Diario de Verónica
¿Que te casas? ¿Cómo que te casas, hijo? ¿Y por qué me entero ahora? Solté las agujas y el la bufanda de lana que estaba tejiendo, mientras Bicho, mi gato, se arrebujaba como un ovillo cálido sobre mi falda.
Mamá, no sabía cómo decírtelo
¿Por qué?
Pues pensaba que no lo aprobarías.
¡Iván, pero qué tontería es esa! ¿Desde cuándo te da miedo tu madre? ¿Y desde cuándo yo te he desaprobado en nada? Hijo, me estás poniendo nerviosa.
No te alteres, mamá Iván se arrodilló junto a mi sillón y me miró directo a los ojos. Te lo cuento todo, con tal que no te pongas melodramática ni empieces con el chantaje emocional.
¡Hijo!
¡Mamá! ¡Como si no te conociera! Se te nota en la voz, y en los ojos llevas un ejército de duendecillos bailando. Ya, tranquila. Es complicado, no sabía ni cómo empezar esta conversación.
Empieza por el principio, y ya irá saliendo. Dejé la bufanda y le sujeté por las orejas, como solía hacerle de pequeño. Te daba una zurra, si tuviera la fuerza de antaño, pero ya no, y nadie más puede hacerlo.
Si papá siguiera aquí
No me hables de tu padre ahora fruncí el ceño y él enseguida se inclinó para abrazarme.
Perdona, mamá. Yo también le echo mucho de menos
Si tu padre estuviera, no te dejaría salirte con estas cosas. Míralo, ¡cuarentón, y teme presentarme a la novia! ¿Pero por qué?
La oreja que tenía agarrada se le puso roja como una cereza e Iván, entre risas, se zafó.
¡Mamá! Suéltame, ¿quieres? ¡Vas a dejarme igual que Dumbo!
¡Y que así sea! Si hasta te favorece. Anda, deja ya el misterio y suéltalo. ¿Quién es?
Se llama Lucía.
Muy informativo. ¿Y?
Nada más, de momento.
¿Tengo que sacarte cada palabra a fuerza de cosquillas, o prefieres que aplique métodos coercitivos más maternos?
¿Vas a dejarme sin postre o a mandarme al rincón?
¡Te pongo a limpiar las persianas en la casa de campo! Y a arrancar hierbajos del jardín.
Pero mamá, si en la casa del pueblo solo tienes flores y fresas, nunca ha crecido ni una patata ahí
Las planto solo para ti, si hace falta.
¡No, vale, vale! Te cuento.
Cuanto más contaba Iván, más se me arqueaban las cejas. De mi niño no esperaba yo semejante noticia. Qué hacer con todo aquello, ni idea por ahora. Pero lo único que tenía claro era que Iván hablaba en serio. Eso ya era mucho, no era un simple capricho.
¿Y ella quiere casarse contigo?
Todavía no.
¿Y eso? ¿Qué pasa?
Dice que no quiere complicarme la vida.
Hum. ¿Tienes foto?
Sacó el móvil, buscó en la galería y me lo puso ante las narices.
Es ella. Lucía.
Me ajusté las gafas y examiné la pantalla. Una mujer guapa, de unos treinta y pocos, el pelo castaño despeinado, casi sin maquillar, que le daba a la foto un aire de naturalidad y serenidad. Se veía que Iván la había pillado desprevenida en un parque. Las ramas aún desnudas con brotes de hojas enmarcaban su rostro, como si dijeran: Aquí llega la primavera. Era evidente: vida, esperanza Para contemplar desde la distancia, con cuidado, para no asustarla ni romper aquella paz incipiente.
Siempre has tenido arte para esto, hijo. Decía tu padre que para artista te tenía, si no te hubieses hecho militar. Una foto tomada al vuelo y cuánta vida tiene Muy bien, hijo le devolví el móvil y pasé al asunto serio. ¿Y cuándo la traes a casa para que la conozcamos?
Cuando ella quiera. Mamá
¿Por qué tiemblas, Iván? ¿Crees que me la voy a comer? ¿De verdad pensabas que esperaba que me trajeras a casa a una cría sonrojada y tímida? Ya tienes una edad, chiquito. Si no buscas una niña, está claro que vendrá con pasado. ¿Y qué? Ya lo veré yo, tú preocúpate solo de ser feliz. Quien tiene que compartir la vida con ella eres tú, no yo.
Iván se fue y yo empecé a recogerme.
Toca pasear a Chispa y darle de comer a Bicho. Así despejo la cabeza y pienso con claridad.
