De más

Lucía, ¿por qué no has ido hoy al instituto? Pilar soltó dos bolsas repletas junto al umbral y, suspirando, se apoyó en la pared blanca del viejo piso de Salamanca.

¿Qué día era aquel? El caos en la notaría había sido de otro mundo y otra vez el jefe le había lanzado miradas como ladrillos. Y ahora la pequeña otra vez con problemas. ¿Qué castigo era aquel?

Mamá, me duele la tripa susurró Lucía, medio doblada junto a la puerta donde el felpudo tenía forma de sardina azul.

A Pilar aquella postura le ponía nerviosa. ¡Con lo fácil que es mantener la espalda erguida! Clara y Mateo, los dos mayores, nunca iban así. Por supuesto, Clara hacía gimnasia rítmica y la vigilaban como a las monjas en conventos, y Mateo, entre las brazadas de natación y los kata de kárate, tenía la columna como una espada castellana. Lucía, sin embargo, siempre desparramada, una especie de ameba en bata vieja; siempre dolorida. A veces cabeza, luego tripa, luego las dos cosas. Pero desde la última bronca, al menos, no se saltaba las clases. ¿Por qué había llegado hoy antes? Ya ni le apetecía investigar. Era el cumpleaños de Alejandro, su marido, y tocaba maratón de horno y fuegos para que, al llegar la parentela, todo estuviera a punto.

Pilar se quitó las botas y veloz cruzó la cocina, olvidando a la hija, mientras Lucía, en el pasillo, volvió a su cuarto. Allí, sentada sobre la cama mal hecha, abrazó al viejo Osito Pérez, un peluche con un botón por ojo, y se quedó muy quieta, el silencio todo azulado como la calle en enero.

Sabía perfectamente que su madre no tenía cabeza para ella; no quería fastidiarla más. Ya había tomado una pastilla esos comprimidos que abuela Mercedes le había enseñado a usar tras aquella consulta extraña con un médico que siempre tosía y el dolor ahora no era como al principio. Se había vuelto una comadreja diminuta, oculta dentro, a veces rasgando, haciendo cosquillas, pero sin fuerza, solo para recordarle quién mandaba.

Osito Pérez, siempre atento con su botón refulgiendo, trabajaba su misteriosa magia y el dolor parecía flotar lejos. Lucía besó el hocico descosido del peluche y fue a sentarse al escritorio de madera clara que compartía con Clara, la hermana. Debería darse prisa, al volver Clara de entrenamiento tendría que dejarle espacio, y no solo eso: el escritorio debía quedar impecable, si no, vendría la tormenta. Ya veía a su madre llevarse las manos a las sienes, suspirar y mascullar:

¿Queréis matarme? ¡Dejadme en paz y poneos de acuerdo de una vez!

Pero Clara jamás se pondría de acuerdo con nadie. Simplemente le clavaría un buen pellizco, rápido, certero, y luego susurraría, fiera como un cisne cabreado en aquel estanque al que solía llevarlas abuela Mercedes en verano:

¡Ahora sí que te has pasado!

Eso significaba que Lucía debía morder la funda de la almohada y aguantar el chaparrón. Y, por la tarde, cuando su madre apagase la luz del cuarto, intentar no soltar un grito cuando llegaran los sermones y el eco. Después, le tocaría sentarse durante días en el banco del polideportivo, viendo a los demás hacer deporte, roja de vergüenza, mientras sus compañeros cuchicheaban:

Lucía, otra vez. Lo tuyo no es normal, chica. ¡Vete al médico o algo!

En su clase todos amaban la educación física. Solo se libraban con justificante médico o… bueno, con la otra causa, tabú aunque a esas alturas todos sabían de qué se trataba, sobre todo en aquel curso noveno tan aficionado a las optativas y a la biología.

Ocultando cualquier moratón tras la manga del jersey, Lucía se refugiaba en los libros; sabía que la única manera de contentar a sus padres eran las notas, pero buenas de verdad. Aprender le gustaba, aunque la salud no siempre se lo ponía fácil. Pero Lucía había aprendido a callar. Solo admitía dolores si era estrictamente necesario, o si le preguntaban muy directamente. ¿De qué servía quejarse? Nadie hacía nada; su madre creía que exageraba, y su padre, simplemente, no escuchaba. Siempre acababa oyendo lo mismo:

¿Pero qué puedes tener tú? ¿Por qué a Clara y a Mateo nunca les duele nada? ¿Por qué siempre eres tú?

