¡Soy la esposa de tu marido! ¡Voy a vivir contigo! proclamó la desconocida, guapa y de facciones vivas.
Esta mañana me he despertado más temprano de lo habitual. Primero, los sueños inquietos me han desvelado varias veces, y luego el viento helado que azotaba la calle ha terminado de sacarme del letargo. En Madrid, cuando sopla la tramontana en pleno invierno, uno se acuerda de la vieja costumbre de tomarse un chocolate caliente, pero hoy ni para eso tenía ánimo. En casa hacía fresco y fuera, un frío de esos que encogen el alma. Me asomé a la ventana y agradecí que fuera domingo, que no tuviera que salir rumbo al hospital o al mercado.
Desayuné algo sencillo, un poco de pan con tomate y queso manchego, mientras me acurrucaba en el sofá. Ya es rutina llamar al hospital, a ver si hay alguna novedad sobre Enrique, mi marido, pero otra vez, nada esperanzador.
Llevamos dos semanas así, con Enrique en coma desde esa caída absurda en la calle cuando volvía de trabajar. Los médicos no quieren dar pronósticos y cada día me pesa más creer que todo va a salir bien. Terminé mi té de melisa mirando por la ventana, sin saber muy bien cómo apartar de mi mente las nubes negras que se habían instalado.
Por eso, cuando llamó Fernando, el amigo de Enrique, me alegré sinceramente. Nunca me llevé especialmente bien con él, le notaba siempre un reproche velado hacia mí, pero esta vez me bastó escuchar su voz para sentirme un poco menos sola. Le conté mis miedos, mi angustia de perder a Enrique, y Fernando, convencido, me aseguró que todo iría bien. Y por un momento, quise creerle.
Para distraer la cabeza decidí ponerme a limpiar a fondo. Si Enrique volvía y todo estaba de patas arriba, no me lo perdonaría. Además, teníamos pendiente reorganizar la casa y no quería dejarlo para luego.
El día se pasó volando entre el olor del detergente y el sol débil del invierno colándose por la ventana. Compré unas cortinas nuevas para la cocina y, al ver mi pequeño hogar tan ordenado y luminoso, me sentí orgullosa.
Estaba ya duchada y a punto de acostarme, dispuesta a madrugar e ir al hospital a preguntar cómo va Enrique y a exigir detalles a los médicos, cuando el timbre me hizo dar un respingo. Algo me apretó el pecho. Abrí la puerta sin pensar y allí la vi.
Una joven preciosa, con esos ojos grandes y brillantes que reconocí de mis propias fotos antiguas.
¿Puedes llamar a Enrique, por favor? me soltó sin saludo ni nada, con voz de quien sabe lo que exige.
Perdone, ¿quién eres? pregunté, sin saber si estaba en medio de una broma.
Soy la esposa de tu marido. Voy a quedarme a vivir aquí. Enrique me dijo que iba a arreglar los papeles del divorcio contigo, y que luego podía mudarme. El teléfono no lo coge y aquí estoy, tal como quedó.
¿Esposa? ¿Y no sabe dónde vive su marido? Por un momento pensé que era una equivocación absurda o quizá algún tipo de estafa.
La chica, sin esperar respuesta, me apartó de un empujón y comenzó a recorrer la casa llamando a Enrique con diminutivos cariñosos que me obligaron a tragar saliva.
¿Le vas a abrir la puerta de tu habitación? me espetó, cuando la atajé en el pasillo.
Me mantuve firme: Te pido que abandones la casa ya, o llamo a la Policía.
¿En serio? rió con descaro Llama si quieres, te sé el número, te lo dicto. Pero ojo, que legalmente ni tú ni yo tenemos nada aquí salvo el título de esposa, y yo pronto tendré también el papel. Esta casa es de Enrique, así que derecho igual que tú. Y si alguien tiene que irse, desde luego no soy yo.
Se quitó el abrigo carísimo, por cierto y luego me miró fijamente.
¿En qué cuarto me instalo mientras tanto? O lo escojo yo, si tú no decides.
Me senté en el sofá, incapaz de articular palabra. Ella, tan segura, empezó a sacar mi ropa del armario y a llevarla al salón. No puedo esperar más, tengo que dormir, mañana madrugo para ir al gimnasio.
Me sentí clavada al asiento, como si me hubieran hechizado. Si hubiera sido otra situación, la habría echado a patadas, pero no me reconocía. Me costó un mundo marcar el número de Fernando en cuanto la otra se metió en el baño.
Fernando, necesito ayuda… le expliqué, casi suplicante, lo que estaba pasando.
Sólo de una manera lo vas a solucionar: con fuerza. Si quieres, voy para allá ahora mismo y la saco de casa a la fuerza.
Eso no puede ser, si monta un escándalo podría acusarnos de cualquier cosa. ¿Y la policía, no ayudará?
