Iba en el autobús con mi hijo, justo después de salir del centro comercial. A mi lado viajaba una mujer con un crío que, sinceramente, parecía tener la misma edad que mi chiquillo.
El autobús estaba hasta los topes. De repente, vi a un joven con cascos escuchando música y le pedí amablemente si podía ceder el sitio. No puso ni una pega; se levantó al momento y mi hijo y yo nos sentamos. El niño, como agradecimiento, le dio un caramelo. El pobre chaval se puso colorado y nos regaló una sonrisa tímida.
Al rato, me doy cuenta de que la madre al lado quería copiar mi estrategia. Pero nada de modales: empezó a agarrar por el cuello a un hombre que estaba medio dormido frente a ella. Como el tipo ni se enteraba porque estaba en el quinto sueño, la mujer pasó al grito puro y duro. El hombre se quitó los auriculares, visiblemente molesto, sin saber de dónde salía aquello.
¿No ves que llevo un niño pequeño? ¡Deja el sitio! chilló tan fuerte que hasta su propio hijo rompió a llorar del susto. Pues yo no quiero, ¡así que apechuga! respondió el hombre, plantando cara.
La verdad, yo le entiendo y le apoyo. No le debía nada a la señora, y menos con ese tono humillante y borde. Incluso le propuse que su niño podía sentarse junto al mío, pero ella nada, le iba más montar el circo que buscar una solución.
Yo nunca me he comportado así. Si hace falta, pido las cosas por favor. Si alguien deja el sitio a mi hijo, se lo agradezco de corazón. Y si no puede, pues también lo entiendo; cada uno tiene sus motivos. Jamás, en todos estos años, me han dicho que no.
Será porque nunca he tenido que ponerme a berrear ni a vociferar a gente que ni conozco.