De niña, Lucía lloraba. Ahora, con quince años, ya no. Iba sola a por las pastillas que, por fortuna, conocía como si fueran caramelos. A los once ya tenía claro para qué servía cada cosa, y con quince era toda una experta en sobrellevar a solas sus dolencias.

Debería ponerse con los deberes, pero la cabeza le pesaba. Le costaba horrores centrarse en geometría, pero lo intentaba.

Estudiaba la nueva proposición cuando la puerta se abrió de golpe y un grito de Clara la sacó del ensueño, como si toda la silla diera un salto:

¡¿Sigues aquí?! ¡Largo de mi mesa ya! ¡Tengo que estudiar para el examen!

Rápida, Lucía apiló todos sus libros antes de que su hermana inventara su versión del orden: barrerlo todo al suelo y, tras ellos, los lápices.

Ya salgo.

¡Pues ya tardas! ¡Y desaparece, a ver si no te encuentro! Va a venir Nacho ahora, y tú me estorbas.

Voy a ayudar a mamá en la cocina.

Donde sea, a mí me da igual. Clara se miró de perfil en el espejo y buscó su neceser.

Ese neceser rojo brillante fue en su día la envidia de todas sus amigas del equipo. Pilar nunca racaneaba en cosméticos para su hija mayor. Si tenía que pintarse decía que fuera bueno, que la piel es delicada.

Para Lucía, esos tesoros miniaturas de perfumes, cremas carísimas eran cosa de ciencia ficción.

¿Pero qué te vas a pintar tú? la reprendía Pilar, sujetándole la barbilla junto a la ventana, con toda la luz cayendo ¡Si tienes la cara llena de granos! Clara siempre tuvo la piel perfecta como yo. A ti no sé a quién te ha salido esa piel, ni tu padre llega a tanto. Anda, lávate y olvida el maquillaje, no es para ti ni falta te hace. Preocúpate por los estudios, muchacha.

A los chicos, Lucía ni los miraba; solo pensar en ello le asustaba. ¿Quién iba a fijarse en una rara como ella? Su abuela Mercedes le repetía que la adolescencia era pasajera, pero Lucía solo tenía que mirar a su madre o su hermana para saber: ella no era bonita ni, seguramente, lo sería nunca.

Clara triunfaba allá donde iba. Parientes y vecinos la alababan sin descanso, muñeca de porcelana caminando entre adulaciones. Sabía hacerse la modosa en público le enseñaron desde niña, pero solo Lucía entendía su verdadero carácter.

Viendo a su hermana lanzar los libros por la habitación, Lucía no sentía rabia. Solo pena por ella. Pero jamás se lo habría dicho. Y recordaba entonces, palabra tras palabra, lo que siempre le decía abuela Mercedes:

No te burles nunca del pobre de espíritu, Lucía. Y menos te enfades. Si el corazón es escaso, eso es una tragedia. No para los demás, sino para uno mismo. Quien no tiene bondad en el alma, va errando por la vida, y sus días se le apagan de hollín. Y aunque parezca feliz y poderoso, tarde o temprano algo le despertará, le rozará apenas, y entonces sabrá todo lo perdido. Quizá no cambie, porque cuesta demasiado, pero ese comprender le irá comiendo por dentro hasta el final.

La abuela era la única persona en la familia que jamás la hizo sentirse de más.

Hasta con Mateo, que era extraño pero algo mejor que Clara, la relación era de mutual ignorancia. Ni siquiera con ella se mostraba especialmente cercano, salvo cuando por casa merodeaban compañeras guapas.

Sobrante… Esa palabra la escuchó Lucía por primera vez a los cinco años. Sus padres peleaban aquella noche, y Lucía, escondida abrazando a un Osito Pérez entonces recién llegado, se quedó en la cama escuchando.

Ya te dije que no hacía falta otro niño. Pero tú, nada. Como si mi madre no te hubiese ofrecido soluciones, incluso llegar a un acuerdo.

