Tengo miedo de perderte

Miedo a perderte
Pues aquí es donde vivo sonrió Leandro, invitando a la chica a pasar al piso . Pasa, ahora vengo.
Alicia cruzó el umbral titubeando, clavó la mirada en cada rincón y ni se quitó las botas del susto. Algo le inquietaba
Cuando el joven reapareció en el recibidor, pudo ver el pánico congelado en los ojos de Alicia; temblorosa y sin decir palabra, salió disparada del piso.
¡Alicia, ¿pero a dónde vas?!
Leandro, totalmente perplejo, miró la puerta que la chica había dejado abierta y luego a Marta, que estaba junto a él No se esperaba para nada que una velada tan prometedora acabara de esa manera tan absurda.
¿Pero cómo que se fue corriendo, así sin más? preguntó incrédulo Víctor, cuando Leandro le contó todo a su colega del alma.
Tal cual. Ni adiós dijo. Tenía cara de haber visto el fantasma de Franco
Leandro cogió la caña de cerveza con aire contemplativo antes de dejarla de nuevo en la barra.
No lo entiendo ¿Qué le pudo asustar tanto? ¿Tú cómo lo ves?
Hombre, pueden ser muchas cosas. ¿Le has preguntado directamente?
¡Ya me hubiera gustado! Pero desde ayer ni contesta las llamadas. Ni WhatsApp, ni nada.
¿Y eso de ir a su casa?
Qué va. Solo la he acompañado hasta el portal, pero de ahí, la pista perdida.
Vaya tela, colega.
Eso digo yo Empezó todo tan bien y ha terminado como la tarta de arroz con leche: sin sentido.
Bah, no te pongas melodramático. Igual no está todo perdido. El lunes la ves en la oficina, hablas, y según vaya.
No sé yo Da la impresión de que se le han ido las ganas de verme. No encuentro otra explicación.
La primera vez que Leandro cruzó palabra con Alicia fue en un bus de la EMT más lleno que la Gran Vía en rebajas. Nadie se quería levantar por una chica joven, pero él sí.
Se quedó cerca de ella durante el trayecto, con una sonrisa tonta plantada en la cara. Le había gustado, qué se le va a hacer.
Le hubiera encantado hablarle, pero entre que llegaba tarde a la empresa y lo de ligar en público le daba alergia ¿Qué le iba a decir?
Hola, me llamo Leandro. Te dejo mi número, llámame que después del curro soy más simpático. Ridículo, poco castizo.
Aprovechó una parada para bajarse y no esperó ni a que Alicia descendiera también; tiró para la oficina pensando: menudo imbécil eres, tronco.
Y aún así, mientras caminaba, le parecía que la chica le seguía detrás. No se giró, porque estaba seguro de estar flipándolo.
Es el ansia, Leandro, que te traiciona pensó.
Eso sí, se tiró la siguiente hora enfrascado con el ordenador intentado sacarse a la desconocida de la cabeza Y nada, que no se iba. Buscaba un Excel y le asaltaban sus ojos, abría el correo y le sonreía desde la bandeja de entrada. Aquello era para psiquiátrico.
Así que cuando Iván Esteban, el director, entró con ella en la oficina y soltó: Os presento a la nueva compañera, Leandro pensó que se había pasado con los napolitanas del desayuno.
Pero no. Era real, y encima se iba a sentar a su lado.
Alicia dijo la chica con una sonrisa que derretiría un helado en Burgos . Encantada.
Leandro. Igualmente
Y no supo decir nada más. Lógico, la confusión y el azoramiento le tenían atado de pies y manos.
Pero por dentro le hervía la sangre; notaba cómo algo crecía y ocupaba sitio donde antes solo habitaban dudas y datos de contabilidad.
Cuando la veía, sentía ese impulso extraño Como de sacar la Giralda de Sevilla solo para regalársela. O nadar hasta Ibiza a nado, si hacía falta. Cualquier locura por tener su atención.
Aquella tarde fue a sacar a pasear a Marta, su perra pastora alemana, al Parque del Retiro con Víctor; y entre una caña y un ladrido, le soltó todo sobre la nueva.
Lo describió tan entusiasta, tan poético, que Víctor lo pilló al vuelo.
¡Estás colado hasta las trancas, tío!
¿Tú crees?
Estoy segurísimo. Como me pasó a mí con Encarni. La vi y ya quería morirme a su lado (en sentido figurado, ¿eh?).
Pues eso, que solo me pasa cuando la tengo delante.
