Ya tienes los cincuenta, ¿a quién le vas a interesar? solía decirme Julián, mi marido, siempre a medio broma y medio en serio. Pero decidí comprobarlo.
Julián Fernández del Pozo era un hombre de teorías. No solo una; acumulaba unas veinte, todas igual de incuestionables para él. Que el mejor cocido solo puede llevar carne de ternera. Que los gatos son más listos que los perros. Que la televisión hay que verla con el volumen en treinta y cinco, ni más ni menos. Pero su teoría central era: la mujer, después de los cincuenta, deja de interesar a los hombres.
Lo explicaba con múltiples matices, según el día. A veces en tono académico: así lo dicta la naturaleza, Carmen, nada personal. Otras, en plan filósofo de barrio: es la vida, no tiene remedio. Pero lo más frecuente era oírlo sentado en el sofá, con mi vestido nuevo o los labios recién pintados: ya tienes los cincuenta, ¿a quién le importas?
Sin signos de interrogación. Como si fuese un dato irrefutable.
Tenía cincuenta y dos años. Trabajaba de contable en una empresa de reformas, hacía gimnasia algunas mañanas, leía por las noches y los domingos horneaba empanadas que Julián devoraba con ganas, sin asociar nunca las manos tras esos pasteles con la pregunta de quién los valoraba.
Juntos llevábamos veintiséis años. En ese tiempo, Julián engordó, perdió pelo y maceró sus teorías. Yo, no tanto. O al menos, de otra manera. Fue mi amiga Inés la primera en darse cuenta.
Carmen me soltó un día tomando café, mirándome con ese gesto entre pícaro y en serio que anuncia que va a soltar algo importante y un poco loco. ¿Tú te has dado cuenta de que eres guapa?
Ya está la pesada le respondí, como de costumbre.
No, en serio. Y escucha, ¿nos hacemos un perfil en una web de citas? Solo por probar, sin más.
Dejé la taza sobre la mesa.
¿Se te ha ido la cabeza?
Solo sería rellenar el perfil. Escoger una buena foto. Y así ves qué pasa.
No va a pasar nada, Inés le dije. Ya tengo los cincuenta. ¿A quién le hago falta?
Lo pronuncié igual que Julián. La misma voz, la misma frase.
Inés era de acción. No tenía paciencia para convencer. Simplemente, conseguía que negarse resultara incómodo, pero de forma sutil. Esa misma noche vino a casa con su portátil bajo el brazo, una botella de vino y esa sonrisa que decía que ya todo estaba decidido.
A ver, declaró nada más entrar, dejando el vino en la mesa ahora mismo te hacemos un perfil. Será rápido, bonito y sin líos.
¿Pero qué perfil?
En una web de citas. Ya te lo dije.
Y ya te dije que no.
Tú dijiste: ¿a quién le hago falta?, que no es lo mismo.
Nos miramos. En sus ojos estaba la certeza, esperando a que me diera cuenta.
Inés, tengo cincuenta y dos años.
Y llevo treinta conociéndote. Lo sé.
¿Y?
Y nada. Siéntate.
Me senté, más por cansancio que por otra cosa; el día fue largo. Luego la entrega del trimestre y media hora de atasco. Así que me senté solo para descansar las piernas.
Venga, enséñame una foto pidió mientras encendía el portátil.
¿Una buena foto? No sé
Repasé mentalmente. Las más recientes eran del último evento de la oficina. En una, aparezco de lado en un rincón, con copa en mano, mirando a otra parte porque Julián me escribió tres veces esa noche preguntando cuándo volvía.
Tengo una buena del fin de año le dije al final.
Enséñamela.
Se la enseñé. Miró un rato largo.
Está genial dijo, aquí estás muy bien. ¿Por qué siempre vas encorvada cuando en la foto no?
Será porque en la foto nadie me mira respondí, aunque ni yo sabía por qué.
Me miró un instante y abrió el vino.
Nos llevó tiempo rellenar el perfil. Más bien, Inés rellenaba y yo ponía pegas a todo.
¿”Motivo de conocer gente”? Pon “charlar” me ordenó.
No quiero charlar con nadie.
Eso da igual, escríbelo.
“Cuéntanos sobre ti”. ¿Qué pongo, Inés? ¿Contable, sé hacer cocido, convivo con un hombre con teorías absurdas sobre mujeres pasados los cincuenta?
Ponemos: “Activa, interesante, lectora empedernida y con ganas de viajar”.
¡Si es que no viajo nunca!
¿Pero te gustaría?
Lo pensé un segundo.
Sí.
Pues no mentimos.
Escogimos la foto del fin de año: vestido burdeos, pelo recogido, y en la mirada, un brillo especial. Julián ni se enteró de ese vestido; la noche que llegué con él ya dormía.
Listo anunció Inés cerrando el portátil. Perfil terminado.
¿Y ahora?
Ahora, a esperar.
¿A esperar qué?
Ya verás.
Me serví un poco de vino y miré por la ventana: la farola, las ramas desnudas del plátano, un atardecer común. Julián en el salón, viendo las noticias con el volumen exactamente a treinta y cinco, mascullando algo a la pantalla.
Bueno, da igual, pensé, perfil hecho está. No pasará nada.
Me terminé el vino y me puse a fregar.
A la mañana siguiente, ni recordé el perfil. Fui al trabajo, pasé media mañana con el informe trimestral, comí una sopa insulsa del menú del bar del polígono y a las tres me sorprendí contando palomas en la cornisa por la ventana.
