Ya no era esposa
Oye, Toño, ¿te has tomado la tensión hoy? ¿La pastilla? asomó Antonia a la puerta del salón, secándose las manos en el delantal.
Por favor, Antonia, deja ya la lata con la tensión gruñó él, absorto en el móvil. En una hora tengo reunión. ¿Dónde está mi camisa azul, la de algodón? ¿La planchaste?
Te planché ayer tres, y dijiste que esa la llevarías a la tintorería, porque tenía una mancha
Siempre te lías con todo, ¡no se te puede confiar nada! Bah, tráeme cualquiera. Y haz el té fuerte, que ese tuyo de manzanilla me trae ya hasta aquí.
A Antonia se le tensaron los hombros, pero no dijo nada. Se fue a la cocina. Era noviembre detrás de los cristales de aquel piso en Carabanchel, húmedo y gris, el cielo apagado como el edificio de enfrente, con todas las persianas bajas salvo dos ventanas con la luz encendida. Antonia Martínez Pérez, cincuenta y seis años, observaba el hervor del agua en la vieja tetera mellada que tenía desde su boda. Había pensado en comprar otra en primavera. Pero nunca era el momento.
Echó el té negro en su taza. Fuerte, como le gustaba a él; ni manzanilla, ni menta. Cogió el plato con los bocadillos que había preparado a las seis: pan con mantequilla y queso, corteza quitada porque a él le sentaban mal. Partió tomate aunque en noviembre sabían a cartón, decían que tenía vitaminas. Puso todo en la bandeja y entró en la sala.
Antonio Ruiz Pérez, cincuenta y ocho, estaba en el sillón atado a su móvil. Ahora era jefe de sección desde hacía tres meses. Antes fue ingeniero, como veinte años atrás. Pero cuando se jubiló Salcedo, pusieron a Antonio, por ser el más veterano. El cargo vino con un aumento de doscientos euros, despacho propio y otra forma de verse a sí mismo y a todo lo demás.
Ponlo aquí dijo sin levantar los ojos.
Antonia dejó la bandeja. Calló un instante.
Toño, por favor, tómate la pastilla. Dijiste que te dolía la cabeza.
Lo dije ayer. Hoy no me duele. Anda, déjame, ahora tengo que hacer una llamada.
Salió al pasillo, donde colgaba su abrigo, la cazadora de ella y el paraguas torcido. Se quedó quieta mirando a la nada. Después tomó el trapo y se puso a limpiar la repisa de la cocina. No sabía qué más hacer en ese momento.
Así llevaban tres semanas. Desde que Antonio ascendió y fue a ese congreso de la empresa en Salamanca. Volvió cambiado: más recto, corte de pelo nuevo y otro aire, casi arrogante. Ella se alegró primero. Pensó: ha resucitado el hombre, qué bien. Luego empezó a notarle cosas.
Ahora la comida nunca le parecía bien: que el cocido salado, que las croquetas secas, que el arroz era para estudiantes, no para un jefe. Se lo dijo Antonia una vez, y él la miró con condescendencia:
Antonia, ya es hora de hacer algo decente. Hazme pescado al horno, ensaladas como Dios manda, no ese tuyo de patatas mísero.
Ella se lo preparó. Ni una palabra. Pensó que todo iba bien. Pero otro día llegó diciendo que la mujer de su compañero, Ernesto, no trabajaba y tenía la casa impecable, y parecía una señora de verdad.
Antonia calló. Tenía mucho que decir. Que tampoco trabajaba desde que cerraron la contabilidad hace cuatro años. Que se levantaba a las seis, que llevaba la casa, iba a por recetas y guardaba cola en la farmacia para sus pastillas, cambiaba neumáticos, porque él iba liado. Podría haberlo dicho. No lo hizo. Estaba demasiado acostumbrada.
Pero hace dos días ocurrió algo que le rompió el silencio por dentro.
Antonio llegó a las ocho. Ella acababa de sacar un caldo con pollo para él, desgrasado, por el colesterol. Dos horas lo estuvo haciendo. Olía a apio y zanahoria.
