Hoy ha sido un día intenso y lleno de emociones. Aurora, una querida amiga y compañera con care he compartido muchas horas enseñando matemáticas en el colegio de Salamanca, cumple hoy 40 años de servicio. Decidí levantarme temprano, me vestí con esmerohe escogido una camisa blanca de lino y una falda azul, ambas muy propias para la ocasión. Aunque había llovido fuerte anoche y las calles seguían llenas de charcos, no iba a cancelar mis planes: fui andando a la pastelería para comprar una tarta y al florista para un precioso ramo de margaritas, mis favoritas para Aurora.
Cuando caminaba por la Gran Vía, una conductora rubia pasó con su coche demasiado rápido y, sin mirar, me empapó a mí y a mis regalos con agua sucia de los charcos. Apenas bajó la ventanilla y soltó con desdén: ¡Abuela, a dónde vas tan arreglada a estas horas! ¡Las señoras mayores ya deberían estar en casa!
Me hervía la sangre por su falta de respeto. Con dignidad, le respondí: Tengo asuntos importantes y no tengo tiempo para impertinencias. ¡No se te olvide respetar a los mayores! Pero ella siguió increpándome, criticando que caminase cerca de los charcos.
En ese momento, de la casa junto a la estación apareció don Tomás, un hombre elegante y conocido empresario de Salamanca. Al ver la escena, se acercó curioso y preguntó: ¿Qué ocurre aquí?
La conductora rubia, que resultó ser su secretaria, rápidamente trató de cambiar la versión: Esta señora me está molestando y es culpa suya todo esto. Pero al reconocerme, Tomás se iluminó y me saludó con cariño: ¡Aurora! Qué alegría volver a verte, mi profesora favorita de matemáticas.
Al enterarse de lo sucedido, Tomás no dudó en tomar cartas en el asunto. Reprendió a la secretaria y le exigió que me pidiese disculpas. Ella murmuró un tímido Lo siento. Tomás, molesto por su actitud, la despidió en ese mismo momento.
No solo se quedó ahí: me acompañó a casa, esperó a que pudiera cambiarme, y personalmente volvió a comprar margaritas y encargó una tarta preciosa en la pastelería más famosa de la ciudad. Celebramos en la sala de profesores, rodeados de amigos y recuerdos de cuatro décadas.
Hoy he recordado la importancia de la dignidad y el respeto, y que el auténtico valor de las personas se mide por sus actos y el reconocimiento sincero de quienes nos aprecian. No hay que permitir que las malas palabras de alguien nos desvíen de lo que realmente importa.







