El secreto del jefe

El secreto del jefe

Nuestro querido jefe seguro que tiene a alguien susurró Inés a su compañera de mesa. Y apuesto a que se ha peleado con esa persona. Si no, ¿por qué nos lanza tareas imposibles y nos habla con ese tono tan borde?

La compañera, Carmen, ni se molestó en contestar. Hizo un gesto de desaprobación y se giró, dejando claro que no quería meterse en chismes. Pero Inés no se dio por vencida.

Pero, en serio, ¿no sientes curiosidad? insistió, alzando la voz como quien ya no puede reprimirse. Igual está pasando por un mal momento en casa y por eso se pone así ¿Te imaginas que le ocurre algo chungo y ni lo sabemos?

En ese momento, sus murmuraciones no pasaron inadvertidas. Don Víctor García, que dirigía la reunión con su habitual tono seco, interrumpió de repente y la miró de forma tan directa que Inés sintió cómo se le helaba la sangre.

¿Te aburro, Inés? pronunció, remarcando cada sílaba. ¿O es que mi discurso no te parece lo bastante interesante? Si quieres, puedes salir ante todos y contarnos lo tuyo.

A Inés se le encogió el estómago y parpadeó, intentando recomponerse. Pensó atropelladamente: ¿Cómo es posible que se entere siempre de todo?

Perdón, Don Víctor, solo estaba compartiendo unas ideas balbuceó, esforzándose por sonar segura. Cosas de trabajo, nada grave.

Don Víctor arqueó una ceja, con esa ironía suya tan propia. Estaba claro que no se lo creía, pero decidió dejarla quedar en evidencia.

Compártelas con todos, si tan importantes son sugirió, con sorna. Te escuchamos.

Inés sintió un escalofrío. Forzó una sonrisa y buscó un escape.

Mejor lo dejo para otro momento. Mis ideas necesitan una vuelta más, y no quiero hacer perder el tiempo al equipo.

Don Víctor esbozó una sonrisa imperceptible.

Pues a finales de semana espero esas ideas tan meditadas remató, enfatizando el encargo. Que aporten algo positivo a la empresa. Sigamos.

Inés guardó silencio el resto de la reunión, con las mejillas encendidas por la vergüenza. Miraba furtiva al jefe y sentía rabia. No solo le habían pillado, sino que encima se llevaba aún más trabajo.

Carmen, sentada cerca, tuvo que morderse los labios para no reír. Le hacía gracia la situación, la manera en que Inés lanzaba miradas resentidas al jefe. Volvió a sus notas, pero de vez en cuando se asomaba a observar a su compañera, que intentaba recomponerse tras el traspiés.

Al acabar la reunión, Inés se levantó de golpe nada más anunciarse el final, y salió casi corriendo del salón. Carmen la siguió, con la sonrisa todavía en la cara. Al llegar a su oficina compartida, Inés se dejó caer en la silla y cerró el portátil de un golpe.

Ni una mano me tiraste musitó, cruzándose de brazos. ¿Qué gracia te hace? ¡Ahora tengo que inventarme algo para el viernes! ¡Y solo son tres días!

Te lo advertí: no te distraigas en las reuniones se rió Carmen, preparándose un té, y sacó una tableta de chocolate del cajón. Anda, toma y relájate antes de empezar.

Inés miró el chocolate y el té, suavizando el gesto por un segundo antes de volver a fingir enfado.

El trabajo puede esperar. Tengo un tema más interesante: ¡nuestro jefe!

Carmen negó con la cabeza. Ya estaba acostumbrada a ese vicio de Inés de cotillear sobre los jefes y solía mantenerse al margen.

Ya lleva dos meses aquí, no es tan nuevo puntualizó, mientras seguía tecleando.

¡Pero ha revolucionado todo! ¡Despidió a unos cuantos!

Solo a vagos detalló Carmen. Y a nosotros nos ha subido el sueldo.

Girándose, continuó:

Y las reuniones son más cortas. Antes interminables. Ahora, concretas, al grano.

Inés meditó un instante y halló una nueva queja:

Ahora cada semana tenemos informes nuevos y entregas imposibles

Carmen sonrió:

Por eso avanzan los proyectos antes de plazo. Lo sabes.

Inés suspiró y rompió una onza de chocolate. Parecía que los argumentos de Carmen calaban, pero aún se resistía a rendirse.

Igual tienes razón rezongó. Aunque siempre pensé que estaba soltero, sin pareja pero ahora lo tengo claro: ¡algo o alguien hay! ¿Pregunto en Recursos Humanos?

Carmen soltó un suspiro resignado y dejó el bolígrafo.

¿Para qué? le preguntó tranquila. ¿En qué cambia eso tu trabajo?

Pero Inés estaba lanzada. Ya se veía yendo al departamento de RR. HH. para indagar.

Siempre está de mal humor, buscando pegas ¿No será que descarga en nosotros lo que no puede resolver en casa? ¡Quiero saber la verdad!

Carmen negó con la cabeza. Le parecía absurdo meterse donde no la llamaban, pero Inés no desistía.