¿Qué haces tan tarde? preguntó ella.
Me entretuve arrojó los zapatos, no los puso en la repisa.
El caldo está listo. Siéntate.
Él miró la olla. Torció el gesto.
¿Otra vez pollo?
Toño, tienes el colesterol
Ya lo sé, no soy crío. Pero basta ya de comida de hospital.
Ella sirvió el caldo. Cortó pan. Él comió en silencio, se fue al salón sin recoger nada. Ella fregó la vajilla, limpió encimera, espolvoreó migas. Fue a decirle que si quería compota de manzana.
Antonio miraba el móvil. Vio algo rosa en la pantalla, se la escondió.
¿Toño, quieres compota?
Levantó la cabeza y la miró largo tiempo. Como calibrando algo.
No dijo. Y al cabo: Antonia, mírate.
Ella no entendió.
¿Cómo?
Eso, mírate. ¿Cuándo fuiste a la peluquería? Mira, con ese albornoz de cuadros pareces ya una vieja de pueblo.
El grifo goteaba en la cocina, de fondo la tele de los vecinos murmuraba.
Toño susurró ella.
¿Qué, Toño? Te lo digo en serio. Ahora, con las reuniones, la mujer tiene que estar decente, y tú ¿qué imagen das?
¿Quién viene aquí? preguntó despacio. ¿A quién has traído en tres meses?
Porque me da vergüenza alzando la voz. La mujer de Ernesto, mira, da gloria verla. Arreglada. Tú te has echado, y ese mismo albornoz
Antonio dijo ella, formal y fría. Vas a cumplir sesenta. Yo, cincuenta y seis. No somos jóvenes.
¡Justo por eso hay que cuidarse! Mira, yo voy al gimnasio. Y tú todo el día en casa sin poder
¿Todo el día en casa? repitió. Su voz era extrañamente firme. Está bien, Toño. Lo entiendo.
Se fue y cerró suavemente la puerta detrás. Cogió el pan, lo guardó. Apagó la luz de la encimera. Dentro algo se desplazó en ella. No rompía, sólo se movía, como un mueble que había que recolocar y de pronto ves que hacía falta desde hacía tiempo.
Esa noche no durmió. Escuchaba los ronquidos de él y pensaba.
Últimos diez años viviendo al servicio: cocina, limpiezas, farmacias, recetas, llevarle a revisiones no, ni coche tenían ya; lo vendieron porque él no podía ya conducir por la tensión, así que taxis pagados de su tarjeta. Pastillas: para la tensión, el colesterol, ahora para las articulaciones, carísimas. Ella llevaba en agenda lo que tocaba reponer y lo compraba con tiempo. Así lo mandaba el médico, sin faltas de tratamiento.
Y ahora él decía sentir vergüenza. Decía que parecía una vieja de pueblo. Que la mujer de Ernesto era mejor.
Antonia pensó y llegó, a la una, a la idea sencilla y luminosa: basta.
No me voy, no divorcio, no escándalo. Simplemente basta de hacer lo que él no ve ni aprecia. Basta de ser el recurso doméstico, como el grifo que se abre cuando uno quiere. Ahora ya no.
Al alba se levantó como siempre. Se preparó su infusión de manzanilla que él detestaba. Se sentó con el móvil. Buscó la web de la peluquería en el centro comercial de Aluche, esa a la que nunca iba porque cortar seiscientos euros. Reservó para el miércoles. Después halló un grupo de marcha nórdica en el parque de San Isidro, gratis, los martes y jueves de mañana. Lo anotó.
Cuando Toño entró al desayuno a las siete, solo su taza estaba en la encimera. El pan en la panera, la mantequilla en la nevera. Que se sirviera él.
¿Y el desayuno? buscó por la cocina.
Tienes pan y queso ahí respondió Antonia sin mirar del móvil.
Él se quedó un momento. Se sirvió solo. Comió de pie, cortó el pan, sirvió el té. Se fue a trabajar, mudo.
Ella vio cerrarse la puerta con una sensación parecida al alivio.