¿Acuerdo? ¡Tu madre siempre pensó en sí misma! ¿Y yo qué? Si algo me hubiera pasado, ¿qué tal les iba a Clara y a Mateo? Mi madre ya está vieja y la tuya vamos, no se le confía ni un cachorro, imagínate un niño…

Mi madre me crió, y mal no salí. Solo estaba en contra de este extra. ¿No teníamos bastante con dos?

Me hubiese bastado, pero aquel verano en las Médulas con tiendas de campaña fue tu idea. Y mira, que ahora tenemos este niño de más. ¿Qué querías, tirarla a la basura?

No, claro el padre rondó el cuarto, y Lucía se cubrió la cabeza con la sábana. Tienes razón, ya no vale discutir por lo que hay.

Seguían susurrando mucho rato antes de apagar la lámpara bajo un pañuelo rosa, y Lucía pensaba: Si nadie la quería, ¿mejor irse? ¿Molestaría menos así?

El único lugar de verdad era la casa de abuela Mercedes, lejos pero Lucía recordaba bien ese viaje en tren. Había que idear cómo llegar a la estación.

Un domingo cogió su bolsita dentro, su libro favorito y los calcetines de borlas, se puso las botas de agua, chubasquero y cruzó de puntillas el pasillo, plácida y secreta como una sombra.

¡No me mires así, Osito! Fuera llueve y en el pueblo hace barro, ¿vale? Nadie se va a enterar.

Llegó casi a la marquesina del autobús cuando la interceptó la portera, Doña Puri.

¿Adónde vas sola, Lucía? ¿Y tu madre?

En casa.

¿Y tu padre?

En casa también. Yo sola.

Muy bonito, ¿y para dónde vas tú sola?

A ver a mi abuela.

¿Sola? ¿Por qué?

Porque aquí estorbo. Allí, no.

La portera la miró, espantada, y Lucía continuó, pero al instante Doña Puri la alcanzó.

¿Has cogido los papeles para subir al tren?

¿Papeles?

Necesitas el DNI de mamá o de papá, y tu libro de familia. Sin eso, no puedes montar.

Lucía negó con la cabeza. No…

Pues a casa, mujer. Luego lo recoges y te vas dijo la portera, y Lucía agarró su mano huesuda.

Sólo un momento, Osito. Enseguida seguimos.

Así fue como la devolvieron a casa, y sus padres solo se enteraron cuando llamaron al timbre. Pilar, friendo torrijas en la cocina, resopló y fue a abrir, sin imaginar la escena.

¿Qué habrás hecho ahora? Clara le gruñó cuando la vio entrar.

Aquel domingo, Lucía pasó la tarde en el rincón más oscuro del pasillo. Su padre la puso allí de castigo y prohibió moverse. Clara, tras reírse, finalmente le devolvió el Osito:

Toma, deja de llorar. Papá ya se calmará, sabes que no es malo. Pero hay que pensar antes.

Lucía siempre oía esa frase. Se enfadaba consigo misma porque su cabeza nunca pensaba como debía.

La abuela solía reír y decía:

No todos viven pensando. Algunos viven de corazón. No siempre es bueno, pero es lo que hay, hija.

¿Por qué no es bueno?

Si tienes el corazón tierno o bondadoso, puedes salir malparada. La cabeza sirve para pensar: ¿qué hago? ¿qué pasará después?

¿Y el mío cómo es?

El tuyo, Lucía, de oro. Por eso a veces me preocupas.

¿Por qué, abuela?

No quiero que te hagan daño.

Aquellas palabras ella las llevaba siempre consigo. Cada vez que algo malo ocurría, pensaba: No soy tan mala niña si abuela Mercedes cree que tengo buen corazón.

Después de aquel intento frustrado de huida, Lucía dejó de rebelarse. Los demás la convencieron de que los niños son propiedad de los padres y, hasta que fuera adulta, nada podría cambiar.

¿Veterinaria, tú? ¡Eso no es profesión! protestaba Pilar cuando Lucía, con diecisiete, quiso decidir su futuro. Fíjate en Clara, va a ser economista, tendrá futuro ¿y tú?

