La felicidad compleja

Una felicidad complicada

¿Cómo que nos separamos? ¿Estás de broma, Diego?

Isabel miraba a su marido sin comprender nada. ¿Divorciarse? ¡Llevaban casi veinticinco años juntos! En dos semanas justo iban a celebrarlo… O, mejor dicho, ya no lo celebrarían, quizá. Tenía la cabeza hecha un lío. ¿Y la fiesta? ¿Los invitados? Las invitaciones ya estaban enviadas Todo el mundo iba a venir. La familia iba a reunirse, los amigos no paraban de llamar para preguntar qué regalo llevar… Y alguna, como Carmen, su mejor amiga, ya había mandado su regalo. Lástima que no pudiera venir. Vive lejos, y con el embarazo, de seis meses, ¿a dónde va a subir a un avión? Mejor que se quede tranquila en casa. Ya se verán después y lo celebrarán otra vez. Carmen fue quien juntó a Isabel con Diego; en la universidad eran inseparables. Y era la que más gritaba ¡Que se besen! en su boda, escondiéndose del enfado de Isabel con el ramo de flores que, en vez de lanzar, prefirió entregárselo directamente a su amiga.

No comprendo por qué tu Jaime no se decide. ¡Se le va a escapar una joya como tú!

Bah, ¿dónde va a irse? le respondía Carmen mientras le ayudaba a Isabel con el peinado. Todo llega a su tiempo, Isa, no hay que forzar nada. Aún no está listo. ¿Y para qué quiero yo un hombre verde? ¿Para hartarme y divorciarme en dos años? ¿Luego a pelear por casas, niños y suegros, cuando ya me tengan todo el cariño cogido? No, gracias. Prefiero esperar a la cosecha.

¡Dos años son muchos para planear, Carmela! decía Isabel entre carcajadas, viendo a su amiga batallar con el maquillaje.

¡Yo a medias no sé vivir! Si hago algo, lo hago todo de golpe.

¿Y los hijos, Cármen? ¿De una vez, toda la familia?

Sí, ¡mellizos! Sufro el tirón y ya tengo el lote completo. Hay antecedentes tanto en mi familia como en la de Jaime.

Pero ese lote hay que criarlo luego.

Mejor dos que uno, créeme.

¿Y eso? Isabel se divertía escuchando las argumentaciones siempre inteligentes y prácticas de su amiga. De niñas, cuando hacían alguna travesura, acababa pagando cualquiera menos Carmen, que siempre tejía sus planes para que todas salieran ilesas. Si alguna se creía más lista y hacía de las suyas, entonces ella se ponía de lado y miraba calladamente cómo el “listillo” se llevaba la bronca.

Todo es cuestión de competencia sana y bien planteada, Isa. Dos nunca se aburren, tienes compañero de juegos asegurado, y a mí me ponen de madre del año por criar a dos a la vez. ¿Sigo?

¡No, no sigas! reía Isabel, convencida casi de que Carmen lograría eso y lo que se propusiera.

Y así fue. Solo que alguien en las alturas debió tener un humor más negro que el de Carmen y, en lugar de mellizos, le mandó trillizos. El cielo puso a prueba su temple.

Y hay que decir que Carmen salió airosa. Para entonces, la familia de su marido ya la valoraba de verdad. Nunca agachaba la cabeza, trataba a todo el mundo con respeto y estaba siempre dispuesta a ayudar. Ayuda que casi siempre era organizar las cosas para que fuera el propio Jaime quien echase una mano, aunque él jamás se ofrecía de motu propio. Pero ahí estaba Carmen, que, pensando en el futuro, le decía:

Mira, llegará el día en que necesitemos que nos ayuden y, ¿sabes qué recibiremos? ¡Nada! Así que, cariño, si quieres patatas fritas con setas para cenar, ¡vete ya a casa de tu madre y termina ese armario! Te llevará dos horas y ella estará encantada. Y dile que yo iré el próximo sábado a limpiar los cristales.