El móvil seguía en el bolso.
A las cinco lo saqué, por si Julián había llamado. Nada de Julián. Pero sí una notificación de la web. Un círculo rojo.
Once.
Once mensajes. En un día.
Miré el móvil. Él me devolvió la mirada. Lo guardé en el bolso. Pasados unos minutos, lo volví a sacar.
Once.
“Serán estafadores”, pensé.
Entré a mirar. No había estafadores: once hombres, fotos, nombres y mensajes sinceros; unos escuetos (Hola, muy curioso tu perfil), otros extensos. Uno, Ricardo, cincuenta y cuatro años, escribió tres párrafos sobre libros, lo mucho que le impactó mi mirada en la foto y cuánto disfrutaba viajando.
Lo leí dos veces.
“Viajar, también lo puse”, recordé. Me sentí un poco culpable. Solo un poco.
Por la tarde llamé a Inés.
Once, Inés. Once le solté, sin saludo.
¿¡Ya!? ¡Ves como tenía razón!
Uno me habla de libros.
Respóndele.
Que no, Inés.
Carmen.
¿Qué Carmen? Estoy casada y tengo cincuenta y dos.
Respóndele.
No respondí. Aquella noche fregué los platos pensando en Ricardo y sus párrafos.
“Esto es un disparate”, me dije.
Pero a la mañana siguiente abrí la aplicación. El círculo rojo ya no tenía once.
Veintiocho.
Me senté al borde de la cama. Julián seguía dormido.
Veintiocho hombres en una noche.
Pasé uno a uno, con miedo de romper algo. Arturo, cuarenta y ocho, ingeniero, sale con su gato; Miguel, cincuenta y seis, formal, en traje, escribe: “Eres una mujer guapísima.” Y César, cuarenta y uno, con las montañas al fondo, un mensaje simple: “Hola, cuéntame de ti”.
Once años menos que yo.
Cerré el móvil. Lo abrí de nuevo.
Por la tarde del día siguiente superaba ya los cincuenta.
Cincuenta y tres. No, cincuenta y cuatro, mientras los contaba.
Cené un té en la cocina, repasando mensajes como quien va por pan y encuentra un tesoro. Víctor, cincuenta, empresario, envía un poema; Jaime solo pone: Me gustas, quiero conocerte. Y César, el de las montañas, insiste: ¿O estás ocupada? No pasa nada.
Me quedé un buen rato mirando ese mensaje.
Julián murmuraba algo a la televisión en el salón. Ambos se entendían razonablemente: él y su teoría.
“¿A quién le importas?”, resonaba su frase.
Cincuenta y cuatro hombres. Algunos, más jóvenes. Uno escribió poesía. Otro esperó respuesta y volvió a escribir, amable, sin rencor.
La teoría de Julián crujía. Lento pero inevitable.
Terminé mi té, dejé la taza, y me miré de verdad en el reflejo negro de la ventana: de frente, fijamente.
Una mujer de cincuenta y dos. Erguida. Con una mirada bonita. Y en dos días, cincuenta y cuatro desconocidos le habían escrito.
Madre mía me dije en voz baja a mi reflejo.
Y el reflejo, creo, estuvo de acuerdo.
El teléfono seguía en la mesilla de noche.
Julián buscaba sus gafas. Cogió el móvil; justo en ese momento, otro aviso hacía brillar la pantalla. Julián lo levantó con la indiferencia de quien nunca espera nada especial. Miró, frunció el ceño.
Volvió a mirar.
En la pantalla se leía: César: ¡Buenos días! Pensando en ti…
Julián Fernández se sentó en la cama, despacio, como quien recibe una noticia importante que aún no sabe si es buena o mala.
Carmen me llamó.
Yo estaba en la cocina, preparando café. Lo oí pero no me di prisa.
¡Carmen!
Voy.
Entré con calma, taza en mano. Julián sostenía el teléfono como si tuviera dentro algo vivo que no sabía si soltar.
¿Esto qué es? preguntó.
Miré la pantalla. Luego a Julián. Bebí un sorbo de café.
Una notificación le dije.
Que ya, que veo que es una notificación. ¿Pero quién es este César?
De una web de citas.
Silencio. De los buenos.
¿Cómo que de una web de citas? ¡¿Te has registrado ahí?!
Sí.
¿Para qué?
Dejé la taza en la mesilla. Lo observé sin enfado, casi con curiosidad, como quien resuelve un sudoku.
Para comprobar tu teoría contesté.
¿Qué teoría?
La de las mujeres de más de cincuenta. ¿Recuerdas? “¿A quién le importas?”
Julián abrió la boca. La cerró. Volvió a mirar el móvil, donde ya había otras tres notificaciones, justo mientras discutía.
¿Y cuántos? no terminó.
Cincuenta y cuatro, le aclaré. En dos días.
Cincuenta y cuatro repitió, como si la cifra le quedara grande.
Y algunos hasta más jóvenes añadí, cogiendo la taza y marchándome a la cocina.
Julián Fernández del Pozo quedó en medio del dormitorio, teléfono en mano. Fuera, la mañana era normal: la farola apagada, el plátano desnudo, los gorriones alborotando el alero. Todo igual que siempre. Solo que hoy, la teoría ya no servía.
En absoluto.







