He tenido que poner una nevera aparte para que mi madre no me coja la compra.

He tenido que poner mi propio frigorífico aparte, dice Jimena, con voz quebrada. La situación es surrealista, pero no hay otro remedio. No me importa vender el piso y dividir el dinero, pero ella se niega.

Jimena acaba de cumplir 24 años. Terminó la universidad, consiguió un trabajo, pero sigue sin casarse. Su vida en la casa familiar está lejos de ser sencilla. Jimena posee la mitad del piso. Antes pertenecía a su padre, pero cuando él falleció, lo heredaron a partes iguales su madre y ella; tenía solo 14 años en aquel momento.

Hace diez años, la familia lo pasó especialmente mal tras quedarse sin el cabeza de familia. La madre de Jimena, Carmen, había dejado su empleo cuando su hija era pequeña. Decidió no coger la baja maternal, ya que su marido ganaba bien y el dinero nunca faltaba. Carmen se dedicó a la casa, pero tras la muerte del padre, lloraba: ¿Dónde voy a encontrar trabajo ahora, a los cuarenta años? ¿De limpiadora?

Jimena continúa narrando con una mezcla de rabia y resignación: Recibíamos la pensión de orfandad, pero a mi madre no le bastaba; tenía que ir a peluquerías y comprarse cosas nuevas, incluso cuando apenas llegábamos a fin de mes. Al principio, su hermano la ayudó, pero pronto se cansó.

El tío de Jimena le dijo a Carmen que debía buscar trabajo en algún sitio: Tienes dos hijos, no puedes mantenernos a todos. Al cabo de un año, Carmen apareció en casa con un hombre. Se llamaba Andrés. Carmen anunció que él viviría con ellas. Quería solucionar el problema económico a su manera: casándose. Andrés tenía buen sueldo, pero nunca logró entenderse con Jimena.

Las palabras de Andrés le retumban aún: Solo sabes comer. Deberías encargarte de la ropa o limpiar un poco. ¿Para qué hacer deberes? ¿Vas a ir a la universidad? ¿Qué estudios ni qué estudios? Ponte a trabajar. ¿O crees que voy a mantenerte siempre?

Jimena se callaba. Sí, cobraba una pensión, pero el dinero lo gestionaba su madre. Carmen jamás quiso proteger a su hija del padrastro; temía perder el sustento familiar. ¿Cómo vamos a sobrevivir sin él?, le decía a Jimena. No discutas demasiado y haz lo que dice. Él mantiene la casa.

Jimena logró entrar en la universidad y encontró un trabajo. Durante todo ese tiempo, la hacían sentir como una carga, una boca más. Andrés calculaba hasta el último euro que gastaba en ella.

Medio año después de empezar a trabajar, pude comprarme mi propio frigorífico, cuenta Jimena. Lo puse en mi habitación porque Andrés cerraba con llave el de la cocina.

¿Tienes trabajo? Pues cómprate tu propia comida, soltaba Andrés. Carmen, una vez más, en silencio. Se callaba incluso cuando Andrés llegaba con las facturas, exigiéndole a Jimena que le devolviera todo el dinero gastado en ella durante años. Pero terminó perdiendo su empleo. Andrés y Carmen no tardaron en vender el frigorífico de Jimena cuando la situación se puso fea. Era Jimena quien acababa pagando todo. Pero, después de casi un año de paro de Andrés, Jimena se hartó y le puso candado al frigorífico. Carmen protestó, defendiendo que Andrés les había dado de comer todos esos años.

Jimena respondió: Si quieres, ayúdame. No soy yo la que empezó a repartir todo aquí. Busca trabajo.

Hace poco, Andrés se marchó del piso. Carmen se cansó de un hombre que ya no aportaba nada. Pero su hija no quiere quitar el candado del frigorífico. Cree que Carmen también tiene que empezar a trabajar. ¿Tiene razón?

Rate article
Add a comment

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

1 × four =

He tenido que poner una nevera aparte para que mi madre no me coja la compra.
Entre dos fuegos