Así, cuando Carmen necesitó ayuda con los niños, las abuelas y un abuelo que el padre de Carmen ya había fallecido se plantaron y estuvieron disponibles para cuidar a los nietos a cualquier hora. Carmen pudo criar a sus hijos, que tardaron un poco en salir de aquel estado frágil tras el nacimiento, y luego, meditando, se matriculó en la universidad.

¡Carmen! ¿Te has vuelto loca? ¿Cómo vas a poder con todo eso? Isabel se quedaba perpleja.

¿Qué profesor le va a suspender algo a una madre de trillizos? Y así mi cerebro no se me pudre en el permiso de maternidad. Cuando salga de aquí, tendré de todo: economista, abogada, lo que me pidan. ¿No es beneficioso?

Obtuvo su título, y no tardó en encontrar trabajo, convenciéndoles de que el sueldo sería suficiente para una niñera.

¿Y no te aprieta el cinturón?

Las abuelas de momento cubren a la perfección, pero el jefe no tiene que saber eso. Así duerme tranquilo. Y además, Isa, lo que yo busco es experiencia. ¿De qué me sirve el título si nadie me conoce ni confía en mí? Aprender, y después ya escogeré yo las condiciones del siguiente empleo.

Isabel se preguntaba cómo su amiga podía con todo sin agotarse ni quedarse estancada. Toda su vida, desde que era pequeña, Isabel tenía dificultades para tomar decisiones. Ni siquiera con los leotardos del colegio: ¿rojos o azules? Era un calvario.

Pero cuando decides algo, Isa, sabes que es lo correcto. No como yo, que me paso la vida de un lado a otro Carmen la tranquilizaba. Tú eres conservadora. La gente más fiable del mundo.

Fiable sí, claro. ¡Para lo que le sirvió a Diego! ¿Cómo podía hacerle esto? ¿Tan mal estaban? Sí, la ausencia de hijos había sido un obstáculo serio, pero ambos lo aceptaron hace tiempo y asumieron que, si no podía ser, pues no podía ser. Isabel trabajó varios años como voluntaria en orfanatos, y se dio cuenta de que no podía adoptar a un niño completamente ajeno. No era una cuestión de medios o fuerza de voluntad; temía no ser capaz de amar como debía amarse. ¿Pero cómo se ama? No lo sabía. Solo sentía que hacía falta algo más que un simple deseo.

Aún no has visto a tu hijo le decía doña Aurelia, la directora de uno de los centros donde colaboraba la empresa de Isabel, mientras observaba a los niños bailar en corro alrededor del árbol de Navidad. En cuanto lo veas, no podrás decir que no. Nada, ni los problemas ni las dificultades, te frenarán.

¿Y si nunca lo veo? ¿Si no existe ese niño para mí? Isabel calló, colocando regalos en la mesa. ¿Y si no estoy hecha para ser madre?

Pues no. Es mejor que lo asumas así. Peor sería intentarlo y luego no poder con la responsabilidad. Tendrías dos desgracias en vez de una: tú y el crío. Mira ese niño, Marcos: ya lo han devuelto dos veces.

¡Dios mío! ¡Pero si es un niño! ¿Cuántos años tiene? ¿Cinco?

Acaba de cumplir seis. En su primera familia estuvo dos años; en la segunda, uno.

¿Pero por qué, Aurelia? ¿Cómo se puede devolver a un crío?

La primera vez fue porque tuvieron un hijo biológico después de acogerlo. Suele pasar, por triste que sea.

¿Y la segunda?

