Enemigos jurados

En mi diario:

Hoy ha sido uno de esos días en los que todo parece girar en torno al mismo asunto, y a pesar de lo cotidiano, se convierte en algo especial. Apenas me tumbé en la cama para descansar un poco después de comer, cuando el ladrido furioso de mi perro me despertó de golpe. Normalmente, Ciro es tranquilo y reservado, pero hoy lleva todo el día revolucionado, ladrando como si el mismísimo demonio estuviera rondando por nuestra finca.

He salido varias veces, desde mi casa en las afueras de Segovia, para ver si detectaba algo extraño, pero nada. Pensé que quizá fuesen los perros de los vecinos, los de Paco o los de Carmen, que cruzaban el terreno, y Ciro, como buen guardián, montaba el escándalo. Él no soporta la presencia de extraños cerca de su territorio; siempre lo digo, es un auténtico castillo el que cuida.

No me extraña que cuando salgo afuera, ya no hay nadie. Sus ladridos son tan potentes, que cualquiera siente el corazón encoger. Seguro que los perros vecinos, que desconocen que el oso, como le llamo a Ciro cuando está especialmente huraño, está en el corral, han tomado las de Villadiego.

De día lo encierro por precaución, pero al anochecer lo suelto. Y que Dios reparta suerte, como decimos por aquí.

Un verano, tres chavales de la aldea intentaron meterse en la finca. Bueno, uno perdió los pantalones en la verja, otro dejó una zapatilla bajo la valla, y el tercero acabó subido a lo alto de un almendro y hubo que llamar a los bomberos para bajarlo. Ciro les dio tal susto que seguro no lo olvidan jamás.

Lo importante es que Ciro no ladra sin motivo. Y hoy está desatado.

¡Ciro, basta ya! le grité desde la ventana, levantándome a regañadientes.

Por unos segundos se calló, pero enseguida volvió al mismo escándalo. No me quedó más remedio que salir al patio y descubrir qué le tenía tan alterado.

Como sospechaba, allí solo estaba él. Mirándome, se calmó de inmediato.

¿Qué pasa, amigo? ¿Ahora te has dado por cantar como un ruiseñor? le pregunté acercándome al corral con una sonrisa.

Ciro movió el rabo con entusiasmo, pero con esa mirada de disculpa que solo él sabe poner. Sabe que me ha interrumpido la siesta, pero en el fondo, sé que tiene sus razones.

De nuevo, lanzó una mirada hacia la puerta de la finca y se puso a ladrar de nuevo.

Giré la cabeza y vi, muy rápido, algo pequeño y gris que se colaba por el camino. Corrí hacia la cancel y descubrí

un gato. Un gato común, gris y descarado, con una expresión de superioridad, de esas que solo tienen los felinos de la calle de Segovia.

¿Y tú qué, amigo? me reí. Te lo digo como persona a gato: mejor no rondes por aquí, porque mi Ciro no tolera felinos. Si te pilla

El gato me miró, frunciendo el morro y, quizá, hasta sonriendo de medio lado. Su mirada parecía decir ¿Pillarme? Si tu perro apenas me ve, ya estoy yo fuera del corral. Está gordo, deberías alimentar menos a ese oso.

Me dolió, lo confieso, que ese gato vagabundo humillara tan sutilmente a mi perro.

Vamos, largo de aquí le espeté, entrando de nuevo y cerrando la puerta.

¿Me hizo caso el gato? Pues no. De hecho, comenzó a pasearse por el patio todos los días. Se sentaba junto al corral, demostrando que él era el verdadero rey de la finca y que lo demás le daba igual. Ciro solo podía ladrarle, frustrado.

Al principio salía a echarlo, pero apenas me daba la vuelta, el gato reaparecía. No podía hacer nada ante su audacia.

Después de esa victoria, el gato se creció aún más. Un día logró robar un trozo de carne de la cuba de Ciro, que estaba dentro del corral. Ciro dormitaba en la esquina, agotado de tanto ladrar. El gato se aprovechó de ese momento y luego masticó su botín frente al perro, provocándole.

Yo fui testigo de la escena, y me hervía la sangre por dentro.