El encuentro no tardaría. A casi nadie se le resiste el encanto de Iván alto, guapo, gracioso, pero con ese aire de invisibilidad tan suyo. Desde que su primera esposa se fue, de aquella forma tan poco humana, el tiempo se detuvo para nuestra familia. Iván nunca se perdonó perder a la criatura, y yo no dejo de culparme por no convencer a la nuera de continuar el embarazo.
La historia de Iván y Gloria fue tan común como triste: juventud, prisas, sólo ellos dos en el mundo. Y de pronto, uno despierta y se da cuenta de que no era amor, que quiere otra vida, otra persona. Y lo viejo se olvida, como si nunca hubiese sido.
Nunca entendí a Gloria. Diez años juntos y, de la noche a la mañana, no quedó nada. Nunca sentí nada, todo vacío, me soltó un día mirándome con frialdad. ¿Entonces por qué?, le pregunté. Por cumplir. Por hacer lo que todo el mundo dice que hay que hacer: casarse, formar familia, como si la vida fuera eso. Pero nadie me preguntó qué quería yo.
Aquella vez sentí lástima de ella, y también de Iván Y sobre todo de ese nieto que nunca nació.
Gloria se fue, y con ella se llevó la confianza de Iván. Le costó años recomponerse. Se refugiaba en el trabajo misiones, maniobras, sin apenas dejarse ver. Y yo rogaba cada noche solo por volver a verle cruzar la puerta, sano y salvo.
Viuda. Qué palabra tan fea, tan inquietante. Como si la vida quedase suspendida, temblando al borde del abismo. Pero hay que seguir: por Iván, porque me necesita.
Vivíamos de ese modo, apoyándonos el uno al otro.
No tenía ya esperanzas de ver a Iván feliz. Sabía que tuvo otras mujeres, pero nunca nada serio. Y eso me daba miedo. ¿Nadie llegaría a calentarle el corazón, a ofrecerle el calor de un cariño verdadero?
Chispa tiró de la correa para ladrar a unos gorriones descarados y me sacó de mis pensamientos.
¿En qué estaría pensando yo? Me estaba quedando, como dice el hijo menor de la vecina, colgada. Ese niño es un genio. Me arregla el ordenador y me explica las funciones del móvil nuevo que me regaló Iván.
Sergio, si solo tienes doce años, ¿cómo sabes tanto de tecnología?
Tía Vero, esto es cosas de novatos. ¡De cenutrios!
¿De qué?
Gente que no tiene ni idea de tecnología, pero quiere aprender. Y me lo explicaba con paciencia. Usted es una cenutria. Pero no se ofenda, está genial que aprenda. Mi bisabuela, en cambio, ve el ordenador y casi se santigua; que dice que se me va a comer el cerebro.
Menudo argumento para peli.
Ya te digo, ¡si escribiera el guion, se quedaba con todos los premios! Bueno, ya tiene el nuevo juego, y la aplicación esa de patrones de goma para que te diviertas tejiendo. El icono está en el escritorio.
¿Dónde? Yo mirando la mesa buscando el susodicho, y él partiéndose de risa.
¡Ay, tía Vero, es que eres única!
En Sergio veía yo a Iván de niño: curioso, travieso, listo e inquieto. ¿Si Gloria no se hubiera marchado así, tendría ya nieto de diez años? El pensamiento me atravesó.
Y de pronto recordé el rostro de Lucía. Algo en sus ojos, en esa sonrisa a medias dirigida a Iván en la foto, me decía que no podía ser mala mujer. Se notaba que miraba a él, no a la cámara.
Cogí a Chispa en brazos y desvié el paseo rumbo a casa. El paquete que llevaba hizo que Bicho saltara del sofá para cotillear.
¿Qué dices, Bicho? ¿Bonito, eh? Pues hay trabajo, pero lo acabaremos, ¿a que sí?
Lucía acabó diciendo que sí, después de meses de paciencia de Iván. Cada vez que venía a casa, mi hijo brillaba como una bombilla:
Así nos ahorraremos cambiar las bombillas, Iván le bromeaba yo.
De conocerla, nunca más le insistí. Esperé a que estuviera lista.
Se acercaba Navidad y el paquete que traje de aquel paseo estaba casi terminado. Mis regalos secretos esperaban su momento.
Por costumbre, Iván pasaba la Nochevieja con amigos y la Navidad conmigo. Así que cuando sonó su llamada preguntando si podía traer a Lucía, respiré aliviada.
Me puse en plan huracán, dejando la casa lista como una tacita de plata. Bicho se escondió bajo la cama y Chispa se dedicó a seguirme a todas partes, ladrando para que la incluyera en la fiesta.
Preparé dulces y arreglé la mesa, antes de sentarme a esperar, manos cruzadas en el regazo. Bicho salió de su refugio y se sentó junto a mí, con Chispa en plan protectora.
