Nadie te hará daño

NADIE TE VA A HACER DAÑO

¿Dónde te has metido? preguntó de manera brusca Alejandro a su esposa cuando entró en el piso.
He estado en el trabajo.
¡Pero si hoy es sábado!
Trabajo también los sábados.
Trabajas, pero dinero no hay.
Tú ni trabajas…
¡Cuidado con lo que dices! masculló su marido entre dientes y empezó a acercarse amenazante. ¡Venga, baja al supermercado ahora mismo! En casa no hay ni para un triste plato.
Alejandro, nos quedan solo ciento veinte euros y falta una semana para que me ingresen la nómina. ¿Por qué no buscas trabajo tú también, o te pones a hacer carreras con el coche?
¿Qué me crees, taxista? Da gracias que vives en mi piso dijo abriendo la puerta. ¡Ya estás tardando, al supermercado!
***
Las lágrimas comenzaron a rodar por el rostro de Mariana. ¡Qué injusto! ¿Acaso era culpa suya que todo se viniera abajo? Llevaban cuatro años de casados. Al principio, todo parecía ir bien. Sus padres, tanto los suyos como los de él, juntaron sus ahorros y les compraron un piso de dos habitaciones. Más tarde consiguieron entre todos comprarse un coche, no era gran cosa, era un utilitario nacional, pero fue una alegría inmensa tenerlo. Y todo lo pusieron a nombre de Alejandro, porque era el “cabeza de familia”. Los padres de Mariana vivían en un pueblo pequeño, pero también aportaron lo que pudieron.

Alejandro tenía un pequeño negocio con su padre, no daba para mucho, pero era suficiente para vivir. Hasta que decidió que merecía más y, por su arrogancia, lo perdió todo. Terminó peleado con su padre y lleva ya un año sin trabajar, esperando que la suerte le resuelva la vida.

Empezó a gritarle a su esposa, luego incluso a levantarle la mano. Mariana trabaja seis días a la semana, pero el dinero nunca era suficiente y él seguía gritándole, como si la culpa de todo fuera solo suya. Más de una vez pensó en irse con sus padres al pueblo, pero allí ya viven sus dos hermanas menores. ¿Qué iba a hacer ella, cargarles aún más?

***
Bajó del portal, se secó las lágrimas y se fue andando hacia el supermercado, pero no al más cercano, sino a otro más lejos, donde los precios son mejores y porque tampoco le apetecía volver a casa.

Frente a uno de los supermercados, paró un todoterreno y de él bajó un hombre de paso algo irregular. Mariana lo vio de reojo.

¡Marianita! gritó con alegría.

Se giró rápidamente.

¡Lucas!

Era su compañero de colegio. Lucas había sido discapacitado desde pequeño, tenía problemas de movilidad en piernas y brazos. Estudiaron juntos desde primero hasta bachillerato, y recordaba Mariana cuántos meses había pasado aquel chico ingresado en hospitales. Los otros niños se reían de él, pero Lucas no se venía abajo y era el mejor de toda la escuela, no solo de su clase. Cada vez que volvía tras uno de sus tratamientos, las piernas y los brazos le respondían un poco mejor. Si en primero entró casi en brazos, para recoger su matrícula de honor en bachillerato pudo subir el escenario andando, aunque con ligero paso cojo, pero firme y alegre.

Ahora bajaba de un coche espectacular y se acercaba a su compañera con entusiasmo.

Mariana, ¡no me lo creo! ¡Pero si hace siglos que no te veo! Hace un par de años quedamos para una reunión y Julia me dijo que te avisó, pero no te vimos.

Ya ves… cosas de la vida contestó ella, intentando disimular su incomodidad. Lucas se dio cuenta rápidamente.

¿Vas al súper? preguntó cambiando de tema.

Sí.

¡Pues vamos, que yo también iba!