Ese mismo miércoles fue a la peluquería. La peluquera, una chica joven con muchos pendientes y media cabeza rapada, revisó su pelo.
¿Hace cuánto que no te tiñes?
Tres años, hija. No se ha dado el momento.
Pues tienes buen pelo. Vamos a matizarte, unas mechas suaves, algo natural. Y nuevo corte.
Pasó allí sentada dos horas largas. Se contemplaba en el espejo, la cabeza cambiando poco a poco. Salió otra mujer. No joven, pero viva. Reconocible, como una versión antigua de sí misma que apenas recordaba.
Gastó ciento veinte euros. Luego compró en la perfumería una crema para piel madura veinticinco euros, y pensó que era mucho, pero pensó en la esposa de Ernesto y la compró igual.
Por la noche Toño lo notó. Le miró el pelo. No dijo nada. Ella tampoco esperaba nada.
La siguiente semana se acabaron sus pastillas para la tensión. Habitualmente, ella vigilaba, miraba la caja, reponía antes de acabarse. Ahora, vio la caja vacía y la dejó en su mesilla. Que la viera.
Él llegó, se descalzó, cruzó sin mirar la mesilla. Ella no avisó.
Al día siguiente buscó la pastilla y halló la caja vacía.
¡Antonia! gritó. ¡Las pastillas se han terminado!
Lo sé respondió desde la cocina.
¿Pero por qué no las compraste?
Eres adulto, Toño. Puedes ir tú mismo.
Un silencio tenso.
Yo trabajo.
Yo también tengo mis cosas.
Ahora sí, tenía cosas: martes y jueves salía a andar con palos, había conocido a dos mujeres, Nieves y Rosalía. Nieves era subdirectora en un colegio y reía tan alto que espantaba a las palomas; Rosalía, callada, ya jubilada, cuidaba sus nietos. Charlaban, andaban y respiraban aliviadas.
Las pastillas Toño las compró él. Llegó del ambulatorio con cara de haber hecho una hazaña. Dejó la caja en la mesilla. Nada dijo. Ella tampoco.
Unos días después Antonia llamó a su amiga de toda la vida, Carmen.
¿Tienes plan el sábado?
¿Qué pasa?
Que salgamos. Al cine o a tomar un café.
Antonia, ¿estás bien? Carmen se alarmó: hacía años que no salían a ningún lado.
Mejor que nunca.
El sábado quedaron en Callao. Carmen vio el pelo de Antonia y soltó un grito:
¡Antonia, qué cambio! ¡Te ha sentado de lujo!
Fui a la peluquería.
¡Ya era hora! Pensaba que nunca
Pues ahora sí dijo Antonia, y entraron en una cafetería.
Pidieron café con leche y tarta, junto al ventanal. Nevaba por primera vez, copos gordos que se derretían al tocar la acera.
A ver, cuenta pidió Carmen.
Y Antonia contó. Lo del ascenso, el congreso, su nuevo aire. El cocido salado, la comparación con la mujer de Ernesto. Lo de mírate y me da vergüenza. Lo decía todo en voz firme, sin lágrimas, como si contase una historia ajena.
Carmen escuchaba atenta, removiendo el café.
¿Y entonces qué vas a hacer?
Nada especial dijo Antonia, sólo he dejado de hacer lo que no valora. ¿Para qué?
¿Para qué? repitió Carmen. Lo entiendo. Haces bien.
No sé si está bien, pero así sí puedo.
Carmen asintió.
¿Y él lo nota?
Que ya no le compro las pastillas, sí. Que no plancho camisas, también. Ayer cogió una arrugada sin decir nada.
¿Sin escándalo?
No. Ahora no sabe qué decir. Antes yo callaba, y ahora mi silencio es distinto.
Carmen la miró.
¿Has pensado en separarte?
Sí, pero ahora no. Primero quiero saber quién soy yo sin todo eso. Hace años que no me acuerdo.
Estuvieron un rato más, pidieron más café. Salieron de noche, abrazadas bajo la nevada.
Llámame, eh. ¿Volvemos a quedar el sábado?
