Espigas Doradas: Tradición y Sabores de la Cosecha en Castilla

ESPIGAS

Hace unos veinticinco años, siendo aún un chaval bisoño y arrogante, el médico de cabecera, sin atender a mis quejas ni súplicas, decidió ingresarme en el área de medicina interna.

Por entonces tenía veintitrés años. Mi mujer se llamaba Mariluz, y yo, Ignacio. Ella tenía veintiséis y trabajaba de ingeniera en una consultora, mientras yo terminaba la carrera en la universidad de Salamanca. Llevábamos dos años casados y aún no habíamos tenido hijos; los pañales y bodis quedaban lejanos en nuestros planes.

Siempre me tuve por buen marido, responsable y cumplidor, casi sin tacha. Sin embargo, en Mariluz cada día me fijaba más en sus sombras que en sus virtudes. Me fastidiaba que dedicara tanto tiempo a su Vespa, y tan poco a mí. Me había convencido de que lograría que cambiara aquello que no me gustaba de ella. Iluso de mí Descubrí que no era ella la que debía cambiar, sino yo.

Después de una época de exámenes particularmente intensa y estresante, mi estómago acabó por rebelarse. El dolor era tan fuerte que apenas podía comer ni beber nada.

Cuídate, hijo, que la salud es oro y la juventud pasa volando me dijo el doctor Aureliano Gutiérrez, acomodándose las gafas en la nariz . No discutas más, Ignacio. Te quedarás ingresado y listo. Ahora deja de hacerte el duro, porque ya me lavo las manos. Se hará cargo de ti el personal de planta.

Me entregó unos papeles y, entre suspiros y lágrimas contenidas, fui a rellenar los formularios de ingreso.

En la habitación éramos cuatro: dos señoras de unos cincuenta años, una abuelita diminuta y yo. La abuela, con un pañuelo blanco plagado de lunares, se llamaba Doña Concha; los nombres de las otras, sinceramente, no los recuerdo.

No tenía ganas de hablar con nadie. Estaba resentido con el mundo, y sobre todo con Mariluz. En mi victimismo, estaba convencido de que prefería librarse de mí que insistir en que me dejasen irme a casa.

Dándome la espalda a la estancia y acurrucado como un niño, me pasaba el día en la cama y maldecía a todos en mi cabeza.

¡Déjate de potes y tuppers! No pienso comer le decía con rabia a Mariluz, cuando venía con platos y tuppers de comida.

Ignacio, de verdad El doctor ha dicho que el pescado blanco es ideal para que te recuperes me replicaba ella, paciente . ¡Anda, prueba un poco! He hecho puré también, aunque sea una cucharadita, cielo.

Que no, que no insistas le respondía yo, enfurruñado . Dáselo a los gatos de la calle, aunque ni ellos lo querrán.

Mariluz, con un suspiro, se marchaba apenada. Yo, herido, le lanzaba siempre algún comentario cruel de propina.

No vuelvas a venir le solía espetar, cada vez.

Pero ella no me hacía caso. Seguía viniendo, antes y después del trabajo. Por la mañana encontraba siempre en la mesilla la comida del día, preparada y envuelta en una toalla para que aguantara caliente. Yo, lamentablemente, no supe entonces valorar ni su empeño ni su cariño.

No sé de dónde sacaba fuerzas para todo eso, con la jornada que tenía. Ahora me doy cuenta de que, de haber estado en su pellejo, no lo habría soportado. Pero entonces, si lo pensaba, enseguida lo despachaba: mis dramas eran más importantes.

Las pastillas, inyecciones y goteros no mejoraban nada. En poco tiempo me volví un pellejo: pálido, ojeroso, y sin ganas de vivir. Me examinaron de arriba abajo y al final diagnosticaron gastritis crónica. Para otros puede ser poca cosa, pero para mí fue una verdadera prueba del alma.

Me resigné y, tras cada sesión médica, me tumbaba en mi chirriante cama mirando al vacío. Nadie se me acercaba: mi energía negativa ahuyentaba hasta al personal. Era consciente, pero incapaz de ser diferente.

Cierta noche, las dos mujeres pidieron permiso para dormir en casa, así que quedamos solos Doña Concha y yo.

¿No puedes dormir, hijo? me preguntó la abuela con suavidad.

No, el estómago no me da tregua le gruñí, dándome la vuelta.

Sabes, Ignacio continuó ella , yo vengo aquí tres veces al año, para hacerme chequeos. Al fin y al cabo solo tengo una gastritis de andar por casa, como la tuya. Con un poco de tino, podría quedarme perfectamente en la mía.

¿Me viene a dar un sermón sobre dieta? le espeté . Le ahorro el tiempo, lo sé todo.

No, hijo, eso nunca contestó con humildad . No quiero molestarte, solo que Me recuerdas mucho a mí misma, hace más de medio siglo.

Por primera vez, me giré a mirarla.

Pequeña y encorvada, con los ojos de un azul tan dulce que parecía irradiar luz, Doña Concha era como un personaje de cuento. Sentí que la veía de una manera nueva: cálida, bondadosa, como si fuese luz entre sombras.

Recordé que continuamente recibía visitas del resto de pacientes, personal e incluso vecinos. Todos acudían, le soltaban sus problemas y ella escuchaba en silencio, asentía y, al final, les decía unas palabras tranquilizadoras. Muchos lloraban, pero la mayoría se iban sonrientes.

A modo de agradecimiento, algunos dejaban como ofrenda lo poco que tenían: galletas, un yogur bebible, bombones, alguna lata de melocotón en almíbar. Siempre agradecía con abrazos y bendiciones. Cuando se iban, la veía limpiar sus ojos con el pañuelo.

Mira Ignacio, si tienes ganas de escucharme, te contaré una historia de mi vida me dijo, dibujando una débil sonrisa.