Anda, ponte a trabajar, Inés le advirtió. Como sigas así, acabas en la calle.

Inés se encogió de hombros, ya obsesionada con su búsqueda.

Tengo que enterarme sentenció. Hablaré con las chicas. Algo sabremos.

Carmen la miró con incredulidad. Sabía que aquello podía acabar mal: si el jefe se enterara, Inés lo pasaría fatal. Pero no tenía caso intentar frenarla.

Y así fue. Inés empezó su investigación con entusiasmo, preguntando a todos bajo cualquier pretexto. A unos si habían visto a Don Víctor salir acompañado, a otros si sabían de su vida fuera de la oficina. Habló con casi todos los empleados, pero encontró solo evasivas, bromas o silencios.

En RR. HH. fue recibida con frialdad. Primero le miraron extrañadas, escucharon su pregunta, y al final una le soltó con sequedad:

Inés, sería mejor que te centraras en tus tareas en vez de cotillear.

Cuando insistió, ya sin rodeos le pidieron que dejara el tema si no quería que se lo dijeran directamente a su superior.

De vuelta en el despacho, Inés se sentó frente al ordenador, visiblemente contrariada. Carmen la observó de reojo, esperando que aprendiera la lección. Pero la inquietud de Inés no cedía: seguía lanzando indirectas y preguntas a todo el que podía. Algunos se reían y otros, ya sin paciencia, la provocaban: ¿Es que te has enamorado del jefe, Inés? Ni ella misma sabía responder. Notaba una inquietud, una curiosidad insaciable.

Un día, Inés decidió interrogar a Aurora de contabilidad, famosa por saberlo todo de todos.

Aurora, tú que nunca te pierdes un detalle ¿Tienes idea de si Don Víctor tiene pareja? ¿Novia, esposa?

Aurora levantó la vista con una media sonrisa y cierto aire precavido.

Preferiría no meterme y, además, ¿para qué quieres saberlo? contestó serenamente.

Inés improvisó una respuesta.

Simple curiosidad. Si está libre no está nada mal el jefe.

Aurora negó suavemente.

Aunque lo estuviera, no me parece correcto averiguar sobre su vida privada. Venga, deja el tema y ponte con tu informe, que vas tarde.

Mientras pasaban los días, Inés se sumía cada vez más en sus cavilaciones. Analizaba cualquier mirada o palabra del jefe y, tras mucho pensar, llegó a una conclusión que la ponía nerviosa y la ilusionaba a la vez.

Cierto día entró en el despacho como un vendaval.

¡Me gusta! soltó de golpe sin cerrar del todo la puerta.

Carmen, que daba un sorbo a su café, a punto estuvo de atragantarse de la sorpresa.

¿Quién? preguntó, fingiendo calma.

¡Nuestro jefe! Inés puso los ojos en blanco. ¡Por eso tanto interés! Si está soltero, voy a por él.

Carmen se quedó muda, midiéndose las palabras. Sabía más de lo que podía admitir.

¿Y si está casado? preguntó, comprobando su reacción.

Pues lo intento igual respondió Inés, encogiéndose de hombros. Seguro que ni es feliz. ¡Y tú me vas a ayudar!

¿Ayudarte a quitarle la esposa? Carmen apenas pudo evitar la risa por la ocurrencia.

Solo averigua, anda, en el cóctel del viernes, pregúntale por qué vino solo al evento

¿Y si no viene solo? intentó oponerse Carmen. ¿O si termina fijándose en mí?

Bah, eres pelirroja y a él no le van. Es lo único que he conseguido saber ¿tratas?

Carmen calló. Dudó en decirle la verdad que Don Víctor era su marido, pero acumuló valor y prefirió guardar el secreto un poco más.

*******

Toda la semana, Inés estuvo inquieta, ensayando frases que decirle a Don Víctor, imaginando escenas de conquista, idealizándolo. Por las noches practicaba sonrisas y miradas frente al espejo, soñando con una vida a su lado: directivos de éxito, una casa elegante, cenas románticas, viajes Carmen lo veía como un juego peligroso: Inés había idealizado una imagen y no reparaba en la realidad. Ella misma conocía a Víctor en sus múltiples facetas: tierno, exhausto, sensato, atento en los detalles cotidianos pero Inés solo lo veía como un premio.

El jueves, Inés trajo un vestido nuevo en una bolsa, lo escondió bajo el escritorio y, a la hora de la comida, fue a probárselo. Después salió al pasillo, dispuesta a mostrárselo a Carmen.

¿Qué tal? preguntó, girando sobre sí misma.

Carmen no pudo negar que el vestido favorecía a Inés. Elegante, sugerente en su justa medida, resaltaba su silueta.

Te queda bien, la verdad dijo. Pero, ¿no te parece demasiado para un cóctel de empresa?

¡Es perfecto! repuso Inés. Hoy nadie podrá resistirse.

