El marido infiel escondía su móvil, pero la memoria le jugó una mala pasada

Todo hombre tiene sus secretos. Hay quien guarda dinero en un calcetín. Otros mienten sobre una partida de mus. Y luego estaba Rubén Ortega, que siempre dejaba el móvil boca abajo.

Siempre, en cualquier parte. Sobre la mesa de la cocina, boca abajo. En la mesilla de noche, boca abajo. En el bar de la esquina, en casa de sus padres, boca abajo.

Lucía no se dio cuenta al principio. Solo lo fue registrando sin más importancia. Más tarde empezó a preguntarse el motivo. Luego prefirió dejar de pensar en ello, porque la idea le resultaba desagradable. Es eso que hacemos muchos: no pensar en lo que nos inquieta, hasta que sencillamente la realidad te golpea en la cabeza.

Su matrimonio era… bueno, un matrimonio normal. Nada de fuegos artificiales, pero tampoco discusiones eternas. Rubén trabajaba, Lucía trabajaba. Los fines de semana: la compra en el supermercado, alguna serie, a veces visitas. Las visitas solían ser de Alex y Carmen. Alex era el mejor amigo de Rubén de la universidad. Carmen, su mujer, era esa persona que siempre destaca, risueña y con una autoconfianza que en ocasiones agotaba a Lucía, aunque no lo mostraba.

Todo era aparentemente normal. Excepto por el móvil de Rubén.

Lucía siempre veía el móvil dado la vuelta. Y siempre se decía: da igual, es un adulto, quizá es solo una manía.

Hasta que un día, intentando alcanzar la sal y pasando por encima de él, lo empujó sin querer. El móvil resbaló y cayó sobre la silla, boca arriba.

Rubén reaccionó antes de que pudiera fijarse en nada. Simplemente puso la mano encima.

Perdona dijo Lucía.

No pasa nada respondió Rubén.

Y ambos fingieron que no había ocurrido nada. Porque así es como se reacciona cuando pasa algo que no quieres afrontar.

Lucía era una mujer inteligente. Y eso, en realidad, era lo que le complicaba la vida.

Una mujer inteligente no monta escándalos por un móvil. Observa. Construye mentalmente una especie de tabla: columna de hechos, columna de explicaciones. Y, mientras las explicaciones encajen, se mantiene callada.

Lucía llevaba meses callada. Su tabla mental cada vez era más larga.

Hecho uno: Rubén empezó a quedarse más rato en la oficina. Siempre había trabajado bastante, pero regresaba, como mucho, a las ocho. Últimamente llegaba a las nueve, a las diez y media, un día, incluso a las once. La excusa era la de siempre: cierre de trimestre, informes, un cliente de Barcelona.

Hecho dos: se le veía ausente, distraído. Veía la televisión sin verla realmente. Contestaba a las preguntas con una pausa, como si la red fuese lenta.

Hecho tres: se ponía tenso cuando llamaba Alex.

Eso sí que llamó su atención. Alex era su mejor amigo desde hacía casi veinte años; Rubén siempre respondía a sus llamadas con ganas, a veces hablaban en la cocina durante media hora y luego volvía sonriente. Ahora, cuando veía su nombre en la pantalla, algo le cambiaba en la cara. No mucho, apenas un matiz. Pero Lucía se daba cuenta.

Una vez se lo preguntó:

¿Va todo bien con Alex?

Sí, ¿por qué lo dices?

Es que te noto raro cuando te llama.

Te lo parece contestó Rubén, mientras cogía el móvil.

Carmen, la mujer de Alex, llamó un miércoles al atardecer. Simplemente para charlar. A veces lo hacían, sin necesidad de planear nada, sin sus maridos, sólo una taza de té y tirar de cualquier tema. Carmen era de esas personas que ríen fuerte en cualquier bar y saben entretenerse en una cola.

¿Qué tal vais? preguntó Carmen.

Bien. Rubén otra vez se ha quedado en la oficina.

Vaya, cosas del curro dijo Carmen, quizá demasiado deprisa.