Familia buena, pero se les fue de las manos. Dos propios y tres adoptados; Marcos era el cuarto. No había amor suficiente para todos. No sé para qué lo hicieron, ni quiero saberlo. El caso es que Marcos, tras casi un año, un día se sentó en una esquina, dejó de comer, ni agua quería beber. Pedía que lo llevaran de vuelta al orfanato porque “no lo querían”. El psicólogo intentó mil veces hacerle reaccionar, pero no pudo. Lo devolvieron. Y, ¿sabes?, Isabel hubiese sido mejor que no lo hubiesen sacado jamás. Me da miedo por él. Es un crío y ya parece un viejo. No confía en nadie, no espera nada. No sé si habrá amor bastante para él en todo el mundo.

Aquel día, Isabel estuvo a punto de empezar los trámites de adopción por puro desconsuelo, pero Carmen la frenó:

¿Segura de que tienes la suficiente de esa clase de amor? ¿Y si no? Piénsalo bien. No puedes lanzarte solo por compasión, Isa, porque harías daño a ese mismo niño. ¿Eso quieres para él? Si hace falta, te presto uno de los míos un mes y pruebas cómo es la maternidad.

Isabel declinó. No volvió a los orfanatos, aunque ayudaba a distancia. Pero nunca se olvidó de Marcos. Se convirtió en un faro suyo, recordándole que la vida debe vivirse evitando herir a los demás. Aquello fue una lección para siempre.

Se abrazó las piernas al pecho. Qué frío ¡era sólo otoño y la calefacción ya estaba puesta! ¿Qué hacer ahora? ¿Ayudar a Diego a hacer las maletas? ¿Qué cosas? ¿Ropa de abrigo? El frío no tardaría en apretar; aquí el verano era tan corto El Norte Nada que ver con la infancia en Málaga, al calorcito. Isabel nunca había pasado frío. Todo el invierno con la cazadora fina, y solo sacaban el abrigo gordo si iban a la Sierra Lo que más deseaba de repente era volver con su madre y perderse en la montaña, juntas, sin nadie más cerca, solo ellas y la libertad Pero su madre ya no estaba. Ni Diego ahora tampoco

¡Dios, pero si no necesitaba libertad! Quería a su marido al lado, como siempre, desayunando café juntos, o por la noche, a deshoras. Charlar hasta el amanecer porque sí, salidas repentinas al teatro o al campo. Nunca fueron buenos para organizar nada; los mejores días juntos surgieron así, de sorpresa. Diego podía llamarla en plena jornada:

Isa, ¿qué haces?

Atareadísima. Tengo dos entrevistas y luego al banco.

Déjalo todo. Vámonos a pasear.

Y ella, sin dudarlo, lo seguía; en menos de una hora estaban andando por el bosque, en silencio, o charlando de cualquier cosa y eran felices.

Ahora, esa felicidad quedaba atrás en su pasado. Ella lo recordaría; él, probablemente no. Tendría por delante un futuro, con su nueva pareja, que esperaba un hijo ¡Un hijo! ¿Sería por eso? ¿O todo fue una mentira desde el primer día? Podía aceptar la primera idea, pero la segunda no. Porque entonces significaría que Isabel no fue nada, no supo hacer feliz a quien amaba.

Se quedó en la cocina, pegada a la calefacción, incapaz de moverse. Oía los pasos de Diego, los cajones que abría, las puertas que cerraba. Temblaba tanto que hasta la maceta, la única flor de la casa regalo de Carmen, se fue desplazando hasta el borde de la ventana. Cuando al fin se cerró la puerta de la calle, Isabel soltó el cristal, lo apretó con las manos, queriendo arrancarlo, se irguió, empujó la maceta al suelo y se puso a gritar.

No sirvió de nada. La tierra negra y los trozos de la maceta regados por el suelo la hicieron recuperar el control. Todo era negro. No quedaba luz. Él se había marchado, cerrando la puerta tras de sí y dejándola totalmente sola. Ahora debía avanzar a tientas. Ya no había referencias salvo una.

Isabel se despegó de la calefacción y atravesó el suelo, descalza entre los trozos de cerámica, sin sentir el dolor. Fue hacia el dormitorio y tomó el móvil de la mesilla.

