El precio de una segunda oportunidad

El precio de una segunda oportunidad

Samuel se plantó delante de Lucía, inclinándose un poco hacia delante, y la instócasi en susurros, con voz aterciopelada, como temiendo que un respingo de ella rompiese el hechizo a que le contara todo, absolutamente todo.

¡Vamos, explícamelo! Te doy mi palabra de que no me voy a enfadar dijo, aunque su mirada feroz contradecía la dulzura de su tono. Lucía sintió un estremecimiento: en esa mirada volvió a ver la sombra que tantas veces le había erizado la piel de puro mal rollo esa desconfianza suya, tan de manual. Y además, que por aquel entonces ya estábamos divorciados añadió de corrido, como quien intenta restar importancia.

Lucía respiró hondo, se mordió el labio con rabia. Vaya lata, por favor. Día sí, día también, la misma pregunta, las mismas dudas Intentaba mantener la calma, pero las emociones siempre encontraban un resquicio por el que colarse.

Na-da. De verdad, ¡nada! Ya está bien de preguntarme siempre lo mismo le salió la voz más alta de lo que habría querido. Por su cabeza pasó, amarga, la pregunta: ¿en qué momento se le ocurrió darle otra oportunidad? Sus amigas la habían advertido: tipos como Samuel nunca cambian de verdad. Pero qué ganas tenía ella entonces de creer que su amor podía más que todo eso, que ni escuchó los avisos.

De golpe, Samuel perdió toda esa dulzura ensayadacasi podía uno oír cómo se le escurría la lámina de miel de la voz, dejando al descubierto la grieta arrogante.

Se lo preguntaré a Sofía soltó, tajante. A ver si a mi hija me va a mentir

A Lucía le faltó poco para estallar. Sangre a la cara, y voz temblona de pura rabia:

¡Tira, anda! Pero no olvides que tiene cinco años, y el año pasado se quedó con medio España de canguros dijo, enderezándose y apretando los puños. Solo le faltaba que metiera a la niña en medio de su guerra. Alguien tenía que trabajar para que no le faltase de nada, ¿¡sabes!? ¿Qué te traes ahora? ¿A quién he visto, con quién he quedado? ¡Eso no te incumbe! De verdad, Samuel, ¡me tienes hasta el moño! Ya me marché una vez, ¿crees que no voy a poder hacerlo otra vez?

Samuel se quedó helado, como si no esperara que Lucía sacase las uñas. Justo cuando se le comenzaba a asomar una cara de borrego desconcertado, le soltó, no sin cierto retintín:

¿Y tienes dinero para el billete, eh?

Pero al ver cómo Lucía se quedaba tan blanca que ni la nata, se apresuró:

Perdona, no quería decir eso se excusó a medias. Es que lo tuyo me sorprende. ¡Te prometo que no tengo celos! Piénsalo, de verdad.

Ni medio segundo se tomó Lucía para pensárselo; a la primera que encontró una almohada mugrienta del sofá se la lanzó a Samuel, que justo marchaba. El cojín no hirió más que el ego del hombre (y eso, apenas lo rozó). Samuel iba a responder con alguna de sus pullas, cuando apareció Sofía en el umbral.

La pequeña, con vestido rosa con volantes y cara de anuncio, corrió a pegarse a la pierna de su padrecomo si en ese momento le trajese lo mejor del mundo. Sus ojos chisporroteaban. Su sonrisa, de ancho imposible.

¡Papá, papá! ¡Has vuelto!, te he echado mucho de menos.

Samuel miró a Lucía de reojo, medio ufano, medio conquistador en pleno show de mira quién quiere más a quién. Por un instante arqueó la ceja con suficiencia antes de volver a centrarse en Sofía; de repente, la dureza de sus gestos se fundió en ternura, y su voz sonó tan dulce que parecía otro, no el de la bronca de hace un minuto.