¡Entonces mueve ficha! Llévala a un bar, al cine, a ver el atardecer en el Templo de Debod
¿Tú crees que diría que sí?
Si no lo intentas, ni lo sabrás. Y como te duermas, algún Antonio te la levanta.
Oye, ¿y si ya tiene novio? Quedo fatal yo ahí
Pues entonces a ser buenos compis en la oficina. Pero inténtalo, ¡y olé!
Así que Leandro se lanzó.
Al salir del trabajo, la pilló en la parada del bus, le sonrió, se puso rojo como un tomate y acabó preguntando:
No pienses mal, pero ¿te apetece que vayamos a tomar algo, o al cine, hoy?
Alicia aceptó.
Lo pasaron de maravilla: café, paseo nocturno por Malasaña, y él la acompaña hasta el portal. Mejor que en sus mejores sueños.
De vuelta a casa, Leandro tuvo que sacar a Marta a hacer pis, compensando la caminata perdida. Después, estuvo en la cama mirando al techo toda la noche, imaginando su vida futura con Alicia: compromiso, mudanza, niños, escapadas rurales a Toledo Lo tenía ya todo montado.
Pasaron tres meses y fueron los mejores de su vida. Cenas en restaurantes modernos, pelis empalagosas a tamaño gigante, hasta besos bajo la lluvia en la Plaza Mayor, sin importarles los turistas mirones.
Alicia era increíble. Simpática, dulce, con un humor que mezclaba memes de internet con refranes de su abuela. Y encima era discreta y formalita, lo cual le flipaba a Leandro. Pero claro, tenía un pero
El problemón era que, después de cada cita, tocaba paseo extra con Marta. Vivía solo y a la perra había que sacarla, sí o sí. Más de una vez propuso un paseo a tres, pero Alicia se ponía misteriosa: se quedaba callada, miraba las aceras y siempre sacaba alguna excusa.
Mejor juntos, ¿no? Que igual queremos tomar algo o meternos al cine, y la perra en el bar no va a estar cómoda soltaba ella.
Leandro no insistía. Tienes razón, decía.
Hasta que un día, se armó de valor y le pidió matrimonio, animándola a mudarse con él cuanto antes.
Ella aceptó el anillo, pero a la mudanza le daba largas. Verás, le prometí a mi casera que me quedaba hasta fin de año, explicaba.
Si te preocupa, te pago yo los dos meses de alquiler que te quedan, no problem. Vente a casa, así también conoces a Marta. Ya verás qué bien.
Alicia, cabizbaja, accedió. Le quería, así que había decidido intentar enfrentarse a su miedo
Pues aquí es donde vivo sonrió Leandro . Pasa, vuelvo en un momento.
Alicia cruzó el umbral de puntillas y sin ganas de quitarse las botas. Y justo cuando Leandro reapareció con Marta, la cara de Alicia se transformó, salió temblando y, sin mediar palabra, ¡portazo y carretera!
¡Alicia, espera!
Leandro, boquiabierto, miró la puerta abierta y luego a Marta, que le observaba sentada, sacando el hocico como diciendo: ¿Y ahora qué?
Le escribió, la llamó, la buscó en WhatsApp y ni caso. Así que necesitaba hablar con Víctor y tener terapia de amigo.
Al final, quedó con él, se desahogó, y acordaron que era mejor esperar al lunes. En la oficina la vería sí o sí.
Llegó el día, y Leandro estaba pegado al reloj y mirando a cada bus que pasaba, rastreando caras. Pero Alicia ni rastro.
Hasta que, a pie, la vio venir. Pelo suelto, lágrimas en las mejillas y mirada de drama español.
¡Alicia, espera!
Se paró en seco, lo vio y se encogió sobre sí misma.
¿Qué pasa? ¿Por qué te fuiste? ¿Por qué no coges el móvil? Estoy que me como la cabeza.
Perdóname, Leandro.
¿Qué pasa?
Quedan cinco minutos para entrar a trabajar. Hablamos esta tarde, ¿vale?
¿No quieres casarte conmigo? ¿No quieres vivir conmigo? Leandro la sujetó de la mano, empeñado en no soltarla. Llevo dos días sin dormir, así que, por favor, dime aquí y ahora por qué huiste.
Lo siento, Leandro, pero no vamos a poder vivir juntos dijo ella apenas audible, y se echó a llorar.
¿Por qué? ¿Qué pasa? ¿Te he hecho algo?
No.
Entonces, ¿qué?
