Álvaro se casó con Carmen para demostrarle a su antiguo amor, Lucía, que no sufría por su abandono. Quería dejar claro que era capaz de seguir adelante, aunque lo hubiesen dejado atrás.
Álvaro y Lucía habían salido juntos casi dos años. Él la adoraba por completo; habría dado la vuelta al mundo por ella y estaba convencido de que acabarían casándose. Sin embargo, a él no le hacía gracia cuando Lucía evadía el tema:
¿Para qué casarnos ahora? Me queda un año de carrera y a ti el negocio familiar aún te va regular. Ni coche decente, ni piso propio. Vale que Olalla es mi mejor amiga, pero no quiero verla todas las mañanas compartiendo cocina. Si no hubieras vendido la casa, podríamos vivir allí.
Estos comentarios molestaban un poco a Álvaro, pero sabía que algo de razón tenía Lucía. Él y su hermana Olalla vivían en el piso que heredaron de sus padres y acababa de tomar las riendas del negocio familiar, algo para lo que ni estaba preparado ni le ilusionaba mucho. Pero no había otra opción, tocaba lidiar con la empresa sin haber ni acabado los estudios. Así, dividía su tiempo entre manejar el negocio y terminar la universidad.
La venta de la casa fue una decisión conjunta con su hermana para saldar deudas acumuladas durante la espera de la herencia. Ambos, estudiantes, necesitaban ese dinero para cerrar cuentas, invertir en el negocio y dejarse un pequeño colchón.
Lucía era más de vivir el momento, de disfrutar bajo la protección de sus padres sin tener que preocuparse mucho por el futuro. Pero cuando uno se convierte de golpe en el pilar de la familia y el apoyo de su hermana menor, empieza a ver la vida de modo diferente: ya habrá tiempo para lujos; lo primero es sacar adelante el negocio, que ya vendrán el buen coche, la casa y el jardín.
Pero el destino le tenía guardada una sorpresa a Álvaro. Había quedado con Lucía para ir al cine, y aunque a ella no le gustaba el transporte público, ese día le había pedido que no la recogiera. Mientras Álvaro la buscaba entre los pasajeros del autobús, Lucía apareció en un coche de alta gama.
Lo siento, pero no podemos seguir juntos. Me caso le soltó mientras le daba un libro en la mano y se subía velozmente al coche.
Álvaro se quedó parado, digiriendo la noticia. ¿Qué habría pasado en los tres días en los que él estuvo fuera de Madrid?
Olalla lo adivinó solo con verle la cara.
¿Ya lo sabes?
Él asintió en silencio.
Ha encontrado uno con dinero. Se casa el veinticinco. Me ha pedido que sea su testigo, pero me negué. ¡Qué falsa! Y eso que te andaba engañando a tus espaldas Olalla lloraba de pura rabia por su hermano.
Tranquila decía Álvaro, acariciándole la cabeza como cuando era pequeña. Que le vaya bien, y a nosotros mejor todavía.
Pasó casi un día entero encerrado en su cuarto. Olalla golpeaba la puerta:
Come algo, al menos. Te he hecho tortitas.
Al atardecer salió con la mirada encendida:
Arréglate, que nos vamos.
¿Pero a dónde?
Me caso con la primera chica que acepte. Da igual quién sea respondió Álvaro.
Ni en broma. No solo juegas con tu vida intentó razonar Olalla. Pero no hubo forma.
Si no vienes, iré yo solo.
Salieron al Parque del Retiro, bastante concurrido aquel día. La primera muchacha, al oír la propuesta, giró un dedo en la sien; la segunda se apartó de él como si estuviese loco. Pero la tercera, tras mirarle a los ojos, aceptó.
¿Cómo te llamas, guapa?
Carmen respondió la elegida.
Vamos a celebrar el compromiso dijo Álvaro llevándoselas a un café cercano.
En la mesa reinó un silencio incómodo. Olalla no sabía ni qué decir. A Álvaro solo le movía la venganza y ya había decidido que su boda también sería el veinticinco.
Supongo que habrá una poderosa razón para que le propongas matrimonio a una desconocida Carmen rompió el hielo. Si es algo impulsivo, no me molestaré en marcharme.
No. Ya has dado tu palabra. Mañana presentamos la solicitud y vamos a conocer a tus padres sentenció él, guiñando el ojo. Pero podemos tutearnos.
El mes previo a la boda lo pasaron viéndose a diario, conociéndose poco a poco.
¿Vas a contarme el motivo de todo esto? preguntó Carmen en una ocasión.
Todos tenemos nuestros secretos respondió Álvaro sin dar detalles.
Lo importante es que no interfieran en la vida diaria.
¿Y tú, por qué aceptaste?
Me imaginé como una princesa de cuento, casada con el primer desconocido que pasara por el camino. Al fin y al cabo, esas historias suelen acabar con un “vivieron felices para siempre”. Quise probar si era cierto.
Pero en realidad, su historia tampoco era sencilla. Carmen venía de un desengaño amoroso y algunas pérdidas, pero había aprendido a distinguir el valor genuino en las personas. Sabía lo que buscaba: un hombre inteligente, capaz y valiente. Y en Álvaro vio decisión y seriedad. Si hubiera ido solo, quizá Carmen ni se habría parado a escucharle.
¿Y tú qué princesa eres? preguntó él divertido ¿Sofía, Leonor o la rana encantada?
Bésame y lo comprobarás dijo ella entre risas.
