QUERIDA DIARIO
Hoy ha sido uno de esos días en los que siento que mi vida gira alrededor de mis animales y mis pensamientos, más que de las personas. A veces me pregunto si en mi destino está escrito caminar sola, con mi pequeña manada siempre a mi lado.
Han encendido ya las luces de las ventanas en la calle Alcalá, y yo, sentada en mi piso de Lavapiés, ni siquiera noto si sigue siendo de día o ya es de noche. El invierno en Madrid se cuela por las rendijas, pero a mí, sinceramente, me da igual.
A mis treinta y pocos, parece que lo tengo todo: un piso propio, una plaza fija como enfermera de urgencias en el hospital Gregorio Marañón, y no me falta de nada material. Sin embargo, mi abuela Soledad mi único pilar tras la marcha temprana de mis padres siempre suspira al verme y repite lo mismo: Ay, Almudena, ¿cuándo vas a tener suerte en el amor?
Y yo, la verdad, no lo sé. Las compañeras del colegio ya tienen maridos, hijos y hasta hipotecas a medias; yo, en cambio, vuelvo cada noche a casa y me esperan mis cinco compañeros peludos. Me pregunto qué les ha faltado a mi vida para que no pase nunca de novios fracasados, y si de verdad la suerte en el amor viene asignada de cuna.
Desde niña soñaba con tener un gato y un perro, pero mamá era alérgica al pelo. Recuerdo, con solo ocho años, cuando rescaté entusiasmada un gatito callejero en Vallecas, y ese mismo día mi madre acabó en Urgencias. El pequeño Bizcocho tuvo que irse a vivir a casa de la abuela en Aranjuez. Más adelante, recogí a Misi del contenedor. Y aunque deseaba un perro, la abuela no quería más responsabilidades. Ahora, sin pareja estable, mis mejores amigos son ellos.
Mi fiel compañera Chispa, cruce raro de mil cosas, llegó en pleno enero: la vi temblando hecho un ovillo bajo los andamios del supermercado de la esquina. Tenía tan mal aspecto que no lo dudé y la metí en el bolso: no me importaban las miradas, solo quería darle un poco de calor. Chispa se convirtió en un torbellino de energía que encajó enseguida con Misi.
Pronto apareció Sira, una teckel de tan buen corazón como orejas largas. Sus acosados dueños, al mudarse al Ensanche, consideraron que Sira era un peligro para la nueva tarima flotante y la dejaron con su mantita en la portería en pleno diciembre. La recogí tras una semana de frío y lloros constantes con la ayuda de los paseantes del barrio. La cuidé como pude hasta que recuperó la salud: Sira es una abuelita entrañable, sensata y ordenada, siempre con su bufandita de lana los días de frío. Causa sensación entre los vecinos con ese aire tan suyo de señora mayor caminando muy digna por las aceras.
Nicolasa, la gata blanquísima, me eligió a mí. Aquel amanecer, mientras corría para coger el bus al hospital, prácticamente me tropecé con ella: una bola de nieve maullando desesperada. Le di un trozo de bocadillo con jamón y queso, y pegué un cartel en el portal: Por favor, no echen a la gata, la recogeré hoy. Almudena, 3ºB. El nombre Nicolasa le iba de perlas y no tardó en convertirse en la reina del hogar: impuso reglas y hasta patrulla por las noches asegurándose de que todo está bajo control.
El último fue Tomás, un pequeño gato de apenas un mes, rescatado del parque Retiro antes de que dos urracas acabasen con él. Tomás conserva esa docilidad del animal al que le han salvado la vida.
Cinco son, ni más ni menos: Chispa, Sira, Nicolasa, Misi y Tomás. Entre todos, forman esa especie de familia improvisada sin la cual mi vida sería mucho más triste.
Quizás por eso, mis amores no acaban de cuajar. Los pretendientes no suelen ver con buenos ojos el zoológico, como decía mamá. Recuerdo a David, mi primer novio serio, que torcía el gesto cada vez que entraba en casa y veía pelo en el sofá. Después de seis meses, se fue sin mirar atrás. No derramé una lágrima.