Sí, sí contestó Antonia.
Volvió en metro pensando que la última vez que charló así con Carmen fue hace seis años, si no más. Siempre había algo más urgente: los asuntos de Toño, su salud, su comida.
Al llegar, él veía la televisión. En la cocina le esperaba una taza y el plato de la tortilla que se había hecho. Antes se lo hubiera limpiado enseguida. Ahora no.
¿Dónde estabas? preguntó sin apartar la vista.
Con Carmen.
Hasta ahora.
Sí.
Fue a desmaquillarse. Se aplicó la crema, se miró al espejo. Nada raro: cincuenta y seis años, rostro mayor pero vivo. Arrugas en los ojos, un pliegue en la boca. El pelo le favorecía. No era joven, pero era una mujer viva.
Llegó diciembre trayendo el frío. Antonia se compró botas de cuero de verdad no las de plástico que llevaba tres inviernos, ciento cincuenta euros. No se arrepintió.
La casa parecía distinta. Cocinaba lo que le apetecía: cocido con grasa, pollo asado, a veces pasta comprada y ya. Sus platos dietéticos al vapor quedaron para él, si quería que se los hiciera. Ya lo había avisado el médico, que se apañara.
Las camisas se lavaban como el resto de la ropa. Sin extras, sin planchados especiales. Ya no.
Él lo notaba y callaba. Largaba alguna pulla:
¿Otra vez macarrones?
Sí contestaba ella.
¿Ya no cocinas como antes?
Ayer hice sopa. Y asado el domingo.
Él se marchaba malhumorado. Pero ya no podía decir: ¿Por qué no giras la vida alrededor mío? Ni él mismo podía decirlo.
Antonia seguía yendo al parque, ahora con Nieves era amiga. Ella le recomendó una ginecóloga. Por fin pidió consulta, siempre lo había pospuesto. También se apuntó a un taller gratuito de acuarela en la biblioteca los miércoles. No es que hubiera soñado con pintar, simplemente, ¿por qué no?. Dos horas dedicadas sólo a eso.
A mediados de diciembre, Antonio empezó a llegar tarde. Antes, ella hubiera estado preocupada, cena fría esperándole. Ahora comía cuando le apetecía y se dormía cuando quería. Él volvía a las nueve, las diez, incluso una vez a las once y media. Ella no preguntaba, él no explicaba.
Supo que tenía a otra porque, una noche, olía a perfume ajeno: un aroma dulce, penetrante, femenino. Lo percibió en el recibidor y lo entendió. No fue dolor lo que sintió, sino un extraño alivio: la responsabilidad ya no era suya. Si se iba, sería decisión de él.
No le dijo nada. Durmió bien.
Pasaron tres semanas así. Él trabajaba, salía tarde, a veces se escondía en el baño para hablar por teléfono. Un día la oyó decir: …si, Elena, quedamos el sábado. Elena. Vaya.
Durante esas semanas, Antonia pensó. Treinta y dos años juntos, habían criado un hijo, Miguel, que vivía en Zaragoza con su mujer e hijos. De joven, Toño era gracioso, iba de pesca con Miguel. No sabía en qué momento se volvió tan hosco. Eso se filtra despacio, como agua en sótano: primero ni te enteras, y luego ya no puedes vaciarlo.
Y se dio cuenta de que se había olvidado de sí misma. De sus gustos, música, libros, adónde iría si pudiera. Todo anulado en años de cocidos y medicamentos.
Las acuarelas le dieron algo nuevo. La profesora, Mercedes Córdoba, le decía: Tiene usted muy buen ojo con los tonos. Un tonto cumplido, pero importante. Antonio no la había halagado nunca así.
A enero, Elena desapareció del mapa. Lo supo por cómo Antonio volvió a su rutina: llegaba a las siete, se sentaba ante las noticias, ya no se encerraba a hablar. Parecía más abatido, estornudaba mucho.
Ella hacía caldo, él lo comía. Un día se sentó con ella a tomar té y comentó:
Hace rasca hoy.
