Los niños vienen a mí para descansar y ni siquiera se molestan en preguntarme si necesito ayuda

Dos hijos ya mayores y ni rastro de ayuda de su parte. Vienen a verme como si esto fuera un balneario, a descansar. Y yo, mientras tanto, me convierto en una especie de criada: recibo, alojo, cocino, limpio y cuido de todos. Ni siquiera me ofrecen una mano, ya ni hablemos de euros.

Tengo un hijo, Juan, y una hija, Pilar. Para mí siempre serán mis niños, pero la verdad es que son adultos hechos y derechos, con sus propias familias. Juan tiene dos hijos, y Pilar, de momento, uno. Vivo en mi casa de campo cerca de Salamanca, así que vienen a menudo con los nietos en fines de semana y vacaciones. Sin embargo, cada vez que vienen, cada año que pasa, siento que estas visitas me resultan más pesadas.

Ellos están acostumbrados a llegar como quien va al veraneo. Yo arreglo todo lo de la casa incluso antes de que lleguen, preparo las habitaciones, hago la compra, cocino varios platos… Siempre ha sido la costumbre en nuestra familia recibir a los invitados así, con la mesa llena y todo preparado. Recuerdo que mi madre siempre nos acogía de esa forma: comida abundante y todo el confort posible. Pero ni mi hermana ni yo nos acomodábamos en su casa sin aportar nada; sabíamos lo difícil que era para ella hacerse cargo de todo. Así que fregábamos los platos, cuidábamos de los pequeños, ayudábamos a hacer la limpieza y hacíamos la compra. Lo hacíamos porque sabíamos que sola no podía con todo, aunque nunca nos pidió nada.

Ahora, en cambio, mis hijos llegan y si han limpiado una taza del fregadero, hasta gracias tengo que dar. No me meto para nada con el yerno ni con la nuera son invitados, a fin de cuentas, para ellos soy casi una desconocida. Pero lo que realmente me apena es ver que ni Juan ni Pilar tienen la menor idea de colaborar. Vienen, comen, ven la televisión o dejan a los nietos conmigo mientras ellos se van de paseo por el pueblo o a casa de algún amigo. Yo tengo que fregar todos los platos, preparar la comida y la cena, limpiar el suelo… y la casa se vuelve un bullicio. Además, mis nietos requieren atención constante.

Cada vez se me hace más cuesta arriba, porque ya me duele la espalda y no tengo fuerzas para pasarme horas delante de los fogones. Pero mi educación me impide dejarlo todo y no hacer nada. No puedo, hay que recibir a los invitados como manda la tradición. Me emociono cuando se acerca el fin de semana, pero después estoy agotada durante días por semejante trajín.

Creo que necesito ayuda, pero siento que no es apropiado pedirla. Me da miedo que mis hijos piensen que estoy descontenta con ellos y se molesten. Y aunque me alegro mucho de que vengan, cargar yo sola con todo ya se me hace pesado. Hay cosas en la casa que ya ni siquiera puedo hacer, pero me da vergüenza pedirlo. Además, ellos trabajan mucho, y pienso que no les corresponde trabajar también aquí.

No sé qué hacer; mi manera de ser, esa educación de antes, no me deja cuidar de mí misma. Sola es muy duro, acabo agotada. Sinceramente, necesito ayuda, por más vueltas que le doy. Pero por otro lado, pedirla me da pudor; nunca lo hemos hecho, siempre nos hemos enseñado a arreglarnos por nosotros mismos, así nos criaron nuestros padres. Y así voy sufriendo, sin poder cambiar. Es tan triste y frustrante, y tampoco creo que deba ser así. No comprendo cómo mis hijos no se dan cuenta de que ya no tengo veinte años y mi corazón no es de hierro. No sé quién se supondría que debería sentirse ofendido, pero al final la herida es mía. No sé cómo resolverlo…

Rate article
Add a comment

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

fourteen + five =

Los niños vienen a mí para descansar y ni siquiera se molestan en preguntarme si necesito ayuda
No le pidas nada a nadie.