Eso sí, no hubo besos ni nada más allá de conversaciones.
Álvaro se implicó personalmente en la organización de la boda. Carmen no tenía más que escoger entre las opciones que él ofrecía. Hasta el vestido y el velo los eligió él mismo.
Serás la más guapa le repetía siempre.
En el registro civil de Madrid, justo antes de la ceremonia, coincidieron con Lucía y su prometido. Álvaro esbozó una sonrisa forzada:
Déjame felicitarte le dijo, dándole un beso en la mejilla. Sé feliz con tu cartera andante.
No montes un espectáculo le contestó Lucía, visiblemente incómoda.
Ella evaluó a Carmen: alta, elegante, y con la naturalidad de quien sabe llevarse a sí misma. Lucía sintió un atisbo de celos, sabiendo que había perdido en todos los aspectos. La felicidad no era lo que esperaba; la duda le corroía.
Álvaro volvió junto a Carmen:
Todo bien fingió normalidad.
Aún estamos a tiempo de parar susurró ella.
No. Seguimos adelante hasta el final.
Pero en el instante de mirar a los ojos tristes de su ya esposa, Álvaro se dio cuenta del error cometido.
Te haré feliz le prometió, ahora convencido.
Y así empezaron la vida en común. Olalla y Carmen se hicieron muy amigas: la explosiva Olalla templó su carácter al lado de la serena y pragmática Carmen, que supo organizar el hogar y hasta dirigir, sin apenas notarse, todos los asuntos familiares.
Carmen, con su formación en economía y administración, puso las cuentas en orden, optimizó el negocio y en seis meses inauguraron una segunda tienda. Poco después crearon equipos para reformas, ampliando el comercio al mundo de la construcción y las reformas, multiplicando los beneficios.
Pronto Carmen se reveló como la “Sabia”, capaz de presentar sus ideas de modo que Álvaro creyera que eran suyas. Aparentemente tenían todo para ser felices, pero a él le pesaba no sentir ese vértigo apasionado que tuvo con Lucía. Todo era estable, seguro… pero rutinario.
Con el trabajo de Carmen, el negocio prosperó hasta atreverse a construir su propia casa. Los éxitos avivaron el recuerdo de Lucía: “Si hubieras aguantado, verías el cochazo que tengo y el palacio en el que vivo”. Y empezaron las dudas: “¿Y si…?”
Carmen notaba el desasosiego de su esposo. Se esforzaba por ganar su amor, pero al corazón, y menos al ajeno, no se le puede mandar. “No todos los cuentos acaban bien”, pensaba sin perder la esperanza, fiel a su nombre.
Olalla, que todo lo veía, le advirtió a su hermano:
Vas a perder más de lo que sueñas encontrar le dijo al verle en la página de Lucía en redes sociales.
No te metas donde no te llaman cortó él, enfadado.
¡Menudo necio eres! Carmen te quiere de verdad y tú sigues jugando le espetó su hermana, antes de marcharse indignada.
Desoyendo consejos, Álvaro contactó con Lucía. Ella se lamentaba del fracaso de su matrimonio, de que la habían echado de casa sin nada. Ni acabó la carrera, ni tenía trabajo, y vivía en un pequeño apartamento de alquiler en Valladolid.
Álvaro dudó unos días: “¿Voy o no voy?” Pero las circunstancias se alinearon; Carmen se fue a visitar a su abuela enferma en el pueblo y él, solo, se dejó arrastrar por el recuerdo.
Viajó hasta Valladolid tan rápido como pudo, ciego de ilusión. Sin embargo, la realidad fue dura.
¡Pero qué guapo estás! Lucía se lanzó a su cuello.
Un olor agrio e intenso le hizo apartarse. Su antigua novia, ahora con minifalda, maquillaje barato y colonia de dudoso origen, no era ni la sombra de sí misma. “Si siempre fue así y no lo vi…”, se reprochaba al ver cómo Lucía se emborrachaba de cerveza.
Dame algo de dinero, guapo, y verás cómo te lo agradezco le susurró juguetona.
Álvaro solo pensaba en cómo irse.
Lo siento, tengo prisa dijo levantándose.
¿Nos vemos luego? insistió ella.
No lo creo respondió, pidiendo la cuenta. Deja que se quede el cambio añadió, dejando un billete generoso de cien euros.
Condujo de vuelta a Madrid a toda velocidad.
¡Qué insensato he sido! ¡Olalla tenía razón! se lamentaba. ¿Pero sirvió de algo aquel viaje?
“Jamás he llamado Carmen de esa forma tan cariñosa como ahora. No tengo a nadie más cercano”, pensó, frenando en seco mientras los recuerdos de los años vividos junto a su mujer le invadían.
Recordó el rostro de Carmen, sus ojos grandes y oscuros, la manera en que sonreía al verle, cómo revolvía su pelo con delicadeza. “Le prometí hacerla feliz”, se dijo, arrancando el coche y desviándose por una carretera secundaria para llegar al pueblo.
Una semana es demasiado. No pude vivir sin ti ni dos días le confesó a Carmen, que salió corriendo a recibirle.
Estás como una cabra respondió ella, llorando de emoción y felicidad.
Carmen, mi querida Carmen susurraba Álvaro al oído de su mujer, mareado de alegría.
A veces, perseguir sueños pasados solo nos muestra el verdadero valor de lo que tenemos. La felicidad no está al otro lado de la nostalgia, sino en quienes caminan a nuestro lado cada día.






