DIARIO DE UNA NOVIA
Hoy he visto una imagen que no podré olvidar: mi prometido, con el rostro descompuesto por la rabia, ha pegado a mi perrita Manuela porque al pobre se le había ocurrido pisar sus deportivas blancas con la pata sucia. Sira, que siempre ha sido protectora, quiso interceder por su compañera y recibió un correazo en el hocico. Ahora lo entiendo todo: por qué mis gatos y perros no soportan a Mateo.
Me encuentro sentada junto a la ventana, pensativa, mientras la noche de invierno cae sobre Madrid. Las luces empiezan a brillar en las viviendas cercanas, pero a mí me da igual si es de día o de noche. Siento que mi cabeza no descansa.
En teoría, no me falta de nada: tengo un piso propio, un buen trabajo, y no vivo peor que nadie. Pero en cuestiones de amor, la fortuna me es esquiva. El reloj biológico me susurra su tic-tac. Todas mis antiguas compañeras del colegio están casadas y con hijos, y yo… sigo sola.
A veces me pregunto si está escrito que siga el camino de la solterona, cuando ni soy tonta ni fea, y no veo por qué he de tener menos suerte que el resto. Observo a mis fieles amigos peludos, que se acurrucan a mi alrededor, y noto sus miradas sinceras llenas de cariño.
Mis padres murieron temprano, con apenas un año de diferencia, y desde entonces me crió mi abuela María, la misma que siempre soñó que acabaría siendo médico. No logré entrar en la Facultad de Medicina, así que estudié en la Escuela de Enfermería y trabajo de enfermera de urgencias.
Mi abuela, que me adora, se mudó a una pequeña casa en el barrio de Chamberí, para dejarte más espacio y que puedas encontrar el amor, hija, decía siempre con ternura. Pero el amor a mí no me venía.
De niña soñaba con tener un perro y un gato, pero mi madre era alérgica. Lo supimos la tarde en la que, con toda la ilusión del mundo, traje a un gatito que encontré en la calle. Aquella misma noche, mamá tuvo un ataque de asma. Hubert fue a vivir, cómo no, a casa de la abuela.
Tras quedarme huérfana, adopté otro gatito, Ciriaco, que recogí cerca del contenedor del barrio. Desesperaba por tener un perro, pero la abuela no quería más responsabilidades.
Ahora, en vez de pareja, comparto mi vida con cinco fieles compañeros que, sinceramente, son mi alegría. Sira, una perra mestiza, famélica y tiritando, apareció delante del supermercado mientras nevaba. Los empleados la echaban de malas maneras. No lo dudé: la metí rápidamente en el bolso y me la llevé a casa.
Sira siempre fue espabilada y energética, por eso la llamé así. Hizo buenas migas enseguida con Ciriaco. Más tarde, llegó la pequeña salchicha Manuela. Sus antiguos dueños, al mudarse a un piso nuevo, no quisieron arriesgarse a que la perrita estropeara su carísimo parquet. La dejaron abandonada en el patio del bloque, a su suerte. Lloraba y rondaba la puerta hasta que me enteré de su historia y la llevé a casa, medio sorda y con las orejas heladas. Tras semanas de cuidados, se convirtió en una perrita serena, hogareña y capaz, como una buena ama de casa.
En los días de frío, le ponía una bufanda de lana en las orejas, y ella caminaba tan digna por las aceras que arrancaba sonrisas a todos; parecía una abuelita que va al mercado.
Carmela, la gata, llegó sola. Una mañana temprano, mientras salía rápidamente para un turno de noche, la encontré hecha una bola de pelo sucio y húmedo junto a la puerta, aullando. La dejé entrar en el portal y le di medio bocadillo de chorizo y queso, dejando una nota en el tablón: Por favor, no echéis a la gata, la recogeré tras mi turno. Almudena, 2ºB. Ya en casa, la llamé Carmela y, para sorpresa de todos, contestó al instante. Grande y seria, se hizo pronto la jefa de la casa, imponiendo normas y disciplina.
Más tarde adopté a Pío, un gatito delicioso y tímido que rescaté de unos gorriones en el Retiro. De mayor, Pío seguía callado y discreto, nunca se peleaba ni discutía. Mis cinco ex-callejeros vivían en perfecta armonía, esforzándose por no disgustarme nunca.
Yo los adoraba. Sabía que ningún hombre bienintencionado vería con buenos ojos semejante tropa. Hasta mi abuela lo advertía:
Almudena, hija, ¡pero si eso es un zoológico! Dos perros y tres gatos… No todos quieren tanta complicación. Los chicos jóvenes de hoy no son muy dados a los animales.
Si no los aceptan, no son para mí, abuela.
Y así fue. Mi primer intento serio fue con Álvaro, con quien salí tras empezar a trabajar. Detestaba a los animales y acabamos dejando la relación sin gran drama por mi parte.
Después llegó Mateo. Atlética figura y sonrisa eterna, fue campeón autonómico de natación. Sabía deslumbrar, cortejar y, de vez en cuando, sacaba a Sira y Manuela de paseo conmigo. Pronto la relación fue a más, encaminada al compromiso. Sin embargo, un día observé que mis animales empezaban a rehuirle. Sira gruñía abiertamente y Manuela se escondía tras de mí. Carmela, con el lomo erizado, ni le dejaba rozarla.
Hasta que, preparando la cena y saliendo a la terraza, lo vi pegarle un bofetón a Manuela por ensuciarle con la pata las zapatillas. Sira quiso defenderla y recibió otra vez. Salí corriendo: le arranqué los correas, y, sin decir palabra, se las estampé con rabia en las manos.