¿Os doy miedo o qué? les pregunté.
Cuatro ojos atentos, parpadeando al unísono, me hicieron reír. ¡Vaya pareja! Parece que ellos también notaban el nerviosismo. Como dice Iván, tengo la mejor Alarma Peluda de Madrid: para cuidar a la madre, nada mejor que sus animales.
Acaricié primero al gato, después a la perra. Cuánto amor cabe en esos cuerpos peludos Me acordé de la historia de Chispa.
Chispa fue de don Miguel, el vecino del tercero. Vivía solo, era reservado, pero a raíz de recoger a Chispa, cambió. La había salvado de una papelera cuando aún era un cachorro medio ciego, y desde entonces la trató como a su hija. La alegría que trajo esa perra a su vida fue notoria. Yo le daba caldito y sobras, y él me devolvía la cazuela más limpia que nunca.
¡Mis cazuelas no brillaron así ni cuando las compré!
Verónica, es lo menos que podemos hacer Chispa y yo para agradecértelo.
Aquel día que don Miguel faltó, Chispa aulló tanto que el vecindario entero se alarmó. Yo regresé de la casa del pueblo para encontrarme con la tragedia.
Después de hacer lo que había que hacer, adopté a Chispa. Al principio solo dormía bajo mi cama, siempre alerta, hasta que, meses después, encontró consuelo en su nuevo hermano, Bicho.
A Bicho lo trajimos Chispa y yo del parque: lo encontró en una vieja funda de almohada abandonada. Por desgracia, solo él sobrevivió; el resto de los gatitos no resistieron el frío. Bicho, el más pequeño y pelirrojo, se aferró a la vida con una fuerza increíble. Chispa no se le apartaba ni para comer.
Ay Chispa, hija, ahora sí sabes para qué se vive.
Les hice una camita en una cestita, lejos de mis pies, así ya no temía pisar a nadie en la noche. Cada cual en su sitio: yo a la cama, los peludos a su rincón.
Iván reía al ver cómo consultaba con los animales cualquier tontería.
Mamá, hablas con ellos como personas.
Es que a veces creo que entienden más que muchos humanos. Tienen una inteligencia especial.
Ahora también los miré y les dije, mientras me alisaba la falda:
Hoy vienen invitados importantes. Ya sabremos si de verdad le puedo confiar mi hijo.
El timbre me sobresaltó.
Han llegado Portaos bien, ¿eh? Nada de hacer el gamberro.
Iván cruzó la entrada con su porte imponente y una caja de mandarinas.
¡Feliz Año Nuevo, mamá! Y Feliz Navidad también me plantó dos besos y dio paso a quienes esperaba con el corazón encogido.
La mujer era la de la foto. Misma mirada, la media sonrisa. Los niños, un crío de unos ocho años y una niña menudita, miraban asombrados.
Bienvenidos y me quedé muda. No hubo más tiempo para palabras.
El bullicio de quitar abrigos y quitar gorros quitó tensión y, enseguida, la casa recobró el pulso familiar de siempre.
Después de cenar, los niños sacaron un juego y me partí de risa viendo a mi hijo mayor intentar hacer la rana, con Chispa y Bicho corriendo despavoridos.
Mamá, esto es indigno ya, ¿eh?
¿Por?
¡Reírse así de un hombre hecho y derecho!
Anda, déjate. Yo voy a fregar, después sacamos el roscón y los pastelitos de limón.
¡Vaya, mamá! decía Iván, con ojos de goloso. Nunca perdiste la mano para los postres.
Lucía me ayudó a recoger la mesa.
¿Le ayudo? Ya sé que no se debe entrar en la cocina ajena, pero he notado que está cansada.
Pues sí, hija, los nervios me han vencido hoy. No todos los días se conoce a la futura nuera. Me preocupaba.
Yo también estoy nerviosa.
¿Por las leyendas sobre suegras implacables?
Je Más o menos. Pero no creo en ellas.
¿Por qué?
Porque he tenido dos y ambas han sido buenas personas.
¿Seré la tercera?
Las manos de Lucía, tan ágiles con los platos, pararon y nos miramos de frente.
¿Le puedo llamar Lucía? Mi hermana mayor se llamaba así. Hace años que se fue, pero me hace ilusión oír ese nombre sonando por casa.
Por supuesto respondió con una sonrisa.
¿A qué tienes miedo?
No a usted, si es lo que piensa. Temo a los cambios Todo es tan difícil.
Cuéntame, si quieres. Todo será más sencillo así.
Bueno es complicado hablar de uno mismo.
Prueba con los niños, siempre ayuda.