Carmen…

No era ni llanto, sino un aullido animal, de dolor, que le salió del alma. Carmen no necesitó más para entenderlo todo, sin explicaciones.

¿Se ha ido Diego?

Entendido. Mañana estoy ahí.

¡Estás loca! Isabel reaccionó con energía, en cuanto escuchó la orden tajante de su amiga. ¡No! No te atrevas, que no te lo perdonaría si te pasa algo a ti o al niño Espera y de pronto comprendió algo. ¿Lo sabías?

No del todo. Me lo olía. La última vez que vinisteis Diego no podía mirarme a los ojos. Ahora todo cuadra. Isa, todo es para mejor.

¿Mejor? ¡Si no quiero vivir! ¡No me queda nada! ¡Todo se ha ido! ¿Qué hago ahora?

¡Cómprate un vestido!

¿Cómo?

Eso mismo. El que siempre te has negado porque te parecía caro. Ahora vas y te lo compras. Y luego me lo enseñas. No te encierres en casa; llora lo justo, pero sigue adelante. Compra el vestido y te vienes a verme. Nos vamos a la montaña.

¿A la montaña? ¡Si pronto vas a dar a luz!

¿Y qué? No soy una inválida. Dormimos en un hostal con baño, paseos cortos. A mí también me hace falta respirar, Isa. Tengo a Federico con el campeonato la semana próxima, y las gemelas en una concentración en Granada. Es mi oportunidad. Así que no me hagas esperar. En media hora quiero el número del vuelo, ¿vale? ¡No hagas enfadar a una embarazada!

Y Carmen colgó. Isabel se quedó mirando el móvil, sin saber por qué, sabiendo que las cosas habían cambiado para siempre.

La respuesta le salió sola. Se acercó al espejo. Ahí estaba, la de siempre, con todos los años pegados en la cara. No era una cría, pero tampoco una vieja. Y, ¿por qué no? Si Diego pensaba que la dejaría arrinconarse y morir de pena, se equivocaba. Carmen tenía razón, ¡mucha razón!

Isabel se alisó el pelo, se secó las lágrimas y levantó la cabeza. Había que moverse. Si se sentaba, ya no se levantaría.

El móvil se adaptó a su mano como siempre. Con rapidez, canceló reuniones y llamadas, anuló la reserva del restaurante. Listo.

Cogió escoba y trapo olvidando por completo el moderno aspirador y limpió la cocina. El vestido le sentó como un guante. Un rojo brillante, nada que ver con los colores apagados que solía llevar. Carmen era la experta en destacar, pero ese día Isabel se permitió sentir el deseo de llamar la atención. El espejo le devolvía una imagen distinta: cansada, sí, pero no derrotada. Había algo más, algo que nadie podría quitarle.

Quizá entendía el porqué de la marcha de Diego. Con ella, él había tenido mucho más que una esposa; eran amigos, y traicionar a un amigo siempre duele más. ¿Por qué, Diego, por qué?

El vuelo tenía escala. Mejor así: más distracción, menos tristeza.

El viaje fue un éxito. Carmen e Isabel recorrieron todas las rutas de senderismo cercanas al hostal. Andaban, hablaban o callaban, sin apuro, debatiendo temas grandes y pequeños. Las palabras de Carmen ponían todo en perspectiva: lo importante pasaba a ser secundario y lo secundario, vital. Así fue como Isabel decidió regresar.

Divorcio, venta del piso y del coche, papeles y trámites de negocios todo se fue llevando, solo quedaban recuerdos y experiencia. Aguantó los últimos encuentros con Diego: sería la última vez. Le borró del móvil y se dijo a sí misma que había que olvidar lo anterior.

Málaga la recibió con una primavera de luz y azahar. Isabel decidió vivir cerca de su padre, pero no en su misma casa. Al principio se sorprendió al ver a doña Gloria, la nueva pareja de su padre, pero pronto comprendió que era lo mejor. Su padre merecía ser feliz de nuevo, y ella, tener independencia.