Alicia se secó los ojos y le soltó:
Tengo miedo
¿De qué, mi vida? ¿Qué miedo?
De los perros.
¿Perdón? ¿Marta? ¡Pero si te conté mil veces que es buenísima, que ni ladra a las palomas!
Por dentro Leandro pensaba: Igual sí que era cosa del perro
No. No es solo Marta. Es todos los perros. De pequeña un bull terrier me atacó en el parque. El dueño estaba borracho y me lanzó al perro encima para sacar a los niños del banco. Desde entonces, pánico.
Nunca me lo habías contado
Ni quiero recordarlo. Me salvó una vecina por los pelos. Desde esa vez, un miedo que ni te imaginas.
Pero, Alicia
Leandro, vamos a llegar tarde. Nadie nos va a esperar para resolver traumas en la puerta.
Eso no importa Entiendo que tengas una fobia, pero, ahí fuera también hay miles de perros, ¡y sigues saliendo!
Paso miedo. Pero al aire libre puedo echarme a la acera, acercarme a gente Lo manejo. Pero vivir bajo el mismo techo con un perro tan grande Imposible. No es culpa tuya ni de tu perra. Es mía.
Pero, Alicia, de verdad
Intenté superarlo, de verdad que sí. Por eso fui a tu casa. Pero no pude Me venció el miedo. Perdóname.
Así están las cosas suspiró Leandro contándole luego todo a Víctor en el bar. De verdad, ni idea de qué hacer. La quiero, me quiere, pero no podemos compartir techo. ¿Esto dónde se ha visto?
Espero que no estés pensando en deshacerte de Marta preguntó Víctor.
¡Por Dios, no! A Marta le debo media vida. Pero a Alicia la quiero igual
Pues habrá que pelear por la felicidad, ¿no?
¿Cómo?
A ver, la fobia a los perros no es alergia. Se puede trabajar. Ayúdale tú, busca un psicólogo.
Ya ha ido.
¿Y no sirve?
No Dice que lo intentará, pero nada promete.
Al menos lo intenta. Y fíjate: otro te habría dicho o el perro, o yo. Pero Alicia va de frente. Eso es querer intentarlo.
Ya, pero ¿cómo, macho?
Por casa nada de perros de momento. Ve a dar paseos juntos. Por el parque, o mejor aún, por el bosque. Solo vosotros y la perra, para que se dé cuenta de que no es tan fiero el lobo.
¿Crees que funcionará? en los ojos de Leandro asomó una chispa de esperanza.
Hay que probar. Seguro que acaba dándose cuenta de que Marta es una santa y no hay peligro. Inténtalo.
¿Desde cuándo tienes coche? preguntó asustada Alicia, al ver a Leandro con un todoterreno aparcado.
Es de un colega. Nos lo ha dejado hoy.
¿Los tres en el coche? Alicia ya tenía un pie en la acera, lista para correr.
Tú tranquila. Marta irá en la parte trasera, hay hueco especial para ella. Tú delante conmigo. No va a pasar nada.
Bueno, vale
Alicia aceptó la excursión al monte con ciertas reservas: Si la cosa se tuerce, nos volvemos pitando.
Una hora después, el todoterreno se detuvo junto a un bosque. Leandro ayudó a Alicia a bajar y soltó a Marta, asegurándose de que no se acercara mucho a la chica.
Vaya sitio bonito, ¿eh? soltó Leandro para cambiar el aire.
Mucho, la verdad
Se pusieron botas de lluvia porque había estado lloviendo (qué raro en Cantabria en verano), y se adentraron en los senderos.
Leandro jugaba con la perra lanzando una pelota, cumplía su plan de mantener las distancias y de paso distraer a Alicia.
¿Cómo vas?
Muy regular respondió ella, sin apartar el ojo de Marta, que saltaba entre matorrales.
Mira, amor, los perros son como la gente: los hay buenos y los hay idiotas, pero no son todos igual. Te tocó una experiencia horrible, pero Marta no es como aquel chucho.
Lo sé
Dale una oportunidad. Ya verás, los perros tienen mucho arte. Con unas cuantas salidas como esta, seguro te animas.
En esto, Leandro lanzó la pelota en medio de los arbustos y Marta salió disparada tras ella.
¡Guau, guau! ladró Marta como si hubiera descubierto América.
Alicia, encogida, preguntó:
¿Está enfadada o qué?
¡Qué va! rió Leandro abrazándola . Está que no cabe de contenta. Es su juguete favorito.
