Marisa crió sola a sus dos hijas. El padre murió cuando ellas eran pequeñas, y la mujer nunca volvió a casarse. Temía que un nuevo marido pudiera hacer daño a sus hijas, y si tuviera que decidir entre casarse o cuidar a las niñas, elegía a las niñas sin dudar.
La mayor era Jimena y la menor, Araceli. Así que Jimena se casó pronto y tuvo una hija llamada Vega. Después, se mudó al piso de su marido. Pero claro, esa historia matrimonial no duró nada. Al cabo de unos años, con la pequeña Vega en brazos, Jimena regresó a casa de Marisa.
Araceli, la pequeña, se enfadó muchísimo con Jimena. Creía que volvía deliberadamente a la casa de la madre para obligarla a mudarse del piso. Nada más lejos de la realidad: Jimena estaba enferma, le habían diagnosticado cáncer. Vega quedó bajo el cuidado de su abuela.
Araceli también estaba casada y tenía dos hijos. Una tía anciana de Marisa, la tía Trini, le ofreció su piso. Sin pensárselo mucho, traspasó la vivienda a nombre de Araceli, asegurando que, si pasaba algo, ella jamás reclamaría el piso de su madre.
Jimena falleció cuando Vega tenía diecisiete años. Poco después, enfermó Marisa. Un día, Araceli llegó y le preguntó a Marisa quién heredaría el piso cuando ella muriera.
¿Cómo que quién? Vega lo recibirá. Está sola, su madre ya no está y su padre no pinta nada. No puede quedarse en la calle.
¡Pero qué me cuentas! Ella solo es tu nieta, yo soy tu hija. Y tengo dos niños. Vega crecerá y se comprará su piso. Dame mi apartamento, Araceli gritaba como si estuviera en el mercado.
No. Lo acordamos distinto antes, respondió Marisa con firmeza.
Pues ni me vuelvo a acercar por aquí.
A Araceli le daba igual si la muchacha tenía tiempo para hacer deberes o cuidar a su abuela enferma. Desde que no hubo piso de por medio, Araceli cortó toda relación con su madre. Una herencia y familia, juntas pero no revueltas.