Pues el señor Francisco aún está en forma, ¿eh, Isa? decía Gloria con amor, mirando a su padre, y a Isabel le reconfortaba saber que existía ese amor, raro y difícil para algunos, pero real.

Si su padre lo había encontrado al final de la vida, ¿por qué no podría ella también encontrarlo algún día?

Pasó un año, y dos centros infantiles que abrió Isabel funcionaban a pleno pulmón. Se mantuvo ocupada: cambio el corte de pelo, el vestuario y adoptó un perro, su sueño de toda la vida. Aun así, a veces caía la noche y la nostalgia la asfixiaba. Imaginaba a Diego entrando, encendiendo la luz, preguntando si quería un té caliente para desahogarse. Sabía que aquello estaba mal, que uno debe irse de verdad, pero no podía desprenderse del todo de Diego.

Hasta que, año y medio después de vender el negocio, una cuestión fiscal la hizo viajar de nuevo a su antigua ciudad. Lo arregló enseguida y se quedó con un día libre. Paseó por las calles, el barrio, los antiguos centros. Uno cerrado, otro lleno de niños dibujando, moviendo pinceles con un monitor disfrazado de oso. ¡Qué alegría verles felices! Eso era lo importante.

Miró una última vez la fachada y fue a la parada. Estaba la casa donde vivió con Diego. El parque donde soñó con pasear a sus hijos. No sabe por qué, pero entró en el parque, recorrió los caminos nuevos, los bancos y la fuente restaurada.

En la fuente vio a un hombre con carrito. Le resultó familiar. Dio dos pasos y se paralizó: era Diego. Casi no lo reconoció; más encorvado, el pelo cano. Diego empujaba el carrito, ida y vuelta, absorto. Isabel casi echa a correr, como queriendo ganar al tiempo. Le dolía ver cuánto sufría Diego; no podía permitirlo, lo conocía demasiado bien como para dejarlo solo con su dolor.

Diego

Él dio un respingo, la cabeza aún más hundida, sin atreverse a mirarla.

Hola, Isa.

Se sentó a su lado.

¿Qué tal?

Nada más decirlo, Isabel se sintió tonta, pero se forzó a no marcharse. Diego detuvo el carrito, la miró por fin.

Mal, Isa, muy mal.

¿Por qué?

Era más absurdo aún, pero necesitaba preguntar. De una vez. O lo sabría o nunca podría dejarlo ir.

Porque estoy solo, porque hice el imbécil y lo perdí todo, por una tontería que me ha costado la vida que tenía.

Mentira Isabel lo miró fijamente, descubriendo que daría lo que fuera por volver atrás. Tienes lo que necesitas; más que lo que me quedó a mí.

Señaló el carrito.

¿Niño o niña?

Niña. Eva.

Una hija, una mujer joven ¿Qué más quieres?

No queda nadie, Isa. Mila no sobrevivió al parto.

Isabel exhaló un suspiro ahogado. No le importó ya nada la otra mujer: solo le dio pena, muchísima, una chica casi niña que cometió un error, y un hombre que se dejó arrastrar. El resultado de esa noche dormía ahora, tranquila, en el carrito.

Permanecieron callados largo rato. Cuando hablaron, por fin, fue todo a borbotones; Eva se despertó y vio cómo el parque se inundaba de luces y estrellas.

Isabel se levantó para mirar a la niña, y se quedó inmóvil. El rostro de la pequeña era un enigma. De pronto, la voz de Aurelia sonó nítida en su memoria: “Cuando veas a tu hijo, lo sabrás, Isabel.”

Pasó medio año, y la misma Aurelia llevó a su despacho a un niño moreno, de ojos serios.

¿Marcos, sabes por qué he venido?

Por mí.

¿Quieres venirte conmigo?

No creo que me quieras.

