Cesta de cerezas

Cesta de cerezas

María, si no quitas las ramas de tu cerezo de mi valla, me las llevo, les quito las cerezas y me hago mermelada para mí sola Carmen se plantó frente a su vecina, manos en las caderas y expresión indignada.

¡Ay, Carmela, llévatelas si te apetece! Si ya ves la barbaridad de cerezas que hay este año. ¡Yo sola no doy abasto! Quitar las ramas… eso tienes que esperar a que venga Eduardo o Pedro. Quien llegue primero, que ayude.

Tus hijos y tu yerno siempre tan atareados. Cuando vengan, la valla va a estar ya en el suelo.

No entiendo a qué viene tanto jaleo ahora, ¡el cerezo lleva ahí toda la vida y nunca te ha estorbado! Y tampoco tocan la valla… ¿Qué pasa, Carmela?

¡Seré yo la que te dé explicaciones! Carmen soltó alguna palabrota y murmuró. Ya está bien, siempre has querido mandar en todo.

María observó a su vecina y amiga de toda la vida marcharse enfurruñada. ¿Qué le habría pasado ahora? Nunca antes se habían peleado, siempre convivieron en paz.

Las casas de veraneo de Carmen y María quedaban una junto a la otra, separadas apenas por una débil valla de madera que había puesto el padre de Carmen para proteger su huerto de los perros de la vecina. La madre de María los adoraba y, al menos, siempre había dos canes en su casa.

Ambas familias recibieron sus parcelas al mismo tiempo y, casi a la vez, se levantaron las casitas. Tenían solo tres años cuando se conocieron y enseguida se hicieron inseparables: bajo el gran arbusto de madreselva cocinaban “sopa” de hojas y flores en cazuelas diminutas, sus muñecas en fila esperando el almuerzo, y los veranos bullían de risas infantiles. Luego vinieron los paseos por el pueblo, los primeros secretos de chicos y los inocentes besos bajo la sombra del sauce junto al riachuelo tranquilo. Nunca perdieron el contacto: luego, en la ciudad, seguían llamándose por teléfono y paseaban juntas los domingos. Se casaron casi a la vez, y hasta los hijos nacieron casi seguidos. Cuando los pequeños cumplieron dos años, la vida las apartó: María se mudó a otra ciudad por trabajo. Durante años intercambiaron cartas, llamadas, se encontraban cuando María visitaba a sus padres. No volvió al pueblo hasta que su hijo tenía trece y estaba a punto de nacer su hija. Carmen ya tenía tres chicos en casa para entonces.

Cuando volvieron a reunirse tras tanto tiempo, María casi soltó un grito. ¿Dónde estaba aquella Carmela suya? La chica alegre, brillante Ahora una mujer cansada, casi apagada, con canas prematuras mal teñidas. ¿Dónde quedó la antigua Carmen?

¿Qué miras así? Prueba a correr tras tres fierecillas y un marido…

Lo de “marido” Carmen lo dijo casi escupiendo la palabra. Sus ojos centellearon y enseguida se apagaron de nuevo. María prefirió no preguntar de momento. Si quería contarlo, lo haría. Se levantó resuelta de la terraza del bar y tiró de su amiga.

Venga, vamos.

¿A dónde ni a dónde?

A donde toca. Luego te explico.

Carmen se levantó a regañadientes.

No tengo tiempo, pronto vuelven los niños del cole y luego hay que recoger al pequeño de la guardería.

Te va a dar tiempo a todo. Anda, ven.

María prácticamente metió a su amiga en el autobús y, riendo de sus protestas, le preguntaba por los críos. Cruzaron el puente y se dirigieron hacia el centro. Carmen miraba todo sin entender nada.

¡Bajamos! María ayudó a su amiga a bajar.

Nada, no es nada, sólo a veces me mareo dijo Carmen cuando María le preguntó si se encontraba bien.

María la agarró de la mano y la llevó directa al salón de belleza más chic de toda la ciudad.

¿Dónde me llevas? Aquí no tengo yo dinero para gastar, ni tiempo para reservar María, que no puedo.

Con una sonrisa, María abrió la puerta y, en menos de nada, Carmen se encontró sentada en un sillón, mientras su amiga le arreglaba el cabello.

Ahora ya sabes dónde trabajo dijo María, seria, acariciando el pelo apagado y estropeado de su amiga.