Sí dijo ella. Han dicho menos doce esta noche.
Ajá.
Y se fue. Y ya.
Lo de Elena se lo contó un conocido, Rubén Valero, preguntándole por la casa: Me han dicho que tu Toño andó con una tía, que lo dejó tirado rápido. Ya, algo me han dicho, contestó Antonia. Él se rió y siguieron hablando de otra cosa.
Adivinó el resto: seguramente la chica se pensaba que tendría un jefe con posibles, vida de restaurantes y no un hombre de cincuenta y ocho con la tensión alta y manías con el té y las camisas. Niñerías, dolores y rutina, imposible aguantar mucho.
No le compadecía. Era como el cese de un dolor de muelas crónico: no sientes felicidad, sólo el descanso.
En febrero, la salud de él empeoró. Sin la disciplina de ella con las pastillas, se olvidaba, dejaba las cajas desgastadas. Una vez se tomó dos juntas porque se le pasó una. Ella callaba. El médico ya se lo había explicado.
La tensión le subía. Estaba más pálido, se quejaba de ruidos, dormía mal. Una mañana reconoció:
Me voy mareando últimamente.
Ve al médico dijo ella.
Apúntame tú, anda.
Llama tú a la consulta, el número está en la tarjeta sanitaria.
Él la miró.
No me aclaro con esto.
Toño, eres jefe de sección. Te las apañas.
Al final él mismo lo hizo. Fue. Volvió con una receta nueva. Más medicación.
Toma dejó la receta sobre la mesa.
Bien.
¿La compras tú?
Mañana salgo, si quieres te la traigo. Dame el dinero.
Él se quedó parado. Antes ella compraba todo y llevaba cuentas. Ahora no.
Le dio dinero. Ella trajo el medicamento, lo puso junto a los otros. Sin nota, sin horarios escritos, como hacía antes.
En marzo, con la primavera, salía a pasear sin palos, caminando para sí. Se compró una chaqueta de entretiempo, entallada, beige claro, la primera prenda bonita que se había regalado por capricho.
Ese mes fueron Miguel e Irene unos días. Miguel era alto, corpulento, similar a su padre en joven, pero más tierno. Trajeron miel y bombones.
La primera noche, Antonia cocinó: patatas al horno, ensaladilla y una gelatina como hacía su madre. Antonio callado, Miguel hablaba de trabajo y de los niños. Irene preguntó por las acuarelas y el grupo del parque.
¿Estás pintando, mamá?
Estoy aprendiendo, hija.
¡Pero qué bonito! Enséñanos.
Ella enseñó los papeles: manzanas, un jarrón, un paisaje desde la ventana de la biblioteca. Miguel los miró con orgullo e Irene decía: Qué maravilla.
Mamá, has rejuvenecido.
Sólo fui a la peluquería.
Vio que su hijo miraba inquieto al padre. Este comía sin decir palabra. Había clima raro entre ellos, pero Miguel no lo preguntó en presencia de Irene.
Al día siguiente, mientras Irene salía de compras, Miguel se quedó en casa. En la cocina, con Antonia liando empanadillas, la abordó:
Mamá, ¿vosotros estáis bien?
¿Por?
Papá está… raro. ¿Le pasa algo?
Tensión mal, fue al médico. Se encarga él.
Miguel calló. Amasó un trozo de masa entre los dedos.
¿No os habéis peleado?
No replicó Antonia. Y era verdad. No había pelea; vivían en paralelo.
Mamá, dime si
Miguel, de verdad. Todo va bien. Déjalo estar.
Él la creyó. Porque de verdad, a su manera, le iba bien.
Los hijos se marcharon el domingo, la casa quedó en calma. Antonia limpió, guardó la mesa. Toño veía la televisión.
A la noche él entró en la cocina.
Miguel está muy bien dijo.
Sí, mucho.
Y sus hijos… dejó la frase.
Ajá.
Bebió agua y se fue. Ella se quedó contemplando desde la ventana la noche de Madrid, con los faroles y el último aguanieve de la temporada.