Así que eso es lo que hay murmuré indignado. Ya verás que te voy a subir el nivel. No volverás a faltar el respeto a mi perro.

Decidí entonces dejar la puerta del corral abierta, para que Ciro pudiera salir y poner orden cuando hiciera falta.

Pero ese día, el gato no apareció. ¿Intuyó algo? Quizás. Me decepcionó. Tampoco vino al día siguiente ni al tercero.

Ciro me miraba sorprendido, y yo me encogía de hombros.

Bueno, igual es mejor que el gato no vuelva comenté, sonriendo ligeramente. Aunque en el fondo, mentía.

Lo admito: extrañaba al gato. Tan absurdo como parece, le había cogido cariño a ese bandido de bigotes. Y Ciro había hecho del conflicto su entretenimiento diario.

Ahora todo era demasiado tranquilo.

Al cabo de unos días, Ciro empezó a mirarme, solicitando que buscara al gato. Sus ojos lo decían todo. Así que nos fuimos juntos a recorrer la calle del pueblo, buscando señales de nuestro viejo enemigo.

El olor a estiércol de la finca de los vecinos dificultaba la tarea, pero insistimos. Caminé la calle arriba y abajo, y cuando ya pensaba volver, algo sucedió.

Se escucharon gritos de gato y ladridos furiosos. Y apareció el gato gris, corriendo por el camino de tierra, cojeando. Tras él, venía un perro elegante, un dóberman, el de la familia de Madrid que viene cada verano.

El gato, acostumbrado a vacilar a los perros del pueblo, se llevó un buen bocado, y había manchas marrones en su pelaje.

Ciro, sin esperar mi orden, corrió al encuentro del gato herido. Yo temí lo peor: después del ataque del dóberman, aún faltaba el mío.

¡Ciro, quieto! pero ni me escuchó. Compartía mi preocupación, pero Ciro, en vez de atacar, se puso frente al gato, olfateó la herida y luego se giró hacia el dóberman.

Con un rugido de oso, Ciro persiguió al elegante forastero, que tuvo que huir con el rabo entre las piernas.

El gato aprovechó para desaparecer. Yo, atento a Ciro, no supe ni cómo escapó.

Por la tarde, cuando salí a darle la cena a Ciro, mi sorpresa fue enorme: el gato estaba allí, intacto, mirándome con gratitud. Apoyó su cabeza en la pata de Ciro y ronroneó. Ciro me miró como diciendo: Ahora que lo he salvado, me toca cuidarlo.

Y así fue. Ciro aceptó al gato, incluso compartió su comida. Y de enemigos, pasaron a ser amigos inseparables.

No terminó ahí la historia.

Llevé al gato al veterinario en la ciudad; tuvo que coserle la herida. Al volver, el gato se quedó en casa, recuperándose, bajo mi seguimiento y la vigilancia de Ciro, que no se movía de su lado.

Unos días después, apareció una mujer joven y bonita frente a la puerta de la finca. Ciro pensó en ladrar, pero solo emitió unos leves gruñidos.

B-b-buenas tardes logré decir, algo nervioso. Busca usted algo?

La mujer preguntó por un gato gris, muy atrevido, llamado Romina. Venía de Madrid para cuidar a su madre, convaleciente, y el gato no se habituaba a la nueva libertad. Llevaba días desaparecido.

Creo que sé dónde está tu Romina sonreí. No temas al perro, acompáñame.

Al principio dudó, pero mi sonrisa le convenció. Cuando vio a Romina junto a Ciro, con la pata vendada, se emocionó.

Romina, ¿cómo has terminado así? preguntó, y luego a mí, ¿Fue tu perro quien le hizo esto?

No, todo lo contrario. Lo salvamos de otro perro.

Le conté toda la historia, y nos echamos a reír. Así nos conocimos, y poco a poco surgió algo especial.

Medio año después, en la pequeña plaza del pueblo, celebrábamos nuestra boda. Toda la aldea, los vecinos, y hasta el dóberman, que se reconciliaron con Romina gracias a Ciro. Y Romina y Ciro, sentados juntos, formaban parte de la familia.

Así es la vida en Castilla: de enemigos a compañeros y hasta a familia. Cosas del destino, que a veces transforma el conflicto en vínculo indisoluble.

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