Vamos, tesoro, a jugar un rato dijo levantando a la niña en volandas, arrancando de la joven carcajadas puras y luminosas. Dejemos a mamá que descanse, que está muy cansada.

Lucía permaneció inmóvil junto al fregadero, apretando tanto el paño de cocina que si lo hubiera estrujado más habría acabado en hilachas. Genial. Ya me está poniendo a la niña en contra, pensó con el corazón hecho una pasa. Tuvo que tragar saliva para que no asomase otra lágrima. Se acabó. Aquí termina tu paciencia.

Lo tenía claro. En una semana recogería su diploma de los cursos de diseño por fin terminados, ya sólo quedaba pasar a recoger el título y el mismo día compraría un billete de avión (o de tren, lo que saliese más barato). A cualquier sitio, pero lejos de allí. Samuel se creía que por no tener una cuenta bancaria repleta de euros iba a quedarse plantada como un ficus: error. Hoy, gracias a Internet y las subidas de salario mínimamente dignas, cualquier persona con dos dedos de frente encontraba trabajo desde su ordenador.

Soltó el paño, se acercó a la ventana y contempló el tráfico del centro de Valencia (un ambientazo de coches, luces y prisas que, para su sorpresa, le pareció por un instante acogedor).

Algo bueno tiene mudarse a una ciudad como esta murmuró para sí, mirando la vida al ritmo de los semáforos. Aquí los títulos valen, aquí es fácil encontrar curro. En cualquier sitio.

Sintió que, tras mucho tiempo, por fin se le descongestionaba el pecho. Plan hecho, decisión tomada. Faltaba el papel, un par de maletas y a empezar de cero.

************************

¿Por qué le dio otra oportunidad, si ni ella misma lo tiene claro? Quizás porque Samuel era capaz de poner expresión de cordero degollado con una sinceridad de telenovela. Juraba, una y otra vez, que jamás volvería a los celos, que sería el mejor marido y padre de España. Le brillaban los ojos, se le quebraba la voz, y así, claro, ¿quién le resistía? Lucía necesitaba creerlo: soñaba con una familia feliz paseos a tres bandas por el Jardín del Túria, navidades de ensueño, planes a largo plazo

Ilusiones, claro, que le duraron el primer mes. Samuel se afanó de cocinero, cambió pañales, le recibía siempre con sonrisa (incluso preparaba la cena mientras ella daba una vuelta). Pero poco después se repitió la historia: reproches sistemáticos, desconfianza de manual, el interrogatorio diario: «¿Dónde estabas?», «¿Por qué tardaste tanto?», «¿Con quién hablabas por teléfono?»

¿Y por qué se separaron la primera vez? Nada de infidelidades ni por un lado ni por otro. Pero lo que sí hubo, y mucho, fue celos. Samuel, lo reconozcamos, era el campeón de los celos: cada vez que veía a Lucía saludar a un vecino, a un portero, hasta a un poste de la luz, se volvía loco. Imposible que ella buscara trabajo en cualquier oficina había por lo menos dos varones, y eso bastaba. Ni podía ir sola a ver a sus padres en Alicante el vecino del quinto, que si le sonreía demasiado, que si le sujetaba la puerta…

¡Que sí, hombre, que dos veces te ha sujetado la puerta, ya está! pensaba Lucía a veces con cierta sorna.

De las quedadas con amigas, ni hablamos. Primero Samuel disimulaba el mal humor, después se fue tornando incómodo, finalmente empezó a explotar.

Esas amiguitas tuyas, lo que quieren es ir de picoteo, nada más escupía mientras ella intentaba pedir permiso para un café inocente. Están todo el día flirteando, que se les nota.

Son solteras, tienen derecho, ¡y punto! protestaba Lucía, cada vez más encendida. Le dolía por sus amigas, que solo buscaban salir un rato, pasarlo bien, airearse. Ellas también quieren montar su vida.