¿Y tu verdadera profesión? ¿Después de tantos años estudiando?

¿Y por qué no? Sigo siendo química, pero aquí he encontrado otro camino. Cuando nos mudamos sólo aguanté unos meses en la fábrica, enfermé y los médicos me dijeron que había que cambiar de vida. Pero, ¿a dónde iba yo con dos niños? Un día, la suegra me llevó a una peluquería. Vi a la profesional mezclar tintes y pensé: ‘¡Este es mi sitio!’ Y no me equivoqué, me formé, aprendí el oficio, y acabé aquí. El jefe anterior me recomendó. Y a ti también te voy a dejar espectacular.

María, que no tengo un euro…

¡Calla y no te muevas! A una amiga hay que alegrarle el día. Considéralo mi regalo de cumpleaños adelantado o atrasado, qué más da.

¡Si aún falta medio año!

¡Que te calles, que te tiño el pelo de verde y verás la sorpresa en casa!

Como si no tuviera ya sorpresas Carmen cerró los ojos y se dejó hacer.

¿Qué os pasa, Carmen? Ya lo noto yo ¿No va bien, verdad?

Carmen guardó silencio. No quería soltar lo de su matrimonio, pero ya no tenía fuerzas para callar más. Después de todo, María era como una hermana.

Tiene una amante, María. Lleva así un año. No se va, parece que tampoco lo quieren allá, y mientras tanto, los nervios me comen viva.

Las manos de María se detuvieron un momento, luego siguieron con ternura.

¿Y por qué no le echas tú?

¿A dónde voy? No me dejaría partir el piso Y vaya piso: dos habitaciones. ¿Y los niños?

¿Y ellos qué?

No me hacen ni caso, sólo obedecen a su padre. Para él, cualquier cosa que yo diga son tonterías de mujer. Hasta el pequeño Me quiere, sí, pero repite lo que ve.

María evitó la compasión y cambió de estrategia.

Espera un momento.

Cuando Carmen miró al espejo, casi no se reconocía. Algún día ella fue otra: sin arrugas, sin ojeras, sin la piel seca de las manos y, lo peor, sin esa tristeza en los ojos. Casi le daba risa: de aquí a calvorota, solo un paso. ¡Una belleza!

María la devolvió del ensimismamiento.

Ven conmigo.

Pasó por manicure, cosmética facial, pedicura y, para rematar, nuevo corte de pelo.

¿Entonces? María la giró hacia el espejo. ¿No eres una guapa?

Carmen se miró y le temblaron los labios. ¡Cuánto tiempo hacía que no se veía así! ¡Todavía quedaba algo!

Se levantó y abrazó a María.

¡Gracias! ¿Cuánto te debo? Ahora mismo

¡Ni se te ocurra! Cada mes soy toda tuya. Solo tienes que llamarme.

No puedo aceptarlo…

¡Claro que puedes! Yo también te necesito. Mi madre está enferma, se me da bien con las inyecciones, pero los sueros me dan pánico. ¿Me ayudarás?

¡No hace falta ni preguntarlo!

Regresaba Carmen a casa, revuelta, pero algo dentro de ella comenzaba a entonar. Sonrió a su reflejo en el bus, pero enseguida se recriminaba su falta de determinación. ¡Nunca había sido así! Eligió su profesión, se formó de auxiliar a enfermera principal en el hospital, crió sola a sus hijos. Sin ayuda de su madre y con una suegra que no movió un dedo.

Nadie me ayudó. Tú podrás le decían.

Y pudo. Fue duro, sobre todo con los mayores; pero al menos con el pequeño pudo disfrutar de la maternidad. Si no fuera por su marido ¡Una vez más! Nada de lamentos, ¡a actuar!

Ese día, al volver, hizo la maleta de su marido, hasta los calcetines, y la dejó en la puerta. Preparó la cena a los niños y, justo cuando se sentaban, giró la llave en la cerradura.

¿¡Qué!? ¡Carmen!

Las Carmenes venden pipas en el mercado. ¿Por qué gritas?

¡Mira que vienes respondona hoy!

No me has escuchado todavía. Recoge tus cosas y lárgate.

¿A dónde?

A donde quieras. Me da igual. Voy a pedir el divorcio. Estoy harta.

¿De verdad crees que te lo van a dar?

No te lo voy a preguntar. Te pasaste de la raya.

¿Y los niños?

