La puerta

La Puerta

Hoy, mientras deambulaba por las calles de Madrid, me sorprendí a mí mismo delante de una puerta que conozco demasiado bien. ¿Cómo había llegado hasta aquí? Debería haber prestado más atención a mis pasos, pero mis pensamientos han hecho de guía, dirigiéndome sin querer al portal de la vieja casa donde viví más de veinticinco años junto a mi esposa. Me quedé quieto, mirando la puerta que me resultaba tan familiar. Una puerta corriente, igual que tantas en cualquier bloque de pisos castizo.

Guarnecida de polipiel verdosa, el patrón de rombos remachados con tachuelas doradas dominaba el panel, salvo por una, plateada y distinta, que yo mismo reemplacé con mis propias manos hace más de quince años. La original se perdió y un trozo de polipiel quedó descolgado, así, con mucha maña, rehice el tapizado y coloqué ese remache que resaltaba como una estrella en el cielo entre los demás. Así que me hallaba allí, observando ese pequeño punto brillante, sin decidirme a marchar…

* * *

Mis cambios llegaron hace un año, en el momento en que creí estar preparado. El trabajo, rutinario y placentero, y la paz doméstica que compartía con mi mujer me asfixiaban, como arenas movedizas cálidas de las que uno no consigue escapar. Me faltaba la emoción, la pasión, esa chispa de vida que ansiaba. Buscaba cualquier rama a la que asirme para salir de aquella calma y lanzarme a la vida de colores intensos, ruido alegre, y gentes llenas de vitalidad. Allí donde todo fuera puro júbilo, donde los días grises no existieran, donde sentirme realmente vivo.

Esa rama fue mi secretaria, Mariluz. Joven y bella, irrumpió en mi vida como un vendaval, trayendo consigo el ritmo de la música, el perfume exquisito y el sabor a cava en los labios. Me enamoré como un chiquillo. Al recordar el cariño juvenil que una vez sentí por mi futura esposa, aquellas emociones me parecían pálidas frente al torbellino de sensaciones que me ofrecía Mariluz.

Mi mujer, como si adivinara lo inevitable, se volvió reservada. Buscaba mis ojos, tratando de hallar en ellos una respuesta al eterno interrogante femenino, pero no encontraba sino vacío. El romance con Mariluz fue intenso y absorbente; me entregué, dedicando tiempo y euros a cada encuentro con placer, como si el mundo girase solo para nosotros. Ni entonces, sin embargo, estaba dispuesto a abandonarlo todo. Me ataba la costumbre de mi cama mullida, y después de manjares en restaurantes, deseaba en mi interior el sabor de las albóndigas caseras de mi esposa, junto a las que ningún plato podía competir.

No sé cuánto habría durado aquello. Hasta que Mariluz, cansada de ser siempre la otra, apareció en nuestra casa, decidida a hablar con mi mujer y a llevarme con ella. Estaba mi mujer y nuestro hijo universitario. Soportaron en silencio la verborrea confiada de Mariluz y, mientras mi esposa se recomponía con un vaso de agua y pastillas, mi hijo, raudo, recogió mis cosas y las echó en la vieja maleta. Al cabo de unos minutos estábamos Mariluz y yo fuera, la puerta cerrándose tras nosotros…

* * *

Comenzó entonces una vida completamente distinta. El torbellino no me daba tregua: cenas, eventos, tiendas exclusivas, todo me sobrepasaba con su brillantez y frenesí. No sabría decir en qué momento todo aquello comenzó a desgastarme. Admitir que el ritmo de nuestra relación era excesivo para mí me costaba aún más.

Opté por hacer una pausa. Literalmente: me aposenté en el salón, en un sillón cómodo, para observar por fin quién era ahora. Lo que vi al principio me sorprendió, pero pronto me fastidió profundamente. Mariluz, aunque deslumbrante, era incapaz de adaptarse a la vida cotidiana española. No manejaba las tareas del hogar y menos aún la cocina.

Eso, sin embargo, no era lo más duro. No teníamos de qué hablar. Mariluz era admirablemente, irremediablemente ingenua. Su mundo era el de los billetes crujientes, envoltorios llamativos y seguidores en redes. Al principio intenté enseñarle algo útil, darle conversación interesante, pero era un sufrimiento para ella cualquier pensamiento medianamente profundo. Al final me di por vencido.

No lo intenté más. Pacientemente, cada tarde, soportaba el té de sobre, insípido y mal hecho, que ella preparaba. Y volvía a añorar los tés perfectos de mi esposa, el aroma de manzanilla o hierbaluisa, el sabor cálido de esos momentos. Y aquellos cocidos madrileños, las croquetas, los buenos guisos… Nada comparable. Ella fue siempre la anfitriona ideal. Me invadían recuerdos de los atardeceres compartidos, los debates tranquilos sobre novelas o películas de Almodóvar y Amenábar…

Una vez intenté volver. No para quedarme, no aún, sino por nostalgia. No sabría decir qué buscaba aquella noche, pero nadie respondió al timbre. Escuché el llanto ahogado de mi esposa tras la puerta y me marché, permaneciendo largo rato junto al parque, mirando las ventanas que antes fueron mías hasta que se apagó la última luz…

El tiempo pasó y la brecha entre mi edad y la de Mariluz no hacía sino agrandarse. Sus tonterías me irritaban cada día más y para ella mi pasividad resultaba insoportable. Dejamos de salir juntos, las noches eran solitarias en la misma casa… Hasta que, una noche, sin saber cómo, me vi plantado ante la puerta de mi antiguo hogar.

* * *

Me quedé allí, contemplando esa tachuela torpemente clavada por mis propias manos, y no sabía qué hacer. ¿Dar la vuelta? ¿A dónde iría? Ya no le importaba a la joven mujer por la que sacrifiqué mi vida anterior. ¿Quedarme aquí? ¿Me abrirían acaso la puerta? ¿Serían capaces de perdonarme?

No podía alejar de mi mente la imperfección de aquel remache. Alargué la mano y rozé el frío metal con la punta de los dedos. De pronto la puerta cedió, y se abrió sola. El olor de mi antiguo hogar me envolvió cálido, denso y cargado de memorias. Cerrando los ojos, inhalé profundamente, y cuando los abrí… allí, de pie en el umbral de la cocina, estaba mi esposa, con las pequeñas arrugas alrededor de sus ojos y una sonrisa. “Ya estoy en casa”, pensé. Crucé el umbral y cerré la puerta detrás de mí.

Hoy comprendo que a veces uno se deja llevar por los destellos de lo nuevo, olvidando que la verdadera felicidad está en esos pequeños detalles imperfectos, en la simple calidez del hogar y en los recuerdos compartidos con quienes más te conocen y quieren.

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