Mamá, por favor

¡Haz lo que quieras! Siempre fuiste un castigo, nunca escuchas

Lucía sonreía por dentro: por más que la retaran, su plan avanzaba. Sin ayuda, sin profesores privados porque para ella no había presupuesto.

Si pensaras como tus hermanos, te ayudaríamos. Como insistes en lo tuyo, apáñatelas.

El timbre sacó a Lucía de la biología. Suspiró: los invitados ya llegaron. Tocaba sentarse en la mesa, tragar frases hechas bajo la lámpara amarillenta.

Lucía, hija, qué delgada. ¿No te dan de comer? Esas ojeras Pilar, esa niña necesita médico proclamaba la abuela Irene, impecable, quitándose los guantes.

¿Y la Clara? ¿Tampoco está? Esperaba verlas a las dos, pero no contesta ni al teléfono. ¿No es su deber atenderme ya que su hermano está por ahí viviendo la vida? decía lanzando miradas dramáticas.

Abuela, puedo pasar el martes a ayudarte interrumpía Lucía, para evitar el estallido de su madre, ya bastante cansada.

¡No, tú no! ¡Quiero que venga Clara!

No tengo tiempo respondía la hermana, radiante, antes de coger de la mano a Nacho. Cuando pueda te aviso, abuela.

En ese momento, a la mínima señal sentida, Lucía se retiraba a la cocina. Mejor así, nadie la necesitaba. Silenciosa, ayudaba a servir la cena; a cambio, seguían charlando de Clara, de su boda y de cómo Lucía, la otra hija, parecía tema incómodo:

Una carrera de veterinaria ¿por qué no medicina, como Dios manda?

A Lucía no le sorprendía. Todos esos comentarios eran como el aire, incoloros, inevitables. Solo Clara, mientras recogía platos, cambiaba de tema:

¡Qué sortija hemos elegido! Es de ensueño, ¿verdad, Nacho?

Agradecida, Lucía asentía y comprobaba que no quedaba nada que hacer. Sintiéndose de nuevo fatal, volvió a tomar una pastilla y se encerró en la habitación. Ni se enteró de cuándo se marcharon, de cuándo Clara volvió a hacer limpieza tras la fiesta.

Lucía dormía.

Y por la mañana, el cuarto era solo suyo; Clara se iba a vivir con Nacho. Una pequeña alegría.

No toco tus cosas le prometía a la hermana ayudándole a hacer el equipaje.

¡Ni se te ocurra! respondía Clara, y tras rebuscar en el neceser, le tendía varias cosas nuevas. Toma, aprende a usar estas cosas. Ya eres mayor. Tú sabrás.

Lucía pensó en decirle que mayor llevaba siéndolo mucho tiempo, pero simplemente dio las gracias en voz baja.

Los años siguientes fueron exactamente como ella había calculado. Solo estudiar. Clara, tras dos niños, captó toda la atención materna, lo cual a Lucía le convenía. Tenía que enfocarse en sí misma y lo agradecía.

Cuando por fin anunció su intención de dejar la ciudad tras conseguir el título y vivir en un pueblo, los padres reaccionaron con resignación:

¿A la aldea? Siempre tan distinta. Allá tú, Lucía. Ya veremos cuando vuelvas, si alguna vez, si te consideramos sensata otra vez.

Pero Lucía se despidió de todos, cogió camino y fue a instalarse con abuela Mercedes, quien la recibió de brazos abiertos (aunque con la duda de si aquel cambio rural sería definitivo).

Lucía, ¿estarás bien? Tú eres de ciudad, aquí todo es otro mundo

No te preocupes, abuela. Mientras tú quieras que me quede

Y así fue como Lucía se sintió finalmente en casa. Pronto era respetada por todos, querida por animales y gentes viejas del lugar.

Vaya nieta tienes, Mercedes. ¡Pero bien! ¿Tiene novio ya? preguntaban las vecinas.

Lucía reía del asunto hasta que apareció Víctor: mayor que ella, con una granja, un niño pequeño, viudo desde hacía años.

¿Casarte con un viudo y el crío? ¿No piensas en ti misma? Pilar agitaba la cabeza.

La casa olía a manzanilla, y Lucía tenía muy clara su decisión. Sabía, además, que Clara no era nada feliz en su matrimonio, y Mateo, perdido en la vida, tampoco era ejemplo de nada.