Llévatelos si quieres, a tu amante seguro que le encantan, así no tiene que parir, ya vienen hechos.

Su marido enrojecía de rabia, pero Carmen no sentía miedo.

¡Solo toca un dedo y acabas en comisaría! Los niños ya no te cubrirán la espalda.

El pequeño, Dani, asomó por la puerta.

¿Mamá, puedo coger galletas?

Claro que sí, cariño.

El marido dudó un instante y, cabizbajo, se marchó, mascullando amenazas.

Carmen se dejó caer al suelo, llorando y riendo a la vez. Los niños la rodearon, sin entender bien. Al fin, se levantó y los abrazó con fuerza.

Escuchad. Papá y yo nos separamos. Quien quiera quedarse conmigo, obedece sin rechistar. Quien no, con papá. Pero entonces, olvidad que tenéis madre; no voy a tolerar más faltas de respeto.

Ninguno se fue, ni el mayor, Juan, protestó. ¿Por qué? Carmen no lo sabía. Solo vio que Juan puso en vereda a sus hermanos, y la casa empezó a funcionar: comidas hechas, platos limpios, y el pequeño recogido de la guardería.

Lo bueno fue que el ex desapareció, sin dar señales.

No fue fácil. Carmen trabajaba extra, poniendo inyecciones, haciendo sueros, todo para llegar a fin de mes, pero apenas podía vigilar los estudios de los hijos. Juan, el mayor, era responsable; pero en las reuniones de clase del mediano, Diego, Carmen solo podía callar y pasar inadvertida.

¿No te da vergüenza, Diego? le reprochaba en la cocina. No voy a estar aquí siempre.

Lo siento, mamá. De verdad intentaré mejorar.

Carmen no sabía que Diego ya andaba con malas compañías. Nada más acabar el instituto, se metió en un lío y Carmen no tuvo más remedio que llevarle paquetes a prisión.

Juan estudió en un grado superior y se marchó a trabajar fuera. La llamaba poco, siempre decía que no se le daba bien escribir. Vino a visitarla pocas veces, y el primer nieto lo conoció cuando ya tenía tres años.

Dani, el pequeño, era distinto: tranquilo, sensato. Carmen soñaba en secreto que quizás sería él quien le diese cariño en la vejez. Pero la vida tenía otro plan. Un caluroso día de julio fue al río Tajo a bañarse con amigos. Una chica que iba por primera vez se lanzó demasiado lejos y empezó a hundirse: nadie saltó a ayudarla, excepto Dani. Consiguió empujarla hacia la orilla, pero desapareció bajo el agua y, aunque llegaron los socorristas, lo encontraron solo al día siguiente.

El dolor de Carmen fue tan grande que no le daba ni para llorar ni para entender lo que le decían. Se ocupó de todo María, que también avisó en su antiguo hospital para pedir ayuda médica. Ni se enteró Carmen de que Juan echó a su padre a empujones de casa en el entierro.

¡No te quiero ver aquí! Y si vuelves a hablar así de mamá, ni sé lo que haré. le gritó Juan, tras oírle culpar a la madre de todo.

Que se vaya, hijo. Ahora sólo tu madre te necesita le apaciguaba María.

Poco después, Juan trajo de vuelta a la familia al pueblo. Su mujer, Lucía, al principio accedió, entendiendo la situación, pero al poco empezó a incomodarse.

Juan, no puedo con tu madre. O me ignora por completo o no para de buscarme pegas. Así no se puede. Los niños hasta se asustan cuando entra en la habitación. ¿No podemos mudarnos cerca, pero separarnos de ella?

Querría, Lucía, pero no me atrevo a dejarla sola, ¡mírala cómo está!

Carmen se había perdido a sí misma. Solo el trabajo le daba un poco de alivio en la oscuridad en la que vivía. Dejó el hospital y empezó a cuidar ancianos en una residencia. Casi sentía que así pagaba una deuda, por no haber podido salvar a Dani, por no haberle detenido. Que él nunca sería un viejecito feliz.

Carmen, tienes manos de ángel. Nadie pincha sueros como tú.

Los ancianos la querían. Aunque casi no hablaba, y menos aún sonreía, sus gestos reflejaban ternura. Pero en casa, se encerraba en su habitación, rehuía a los nietos y hasta se sobresaltaba al cruzarse con Lucía. A veces, ni reconocía a los suyos, salvo a Juan.