La tomó del brazo y anduvieron hacia la entrada, aunque no era el supermercado al que Mariana planeaba ir. Este era bastante más caro para ella. Por un momento de duda, Lucas comprendió lo que ocurría. Observando a fondo a su amiga, se dio cuenta de mucho más.

Mariana… intentó decirle algo.

No, Lucas. A este supermercado no entro. Lo siento.

Se soltó con suavidad, bajó la mirada y siguió hacia el otro, el que podía permitirse.

***
Gastó el dinero con cuidado, calculando cada euro. Salió.

Ahí estaba Lucas, esperándola junto a su coche. Se acercó decidido, le tomó la mano, le abrió la puerta y le ordenó:

Súbete.

Mariana entró sin protestar, él se sentó a su lado.

Anda, cuéntame qué pasa.

Y, casi como una niña, sollozando, Mariana le contó todo.

Pues vete de su lado, y asunto resuelto.

Lucas, ¿y a dónde me voy? Todo está a su nombre.

Mariana, soy de los mejores abogados de Madrid. Da igual cómo esté el piso, la mitad es tuya. Dame tu número.

Mariana dudó, pero se lo dictó. Lucas marcó y sonó el teléfono de ella.

Es sábado, así que el lunes empiezas el trámite de divorcio. Yo me encargaré del resto arrancó el motor. ¿Dónde vives?

En la calle Quevedo, junto a Correos.

Casualidad, yo me mudé justo a la nueva finca de ahí enfrente dijo señalando una moderna urbanización de nueve plantas.

***
Aparcaron frente a su bloque. Él le abrió la puerta con amabilidad:

Ya está, Mariana. No lo pienses más. El lunes te llamo. Si pasa algo este fin de semana, me avisas enseguida.

Lucas… me da miedo.

Tranquila dijo sonriendo de forma aprobatoria.

***
Al llegar a casa, su marido salió corriendo al recibidor.

¿Con quién ibas en coche?

He coincidido con un antiguo compañero de colegio.

Mientras yo paso hambre, tú de paseo…

El resto fueron insultos y… un golpe.

Mariana soltó la bolsa y, ahogada por la rabia y el dolor, salió corriendo del piso. Ya en el portal chocó de lleno… con Lucas.

¡Súbete!

Le abrió y la sentó dentro. Y se marcharon.

***
Mariana volvió en sí cuando Lucas la invitó a entrar en un elegante piso de tres habitaciones.

Lucas, ¿dónde estamos?

Mi casa. Aquí nadie te va a hacer daño. Vivo solo.

En ese momento sonó el móvil de Mariana. Era la voz furiosa de su marido:

¿Dónde te has metido?

Tras escuchar más gritos, Lucas cogió el teléfono.

Mariana va a pedir el divorcio. El piso se queda para ella…

¿¿Cómo dices?? ¿Tú quién eres?

Si sigues alterado, te busco rápido un sitio donde pasar unas temporadas.

¿Tú quién te crees?

Te he dicho lo que hay.

Colgó y devolvió el teléfono a la mujer, que seguía llorando.

Ya está, Mariana, tranquila. Ve al cuarto de baño, lávate la cara y ven a comer algo.

Mientras ella estaba en el baño, él puso el hervidor de agua y llamó por teléfono.

***
Tras el té, aunque el apetito ninguno tenía, Lucas fue categórico:

Vamos a poner las cosas en su sitio con tu marido.

No… tengo miedo…

Mariana dijo él, sonriendo comprensivo, solo daremos los pasos que tú quieras.

Fuera del bloque les esperaba un coche patrulla. Bajó el teniente y saludó a Lucas con respeto:

Don Lucas Gómez, a sus órdenes.

Se dieron la mano y acompañaron a Mariana al coche.

***
En pocos minutos estaban ante el piso de Mariana.

¿Quién será ahora? se oyó el tono altivo del marido al abrir la puerta.

¿Alejandro Rivas? preguntó serio el policía.

Sí.

