Nora vino a visitar a su suegra en el trabajo y le pidió que le diera dinero para poder vivir

Isabel era una mujer bastante moderna, o eso pensaba al menos en sus sueños. Siempre aparecía con vestidos impecables y elegantes, como si sus ropas hubiesen crecido de sí mismas dentro de un armario encantado. Todo esto por una buena posición en una empresa en Madrid, donde sus jefes la valoraban como quien encuentra oro en una fuente del Retiro.

Tenía dos hijos, ambos hechos hombres ya; el mayor, Pablo, de treinta y ocho años, y el más joven, Andrés, de treinta. Isabel tenía también dos nueras flotando en su vida, como dos aves distintas con plumajes opuestos.

Siempre contaba, a veces a sí misma mientras caminaba por calles empedradas, que sus nueras no podían ser más diferentes, tan distintos como sus propios hijos. La mayor, Rocío, era una muchacha del pueblo, de esos pueblos diminutos bajo el sol de Castilla, donde las campanas suenan distinto. Isabel, aunque nunca creyó en los tópicos de chica de ciudad y chica de pueblo, veía en Rocío todos los rasgos soñados de la española rural.

La madre no se implicaba en la vida conjugal de sus hijos, como una sombra que observa pero nunca toca. Apenas sabía nada de cómo se acomodaba Pablo con Rocío más allá de rumores evaporados: que la boda había sido acelerada por un embarazo que llegó antes de la primavera, y el primer niño nació cinco meses después. Rocío trataba a su marido como si fuera una obligación escrita en un papel antiguo guardado en la cocina.

Además, Rocío era un laberinto de persona, cerrada como una iglesia en día de viento. Solo llamaba a Isabel cuando algo iba mal, porque en sueños Rocío parecía disfrutar quejarse por encima de todo. No tenía amigas, pues hablar con ella era caminar entre espejos torcidos.

La nuera más joven, Marisol, era todo lo contrario. Tras la boda, se hizo amiga de Isabel, y le encantaba conversar de cosas extrañas, como si compartieran sueños de aceitunas voladoras. Con el tiempo, Isabel consiguió para Marisol un trabajo en su despacho. En el trabajo, los compañeros decían cosas buenas de Marisol: trabajadora y encantadora como las dalias en primavera. Solo tenía un pequeño grupo de amigos, a los que veía de vez en cuando, algunas veces debajo de un paraguas invisible.

Una mañana nublada en Madrid, Rocío apareció en la oficina de Isabel, como enviada por el mismísimo viento del norte. Isabel ya intuía que la familia de Pablo se desmoronaba como la arena entre los dedos, pero no intervenía en los líos de pareja, como los olivos que no participan en la vendimia. Ese día, Rocío vino con su hermana, Manuela, que parecía más bien el eco de Rocío.

Bueno, Isabel Ya no aguanto más dijo Rocío, dejando caer su bolso como una piedra en el sueño Estoy harta, me voy de casa. He decidido dejar tu hijo y alquilarme un piso; que él viva como un cerdo en su pocilga.

Buenos días, Rocío, y a ti también, Manuela. Sabes bien que prefiero no meterme en vuestras cosas Pero dime, ¿dónde piensas buscar el piso? ¿Y cómo harán los niños para ir al colegio?

Quiero alquilar un piso en el centro, cerca del Teatro Real.

Rocío, ¿cómo piensas pagar el alquiler si los pisos allí cuestan varios miles de euros al mes?

De eso quiero hablarte. Rocío hizo un gesto como quien lanza una moneda a una fuente Como abuela tienes la obligación de ayudarme; ¡me lo debes!

Rocío, yo no tengo tanto dinero. Si lo necesitas tanto, espera a esta noche. Sacaré lo que pueda de mi cuenta y te lo daré, pero nunca pensé que ibas a pedir tanto.

Manuela tiró del brazo de Rocío, como si quisiera sacarla de una casa encantada Vamos, Rocío, entiéndelo. Una madre siempre está del lado de su hijo.

Justo cuando iban a salir, vieron a Marisol escondida detrás de la puerta, como si la hubiese sorprendido el trueno de una tormenta. ¿Qué miras, Marisol? gritó Rocío con voz de eco grave Ya verás, te pasará lo mismo; seguro que ella te responde igual. Si necesitas ayuda, tampoco te la dará.

Marisol retrocedió, temblando como si hubiese pisado uvas en una bodega oscura. Miró a Isabel con ojos de luna nueva, y ella respondió: No te preocupes, hija. Le enviaré el dinero esta noche, si total en los sueños sólo son euros, nada más. No hay que creer todo lo que se dice en el aire.

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