Mi padre siempre lavaba él mismo sus calcetines. Los consideraba algo tan suyo como su propio bigote y habría sido un bochorno para mi madre que le tocase esa misión. Se aseguraba de que los calcetines y la ropa interior estuviesen tan pulcros como su coche, aunque fuera viejo.
Pero en mi casa todo era harina de otro costal: mi marido, Juan Martín, no tenía la más mínima intención de lavar sus calcetines. Opinaba que no tenía sentido frotar a mano y que cualquiera podía echarlos en la lavadora y luego tenderlos en el tendedero, con ese desparpajo tan español.
Así llevábamos la vida, como quien va dejando los zapatos por el pasillo. Hasta que, un día, se agotó el milagroso suministro de calcetines limpios de Juan Martín. Y, por supuesto, ¡el drama cayó sobre mí!
Ya ni me molesto en zurcir calcetines, porque es más fácil comprar un par nuevo en El Corte Inglés. Si veo calcetines con agujeros del tamaño de la Puerta de Alcalá, los mando directos a la basura, como quien tira restos de paella. Parece que en el cajón cada vez hay menos calcetines sanos.
Si los calcetines terminaran en el cesto de la ropa, los lavaría. ¡No voy a pasearme por toda la casa como si fuera Carmen Sandiego buscando prendas! ¡Lo sucio va al cesto, como mandan los cánones! le respondí ante sus quejas.
Es tu trabajo asegurarte de que tenga la ropa limpia y planchada insistió Juan Martín, más chulo que un ocho.
Así que resulta que los calcetines de Juan Martín son asunto exclusivamente mío. Nadie antes me había explicado que la asignación de tareas domésticas funcionaba por revelaciones del Espíritu Santo. Cosas de familias españolas, oye.






