: Mi vida, qué guapo eres Vamos a comer, cariño.

Mientras lo alimenta al pecho, entra la doctora para un chequeo.

No es habitual tener tanta leche con su edad y primer hijocomentaMateo es afortunado, pero tendrá que extraerse leche a menudo o se le puede cortar. Inténtelo cada vez después de la toma.

De acuerdopromete Celia, pero la tarea le resulta difícil. Lo intenta una y otra vez, en vano.

Terminado el papeo, Mateo duerme. Al rato, Celia le cuenta a la doctora el problema.

No siempre resulta fácille comentaPuede usar un extractor, ola mira con curiosidadPodría alimentar a otro bebé. Es lo más sencillo, pero sólo si usted lo desea. No todas las mujeres lo aceptan.

Yo haría cualquier cosa por mi hijo. Si así es más fácil, acepto.

Muy bien. En el hospital hay una pequeña huérfana que aún no ha comido. Si no le importa, vendrá la auxiliar con ella.

Celia asiente, aunque le asalta la duda de encariñarse demasiado con una criatura ajena y tan desprotegida. Pero aparta esos temores: que al menos su leche sirva para bien.

La traen en brazos, y Celia se la acurruca en el pecho. Piensa que hasta se parece a Mateo. La niña toma el pecho golosa, y Celia, tras la comida, siente un ramalazo de ternura. Fantasea con tener un hijo y una hija. Pero agradece lo vivido.

Pronto llegará el día del alta. Celia y su pequeño Mateo están listos. Cuando le traen la niña para la última toma, Celia pregunta:

¿Qué será de ella?

Imagino que irá a un hogar de acogidaresponde la enfermera.

Es una pena… ¡Ojalá pudiera llevármela!se le escapa.

Ha habido casos en que otra mamá ha adoptado y criado como a su hijo.

¿Así de fácil?

Bueno, lleva papeleo, pero se consiguecomenta la auxiliar.

Al día siguiente, Celia consulta con la doctora:

¿Puedo adoptar a la niña huérfana?

No, lo sientola doctora observa a Celia atentamenteTiene un abuelo que solicitará la tutela. Si todo va bien, serán familiares quienes la críen.

Me alegra saber que tendrá a alguien. Me preocupaba su destino.

Celia vuelve a casa con su hijo. Su madre lo ha dejado todo preparado, la habitación del niño, la mesa puesta, y ha reunido a las amigas más íntimas.

Cuánto ha añorado Celia ese hogar. Y aún así, cada rincón le recuerda a Martín, y le duele el corazón.

Termina la fiesta íntima, la madreque seguirá viviendo con Celia una temporada para ayudarse recuesta a descansar. Entonces, suena el timbre. Está en la puerta un hombre elegante, de media edad, muy serio.

Buenas tardes, Celia Gutiérrez, soy Ignacio… Ortega…el hombre titubeaLe ruego disculpe mi atrevimiento. Insistí mucho en el hospital para conseguir su dirección.

Pase, por favor.

El hombre se sienta en la cocina, nervioso.

¿Está usted casada, Celia?pregunta, como si no supiera a dónde va esa pregunta.

Estoy divorciada. ¿Por qué lo pregunta?

En el hospital me dijeron que usted alimentó a mi nieta recién nacida. Le estoy muy agradecido. ¿Sería posible que continuara haciéndolo?

¿Y cómo sería eso?

Le puedo ofrecer venir a mi casa, con su hijo. Tengo una niñera que se ocupará de la niña, no tendrá otras tareas que alimentarla, y cuidaremos de todos. Es mi única nieta, tras la pérdida de mi hija… Los doctores dicen que necesita leche materna. Le ofrezco lo mejor. Hasta puedo mandar un coche que la recoja varias veces al día, pero sería más cómodo si viviese con nosotros. Y, desde luego, una buena compensación económica.

Perdone, no puedo. Bastante tiempo llevo fuera de casa.

Lo entiendo. Si cambia de opinión, aquí tiene mi tarjeta.

Celia asiente, despide al visitante.

¡Hay que ver la cara que tiene ese hombre!exclama su madre desde la puertaLo he oído todo.

Mamá, me da mucha lástima la niña. Habría dado lo que fuera por adoptarla.

Celia, hija, déjate de lamentos, piensa en tu niño, que las penas te hacen perder la leche.

Mamá… ¿Y si acepto? Serían unos meses apenas, y vendrías tú con nosotros.

Mientras viva tu madre, no te harás nunca mayorprotesta entre cariñosa y resignada.

Es que siento que esa niña me necesita. ¿Vienes conmigo?

¿A dónde quieres que vaya, si no contigo?responde la madre, riendo.

Celia llama a Ignacio, le plantea sus condiciones. Ignacio acepta encantado. Dos horas después, Celia vuelve a tener en brazos a la pequeña Mila.

De nuevo, ve en el rostro de la niña el reflejo de Mateo.

En la casa de Ignacio todo resulta sencillo, amplio, acogedor. Celia empieza a sentirse a gusto. Un día, mientras los niños duermen y la abuela ha ido a su antiguo piso, Celia hojea un álbum de fotos en el salón. En la última página reconoce una foto de Martín, abrazando feliz a una joven que podría ser su hija.

Ignacio llega justo entonces. Celia le pregunta:

¿Quiénes son ellos?

Es mi hija, Karina, y… el padre de Milaresponde Ignacio, sombrío. Yo no aprobaba esa relación. Martín era de mi edad, casado y… intenté disuadirles pero ambos insistieron hasta que él se divorció y prometió darle hijos a Karina… Y entonces pasó la desgracia.

Celia no puede evitar pensar en voz alta:

Entonces, Mateo y Mila… son hermanos.

Ignacio tarda en darse cuenta, pero Celia termina contándole toda su historia. Al escucharla, Ignacio la toma de la mano:

Usted es una mujer admirable. Martín hablaba bien de usted, le guardaba cariño…

Celia llora. No sabía siquiera que Martín hubiese fallecido. Ahora todo cobra sentido, y reza por ambos.

Pasa un año. Celia y Mateo viven aún con Ignacio. Un día, Ignacio llama suave a la puerta con una cesta de narcisos y se sienta junto a ella.

Celia, creo que, por el bien de los niños y por nosotros mismos, es hora de casarnos y formar una familia de pleno derecho. ¿Qué opinas?

Ya lo pensaba. Nos lo merecemos.

Ignacio saca un anillo, se lo coloca en el dedo. Quizás parezca simple, pero quiero que todos sepan que somos una familia. Y aunque digas que ya tienes una edad…

La edad está en la cabeza, Ignacio. Soy la madre de esos dos maravillosos niños, así que me siento joven, feliz y afortunada. ¡Te quiero!

Nueva etapa, de luz y alegría, empieza en el hogar de Ignacio y Celia. La madre de Celia, dichosa de ser abuela de ambos.

La felicidad llama a quien la espera con el corazón abierto y sin rencores.

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Eras mayor y ahora aún más, – tu marido se fue sin llegar a descubrir la sorpresa…
La fregona. Un relato