Nunca he sido una persona a la que le dé igual lo que pasa a los demás. Hace algunos años me mudé de un pequeño pueblo a Madrid, y todavía me cuesta entender cómo la gente puede pasar de largo ante alguien que necesita ayuda, o echar a una mujer y a su hijo de un piso porque no pueden pagar el alquiler ese mes. Claro, siempre hay excepciones. Te cuento, esto pasó allá por el 2007. Volvía de trabajar y paré en un supermercado para comprar algo. En la entrada vi a una mujer con un niño. Llamaban la atención nada más verles. Ella tenía la cara cansada y estaba bastante irritable.
¿Qué quieres?, le soltó bastante enfadada al crío.
Tengo hambre, mamá, le contestó el niño, bajito.
A su alrededor veía a padres con hijos saliendo cargados de bolsas de comida. Solo con mirar al niño, cualquiera notaba que tenía muchísima hambre. De repente, a la madre se le fue la cabeza, empujó al chaval y le gritó que le había destrozado la vida. Justo después, la mujer salió corriendo sin mirar atrás, dejándole allí solo. Me quedé flipando, de verdad. Cuando el chiquillo se dio cuenta de que su madre se había ido, se sentó en el suelo y se puso a llorar bajito, como solamente lloran los que han sido abandonados.
Me dio una lástima tremenda, pero por dentro pensaba que igual la madre volvía enseguida. Pasó media hora y nada, ni rastro de ella. Ya no pude aguantar más así que me acerqué al niño para intentar consolarle. Al principio sí que era raro, porque no conocía al chaval y cualquiera podría pensar mal, pero en realidad a nadie del mundo le importaba. Al principio el niño estaba asustado y no quería hablar conmigo. Cuando conseguí que el guardia de seguridad se acercara, el chico empezó a soltarse. Me enteré de que se llamaba Álvaro y que tenía cinco añitos. Mientras intentábamos averiguar qué hacer, fui al súper y le compré algo de comer. Al principio no quería, pero según cogió el primer bocado, devoró todo.
Más tarde supe que ese día no había comido absolutamente nada. Su madre había desaparecido sin dejar rastro. Yo no tuve más remedio que ponerlo en manos de los servicios sociales para que intentaran dar con algún familiar. Pero notaba que esa historia entre Álvaro y yo no iba a acabarse ahí. Por suerte, tenía amigas trabajando en servicios sociales y pude seguir de cerca lo que pasaba. Resultó que esa mujer criaba sola al niño. El padre les había abandonado. Antes de nacer Álvaro, ella tenía trabajo, pero después repetía que el embarazo había arruinado su vida. Le echaba la culpa al pobre chico cada vez que podía. Finalmente la encontraron, pero la madre decidió quitarse a Álvaro de encima. No pasa nada, que le lleven a un orfanato, dijo ella.
El chaval lloró y le suplicó a su madre que se lo llevara a casa, pero ella firmó los papeles de renuncia. Aquello fue un golpe durísimo para Álvaro.
Dos años después, conseguí adoptarlo. Antes de poder llevarlo a casa, tuve que enfrentarme a muchísima burocracia y, por eso, durante un tiempo, Álvaro vivió en un centro de acogida. Yo iba a visitarle siempre que podía y le llevaba algún detalle para que no se sintiera tan solo. Algunos amigos me preguntaban por qué quería hacerme cargo de un niño que no era mío.
El tiempo fue pasando. Sin darme cuenta, mi hijo fue creciendo. Y, mira, jamás me arrepentiré de haberlo adoptado. Ha sido, sin duda, una de las mejores decisiones de mi vida.