Marta volvió, depositó la pelota y se alejó, lista para el siguiente reto.
¿Quieres probar tú, Alicia? propuso él, sonriendo.
¿Tirar la bola? Uf
Una sola vez, con los ojos cerrados si hace falta
Alicia, entre suspense y terror, cogió la pelota con las yemas de los dedos, la apretó fuerte y la lanzó tan lejos como pudo.
¡Bien hecho! se rió Leandro . ¡Marta, trae!
La perra fue tras la bola, ladridos otra vez.
Ya la tiene, es una crack. Y mira, entiende cada gesto mejor que mi jefe con mis informes.
¿Nos vamos ya a casa? preguntó Alicia.
Sí, es hora. ¡Marta, vamos, ven ya!
Pero nada, la perra no aparecía, solo ladraba sin parar.
Iré a ver; qué bicho será murmuró Leandro resoplando . Me aguardas aquí.
No, contigo voy
Tras forcejear entre matojos y barro, por fin encontraron a Marta, que ladraba al borde de una charca, con la bola flotando en el centro.
¡Ah! Ya veo lo que pasa sonrió Leandro.
¿El qué? preguntó Alicia con angustia.
Marta le tiene pánico al agua. No va a meterse ni a palos. Yo lo intento.
¿Y eso? ¿Una perra grande y valiente con miedo al agua?
Cada uno con su trauma, Alicia. La saqué de un río siendo cachorra, quedó tocada la pobre. Bueno, espera aquí.
Leandro, ¿es seguro? ¿No será una ciénaga? Aquí huele raro
Nada, una charca de lluvia. Los pantanos están al otro lado.
Leandro tranquilizó a Marta: Calla ya, mujer, ahora va papá. Pisó el agua y ¡glups!, medio cuerpo hundido.
Marta ladraba más alto que antes, medio asustada, medio queriendo lanzarse a salvarle.
¿Todo bien, Leandro?
Sí, sí, una charca algo profunda, eso es todo.
Logró alcanzar la bola, pero al volver la cosa se complicó: cada paso era más costoso, se hundía.
A punto de llegar a la orilla, notó que no podía mover las piernas.
¿Por qué te paras, Leandro? ¡Sal ya!
Que no puedo
Intentó levantar un pie, luego el otro Nada, atrapado. El agua ya por la cintura.
¡Te lo dije, es un pantano de esos negros! gritó Alicia.
Pues igual tienes razón. Esto traga como los atascos de la M30 con lluvia.
Marta miraba a su amo, angustiada. Quería ayudar pero no podía acercarse.
A Alicia le entró el pánico.
Leandro se hundía, la gran perra a escasos metros olía a peligro extra. Dudaba entre su fobia a los perros y el amor a la persona.
¡Alicia, saca una rama larga, rápido! gritó Leandro.
Ella, temblando, sacó el móvil mirando a ver si tenía cobertura para el 112. Ni una raya.
Solo me faltaba esto, madre mía
¿Cómo se acercaba a ayudar si estaba ese animal al lado? Pero cuando Marta le ladró mirándola suplicante, y vio los ojos de Leandro, se olvidó del miedo y de sí misma.
Corrió, localizó una rama gruesa, la alargó a Leandro, quien se agarró con todas sus fuerzas. Alicia tiró con muchas menos fuerzas pero algo ayudó.
Justo entonces, Marta se unió al rescate, pegada al costado de Alicia. Por una vez, la chica ni pensó en el miedo.
Entre ambas, lograron sacar a Leandro del barro. Mojados, llenos de tierra y sin aliento, cayeron los tres en la hierba, riéndose y jadeando.
Bueno, menudo equipo. No sé dónde estaría sin vosotras dijo Leandro, abrazando primero a Alicia y después a Marta . Me habéis devuelto a la vida, literalmente.
¡Qué susto, por Dios…!
Ahora, por favor, no me digas que tienes una nueva fobia bromeó él.
Sí, cariño. Miedo a perderte. Ese es peor que cualquiera.
Alicia miró a la perra, le acarició la cabeza.
Gracias, Marta Gracias por estar aquí.
Esa noche, después de una ducha caliente y una tortilla de patatas, los tres, en el sofá, se tragaron todos los documentales de perros de RTVE. A Alicia ni le apetecía otra cosa.
Y, sorprendentemente, Leandro y Marta tampoco pusieron pegas.
Lo mejor de todo: esa noche, los tres descubrieron que el único miedo real que les quedaba era el de perderse los unos a los otros.

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