Pues que lo hagan solas. Lo que no pueden es darte ejemplo, ¡que eres una mujer casada! resumía él, brazos en jarra, seguro de su lógica.

Con el tiempo, las amigas dejaron de llamar. Luego dejaron hasta de escribir. Nadie entendía aquello: «¿Cómo que no puedes vernos ni un ratito? ¿Pero ese hombre es tu marido o tu carcelero?» Y así, poco a poco, Lucía se fue quedando sola. Padres lejos, amigas desaparecidas, colegas ninguno y una niña pegada a la falda todo el día, que necesita atención a cada momento: que si papilla, que si cuento, que si brazo, que si cuna

Una noche, cenando, Samuel se despachó con:

Ya va siendo hora de buscarle un hermano o hermana a Sofía, ¿no?

A Lucía casi se le atragantó la cuchara. Llevaba media hora peleando para que la niña soplara al menos dos cucharadas de puré, y ahora, cuando apenas le quedaban energías, Samuel iba y le venía con la ampliación familiar, tan tranquilo.

Será porque tienes un montón de tiempo libre, con lo de los cursos y tal siguió él, cruzando brazos como quien se prepara para regañina. Leí tu conversación con tu hermana: que si formación, que si nuevos estudios. Olvídate de trabajar, ¿para qué?

Lucía sintió náuseas. Aprieta el mantel bajo la mesa mientras busca aire. Quería formarse, crecer, tener una chispa de esperanza

Solo quiero avanzar, aprender, ¿es tan horrible? preguntó bajito, mirando a Samuel de frente, apretando las lágrimas.

Te sobra tiempo. Ya verás si viene un niño, cómo se te pasan las tonterías sentenció él, pronto a decidir por los dos.

Lucía casi sintió pánico. ¿Segundo hijo, si el primero la tenía al borde del desmayo diario? El día a día era un bucle de tupper, cuentos, rabietas, sueños cortados Y Samuel no bromeaba. Y lo peor: no era el primero ni el último control.

A escondidas, Lucía empezó a pensar en anticonceptivos invisibles y planes secretos de huida. Había llegado su límite.

Lo que realmente la empujó luego al punto final fue el veto al cumpleaños de su hermano. Samuel lo tenía claro: ni hablar, allí iban a estar demasiados hombres, ambiente nada seguro. Lucía protestó, justificó que era familia, todo inútil.

Así que, aprovechando un día de trabajo de Samuel, Lucía empacó lo esencial y se largó con la niña. Mandó un WhatsApp a su hermano, que fue raudo a rescatarla con una furgoneta de alquiler pequeña.

Partieron sin apenas ruido: en la cocina dejó una nota sobria (Perdóname, Samuel, pero no puedo más. Sofía merece un hogar tranquilo). Ese mismo día, Lucía entregó la solicitud de divorcio.

Y llegó el teatro judicial. Samuel pidiéndole una tregua, acusándola de destrozar la familia, haciéndose el padre abnegado. El juez una magistrada mayor, de ésas que han visto de todo ni se inmutó ante las maneras del hombre.

No encuentro motivos para mantener esto dijo, firme. Siento mucho lo que ha pasado, Lucía. Aguantar este desgaste cinco años tiene mérito.

Lucía solo asintió, respirando por primera vez en mucho tiempo.

Después del divorcio, Lucía se refugió en casa de sus padres en Murcia, encontró trabajo y empezó a recobrar la alegría. La mudanza no fue sencilla entre maletas y niña, pero nada más cruzar la puerta del hogar familiar, notó cómo se le quitaba una carga de encima.

Por fin pudo apuntarse a sus anhelados cursos de diseño gráfico antes, Samuel decía que era perder el tiempo. Ahora por fin podía bucear entre tipografías, colores, ilustraciones, y poco a poco empezó a hacer sus primeros pinitos. Los estudios la entusiasmaban: sentía el futuro brillar otra vez.