En abril amaneció con una crisis de hipertensión. No llegó a ambulancia, pero tenía mala cara, se sentó en el pasillo.
Antonia, me encuentro fatal admitió.
Salió, lo vio sudando, rojo, apoyado en la pared.
Vamos a la cama.
Le ayudó, sacó el tensiómetro: ciento ochenta y cinco sobre ciento diez. Malo.
Toma la de las emergencias, está en la mesilla. No te muevas. En media hora repito.
¿Y tú?
Estaré en la cocina.
Fue a la cocina, puso el hervidor, escuchando cómo él buscaba la pastilla. Mejoró en una hora: ciento sesenta.
Quédate en casa.
Pero tengo trabajo…
Llama y di que estás malo. No vas a ir.
Se quedó solo. Le llevó té y pan porque sí. Hay diferencia entre no quiero cuidar de ti y voy a dejarte sufrir.
Él tumbado, mirando el techo.
Antonia dijo tras largo rato.
¿Qué?
He… estado haciendo el tonto estos meses.
Ella lo miró, sentándose a su lado.
Sí, Toño respondió tranquila. El tonto.
Es que… el ascenso, me subí. Pensé que la vida tenía que ser otra. Que había hecho algo…
Y lo has hecho. Eres jefe.
Sí… Y tú, aquí se le trabó la voz. Bah, no era eso lo que quería decir.
Sé lo que querías decir respondió muy bajo.
Se levantó, recogió la taza. Se fue a la cocina. Nada de reconciliación, ni abrazos, ni palabras solemnes. Él había dicho el tonto, ella lo aceptó. Simple y llano.
Pasó abril, vino mayo. Siguió yendo al parque y a pintar. Nieves le dijo de ir al teatro. Fueron a uno de la Gran Vía, Buenas butacas, patio de butacas. Antonia no iba desde hacía diez años. Bebía zumo de naranja comprado en el bar del teatro y miraba la escena, agradecida. Cincuenta y seis, y empezaba a entender que no era el final, sino otra cosa.
Toño y ella seguían conviviendo, cada uno a lo suyo. Él no criticaba, a veces charlaba de la compra, del día. Por la noche cada uno en su mundo: él la tele, ella un libro que le recomendó Nieves. Era tranquilidad. Ya no sentía obligación.
Una vez él pidió que le pidiera un medicamento por internet:
No sé hacerlo, tú sí.
Es fácil: buscas el nombre, lo metes a la cesta y eliges farmacia cercana.
Pero tú eres más apañada.
Yo puedo, pero tú también.
Al final él aprendió. Ella le ayudó sólo la primera vez.
Comprendió la importancia de no hacer por otro lo que él mismo puede. Antes ella creía que atender era hacerle todo. Ahora veía que era errado.
En junio el verano entró en Madrid. Se compró un vestido veraniego y pensó: No estoy tan mal. No parezco una vieja de pueblo. Sólo una mujer que se da un gusto.
Las relaciones en la madurez cada pareja las hace suyas, comprendió. Algunas viven en guerra, otras en dulzura, otras en frialdad. Ellos iban por otro lado: ni guerra, ni paz, ni indiferencia, una extraña convivencia donde cada uno era ya sí mismo, bajo el mismo techo.
El futuro no lo sabía. A veces pensaba en la pregunta de Carmen sobre el divorcio. No lo descartaba, no tenía prisa. Antes tenía que encontrarse.
El verano avanzó. Fue a ver a Miguel a Zaragoza sola, por primera vez en mucho tiempo. Antonio se quedó diciendo que tenía trabajo. Ella llevó una almohada bordada para la nieta, bordada aprendiendo por Youtube, y se fue.
Esas dos semanas con Miguel, Irene y los niños fueron de las mejores. Paseó, cocinó papillas, bañó a la pequeña, les leyó cuentos. Era otro tipo de cuidado, generoso, no impuesto.
Miguel la interrogaba por las noches. Ella contestaba con sinceridad: viven juntos, es difícil, pero está bien. Él no daba consejos. Buen hijo, sin duda.