¡Pero Almudena, qué haces! ¡Eso duele!
Por fin comprendí el porqué de la antipatía generalizada.
¿Te duele? ¿Y a ellos no? ¿Cómo se te ocurre pegar a mis animales? ¿A mí también me vas a pegar si te molesto?
Sólo quería que aprendieran, nada más.
Fuera de mi casa, y no vuelvas nunca.
¡Ya ves tú! Prefiero vivir sin tu zoológico se rió, despectivo. ¡Menuda panda de parásitos tienes!
Aquellas palabras me dolieron como cuchillos. Casi un año pensando que era el hombre de mi vida, y yo incapaz de ver su verdadera naturaleza. Me costó tiempo olvidar ese fracaso y superarlo.
Un año después, cuando ya me había resignado a la soledad, me enamoré de verdad. Tanto que cada día sin verle era una tortura.
A Alejandro le conocí por casualidad. Es traumatólogo. Coincidimos en una guardia, llevando un accidentado a urgencias. Esos ojos, ese silencio: fue un flechazo. Siempre pensé que el amor a primera vista era una invención de novelas y películas. ¡Qué equivocada estaba!
Con un pequeño abuso profesional, Alejandro consiguió mi móvil y me llamó aquella misma noche. Pronto nuestras salidas se volvieron habituales.
El respeto y la seriedad de Alejandro me daban seguridad y miedo. ¿Y si la historia se repetía y me quedaba sola de nuevo? No podría soportarlo. Decidí ocultarle, de momento, la existencia de mis animales. Que pase lo que pase después, pensaba yo.
A los seis meses, Alejandro me presentó a su hermana Lucía y a su cuñado. Fui con él a Valladolid a conocer a sus padres, y él vino a cenar con mi abuela.
Él había estado en mi minúsculo y acogedor piso de soltera, pero nunca yo le invité al mío. Empecé a inventar excusas inverosímiles sobre familiares enfermos o visitas imprevistas. Sabía que debía decidir: confiar en él y confesar lo de mi pequeña familia o seguir mintiendo.
Al final, me decidí. Llevé a todos mis animalillos, junto con sus cestitas y juguetes, a casa de la abuela. Sira y Manuela ya conocían el lugar los gatos adoraban a María, así que me sentí tranquila. Pero a la abuela no le gustó un pelo:
Almu, estás cometiendo un error. Alejandro es un buen hombre, y tú empiezas la relación mintiendo.
Abuelita, no puedo perderle. Pero tampoco puedo vivir sin ellos. Es lo único que se me ocurre…
Ya veremos, tú verás, pero yo no lo haría.
Yo iba cada día a visitar a mis chiquitines. Con la mente despejada al fin, Alejandro me propuso matrimonio regalándome una sortija de plata con una amatista en forma de corazón.
Pero que sepas que mi dote no es gran cosa, ¿eh? le dije entre risas.
Tenía el corazón desbordante de felicidad. Preparamos la boda a medias entre turno y turno de trabajo. Un día, después de una tarde agotadora de comprar vestido, mirar menús y elegir alianzas, llegamos a casa para hacer la lista de invitados. Mientras tomábamos té con pastas, Alejandro decidió sacar la basura. Al volcar el cubo, cayeron restos de latas de comida de gato y pienso de perro.
¿Y esto de dónde sale?
Ah… nada, ya te lo explicaré.
Cambié rápidamente de tema.
Mientras tanto, mi abuela paseaba a Sira y Manuela por la plaza, vigilando que no se perdieran. Una cartera llegó a dejarle la pensión y, al entrar en la casa, descuidó puerta y verja. Carmela, Ciriaco y Pío escaparon sigilosamente, solo Hubert se quedó en casa. Juntos se agruparon antes de salir en fila por la acera, Sira abriendo camino y Carmela cerrando la marcha, vigilando que ninguno quedara atrás.
Los vecinos miraban asombrados aquella comitiva, sobre todo cuando Manuela, con el pañuelo al cuello, cruzaba más digna que un ministro.
Al rato, Alejandro oyó rascar la puerta, ladridos y maullidos. Abrió… y entraron dignos y felices: la salchicha bufanda al cuello, Sira, luego los gatos en tropel, todos cubiertos de nieve y de alegría.
¿Y esta tropa…?
Salí corriendo y, muerta de vergüenza, lloré en silencio en la entrada.
¿Son todos tuyos?
Sí… Vivían con la abuela.
Sira y Manuela se pusieron a ladrar y Carmela a bufar, mientras mis lágrimas resbalaban.
Decías que no tenías dote…
Alejandro cogió el abrigo, se fue en silencio y se marchó en el coche. Llamé a la abuela para tranquilizarla y asegurarle que todo estaba bien.
Eso fue todo, pensaba mientras abrazaba a los animales llorando y sin esperanzas. No me atrevía a llamarle para dar explicaciones. Me sentía vacía y miserable, sin razones para justificar mi mentira. Mi cara hinchada de tanto llorar.
Pasaron horas eternas. De pronto, llamaron a la puerta. Era Alejandro, cargado de bolsas de pienso y latas. Dejó todo sonriendo y salió.
No cierres, vuelvo en un momento.
Minutos después sonó de nuevo. Esta vez llevaba a su perra, Lola, enfundada en un chubasquero rojo.
Esta es mi perra, Lola. Y esta, Marisa. Las tenía mi hermana Lucía. ¿Nos acogéis en la manada?
Años después, todavía recordamos y nos reímos de aquel episodio. ¿Quién sabe? Sin ese dote tan peculiar, quizás ni Alejandro y yo estaríamos hoy juntos, tantos años después, con familia de dos y de ocho patas.