Empezó a tener nuevas amigas: dos mujeres de clase, una compañera más del trabajo, la madre de un niño del parque Hasta volvió a salir a tomar café, y por primera vez en años, sintió libertad de verdad: nada de porteros celosos, ni de recelos imaginarios, ni de horarios controlados.

Por las noches, Lucía solía sentarse en la terracita de la casa de sus padres, con la taza de infusión y las estrellas por testigo, mientras Sofía jugaba en el jardín con los primos: carreras, cabañas, palomas en la acera. Al ver a su hija tan feliz y despreocupada, a Lucía se le ablandaba el alma.

Así tendría que ser siempre, pensaba, sorbo de té, sonrisa en la boca. Vida sin miedo, sin tener que cuidar cada palabra, disfrutando de lo pequeño y viendo crecer a su niña.

Estaba casi convencida de haber salido por fin curso terminado, encargos de diseño en camino, quizás independencia cerca cuando, un año después, reapareció Samuel.

Lucía estaba en un mercado de barrio en Madrid, escogiendo manzanas para una tarta. Seleccionaba con mimorojizas, apretadas, ni una magulladuramientras la vida del mercado bullía a su alrededor con su típico jaleo de voces, ofertas y aromas.

Sintió una mirada clavada en la espalda. No era paranoia: se giró, y allí estaba Samuel, entre las cebollas y los puestos de patatas, más delgado, ojeroso, distinto, pero con el mismo gesto de siempre, ese mirar que busca revisar hasta el aliento.

Lucía suspiró él, acercándose despacio. Su voz era tan bajita y temblorosa como nunca.

Ella retrocedió un paso, agarrando la cesta como si le protegiese de todo.

¿A qué has venido? la voz se le quebró pese a que trató de sonar firme.

He cambiado se acercó, midiendo la distancia, como si temiera espantar a una paloma. He comprendido lo que perdí. Os echo muchísimo de menos.

Lucía notó un nudo en la garganta. Mil recuerdos la golpearon: una tarde de lluvia bailando en el Retiro, carcajadas, los primeros pasos de Sofía, cuentos al calor de la estufa Todo bonito, todo lejano.

Dame una oportunidad suplicó Samuel, los ojos llenos de esperanza temblorosa. Sólo una. Te prometo que he cambiado, que seré otro. De verdad.

De algún modo, logró convencerla de sus buenas intenciones. Y Sofía, que añoraba a su padre, se lo puso difícil: no pasaba día sin preguntar por él, dibujarle en garabatos junto a mamá, pegarse a la ventana… Así que, con mil reservas, Lucía accedió al trato: nada de casarse ni vivir juntos, al menos por un buen tiempo, y libertad total para relaciones sociales y laborales.

Ningún anillo ni papeles. No hasta que esté segura. Y nada de prohibiciones: quiero ver a mi familia, estar con mis amigas, trabajar. Si no, nada.

Perfecto, lo acepto asintió Samuel, tan raudo que Lucía torció un poco la boca.

Y, ni corto ni perezoso, se la llevó a Barcelona. Lucía por un momento se ilusionó: ciudad nueva, todo por estrenar, posibilidad de empezar de cero… Pero al poco notó la trampa: allí estaba sola, sin amigas, sin conocidos, comunicación con la familia reducida y, siempre que llamaba, Samuel al acecho, pidiendo detalles de cada palabra.

¿Hablamos con tu madre por la noche, cuando en Murcia sea mediodía? sugería él, solícito.

Siempre justo a su lado, siempre entrando en la sala cuando cogía el móvil. Siempre preguntando qué había dicho cada uno.

Lo peor: Samuel se había clavado la idea de que Lucía se había liado con alguien durante la separación. La interrogaba cada dos por tres:

Admite que estuviste con alguien, no me voy a enfadar.

Por mucho que Lucía le repitiera que no, que su vida había sido cuidar de Sofía y ganarse la vida, él insistía:

Se te nota diferente. Seguro que hubo algo.