La semana siguiente se reunieron, como solían, los cuatro en casa de Lucía un viernes por la noche. Alex y Carmen trajeron un Rioja y una tarta; Rubén preparaba carne en la cocina mientras fingía estar de un humor excelente. Lucía ponía la mesa y observaba.

Detectó algo raro entre Rubén y Carmen.

Dos personas que siempre compartían conversación ahora apenas se dirigían la palabra.

Alex hablaba de su trabajo, con voz calmada y ojos cansados. Lucía le miraba y pensaba: ¿lo sabe? ¿o sospecha sólo? ¿o lo intuye y finge, igual que yo?

¿Estás muy callada? le dijo Rubén después de que se fueran los invitados.

Es cansancio.

Acuéstate pronto.

Sí contestó ella, casi ausente.

Se tumbó en la cama y se quedó mirando el techo. Al fondo, tras una pared, la televisión murmuraba; Rubén aún no había venido. Su móvil descansaba en la mesilla, siempre al lado de Rubén, una vez más, boca abajo.

Lucía se dio la vuelta, de cara a la pared.

Todavía quería creer en las explicaciones.

El sábado por la mañana, Rubén le dijo que iba a pasar la ITV del coche. Según él, no tendría que tardar más de tres horas.

Lucía se sirvió café, leyó algo, y al cabo se puso a limpiar: aspirador, trapo, cambiar de sitio un par de libros. Al llegar al sofá del salón, vio el móvil.

Estaba sobre un cojín. Boca arriba.

¡Lo había olvidado!

Rubén no había olvidado jamás el móvil en los tres años juntos. Se había dejado, alguna vez, las llaves, la cartera, incluso una chaqueta en el despacho en pleno diciembre. Pero el móvil, jamás.

Lucía se quedó un momento inmóvil con el trapo en la mano.

El móvil relucía, encendido.

Lucía dejó el trapo y se acercó.

Había una notificación en la pantalla, sólo unas palabras. Nunca había leído los mensajes de su marido. Nunca. No por una confianza infinita, sino porque creía que todo adulto tenía derecho a su intimidad. Era un principio suyo. Y cómodo, al menos para todos menos para ella.

No leyó el texto de la notificación.

Pero sí vio la foto del contacto.

Un pequeño icono circular junto al nombre en el WhatsApp. Apenas un centímetro de diámetro. Un rostro femenino, pelo oscuro y sonrisa.

Conocía bien esa sonrisa. Carmen.

Se quedó mirando aquel diminuto círculo con la cara de Carmen. Un segundo, dos, cinco. El móvil se apagó por inactividad. Lucía ni se movió.

Fue a la cocina y se sirvió un vaso de agua.

Carmen. La mujer de Alex. Su amiga, en la manera en la que suelen ser amigas las esposas de los amigos de tu marido. Gente con la que pasas los viernes, de quien sabes la alergia a los kiwis y la fecha del cumpleaños el veintidós de marzo. Lucía nunca olvidaba el cumpleaños de Carmen. Siempre le hacían un regalo conjunto con Rubén.

El último año también.

Volvió al salón. El móvil volvió a iluminarse, llegó otro mensaje. Pantalla encendida, notificación fugaz, desaparición.

Tampoco leyó ese mensaje.

Sabía que si leía, ya no habría retorno. Mientras no leyera, cabía una minúscula esperanza: quizá Carmen escribía a Rubén por alguna tontería inocente. Quería felicitarle por algo. Preguntar por Alex. Se había equivocado de chat aunque no, en WhatsApp no hay errores así, aparece el nombre y la foto.

No era nada de eso, Lucía lo sabía.

Se sentó en el sofá con el móvil a su lado. Lo miró. El móvil estaba tan callado como la gente que sabe demasiado y justo por eso prefiere callar.

En su cabeza, los hechos empezaron a ordenarse en una secuencia nueva: las horas extra, el despiste, la tensión cada vez que llamaba Alex. Aquella velada, cuando Carmen y Rubén apenas se hablaron, le pareció raro. La otra noche, cuando Carmen explicó tan deprisa que Rubén se retrasaba por trabajo.

Carmen sabía. Lo sabía porque era la causa.

Lucía se quedó sentada en el sofá, sintiendo cómo todo por dentro se le recolocaba despacio, con precisión.