Noté una sombra de tristeza en su mirada. Me avergoncé de mi hostilidad.

Perdone, Doña Concha contesté Sí, me gustaría oírle.

Pero antes, prueba el caldo de pollo que te guardó tu mujer señaló la tartera.

Obedecí. Cogí la cuchara, y aunque mi instinto era rechazarlo, me esforcé. El primer sorbo me reconfortó el estómago; pronto ya me lo estaba acabando. ¡Me supo bien, increíble!

¿Ves qué rico? me dijo, satisfecha Poco a poco, que tu estómago no está para sustos. Hay que aprender a escuchar y respetar a quienes nos quieren, Ignacio. Tu chica te adora. No la apartes de tu lado ni le des portazos. Yo también fui cabezota, ¿quieres que te lo cuente?

Hizo una pausa, tomó un sorbo de poleo, y siguió.

Yo nací en una familia de siete hermanos, allá por un pueblito de la provincia de León. Mi padre era herrero, mi madre la costurera por excelencia del municipio; todos vestían su ropa. En la escuela de monjas era buena alumna, leía cuanto caía en mis manos, y acabé siendo maestra. Los mozos del pueblo venían a pedirme la mano, uno tras otro. Yo los rechacé a todos.

¿Pero qué futuro voy a tener con el hijo del molinero, o el pastor, o el panadero? le soltaba a mi madre . Me niego a oler a oveja o a harina. Dame libros, cultura, otra vida.

Mis padres, resignados, no discutían.

Un día llegó al pueblo el nuevo maestro: Don Laureano. Joven, apuesto y con unos ojos de cielo. Los niños lo adoraban porque siempre tenía tiempo para dar clases particulares de gratis, a los que más lo necesitaban.

Nos casamos, y mi madre insistía: Sé buena con tu marido y no te creas mejor que él.

No hice ningún caso. Yo quería otra clase de vida.

Tuve dos hijas: Emilia, la mayor, murió de una cardiopatía con apenas once años, justo antes de la guerra. La pequeña, Jacinta, era el vivo retrato de su padre. Laureano traía retales de tela de la capital para que mi madre me cosiera ropa, así que iba hecha una figurina. Pero nunca acertaba: la tela, el color, el corte, para mí siempre había un pero.

En el año treinta y seis, vino el hambre. En casa, cada mes, dividíamos los alimentos en treinta porciones para sobrevivir. Hasta las pipas de melón se conservaban. El pan, un lujo. Mucha gente del pueblo, incapaz de racionar, gastaba todo el primer día y luego, la ruina.

Junto al pueblo había un campo de trigo. Estaba fuertemente vigilado. El hambre era tan grande que arriesgamos ir, una noche, Laureano y yo, a recoger algunas espigas. El miedo era terrible: si nos atrapaban, cárcel.

Esa noche conseguimos entrar y recoger un puñado de espigas discretamente, pero oímos caballos y el retén se acercaba. Salimos corriendo y nos escondimos detrás de unas zarzas, agazapados. Volvimos con las manos vacías, y al entrar en casa me di cuenta de que había perdido la falda.

Esa falda, hecha por mi madre, era reconocible en todo el pueblo. Si la encontraban en el campo, me delataban y la Guardia Civil no tendría misericordia.

Me puse a llorar desconsolada, desperté a las niñas y pronto estábamos los tres lamentándonos. Laureano nos obligó a dormir, prometiendo buscar la falda.

Al alba, fue al campo y, milagrosamente, la recuperó, oculta entre las espigas.

Desde entonces aprendí a valorar a mi marido como merecía. Guardé mi lengua y jamás hablé mal de él.

¿Y después, qué ocurrió? le pregunté.

Sobrevivimos al hambre, como pudimos. En el cuarenta llegó la guerra, y Laureano se fue voluntario al frente. Los alemanes ocuparon pronto el pueblo y, por no colaborar, los fascistas incendiaron la casa y… se llevaron a mi Jacintita. No sobrevivió. Yo, embarazada, perdí también al bebé.

Vi cómo a esa mujer le temblaba la voz. Me acerqué y, por primera vez en mi vida, fui yo quien se abrazó a alguien.

Así estuvimos hasta el amanecer sin decir palabra.

Luego prosiguió cuando ya clareaba el día , me llegó la esquela: Laureano, desaparecido en combate, probablemente muerto. Desde entonces no paré de viajar de un pueblo a otro, dando clases y viviendo donde podía. Mi sobrina me acogió años después en Madrid. Y aquí vengo, cada cierto tiempo, para que me cuiden y ayudar un poco en casa, que así ella puede ahorrar y yo, con la pensión, le compro chocolate. Se ilusiona como una niña, como si fuesen diamantes.

Me pregunté cómo era posible que tanta fortaleza y bondad cupiesen en un solo ser, después de todo lo vivido. Yo, en cambio, siempre enfadado, y todo me iba bien tenía trabajo, salud, una esposa que me quería.

Poco a poco, mi estómago fue perdiendo el dolor. Empecé a comer, a recuperar peso. Al cabo de un año, Mariluz y yo tuvimos nuestro primer hijo, Miguel. Cuatro años después nació nuestra esperada hija, a la que, en honor a quien me enseñó tanto, llamamos Concha.

Desde entonces veo a Mariluz con otros ojos, aprecio cada uno de sus gestos y ahora, cuando mi carácter intenta asomar la cabeza, me acuerdo de las espigas de Doña Concha y cómo mi mujer me cuidó cuando más lo necesitaba. Ayudar a los demás, desde entonces, me ha hecho mejor persona. Y siempre me pregunto: ¿cuántas veces estaremos enfermos solo por no saber apreciar lo que tenemos, ni a quienes nos quieren?

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