Revisaba a escondidas el móvil, se mosqueaba si la veía escribiendo, la interrogaba si saludaba al del ascensor. Hasta el colmo.

Una noche, ya acostada la niña, Samuel le arrebató el móvil mientras ella contestaba a Alicia, su mejor amiga.

Otra vez hablando con alguien. ¿Quién es? ¿Tu amante?

¡Devuélvemelo! saltó Lucía, furiosa, mientras el color le subía y hasta le temblaban las manos de pura indignación. Es Alicia, ¡mi amiga! Te lo he contado mil veces: quedamos mañana para ir al parque con los críos.

¿Una amiga, sí? ¿Y a qué tanto emoticono? bufó él, resoplando.

¿Pero tú te oyes? estas palabras salieron antes del filtro, luego se tapó la boca, temiendo despertar a la niña. Bajó la voz: No puedes seguir así. Yo confié en ti, creí que podías cambiar… ¡pero sigues igual! Sospechando, controlando… No ha cambiado nada.

Samuel vaciló, el móvil temblándole en la mano, una chispa de arrepentimiento en la mirada apenas un segundo, que pronto dio paso a la frialdad de siempre.

Si no tienes nada que ocultar, enséñame los mensajes. Enséñamelo todo.

Se acabó replicó Lucía, recogiendo el móvil. Yo puse límites claros y ya está bien. Nada de inspecciones, ni dimes ni diretes. Prometiste que sería diferente y ¡mírate!

¿Y adónde irás? Samuel avanzó encarándola. No tienes dinero, ni trabajo ni siquiera podrás alquilar un piso.

Te equivocas dijo erguida. Tengo mi título de diseño, un portafolio, y amigas que me dan los primeros encargos. No tendré mucho, pero miedo ya no tengo. Puedo comenzar tantas veces como haga falta. Esta vez salgo adelante.

Entonces, desde la habitación, la vocecita de Sofía interrumpió la escena:

Mamá, ¿por qué gritas?

Al momento olvidó la pelea, corrió a abrazar a su hija, sentándose junto a la cama.

Todo bien, mi vida susurró, abrazando a Sofía y acariciándole el pelo. Vamos a empezar una nueva aventura. Iremos a un sitio bonito, con mucho sol, donde puedas jugar y reír cuanto quieras. ¿Te gustaría?

Sofía asintió feliz, y se acogió a su madre, sonriendo medio dormida.

En el dormitorio, Samuel seguía en el umbral, descolocado, por primera vez derrotado.

¿De verdad te vas? murmuró, sin rastro de chulería.

Sí aseguró Lucía, serena. Esta vez es para siempre. Sofía y yo necesitamos tranquilidad. Y contigo, eso es imposible. Lo siento.

************************

Samuel lo intentó todo: rabia, súplica, amenaza, peloteo, todo. Pero Lucía fue de una pieza. ¡No y mil veces no! Cuando llamaba o escribía, obtenía siempre la misma respuesta cortante: No hay nada entre nosotros. Esto es definitivo.

Sofía, al principio, lo pasó regular: preguntaba por papá, a veces lloraba, pero Lucía se desvivía por armarles una nueva vida. Se buscaron un piso en Sevilla al lado de un parque, amplio y luminoso. Estrenar habitación, pintar paredes, escoger cojines nuevos todo eso dio color y alegría.

Lucía apuntó a Sofía a clases de pintura en la sala del barrio. A la niña le encantó en nada se hizo amiga de dos compañeras, y pronto volvió a sonreír, a disfrutar de lo nuevo.

Samuel siguió llamando a diario al principio. Charlas de rigor, preguntas por los dibujos, por el día de Sofía, intentos de aparentar normalidad. Pero las llamadas se fueron espaciando, y luego sólo mandaba mensajes cortos del tipo Que pases un buen día, princesa y una transferencia a regañadientes que apenas cubría la tempera y los pinceles.