Alex, el mejor amigo de Rubén durante veinte años.

¿De verdad no lo sabía? ¿O sí, pero callaba, igual que ella?

Se oyó un portazo en el portal. Pasos en la escalera.

Rubén regresó más pronto de lo que había calculado la ITV habría sido rápida, o tal vez recordó su móvil olvidado.

Lucía no se movió. Siguió sentada en el sofá.

Rubén entró, la vio, después vio el móvil junto a ella. Su expresión se alteró un instante, apenas perceptible. Pero Lucía, después de tres meses, se sabía de memoria sus gestos.

Me lo he dejado dijo Rubén, y señaló el móvil, como si tal cosa.

Sí respondió Lucía. Ya lo he visto.

Se puso de pie. Pasó a la cocina. Se bebió el segundo vaso de agua que había dejado.

Detrás no se oía nada.

Lucía dijo Rubén.

Ahora no respondió con calma. No estoy preparada.

Y era cierto. No estaba lista para hablar, para gritar, para llorar, para oír justificaciones que ya no justificaban nada. Sólo tenía claro lo que ya sabía. Y con eso bastaba.

La conversación fue el domingo por la noche. Sin gritos, sin portazos, ni dramatismos de película. Simplemente se sentaron en la cocina. Rubén rompió el silencio; tal vez esperaba que ella preguntara antes y perdió la paciencia.

No sé cómo explicarlo empezó él.

No hace falta que lo expliques contestó Lucía. Lo entendí con la foto del perfil.

Él guardó silencio largo rato. Luego preguntó:

¿Lo sabías?

Lo sospechaba, con mis propias teorías.

¿Y ahora?

No sé lo que vas a hacer tú. Yo tengo que pensar en el divorcio.

Carmen se enteró esa misma noche Lucía la llamó. Fue, seguramente, la charla más corta de su vida.

Carmen, ya lo sé. No tienes que explicarme nada. Si se lo cuentas a Alex o no, depende de ti. Pero a mí no me llames más.

Al otro lado de la línea, silencio. Luego un tímido Lucía…, y Lucía colgó.

Alex se enteró al día siguiente. Lucía no preguntó cómo ni quiso saberlo. Rubén volvió a casa serio, se sentó, miró un punto fijo y al rato dijo:

Me ha llamado Alex.

Entiendo dijo Lucía.

Ya no había nada más que hablar.

Tres años de matrimonio. Veinte de amistad. Una simple foto en WhatsApp, dos sonrisas ajenas y dos hogares resquebrajados, casi sin ruido. Sin dramatismos.

Una semana después, Lucía hacía la maleta. Libros, ropa, algunas cosas de cocina que ya eran suyas antes de Rubén. Él permanecía en la otra habitación; Lucía podía oír cómo se acomodaba en la silla de vez en cuando.

Al irse, se detuvo en la puerta. El móvil estaba sobre la mesa.

Boca abajo.

Lucía salió y cerró la puerta suavemente.