El niño analizaba a Isabel sin emoción. Una chispa fugaz brilló cuando enseñó las fotos de Diego y aquella niña.

¿Es tu marido?

Sí.

¿Y la niña es tuya?

No, Marcos. Aún no.

La chispa volvió a destellar. Isabel se aseguró de atraparla.

Ella no es mi hija, pero seré su madre. Y también la tuya, si tú quieres.

Acabarás devolviéndome.

¿Por qué?

Todos lo hacen.

Yo no. ¿Sabes por qué?

No.

Porque sé lo que es perderlo todo. Que te falte amor. Eso duele mucho.

Lo sé

¿Sabes lo que es una madre, Marcos?

No.

Es quien nunca deja que te hagan tanto daño.

¿Te doy pena?

Isabel lo miró largo rato. Negó despacio.

No quiero compadecerte. Quiero quererte. Que seas feliz. Y que Eva tenga un hermano mayor, valiente y fuerte, que la proteja. ¿Qué opinas? ¿Lo intentamos?

Marcos miró a aquella mujer, entendió que también ella conocía la tristeza. El rojo del vestido era tan bonito que quiso tocarlo para asegurarse de que aquello era de verdad. Alargó la mano y rozó la tela.

¿Te gusta?

Mucho.

A mí también. Lo compré cuando peor estaba y ahora me da alegría cada vez que lo pongo.

Pues quiero intentarlo contigo.

No, Marcos. No vamos a intentarlo. Vamos a hacerlo de verdad. Porque es lo correcto. Y prometo no devolverte jamás. Pero necesito tu ayuda, ¿me la das? Porque todavía no sé cómo ser mamá, pero quiero aprender. Para ti y para Eva. ¿Me ayudas?

Marcos asintió lentamente. Isabel al fin pudo respirar tranquila.

Un par de años después, una familia caminaba en fila india por una senda de montaña. Un chico moreno cuidaba de su inquieta hermana, que quería corretear más allá.

¡Eva, cuidado, hay lobos en el bosque!

¡Que no! protestaba la niña.

Sí, y también osos, enormes, hambrientos.

¿Que sus mamás no les dan de comer?

Nada; no saben prepararle la papilla.

¡La nuestra sí sabe!

Pues que les cocine a los osos para que no tengan hambre.

¡Mamá! Eva dice que hay que hacerles la papilla a los osos.

¿De sémola? Isabel, un poco jadeante, alcanzó a los dos.

¡Mamá! protestó Eva, olvidando su enfado y la última aventura. Tú no sabes hacerla, te sale con grumos. ¡Los osos no la quieren así!

¡Vaya con la lista! dijo Isabel, levantando a su hija y besándola. Pues mira, seguro que a los osos sí les gusta con grumos, y mucho.

Pues dásela mañana toda para ellos, y también el tarro de miel que compraste ayer.

¡Ni hablar! ¡Me gusta a mí también! ¿Vas a seguir en brazos o vas a andar?

En brazos.

Pues a papá. Isabel pasó a Eva en brazos de Diego y despeinó a su hijo. ¿Y tú, Marcos? ¿Vamos reservando papilla para los osos?

Mamá, aún quiero seguir de excursión. Y como Eva se ponga a repartir comida, no salimos del hostal. Mejor, que los osos aguanten el hambre.

Isabel se echó a reír.

Eva, ya les cocinaremos otro día, cuando aprenda a hacerla bien.

¡Vale! respondió Eva enseguida, y Marcos miró a su madre y se encogió de hombros.

¡Ay, mamá! dijo Marcos en tono resignado.

¡Ay, hijo! replicó Isabel. Ojo con tu hermana, que nos hace traer animales exóticos a casa. Y habrá que quererlos a todos, pobrecitos.

La risa de la familia resonó por la ladera, se mezcló con el eco y se fue apagando en la lejanía. El día que nacía sobre las cumbres prometía ser luminoso.

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