María venía a visitarla, preocupada. ¿Cómo ayudar a Carmen? No era posible cambiar lo que ya pasó. En primavera, la llevó al campo.

Vente al pueblo, hace una eternidad que no vas.

¿Para qué, María? Si la casa está medio en ruinas.

Aún se mantiene. Hay que arreglarla, sí, pero aguanta. Así ves cómo está.

María arregló todo para pasar solas el fin de semana:

Que nadie se acerque. ¡Me declaro en huelga familiar!

Esa noche solo tuvieron tiempo de deshacer la compra y dormirse agotadas.

Mañana, Carmen, todo mañana.

Carmen se durmió tarde, inquieta, pensando en Juan, en Diego, en sí misma. ¿Cómo se las apañarían juntos? El piso chico, Lucía, los niños…

Despertó al alba, tardando en recordar dónde estaba. Salió al porche. El olor a tierra y vida renovada del jardín, lavado por la lluvia, le invadió el alma. ¡Qué bien se sentía! Hacía años que no notaba algo así. Pero no: ahora no pensaría en Dani. Eso no aliviaría su pena.

Por la mañana, María la buscó y la encontró podando un manzano en el terreno colindante.

¡Cuánto trabajo tenemos! dijo Carmen, haciendo planes para todo.

María sonrió a escondidas. Algo parecía despertar por fin.

Al poco, Carmen se mudó al campo con Diego y avisó a Juan:

Estaremos allí, la casa nos viene bien a Diego y a mí. Habrá que aislarla, claro, pero nos apañamos. Venid en los fines de semana.

Lucía miró como Carmen, por primera vez en años, cogía a su nieto pequeño en brazos. Quizás todavía quedaba algo que salvar.

Diego, con ayuda de Juan, arregló la casa y el jardín. Pronto, los vecinos empezaron a pedirle favores: arreglos, chapuzas, trabajos de huerto. Diego era manitas y, poco a poco, parecía recuperarse.

Medio año después, Diego llevó a casa a Julia. Carmen sintió un presentimiento pero lo apartó. Julia era nueva en el pueblo, alquilaba en la calle de al lado. Tenía dos hijos: el mayor, Samuel, serio y callado, no soltaba la mano de su hermana pequeña, apenas dos años pero algo mayor en realidad. Se sentaron mudos a la mesa y, cuando Carmen les ofreció de comer, lo devoraron todo. Al volver de la galería, vio a Samuel guardar galletas en el bolsillo. Carmela no dijo nada; sacó caramelos y miel, les puso el té y salió un momento.

Desde entonces, los niños pasaban las mañanas en su porche, callados, hasta que Carmen los invitaba a desayunar.

Pronto entendió cuáles eran los problemas: Samuel apenas hablaba. Se tartamudeaba; preguntó a Julia si había llevado al niño al médico.

Ya fui una vez, pero claro, hay que hacer tantos trámites ¡y todo cuesta dinero!

¿Y no te dieron cita en el centro de salud?

Para lo que te ayudan Y yo no tengo tiempo, siempre liada con la pequeña.

Carmen, viendo que la cosa era grave, con permiso de Julia, llevó a los niños a la ciudad.

La niña está un poco desatendida, pero si se trabaja, mejorará. Con el niño hay más trabajo dijo la médico.

Carmen escuchó con atención y anotó todo. Sentía el regreso de aquella energía antigua suya: ganas de actuar.

Pocos meses después, Diego y Julia anunciaron que se casaban y se mudaban juntos a la casa. Carmen no lo celebró del todo, pero al menos los niños estaban con ella y podía vigilarles.

Aplicó todas las recomendaciones médicas. Con trabajo, los pequeños mejoraban. Julia, a veces, restallaba:

¿Por qué dice ‘abuela’ en vez de ‘mamá’? ¡Venga, di ‘mamá’!

La niña, asustada, se apoyaba en Carmen.

Ya lo dirá, dale tiempo. protegía Carmen.

Julia rezongaba.

Samuel, en cambio, ayudaba cada día a recoger la mesa, siguiendo un pequeño ritual en casa. Carmen le elogiaba:

¡Qué majo eres! Con cuidado, nunca rompes nada. Muy buen trabajo.

El niño, cada día, tartamudeaba menos.

Pero aquella noche, Julia lo interrumpió:

Déjalo, Samuel, los platos son cosas de mujeres. Ve con tu hermana.