Luego estuvo Álvaro, joven, guapo, nadador profesional y un encanto con todos… menos con mis animales. Mis amigas aseguraban que había llegado mi hora: él me secuestró a pasear por El Escorial, me regaló flores y, por un momento, ilusionada, pensé en boda. Sin embargo, los animales parecían desconfiar: Chispa gruñía, y Sira ni se le acercaba. Un día, mientras yo preparaba cena, presencié, desde el balcón, cómo Álvaro, con el rostro torcido por la ira, dio una patada a Sira, porquesin quererle manchó sus deportivas blancas. Chispa quiso defenderla y recibió un golpe con la correa. Bajé corriendo y lo enfrenté. El dolor de mis animales me volcó toda la rabia contenida de años.
Lo expulsé de mi casa. Las palabras que lanzó al irse no soy yo quien quiere vivir rodeado de animales me dolieron, pero mis peludos se agolparon en la puerta, abrazándome como si supieran lo difícil que resultaba cortar, una vez más, con un sueño.
Pasó el tiempo. Me resigné al ritmo solitario. Hasta que conocí a Fernando, traumatólogo serio de San Carlos, una noche de guardia tras la llegada de un accidente de tráfico. Nos cruzamos la mirada y sentí el tipo de corriente eléctrica del que siempre dudé. Me consiguió el teléfono y, poco a poco, fuimos quedando. Era atento, sensato, transparente. Yo, aterrorizada por perderlo, no le hablé de mi manada. Ya lo sabrá después de la boda, pensé.
En seis meses, conocí a su hermana, Montse, y hasta viajamos a León para ver a sus padres. Él sí visitaba mi piso y no entendía por qué no podía ir nunca al mío. Me inventaba mil excusas hasta que ya no quedó más remedio que enfrentar el tema: llevé con todo mi dolor a mis cinco animales a casa de la abuela Soledad, sabiendo que para ella era un lío, pero que allí, al menos, estarían bien hasta después de la boda.
Mi abuela, resignada, me advirtió: Eso no es forma, Almudena. Empiezas mintiendo… Pero no podía arriesgarme a perder a Fernando.
Él siguió convencido. Me pidió matrimonio regalándome un anillo de amatista en forma de corazón. Hicimos planes, menús, listas de invitados. Un día, mientras organizábamos la boda en casa, él, al tirar la basura, vio los paquetes de pienso que olvidé guardar. Preguntó, y evadí responder.
Aquella tarde, la abuela soltó a Chispa y Sira por el patio de su chalet para que corrieran un poco. En un descuido tras la llegada de la cartera, la puerta quedó entreabierta y los tres gatos salieron detrás de las perras, mimosos y curiosos. Los dotó a todos de espíritu de manada y, guiados por Chispa, recorrieron media ciudad, provocando las sonrisas y los comentarios de los transeúntes, hasta llegar a casa.
Fernando abrió la puerta y se encontró la invasión. Yo, roja de vergüenza, rompí a llorar. Chispa y Sira lo rodearon, los gatos se acurrucaron a sus pies. Se quedó en silencio, me miró y solo dijo: Pero decías que no tenías un gran ajuar…
Sin decir más, se puso la cazadora y se marchó. Destrozada, llamé a la abuela para tranquilizarla sin atreverme a explicarle todo. Me convencí de que aquello era el final, de que la boda nunca se celebraría y me lo merecía por ocultar lo más esencial de mi vida. Abracé a mis animales, y entre sollozos, sentí esa soledad tan áspera.
Horas después, sonó el timbre. Abrí y estaba allí, mi Fernando, con dos grandes bolsas de pienso para perros y gatos. Entró, sonriendo, depositó las bolsas y salió de nuevo.
No cierres, vengo ahora.
Al rato, regresó con una teckel vestida con un chubasquero rojo.
Te presento a Kira. Mi perra. Y esta es Laila dijo, saludando a la gata tricolor que desvelaba debajo de su chaqueta. ¿Nos dejas unirnos a tu equipo?
Hoy, muchos años después, Fernando y yo recordamos entre risas aquel primer encuentro de nuestras manadas. Compartimos risas, historias y nunca hemos dejado de abrazar juntos a nuestra pequeña familia peluda. Por suerte, a veces, el destino sabe más que nosotros y nos regala lo que de verdad necesitamos.