Mira, Carmen, legalmente ella tiene razón, esta casa es de Enrique. Sin una orden judicial, nadie la va a echar. Ya hemos tenido casos iguales en el barrio. Si necesitas ayuda, llama de verdad.
Le di las gracias y colgué. La intrusa salió después del baño como si fuera su piso, rebuscó en la nevera, sacó queso y mantequilla.
Tuve que imponerse y devolverle los productos a la nevera. No eres la dueña, quédate en tu cuarto y no salgas. Cuando Enrique vuelva, te irás, eso seguro.
Ya veremos quién se va masculló ella. Por cierto, me llamo Sonsoles, por si te interesa.
No respondí y escondí la cara entre las manos. Sonsoles volvió poco después, con el móvil en la mano.
Mira, para que no digas que invento: este es el vídeo de mi cumpleaños.
Mostró un vídeo. No tenía intención de mirar, pero al escuchar la voz de Enrique, tan dulce como recordaba los primeros meses de nuestra relación, no pude evitarlo. Enrique la abrazaba, le decía que era la mujer de su vida y le regalaba el mismo abrigo caro que colgaba ahora en nuestro armario.
¡Fuera de mi casa! susurré antes de cerrar la puerta.
Dormir fue imposible. Pasé la noche en la cocina, llorando y mirando las luces de la Gran Vía a lo lejos. Pensaba en todos nuestros años de matrimonio. No tuvimos hijos, pero la vida juntos era buena. Teníamos cierta estabilidad, un hogar bonito, su piso, y el mío, que alquilaba para ayudar con los gastos. ¿En qué momento empezó a alejarse de mí? ¿Fue Sonsoles la primera? No podía imaginarlo.
El teléfono me sobresaltó de madrugada. Era del hospital: Enrique había despertado del coma. Olvidé los cuernos, los disgustos y a la intrusa que tenía en casa. Sólo pensé en verlo.
Sonsoles desayunaba en la cocina, tan fresca y dueña como si nada fuese anormal. Va, que tú tienes prisa, no me estorbes me soltó, engullendo el croissant que había traído el repartidor.
No contesté. Fui al hospital, después de activar las cámaras de vigilancia en casa, como solemos hacer al irnos de viaje.
No me dejaron verlo aún, seguía en cuidados intensivos, pero el médico me explicó que necesitaría a alguien siempre a su lado, que aún no estaba recuperado. Busqué una cuidadora profesional sin perder tiempo.
Al volver, revisé las cámaras. Sonsoles se movía por la casa estudiándolo todo, pero no hacía nada raro. La encontré en la cocina, sentada como si estuviera en un hotel de cinco estrellas.
Me armé de valor.
Dime, ¿qué quieres de Enrique? Es mucho mayor que tú, y sabes que no puede tener hijos
Nos queremos, es así de simple contestó sin titubeos.
¿Y piensas cuidar de él, en la salud y en la enfermedad? le reté, conteniendo el llanto.
Claro, por supuesto. Pero lo que tienes que hacer es dejarle, Carmen.
Pues te toca demostrarlo. Enrique va a necesitar ayuda, tendrás que estar con él en el hospital.
Se quedó un poco pálida pero mantuvo el tipo.
Claro, no le abandono.
Desperté a la mañana siguiente viendo a Sonsoles arreglándose como para ir de fiesta en vez de a cuidar a un enfermo. La observé con incredulidad, sin entender aún cómo la vida podía cambiar tanto de un día a otro.
Me llamó Fernando otra vez. No quería responder; temía que ese frágil hilo con el pasado me hiciera flaquear en mis principios. Pero respondí.
¿Novedades con Enrique? preguntó, auténticamente preocupado. Me alegro tanto
No tenía cabeza ni ganas de alagar explicaciones. Me disculpé y salí a la calle. Ese día, decidí finalmente pedir la excedencia que llevaba tiempo posponiendo; necesitaba descansar, organizarme, pensar.
Mientras paseaba sin rumbo por el Retiro, el teléfono volvió a sonar. Era Enrique.
Carmen, cariño Sé que lo sabes lo de Sonsoles. Perdóname, quería decírtelo yo, de verdad
No hace falta que digas más le corté. Lo entiendo. No gastes tus fuerzas en hablar: tu “esposa” te necesita.
No la llames mi esposa, no lo es
Lo importante ahora es que descanses, Enrique. Adiós.
Colgué dejando que las lágrimas y la rabia se diluyeran. Aquí me tienes, Carmen Alonso, a los cuarenta años, más sola que la una, me dije a mí misma.
No tenía fuerzas para quedarme. Pensé en recoger mis cosas y largarme a mi propio piso, aunque tuviera inquilinos todavía por tres meses. Si era necesario, alquilaría. Pero mis planes se truncaron con el golpe furioso en la puerta.
Abrí y encontré a Sonsoles, descompuesta, gritando y llorando.