El viejo autobús que llevaba de un lado a otro del páramo rechinaba y suspiraba en cada bache:

¡Lucía Mercedes! Hasta la misma puerta te dejo.

Muchas gracias, don Valentín, es usted un sol.

¿Es cierto que te casas con Víctor? Buena elección, Lucía. Allí sí tendrás familia de verdad.

¿Qué es una familia de verdad, don Valentín?

Pues donde todos se respetan y esperan unos de otros. Aquí le llamábamos querencia, o mejor aún, “pena”. No esa pena de echarse a llorar, sino la que arropa y acompaña. Donde nadie queda solo ante sus males y cualquiera comparte lo bueno. Eso es todo.

Tan complejo y tan sencillo respondía Lucía. Gracias por la lección, de corazón.

Eso, cuando te cases, invítame, ¿eh? Voy con la parienta. De explicarte bien estas cosas, ella sí que sabe.

Claro que sí, don Valentín.

Dos años después, Pilar paseaba por la nueva casa de Lucía, espacio y luz a raudales, olía a campo y pan. Entraba en el cuarto, donde vivía ahora abuela Mercedes después del infarto, empujaba suavemente el carrito donde dormía la nieta recién nacida y fruncía el ceño al ver al viejo Osito Pérez:

Pero ese peluche está para tirarlo. ¡No da pena?

Más viejo, más cariño, mamá. Cuando lo pongo junto a la niña, duerme sola y tranquila decía Lucía, colocando orgullosa el oso.

Qué cosa aunque ya no me sorprende nada contigo. ¡Vaya madre!

Mamá

¿Qué?

Fui. Eso que decías. Extraña, torpe, insegura, de más

La mirada de Lucía era larga, y Pilar, ruborizada, bajaba la cabeza.

Pero ya no soy esa. ¿Lo ves?

Pilar asentía despacio, viendo cómo su hija abrazaba a la pequeña.

El hijo de Víctor, ya con cinco años, salió de la cocina llevando un bollo caliente:

Mamá, ¿puedo coger otra chuche?

Coge la bombonera y ofrece a todos. Y pregunta a tía Clara primero si pueden antes de comer, ¿vale?

Pilar veía marchar al muchacho, y Lucía le devolvía una sonrisa serena.

Eso es, sí. Castigar o cambiar a la familia no sirve de nada, porque son lo que son. Pero cuando los queremos, incluso un pequeño cambio suyo nos alegra más que cualquier otro regalo.

¿Mamá, puedes coger a la niña? Que tengo el lechazo en el hornoPilar dudó apenas un instante, los ojos detenidos en la nieta que dormía, minúscula y plácida bajo el resplandor de la tarde que entraba a raudales por la ventana sin cortinas. Luego se acercó, con una ternura temblorosa, y alzó a la pequeña con una destreza recuperada de otras vidas, de otros hijos. Encontró, sin buscarla, la mirada de Lucía, tan parecida a la suya en aquel momentoprofunda, silenciosa, y finalmente, en paz.

La niña se acomodó en sus brazos, y Pilar sintió por fin el murmullo secreto de la familia: ese hilo complicado, a veces áspero, a veces de oro, que une incluso a quienes tantas veces se sintieron de sobra. Entendió, quizá por primera vez en la vida, que a veces lo más extraordinario sucede cuando dejamos de intentar encajar y simplemente somos hogar para los demás.

Afuera, el viento jugaba con los árboles y la voz de Clara sonó, suave, desde la cocina:

Mamá, ¿quieres café o té?

Pero Pilar, mirando a su nieta y luego a su hija, pensó que por una tarde podía quedarse quieta, abrazando amor y oportunidad, sin hacer nada más que estar y aprender a empezar de nuevo.

En la cuna, Osito Pérez vigilaba la escena, cómplice y orgulloso, como si supiera que, al final de todo, la verdadera magia resiste y se hereda, puntada a puntada, en cada familia que, contra todo pronóstico, se recomienza cada día.

Así, bajo el sol ancho y la risa de los niños, Lucía supo que, por fin, ya no sobraba nadie. Y el mundo, por unos instantes, fue exactamente como había soñado de niña: cálido, sencillo, y absolutamente suyo.

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