Entendió al fin que manipular a Lucía a través de Sofía ya no colaba. Los chantajes emocionales pasaron a la historia: Lucía se mantuvo firme, y Sofía se habituó poco a poco a su universo sin broncas.

Por primera vez en mucho tiempo, Lucía respiraba en serio. Por las tardes salían a buscar hojas en la Alameda, a dar de comer a los patos, a volar la cometa (roja y azul, elegida al gusto de Sofía). La pequeña corría, reía, presumía de hojas, de amigos, de arcoíris y Lucía pensaba: hacía años que no la veía tan feliz.

Fue entonces cuando supo, sin sombra de duda, que su decisión era la correcta. Nadie dijo que fuera sencillo: buscar piso, trabajo, vida nueva pero esa paz, esa alegría diaria, no tienen precio. Ahora era SU vida, la de ellas dos, sin miedo ni recelos, abierta a las oportunidades.

Y en su mundo recién estrenado, ya no había espacio para el miedo, las sospechas ni las preguntas cargadas. Solo futuro. Y mucho, mucho margen para la felicidad.

Rate article
Add a comment

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

6 + 9 =

El precio de una segunda oportunidad
No podré ser tu madre ni podré amarte, pero cuidaré de ti y no debes sentirte herido. Porque, aunque no sea fácil, aquí estarás mejor que en un centro de acogida Hoy ha sido un día difícil. Iván ha enterrado a su hermana. Aunque no fuera ejemplar, era familia. Llevaban casi cinco años sin verse y ha tenido que suceder esta tragedia. Vika, en la medida de lo posible, estuvo apoyando a su marido y trató de encargarse de la mayoría de las gestiones. Pero después del funeral aún quedaba algo igual de importante. Irina, la hermana de Iván, dejó un hijo pequeño. Y todos los familiares que acudieron a despedirse de Irina dieron por sentado que la responsabilidad recaería sobre el hermano menor. ¿Quién, si no el tío, debería hacerse cargo del niño? Así que nadie discutió esta decisión; se asumió como la única opción. Vika lo entendía y tampoco estaba especialmente en contra, aunque había una cuestión delicada: nunca quiso niños, ni propios ni ajenos. Había tomado esa decisión mucho tiempo atrás. Se lo confesó sinceramente a Iván antes de casarse, y él no le dio mucha importancia. Tampoco era algo en lo que pensasen a los veintipocos. “No, pues viviremos para nosotros”, acordaron hace diez años. Y ahora tenía que acoger a un niño totalmente ajeno. No había alternativa. Iván jamás permitiría que su sobrino fuese a un centro, y Vika tampoco se atrevió a plantearlo. Sabía que jamás llegaría a querer a ese niño ni podría ser para él una madre. El pequeño, llamado Vlad, era de una madurez sorprendente; Vika decidió hablarle con total honestidad. — Vlad, ¿dónde prefieres vivir, con nosotros o en un centro de acogida? — Quiero vivir en casa, solo. — Pero no te dejarán quedarte solo, apenas tienes siete años. Así que tienes que elegir. — Entonces, con el tío Iván. — Está bien, vendrás con nosotros, pero debes saber una cosa. No podré ser tu madre ni podré amarte, pero cuidaré de ti y no debes sentirte herido. Aquí estarás mejor que en un centro de acogida. Resueltos algunos trámites, por fin pudieron regresar a casa. Vika, convencida de que tras aquella conversación no tendría que fingir ser una tía cariñosa, pensó que podría ser ella misma. Dar de comer, lavar la ropa, ayudar con los deberes, eso no le costaba; pero entregar su afecto, eso ya no. El pequeño Vlad no olvidaba ni un minuto que no era querido, y que debía comportarse bien para no acabar en el centro de acogida. Una vez en casa, se decidió darle a Vlad la habitación más pequeña. Había