Carmen se casó siendo bien joven, con la emoción propia de quien piensa que la vida es una verbena. A los 23 años, tuvo un hijo, pero lo de la maternidad nunca terminó de convencerla; prefería tomarse cañas en terrazas antes que cambiar pañales. Así que el chiquillo se quedó bajo el ala de su abuela, mientras ella le enviaba algún euro de vez en cuando desde Madrid y vivía cómoda junto a su marido, sin preocuparse demasiado.
Pasados dos años, las vueltas de la vida obligaron a que el niño regresara a casa, pero Carmen, fiel a su espíritu independiente, casi ni lo reconoció y mantuvo las distancias como quien salta charcos. Lo mandó a la guardería para tener tranquilidad y, más adelante, al colegio, donde el pobre crío no sólo sufrió las clásicas bromas infantiles sino que también se le complicaba lo de aprender.
Los padres del niño poco se involucraron en la tarea educativa y criar, ni hablar. Cuando el colegio intentó que participaran, el marido de Carmen, que no era precisamente un ejemplo de paciencia, respondió con más ruido que nueces. Después de terminar el instituto, Carmen despachó al chico a trabajar en una fábrica, donde la vida le sonrió al encontrar a la que sería su esposa. La misma fábrica les proporcionó un piso, dando el pistoletazo de salida a su nueva etapa, pero Carmen seguía resoplando con indiferencia, mandando algún regalillo en forma de billete por Navidad y cumpleaños, pero poco más.
Cuando llegó el día glorioso de la jubilación, Carmen decidió organizar una fiesta de las que hacen historia. Recurrió a su hijo, diciéndole que los euros de los regalos también valían para el menú y las sorpresas de los nietos. El hijo y su mujer, con la experiencia que da la vida, enviaron rápidamente a sus niños al pueblo con la otra abuela para evitar jaleos y se afanaron en preparar la celebración. Cuando Carmen llegó, fue recibida con una sonrisa y los invitados disfrutaron hasta la madrugada.
Al despedirse los amigos, Carmen, fiel a su tradición de pasar de puntillas, anunció que se marchaba antes y que no tendría tiempo de ver a sus nietos de vuelta. Como gesto de generosidad, dejó un trozo minúsculo de tarta para que compartieran, provocando que su hijo se sintiera bastante dolido por tanta indiferencia.
Una semana después, Carmen llamó otra vez, esta vez con apuros: tenía que ir al hospital para una operación y solicitó ayuda para llevarle algunas cosas. Pero el hijo, curtido por los años, le contestó con fría educación que él y su mujer se iban de vacaciones algo que ella sabía perfectamente y que mejor llamara al padre.
Al final, alguien le explicó a Carmen que el mundo no gira alrededor de sus invitaciones ni de sus caprichos, y que su hijo por fin había aprendido a poner a su familia y a sí mismo por delante. Vamos, que hay trenes que ya no hace falta coger.