Volvió a casa bronceada y descansada. Antonio la saludó en el recibidor, le llevó la maleta. Fue algo, no mucho, pero algo.
Agosto fue caluroso. Puso un ventilador, compró sandía, comió la mitad ella, la otra mitad para él. Él, por primera vez en mucho, le dio las gracias.
En septiembre, con las primeras lluvias, sucedió lo inevitable.
Una tarde Toño volvió a casa. Tenía la cara gris, andaba despacio. Antonia, en la cocina leyendo.
Antonia dijo desde la puerta. Me encuentro mal.
¿Qué te pasa?
La tensión, creo. La cabeza, y aquí se tocó el pecho, me ahoga.
Ella le estudió la cara. El susto en los ojos.
¿Desde cuándo te duele?
Desde la comida. Creía que se pasaba.
¿La pastilla?
Me la tomé a las tres. No me sirvió.
Siéntate.
Él se sentó. Ella comprobó la tensión: ciento noventa sobre ciento quince.
Toño, es grave. Hay que avisar a urgencias.
¿Para qué? A lo mejor con otra pastilla
No. Presión a ciento noventa y dolor en el pecho. No se soluciona con más pastillas. Hay que llamar.
Pues haz tú la llamada…
Y ahí ella paró. Sostuvo el tensiómetro mirando de frente.
Veía al hombre: cara gris, ojos de miedo, mano pegada al pecho. Tenía compasión, verdadera compasión de él, un hombre mayor y asustado.
Pero también recordaba: que ese año él miraba a través de ella; dijo palabras que no se borran, la relegó a la sombra mucho antes de que ella dejara de amarle.
Y supo qué haría y qué no haría.
Toño dijo muy tranquila. Tienes tu móvil. El número de emergencias lo conoces.
La miró sin entender.
¿Cómo?
Llama tú. Marca el 112. Di dirección, síntomas. Ellos vendrán.
Antonia en su voz había algo infantil, perdido. ¿No vas a ayudarme?
Ya lo he hecho: medir la tensión, decir que hay que llamar. Lo demás, es responsabilidad tuya.
Pero
Toño. Dejó el tensiómetro en la mesa. Llama tú. Eres adulto. Eres jefe. Tú puedes.
Se fue. Cruzó el pasillo hasta su cuarto. Cerró la puerta sin golpes, sin cerrojos. Sólo la aproximó.
Desde la cocina, al cabo, oyó el murmullo trémulo y débil:
Sí, salud, necesito una ambulancia sí la dirección
Se sirvió su té. De manzanilla, porque lo prefería así. Pasó a la cocina con la taza, cruzó junto a él que hablaba por el móvil y la miraba. Se asomó a la ventana.
La plaza abajo vacía. El farol amarillo sobre el adoquinado húmedo. Las hojas negras de los plataneros encharcadas por la lluvia. El banco vacío.
Cuando colgó, sólo hubo silencio.
Vienen dijo él.
Bien respondió ella.
¿Vendrás conmigo al hospital?
Se volvió desde la ventana. Cara gris, mano en el pecho, ojos de miedo. Le dio lástima, de verdad. Era un hombre mayor, sin salud. No había júbilo, solo mucha compasión.
No, Toño dijo muy quedo. Los médicos te atenderán.
Antonia…
Ellos hacen su trabajo. Yo ya he hecho lo mío.
Cogió la taza, volvió a la habitación, cerró la puerta. Se sentó otra vez junto a la ventana. Desde ahí veía sólo el árbol y las luces apagadas del bloque de enfrente. En la cocina, movimiento. Luego calma. Luego el ascensor.
La ambulancia llegó en veinte minutos. Oía puertas, voces profesionales, rápidas. “Tensión”, “electrocardiograma”, “probable ingreso”. Él contestando, la voz apocada, de chaval pillado.
Luego: “¿Su mujer está en casa?”
Y él: “Sí, pero no viene”.
Silencio. Después la voz del médico, serena: “Bien, póngase el abrigo, nos vamos”.
Puerta. Ascensor. Silencio.