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El marido infiel escondía su móvil, pero la memoria le jugó una mala pasada
NO QUIERO UNA PARALIZADA… – dijo la nuera y se marchó… Pero no imaginaba lo que podría suceder después… En un pequeño pueblo vivía un anciano llamado Denis, gente sencilla le llamaba Denis o Don Denis; por los fines de semana se tomaba un poco de vino blanco. Tenía un sueño: conseguir un perro, pero no uno cualquiera, sino un alano puro. Estaba dispuesto a viajar hasta Extremadura o incluso más lejos solo para ello. Denis había enviudado hacía tiempo. Su esposa, Clotilde, tenía problemas de corazón, los médicos le prohibieron tener hijos, pero ella deseaba uno con todo su ser. Dio a Denis un hijo, pero quedó aún más enferma. Él se encargaba de todo y no le dejaba siquiera cargar la leche desde la tienda. “¡No debes!”, decía él, “los médicos te lo prohibieron”. Clotilde se avergonzaba: “Ya podías no hacerme quedar mal… las demás mujeres me critican, que no hago nada en casa y todo lo asumes tú”. Pero las vecinas le envidiaban: “¡Ay, Cloti, si nos prestaras a tu Denis, quisiera yo vivir aunque sea un día tu vida…”. Ella sonreía y así, sonriente, se fue al otro mundo. Desde entonces Denis se quedó solo y consoló a su hijo. El chico tenía entonces 14 años, la edad difícil. Después del servicio militar se casó joven y se quedó a vivir donde servía. Denis esperaba a su familia en casa, sobre todo desde que nació su nieta, pero nunca venían, siempre alguna excusa. Solo la veía en fotos. Un día, los vecinos se dieron cuenta de que Denis estaba apagado, sin sonrisa ni ganas de charlar como antes. Descubrieron que había recibido un telegrama: la nuera le avisaba que tuvieron un accidente de coche, la nieta estaba grave en el hospital, y su hijo, fallecido. Toda la aldea compadecía al anciano; ¿qué palabras pueden consolar? Nada le aliviaba. Lamentaba la muerte del hijo y aún más la gravísima situación de su nieta, apenas quinceañera y en coma. Lo peor, la nuera dejó de dar señales, no respondía ni cartas, ni llamadas. ¿Cómo saber el estado de la niña? Denis no la conocía en persona, pero la quería como a su difunta Clotilde. Decidió viajar a la ciudad, pero justo antes de partir, llegó una mujer en coche con una camilla: era la nuera, que de un modo brusco abandonó a su hija en el sofá. – Está paralítica de pies a cabeza. Yo no quiero una hija así. Aún tengo tiempo de casarme otra vez y tener un hijo sano – dijo la nuera con frialdad. – ¡Pero yo no soy médico! – alcanzó a responder Denis. – No hace falta médico, no hay nada que hacer. Si no la queréis, enterradla viva, yo no voy a destruir mi vida por ella. ¡Yo no soy cuidadora! – dijo y se fue dando un portazo. – Menuda madre, tú no eres… – gritó Denis, impotente. Por fin, comprendió por qué su hijo nunca traía a la familia de visita. ¿Cómo pudo casarse con una mujer así? Ahora ya no podía preguntarlo. Denis se quedó solo con su nieta, completamente paralizada. Pero él estaba acostumbrado a cuidar y, por fin, halló propósito: curar a la niña. Los médicos se rindieron, pero Denis acudía cada semana a una curandera y seguía fielmente sus remedios. Un año pasó sin mejoría. La nieta ni hablaba ni se movía, solo lloraba silenciosamente, añorando algo que el abuelo no comprendía. Una noche ocurrió lo inesperado: unos jóvenes borrachos, volviendo de fiesta, entraron en casa, sabiendo que vivía allí una chica inválida. Propusieron divertirse a costa de su indefensión. – ¡Anda, abuelo! Quita la manta y separa las piernas, vamos a sortear quién primero… – ordenó el más borracho. – ¡Por favor! ¡Solo es una niña! – suplicó Denis. – Espera… ¡Que me lavo los dientes! – y Denis corrió a la cocina, abrió el sótano y gritó: “¡Agárralos!” De allí salió un enorme alano, Muxtar, que atacó a los intrusos, destrozando pantalones y asustando tanto que todos huyeron por el pueblo con el perro tras ellos y la gente riendo de la escena. Denis volvió y encontró a su nieta sentada en la cama gritando por la ventana: – ¡Muxtar! ¡Muxtar! ¡Abuelo, sujétalo para que no se escape!… Y Denis lloró de alegría: la niña empezó a recuperarse. Con el tiempo, volvió a caminar, a hablar sin parar y a vivir. ¿De dónde había salido el perro? Muxtar era el alano del hijo de Denis; la nuera lo trajo junto con la niña, sin decir nada. Cuando se fue, Denis lo encontró triste y hambriento en la puerta y no dudó en recogerlo. El perro fue su fiel compañero y, aquella noche de calor, estaba en el sótano para no sufrir la temperatura. Si hubiese estado fuera, nadie hubiera logrado entrar. La nieta, tiempo después, confesó que lloraba porque añoraba a su perro, cosa que no sabía cómo explicar a su abuelo. Desde entonces vivieron juntos: Denis, su nieta y Muxtar, y jamás supieron nada más de la madre de la niña.