¿Me preguntas cómo he llegado a este punto de mi vida y cómo es posible que haya aceptado semejante situación? Pues, te responderé lo que ya se sabe: todas las mujeres enamoradas son ciegas. Yo fui ciega. Toda la vida me he esforzado, me he aplicado. Mi madre, desde que era niña, me repetía que si quería una buena vida tenía que trabajar mucho. También me decía que una mujer debía ser fuerte e independiente, así, si ocurría algún desastre, podría mantenerse sola.
Resulta que este último consejo ha sido como una broma del destino. Cuando salía con chicos, yo iba por la vida tan independiente que apenas uno aceptaba quedarse a mi lado. En esos tiempos, la mayoría buscaba una mujer dulce por la que pudieran velar y a la que mostrarle su virilidad. Yo me arreglaba sola.
Después, me dediqué solo a trabajar. Fui la típica chica soltera hasta los 35, cuando conocí a Miguel. Él tenía mi misma edad. Lo que realmente me sorprendió fue que aceptó mi independencia tal cual. Jamás insistió en ayudarme si yo decía que podía hacerlo sola, ni me regaló flores ni me susurró cursilerías de esas que detesto. Con él era una compañera, nada de princesas ni cuentos. Debería haber sabido que esa igualdad tan moderna me saldría cara y ni siquiera era verdadera igualdad, ahora que lo pienso.
Nos casamos y se mudó a mi piso. Miguel no tenía su propio apartamento, vivía con su madre, y yo no quería ni de broma compartir casa con mi suegra; ya había escuchado suficientes historias para salir corriendo. El primer mes, Miguel no soltó ni un euro de su sueldo, diciendo que tenía que pagar un pequeño préstamo por una operación de su madre.
No le dije nada, fui comprensiva. Somos familia, pensé; que pague el préstamo y después podremos planificar juntos. Pero pasaron siete meses y seguía igual: que si le pagan poco, que si le han reducido las horas, que si una cosa, que si la otra. Yo, mientras tanto, pagaba la comida, el ocio y la luz. Luego comenzó a decirme que estaba ahorrando para comprar una casa en el campo, para irnos de vacaciones o algo así.
Pero en cinco años no he visto ni un extracto de cuenta. Familia, sí. Entonces discutí con él. ¿Cómo puede ser que lleve cinco años manteniendo yo sola el tinglado? Eso no es normal. Hizo las maletas y se fue con su madre. Así, sin más. Tres días después, como no podía soportarlo, lo traje de vuelta. Y, otra vez, lo mismo: no quiere aportar ni un euro a nada. Y yo estoy agotada. Me encantaría gastar mi dinero en caprichos de mujer, pero me quedo sin ahorros porque gasto todo en la familia. ¿Qué se supone que debo hacer? ¿Divorciarme? ¿Nunca va a cambiar?







