—¿Por qué tu madre puede quedarse con nosotros una semana, y la mía no?—dijo mi marido.

Mi suegra es de esas mujeres que lo tienen todo bajo control, especialmente cuando se trata de su hijo. Todos los días, durante las vacaciones, mi marido pasa por casa de su madre para comer. No falta ni uno. Y, como de costumbre, recibe mensajes de ella a diario. Si surge algún problema, corre a buscar su consejo. Si necesita dinero, allí está su madre.

Hoy, al volver del trabajo, me encuentro a mi suegra en el salón, con una maleta repleta de cosas y libros.

Buenas tardes, Carmen le digo . ¿Qué haces con esa maleta?

He decidido quedarme en tu casa una semana, para ayudarte con la casa, el niño, tu marido Al fin y al cabo, tienes que alimentar bien a mi hijo. Y no siempre tienes tiempo para todo. Trabajas aquí, ¿verdad? me responde sin rodeos.

Desde luego, Carmen es una mujer mandona y peculiar. No me molesté en discutir ni en explicarle nada. Fui directamente a hablar con mi marido. Su reacción me dejó de piedra.

Oye, Nacho, ¿tu madre ha decidido instalarse aquí una semana sin consultarnos? ¿Y dice que no me apaño con la casa?

A mí no me molesta. Si quiere quedarse, que se quede. ¿Por qué tu madre puede venir y la mía no? ¿Mi madre es peor? Cuando la tuya estuvo aquí una semana, ¿yo dije algo? me responde mi marido.

Espera un momento Mi madre vive en Barcelona, viene una vez, como mucho dos, al año. No la voy a mandar a un hotel. Tu madre vive a tres calles y se pasa a vernos casi cada día le contesto.

No quiero que mi suegra se quede en casa cuando yo no estoy. Me la imagino fisgoneando en lo ajeno, revisando nuestros cajones cuando no estamos.

Nacho está más que acostumbrado al control exagerado de su madre. Aunque ya empieza a peinar canas, su madre sigue yendo de un lado a otro, trayéndole caldo y limpiándole hasta el bigote. Con Carmen, las discusiones sobre este tema son intermitentes. Me molesta que Nacho no corte del todo el cordón con su madre. Carmen, por su parte, se siente ofendida porque piensa que no cuido bien de su hijo. Por eso, no deja de darme consejos continuos sobre cómo debería vivir, actuar o cuidar a Nacho.

Cuando nos casamos, Carmen venía todos los días, lavaba los calcetines de su hijo y esperaba que volviera del trabajo para darle la cena. Yo acabé agotado. Tras una buena conversación con Nacho, él habló con su madre y consiguió que limitara las visitas a dos o tres veces por semana. Pero, cuando nació nuestro hijo, volvió a las andadas y empezó otra vez con las visitas constantes.

Ahora estoy decidido a mudarme y alquilarme un piso si Carmen vuelve a mandar aquí. Se lo he comentado a Nacho. Me iré si su madre se queda.

Mi madre solo quiere ayudar dice él, con ese aire dolido.

¿Y yo necesito su ayuda? ¿No puedo cuidar de mi familia?

En ese momento entendí por fin que, para convivir sanamente, es esencial poner límites incluso a quienes más quieren ayudar. En nuestra familia, el cariño debería ir acompañado de respeto y espacio.

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