Tengo que hacerle unas preguntas.

Alejandro miró a Mariana lleno de rabia y les dejó pasar.

El teniente y Lucas entraron, se sentaron en la mesa y el agente empezó a tomar declaración.

Mariana, recoge tus papeles y lo más necesario para ti.

Lucas se lo pidió con calma, pero ese apoyo era lo que justo más valor tenía para ella en ese momento: por fin alguien la defendía, ya no solo eran broncas y problemas interminables.

De pronto, el compañero de colegio, aquel chico que siempre le pareció buen amigo, reaparecía en su vida. Nunca se le ocurrió tener siquiera un pensamiento romántico con Lucas, como a ninguna de las chicas de la clase. Entonces solo soñaban con un príncipe, a poder ser en descapotable blanco, no con un chico cojeando, aunque fuera bueno y generoso.

Mariana tomó sus papeles y, casi sin darse cuenta, se los entregó a Lucas. Él la miró con ternura y ella empezó a recoger sus cosas, casi sin pensar adónde iría o qué pasaría, pero segura de que, pase lo que pase, peor que ahora imposible, y con Lucas sí se sentía segura. Algo bueno nacía en su pecho, esa sensación que hace a la gente feliz.

Don Lucas, he terminado dijo el teniente, levantándose.

Perfecto. Déjame hablar un momento yo solo.

Entonces ocupó la silla del policía frente a Alejandro:

Vamos a ver, el lunes tu esposa presentará la demanda de divorcio. Tienes que presentarte tú también. No hay hijos, será rápido en el registro civil. Los bienes comunes se dividen a partes iguales.

¿Y si no quiero divorciarme? Además, todo está a mi nombre.

Entonces Mariana presentará más demandas: por divorcio, reparto de bienes y, sobre todo, por malos tratos. Yo dirijo uno de los principales despachos jurídicos de la Comunidad y te juro que la sentencia será justa.

Hoy mismo, cuando estemos solos, hablaré con mi… mujercita, y todo acabará como yo quiera.

¿Y quién te ha dicho que tu esposa se quedará sola en tu piso?

Mientras sea mi mujer, puedo exigir que viva aquí.

Pues entonces, ahora mismo quedas detenido por agresiones. Pasarás el fin de semana en los calabozos y Mariana se quedará con la casa. ¿Prefieres eso?

Bueno, que se vaya si quiere acabó cediendo Alejandro tras pensarlo un instante.

Pues magnífico. El lunes paso a recogerte y vamos todos juntos al registro a firmar.

***
Sonó el móvil y Mariana sonrió al ver el nombre de su madre. Tras el divorcio con Alejandro, la relación con su familia se había enfriado mucho. Sus padres no aprobaban los divorcios, nunca se habían separado en sus veinticinco años juntos.

¡Hola, mamá! exclamó alegre.

Hola, hija la voz de su madre sonó triste.

¿Qué pasa, mamá? Te noto preocupada.

Vaya, qué contenta se te escucha a ti, parece que te alegras del divorcio.

La verdad, sí, no te lo voy a negar contestó Mariana, ahora firme.

En fin, tu vida es.

¿Pero para qué llamabas?

Olga también quiere casarse. Con un chico de la ciudad. Quiere irse contigo, pero él solo tiene amor y promesas, nada más. Sus padres viven en un piso de tres habitaciones, pero aún así en casa son un montón. Hemos llegado a un acuerdo para comprarle un apartamento pequeño en la ciudad, pero sin boda. Tu hermana está un poco inquieta.

Que se venga a vivir a mi piso, de momento, luego ya veremos.

¿Pero qué dices? ¿Y tú dónde piensas vivir?

Mamá dijo Mariana con una alegría radiante, ¡me voy a casar yo también!

Si apenas acabas de divorciarte…

Te lo prometo, esta vez será para siempre. Se llama Lucas. ¡Estoy enamorada de verdad!

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