que transformarla para el niño. La elección de papeles pintados, muebles, decoración… era todo lo que Vika adoraba. Se entregó de lleno al proceso de crear la habitación infantil. A Vlad le dejaron elegir el papel de las paredes, todo lo demás lo decidió Vika. No escatimó en gastos; no era avara, simplemente no era amante de los niños, así que la habitación quedó preciosa. Vlad era feliz. Lástima que su madre no pudiera ver la habitación que tenía ahora. Ojalá Vika pudiera quererle. Era buena, bondadosa, simplemente no le gustaban los niños. Muchas noches, antes de dormir, Vlad pensaba en ello. Sabía alegrarse por todo, por cualquier pequeño detalle. El circo, el zoológico, el parque de atracciones… El niño expresaba su entusiasmo con tanta sinceridad que Vika empezó a disfrutar esas salidas. Le encantaba sorprender a Vlad y observar su reacción. En agosto, iban a irse al mar, sólo su marido y ella, y una tía cercana se iba a ocupar de Vlad unos diez días. Sin embargo, casi en el último momento, Vika cambió de opinión. Le apetecía muchísimo que el niño viera el mar. Iván se sorprendió por el cambio, aunque en el fondo le alegró. Se había encariñado mucho con Vlad. Y Vlad estaba casi feliz, aunque deseaba sentirse querido. Pero al menos vería el mar. El viaje fue un éxito: el mar cálido, fruta fresca, el ambiente alegre. Pero todo lo bueno se acaba y las vacaciones terminaron. Comenzaron los días normales: trabajo, casa, colegio. Pero algo había cambiado, se sentía una nueva emoción, una expectativa casi mágica. Y ocurrió el milagro. Vika llegó del mar con una nueva vida en camino. ¿Cómo podía suceder, después de tantos años evitando sorpresas así? No sabía qué hacer. ¿Decírselo a su marido o decidirlo sola? Tras la llegada de Vlad, ya no estaba segura de que él siguiera optando por no tener hijos. Le encantaba cuidar de Vlad, jugar juntos, compartir partidos de fútbol. Había hecho ya un gran esfuerzo, pero no estaba lista para otro igual. Así que decidió sola. Vika estaba en la clínica cuando sonó el teléfono del colegio: Vlad fue trasladado en ambulancia, sospecha de apendicitis. Todo quedaba en pausa. Entró corriendo en urgencias. Vlad estaba pálido, tiritando. Al verla, se echó a llorar. — Vika, por favor, no te vayas, tengo miedo. Quédate conmigo hoy, sé mi mamá. Por favor, sólo por un día, solo eso. Prometo que nunca más te pediré nada. El niño se aferró a su mano. Las lágrimas le brotaban a raudales. Era una auténtica crisis. Vika nunca le había visto llorar, salvo el día del funeral. Ahora el torrente era imparable. Vika acercó su mano a la mejilla. — Aguanta, pequeño. Pronto vendrá el médico y todo estará bien. Estoy aquí, a tu lado, y no me iré. Dios mío, cuánto le quería en aquel momento. Ese niño de ojos brillantes era lo más importante que tenía. Chaildfree… qué tontería. Esa noche le contaría a Iván lo del bebé. La decisión vino en el mismo momento en que Vlad apretó aún más su mano. Han pasado diez años. Hoy Vika cumple casi una cifra redonda, 45. Habrá invitados, felicitaciones. Mientras tanto, toma café y la invaden recuerdos. Qué rápido pasó todo. La juventud quedó atrás. Siempre soñó casarse, ser feliz, ser madre de dos hijos maravillosos. Vlad tiene casi dieciocho, y Sofía, diez. Y no se arrepiente de nada. Bueno, sí: de aquellas palabras sobre la falta de amor. Daría lo que fuera porque Vlad las olvidase y nunca las recordara. Después de aquel día en el hospital, intentó decirle cuanto le quería, siempre que pudo, aunque nunca se atrevió a preguntarle si recordaba sus primeras confesiones.