Volvió a mirarse al espejo, claramente satisfecha. Carmen observó con inquietud: presentía que todo acabaría en una decepción, pero había asumido que no la haría entrar en razón ahora que estaba ilusionada.

*******

Llegó el viernes y el ambiente de la oficina cambió por completo. Guirnaldas de luces, globos y mesas llenas de canapés, frutas y bebidas ocupaban el salón. El ambiente olía a fiesta. Inés llegó de las primeras y, desde la puerta, no paraba de echar un vistazo a todos lados, impaciente.

Carmen, más discreta, optó por su habitual vestido negro, sencillo y eficaz. Sabía que Víctor estaría allí, pero no quería ni destacar ni llamar la atención.

Don Víctor apareció pocos minutos antes del inicio, vestido impecablemente, saludando a todos, repartiendo agradecimientos. Subió a la pequeña tarima improvisada y dio un breve discurso reconociendo los progresos del equipo y anunciando nuevos retos.

Inés no le quitaba ojo. Se convencía de que en su discurso había señales para ella, gestos y miradas exclusivas. Ajustó su vestido y repasó mentalmente su frase de apertura.

Concluida la parte formal, la gente se dispersó. Unos se lanzaron a por los pinchos, otros a la charla. Los más atrevidos, a elegir música para bailar.

Inés se acercó decidida a Carmen, que contemplaba la escena con un refresco en la mano.

Es tu turno susurró ansiosa. Ve y pregúntale, como quien no quiere la cosa, por qué está solo hoy.

Carmen dudó. Se sentía profundamente incómoda y le costó buscar palabras. Meditó un instante.

No puedo hacerlo dijo al fin.

¿Por qué no? Eres mi amiga, es solo una pregunta inofensiva insistió Inés.

Carmen respiró hondo, sabiendo que no tenía sentido seguir ocultando la verdad.

Porque Víctor es mi marido.

Inés palideció, luego se puso roja de inmediato. Abrió la boca, sin poder emitir palabra.

¿Cómo? ¿Desde cuándo?

Carmen tiritó un poco antes de contestar:

Medio año. Decidimos no contarlo. Las habladurías los favoritismos no queríamos líos. No era fácil.

Inés dio un paso atrás, digiriendo la noticia. Ahora recordaba todos los detallitos, las miradas, los tonos. Todo encajaba.

¿Y nunca pensaste en decírmelo? ¿Tu propia amiga? musitó, dolida. Siempre te cuento todo

Era mejor así, Inés. No por ti, por ambos. En el trabajo, solo trabajo. Nada de privilegios ni secretos.

En ese momento, Don Víctor se aproximó, intuyendo algo tenso.

¿Todo bien? preguntó con voz tranquila, tomando levemente el brazo de Carmen.

Ella asintió, pero Inés, todavía alterada, explotó:

¡No, no está bien! ¡Nos habéis engañado a todos!

Don Víctor sonrió y, sin rodeos, alzó la voz para dirigirse a todos:

Sé que mucha gente tenía curiosidad por mi vida privada No lo contamos para no mezclar lo personal con el trabajo. No queremos que se piense mal ni dar pie a rumores o privilegios. Pero ya que el tema anda en boca de todos

Tomó la mano de Carmen.

Ella es mi esposa. Nos casamos hace seis meses.

Un murmullo recorrió la sala. Alguien aplaudió, otros cuchichearon y varios no ocultaron la sorpresa.

¡Enhorabuena! gritó Aurora, la de contabilidad, con una sonrisa de oreja a oreja.

Esto sí que no me lo esperaba susurraron entre los informáticos, unos con asombro y otros riendo.

Cuando el ruido amainó, Don Víctor concluyó:

Nada cambia en la oficina: aquí seguimos siendo compañeros y profesionales. A disfrutar de la fiesta.

La música volvió a sonar, las bromas y los bailes siguieron, pero había miradas furtivas fijas en Carmen y Víctor. Inés, entre aliviada y avergonzada, suspiró:

Tendré que buscarme otro curro

¡Qué dices! saltó Carmen, sorprendida. ¿Por qué?

Por lo del interrogatorio, el cotilleo, el teatro Me muero de vergüenza.

No te preocupes. Nadie se lo toma a mal. Pasará en unos días: todos a lo suyo.

Era por eso que siempre lo defendías agregó Inés, mirando a Don Víctor. Ahora todo tiene sentido. Pensé que eras su fan incondicional, pero sabías la verdad

Carmen sonrió tristemente.

Solo sabía cómo era en realidad.

Se quedaron un rato en silencio, viendo a los demás reír, bailar y celebrar. Inés se giró, bajando la voz:

¿De verdad es feliz contigo?

Carmen se detuvo a reflexionar y asintió convencida:

Mucho. No me cabe duda.

Entonces, me alegro reconoció Inés, tendiéndole la mano. ¿Amigas?

Por supuesto respondió Carmen, correspondiendo el apretón.

La fiesta siguió. Inés y Carmen respiraron, por fin, libres de secretos y listas para empezar una nueva etapa en su amistad, ahora sin tabúes ni mentiras.

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