¿Por qué no me dijiste que Enrique nunca volvería a levantarse? ¿Querías reírte de mí? ¿Dejarme allí como cuidadora gratis? ¡Maldita sea tú y tu Enrique!
¿Pero qué dices? Nadie ha dicho que vaya a quedarse así. Sólo necesita ayuda un tiempo
¡El médico me lo ha dicho! ¡Pues no pienso ponerle pañales a nadie!
No entendía nada. Cerré la puerta tras ella y me lancé de nuevo al hospital, nerviosa.
El médico, al verme, se echó a reír.
La muchacha esa se divertía. Cuando me dijo que era la esposa de Enrique, lo entendí todo. Le exageré un poco el cuadro y, al darse cuenta de que no iba a ser tan fácil, salió corriendo. No pasó la prueba, como ve usted.
Suspiré aliviada. Me quedé así, decidida a atender a Enrique mientras lo necesitara.
A los días, Fernando vino a vernos. Yo, escudándome en el cansancio, le dejé solo con Enrique, pero, al regresar a la cocina a por el móvil, oí su reproche.
¿Cómo has podido hacerle esto a Carmen? Tienes a una mujer que no se encuentra todos los días. Y porque he estado casado también, sé de lo que hablo. Tendrías que llevarla en palmitas. ¡Daños como estos no se olvidan!
Ya lo sé. Me equivoqué, pero no hice daño conscientemente. Solo me dejé llevar. Comer siempre el mismo plato balbuceó Enrique, medio justificándose.
A un plato se le pueden cambiar las especias para no aburrirse sentenció Fernando.
Me sentí reconfortada sin saber por qué.
Pasaron dos semanas más. Una noche, Sonsoles volvió, de nuevo en la puerta.
Enrique, me dijeron que ya vas mejor, incluso has vuelto al trabajo. He venido a verte. ¿Me esperabas? Porque no tengo dónde ir, me han echado del piso.
Tarde llegas, Sonsoles, ya no te esperaba respondió Enrique, cortando.
Es que… estoy esperando un hijo. No sabía qué hacer, dudo mucho, pero acepté que puedo con todo. ¿Me dejas pasar?
Te equivocas, Sonsoles. No puedo tener hijos respondió seco.
Pues se ve que sí puedes. Será tu ex la que es estéril.
Carmen fue quien estuvo a mi lado todos estos días. Le agradezco mucho y, te aviso, mañana mismo me haré pruebas. Si mientes…
¿Para qué iba a mentir ahora? Si hoy en día todo se puede comprobar.
Enrique la mandó a la cocina mientras venía a hablar conmigo, pero yo ya había escuchado todo. Me pidió que me quedara una noche más y que al día siguiente aclararía lo del niño. Pero no podía seguir permitiendo tal humillación, debía irme, aunque no supiera a dónde.
Al salir de casa con mis maletas, me crucé con Fernando. Él cargó con mi equipaje.
Vamos, Carmen dijo, mirándome con esa calidez que nunca cambió. Vente a mi casa en Guadarrama. Allí podrás descansar de todo. No seré una molestia, sólo quiero que no estés sola, eres demasiado importante para mí.
Asentí y me dejé llevar. Durante meses me limité a sobrevivir. Era incapaz casi incluso de conversar, pero Fernando siempre se mostró paciente, y, poco a poco, mi dolor fue dando paso a algo nuevo y cálido. Un día, por fin, lo escuché: me confesó que me amó desde aquel día en nuestra boda, por eso se alejó. Ahora, volviendo a estar cerca, comprobó que ni el tiempo ni otras personas lograron borrar ese sentimiento.
Pasó un año. Aquella mañana me desperté antes que Fernando, con una sonrisa distinta. Cuando por fin se levantó, le mostré el test positivo con dos rayas. Al principio no entendía, luego me abrazó entre risas, girando por toda la casa. La llamada del teléfono rompió el hechizo.
Vuelvo enseguida le prometí mientras descolgaba.
Carmen, soy yo escuché la voz cansada de Enrique, y la dicha preciosa del momento se desvaneció. ¿Cómo estás?
Muy bien. Respondí con sinceridad.
He intentado localizarte; tu piso sigue alquilado y en el trabajo me dijeron que renunciaste. ¿Dónde estás?
Empezando una vida nueva, Enrique.
Yo no estoy bien, Carmen. Sonsoles me dejó, y estoy solo con el niño. No sé cómo apañármelas. Estoy arrepentido, de veras ¿No crees que podríamos empezar de cero, criar juntos a nuestro hijo? ¿Volver a ser felices?
Soy feliz ahora, Enrique, como nunca llegué a serlo contigo. Tú elegiste tu camino. Sólo puedo ayudarte recomendándote una buena niñera. Te envío el teléfono por mensaje. Adiós.
Volví a la cocina y Fernando preguntó:
¿Quién era?
Un fantasma del pasado contesté sonriendo. Pero ya no volverá.