A Carmen le recorrió la rabia. “Cosas de mujeres”, había oído eso otras veces.

Y tú, ¿por qué no lavas tú, entonces? No soy tu criada. Mañana trabajo temprano, así que, si no dejas ayudar a los niños, ¡hazlo tú! Buenas noches.

Y salió de la cocina. Seguro habría bronca, pensó. Pero por la mañana, los platos estaban limpios y Julia dejó la cena lista. Tregua efímera. Dos semanas después, Julia desapareció. Diego buscó por todas partes. Un conocido avisó al mes: Julia se había marchado a trabajar fuera.

¡Ha dejado a los niños! Ni siquiera estáis casados. No eres nada para ella.

Mamá, lo entiendo, pero qué hago

No sé, hijo miraba a los pequeños jugando en la arena.

Esperaron otro par de semanas, por si la madre volvía. Pero Carmen veía a Diego inquieto. Un día, hizo la maleta y anunció:

Me voy al norte a trabajar. No puedo seguir eternamente bajo tus alas.

¿Y los niños? ¿Y si vuelve Julia?

Me da igual. Si quisiera volver, ya lo habría hecho. Y, lo siento, mamá, pero no son míos.

Al irse Diego, Carmen fue a Servicios Sociales. No podía seguir esperando. Salió de allí temblando: ¿se los quitarían ahora también? De vuelta a casa, enfadada consigo misma, discutió sin querer con María. Solo era el miedo y la envidia: a María le iba bien, sus hijos y nietos estaban estupendos. Todo en su propia vida era complicado, bisiesto, torcido.

Sentada en el porche, Carmen escuchaba la cháchara de la pequeña Ana jugando con su hermano. ¿Qué sería de ellos? ¿Quién los querría? ¿Y si acababan en un orfanato? ¿Y si nadie les cuidaba?

María se sentó a su lado.

¿Qué te pasa, Carmen? ¿Desde cuándo somos extrañas? Cuéntame.

Carmen suspiró y lo contó todo. Lo de Diego, lo de Julia, los niños.

¡Cuánto tiempo sin venir y cuántas cosas han pasado! María reflexionó. ¿Qué deseas, Carmen?

Que no se lleven a los niños.

¿Te ves capaz?

No lo sé, María. Pero mientras tenga fuerzas, lo intentaré. Puede que sea lo único realmente bueno que haga en mi vida.

¡Ay, Carmen! ¿Por qué te maltratas tanto? Has hecho mucho bien. No eliges el destino; el destino viene detrás de ti. No sé si haré bien, pero haré lo que pueda, para eso tengo contactos como peluquera afamada. ¿Tienes papeles de los niños?

Sí. Todo de cuando les llevé al médico.

Pues venga, mañana a la ciudad. Voy a hacer unas llamadas. Ahora, actuar, no pelear.

Un año después

Samuel, recoge de esa rama también. Ahí hay por lo menos media cesta más decía Carmen bajo el cerezo, mirando cómo el niño se afanaba.

¡Abuela, están dulces!

¡Mejor! Así usaremos menos azúcar. Mañana viene la tía María, haremos compota y mermelada. Y os quedáis con la espuma.

¿Está rica la espuma? preguntaba Ana, con la cara llena de jugo de cereza.

¡Ya verás! Pero ahora, deja que Samuel baje y nos vamos a cenar y a darnos un baño. Mañana toca ir a la escuela infantil y no puedes ir así de manchada. Toma la cesta, ponla en la mesa.

Ana cogió la cestita, mordió una cereza, escupió el hueso y saltó, correteando hacia la casa.

¡No las tires, saltarina!

No, abuela. ¿La tía María viene sola?

No, con los chicos. Juan y sus hijos también vienen, pero de noche. Os lo vais a pasar genial. Tenéis todo el fin de semana por delante.

¡Eso es muy bueno! Ana rió. Ya casi pronunciaba todas las letras, salvo la “r”, que aún le costaba. Nada, sólo le quedaba un poco más para pillar a su hermano. Porque Samuel ya hablaba sin apenas tartamudeo. Abuela Carmen le había apuntado a la escuela de música y cantar se le daba incluso mejor que hablar. Pronto le tocaría a Ana, sólo había que esperar un poco.

Ana miró atrás, vio a Samuel saltar del árbol, chilló y echó a correr:

¡Yo primera!

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Cesta de cerezas
Abuela para cada día