Pues verá. Son de padres distintos. Víctor es de mi primer marido, un compañero de clase; cinco años juntos desde el instituto. Vine a Madrid por el trabajo de mi padre y, bueno, lo típico: niña de coros y muchacho de fútbol. Su madre, una santa, sacó adelante dos hijos sola cuando él se fue con otra.
¿Se separaron?
Falleció en un accidente, cuando Víctor apenas tenía seis años. Le echo mucho de menos, nos quisimos mucho. Víctor se le parece, en todo.
¿Ves a la abuela?
Claro, todavía somos familia. Si no fuera por ella, no sé qué hubiera hecho yo sola con el niño. Es mi pared.
¿La pared?
Sí Cuando estás tan exhausta que ni sentarte puedes, lo mejor es una pared fuerte donde apoyarte y coger aliento. Pues eso, ella es mi pared; aunque ella dice que soy yo la suya, pero no me lo crea mucho.
Lucía secó la encimera.
¿Y tu hija?
Aitana es del segundo marido. Nos presentó mi suegra, la típica historia de amigas de toda la vida que quieren ser consuegras. Nos costó adaptarnos; él es artista, muy talentoso, y mi hija ha salido igual. Desde que era pequeñita, le encantaba pintar. Ahora va a clases de pintura, los profesores están encantados.
¿Y el padre?
Sí, vive, gracias a Dios tocó la caja de pan de madera. Pero somos muy distintos. Cuando nació Aitana y vio todo lo que implicaba nos dimos cuenta que juntos no era posible. Mejor amigos y padres separados que una mala convivencia.
¿Tenías dónde ir?
Al principio no, pero su madre me dejó una casa de la abuela, escriturada a nombre de los niños.
¿Y aceptó a tu hijo también?
Claro, ambos suegras son auténticas madres para mí. Nunca me faltó cariño femenino, aunque crecí solo con mi padre y mi hermano; mi madre falleció en mi parto.
¿A qué te dedicas, Lucía?
Soy profesora en el conservatorio.
De repente, se irguió y llenó la cocina con un canto suave: El amor tiene alas de pájaro Su voz flotó, tan clara y bonita, que me olvidé que estábamos en la cocina y no en el Teatro Real.
Eso hago, enseñar a cantar volvió a sentarse y me miró seria. ¿Ahora entiende un poco más quién soy?
Sí, gracias, hija. Me alegro que tengas confianza.
También tengo un hijo que un día tendrá suegra y me entra vértigo pensarlo. ¿Seré yo una suegra terrible un día?
¿Y tú qué crees que debe ser una nuera?
Lucía no dudó:
Solo pido que quiera a mi hijo. El resto son detalles.
Tal cual pienso yo.
Nuestros ojos se encontraron y asintió con seriedad, luego susurró:
Quiero a Iván.
Los ladridos y juegos de Chispa en el salón nos interrumpieron, así que anuncié el té.
Ya al caer la noche, cuando solo quedaban migas de roscón en la bandeja y los niños cabeceaban, desaparecí un momento y volví con varios paquetes.
¿Qué es esto? Aitana palmeó, tirando de la cinta roja.
Abre y lo verás. Espero que os guste.
Bufandas y gorros blancos para Lucía, igual para la niña, aunque con copitos azules. A Víctor, una bufanda negra que alzó con emoción.
¡Mamá, mira qué pasada!
Lucía se la puso y la envolvió en el cuello.
¡Qué suave!
Y abriga mucho. No pasaréis frío le ajusté el gorro a Aitana. ¿Os gusta?
¡Mucho! y la niña me abrazó espontánea, y yo tardé un segundo en devolverle el abrazo. Gracias.
¡Gracias! repitió Lucía. Nunca aprendí a tejer, siempre quise saber, pero nadie me mostró.
Pues este verano en la casa del pueblo te enseño.
Crucé una mirada cómplice con Lucía y supe: sí, por fin puedo estar tranquila por mi hijo. Queda mucho por construir, pero lo esencial se había dicho: compartimos el amor por Iván. Al hacerlo feliz, lo seremos todos. Solo así funciona la familia. Y tengo claro que, con dos nietos nuevos de golpe, no me aburriré jamás.
Algún día, dos años después, Lucía se levantará de la mecedora del porche de mi vieja casita en la sierra, se llevará la mano a la tripa prominente y, llamando con voz ilusionada:
¡Mamá Vero, Aitana, ¿dónde estáis?!
La niña, con la cara manchada de fresas, aparecerá tras la casa y la llamará contentísima:
¡Aquí, ven!
Lucía cruzará el jardín y entregará a su suegra unos patuquitos que acaba de terminar:
¿Qué te parecen?
Y yo, girando los zapatitos de lana entre las manos, asintiré solemne:
¡Perfectos!







