No hay alegría sin lucha

No hay alegría sin lucha

¿Cómo has podido meterte en este lío, muchacha ingenua? ¿Quién te va a querer ahora, embarazada? ¿Y cómo piensas sacar adelante a tu hijo? No cuentes con mi ayuda. Bastante hice al criarte yo, ¿ahora también tu criatura? No te quiero aquí. Prepara tus cosas y lárgate de mi casa dictó tía Marina, su voz cortante como un cuchillo de cocina recién afilado.

Elena bajó la mirada, el silencio echándose a sus pies como si fuera plomo. La última esperanza de que su tía Marina le dejara quedarse, al menos hasta encontrar un empleo, desapareció entre las cuatro paredes donde tantas veces de niña buscó refugio.

Si mamá viviera

A su padre, Elena nunca lo conoció. Su madre murió atropellada en un paso de cebra por un conductor borracho quince años atrás. A punto estuvo de acabar en un centro de menores, pero entonces apareció una pariente lejana prima segunda de su madre que consiguió la tutela sin trabas: Marina tenía trabajo fijo y una casita en las afueras de un pequeño pueblo de Castilla-La Mancha, donde el verano es abrasador y los inviernos saben a lluvia insistente y fría.

Allí Elena nunca pasó hambre. Siempre llevaba ropa limpia, aprendió a trabajar el campo, a cuidar gallinas, a fregar el suelo hasta que brillara. La ternura maternal era escasa, cierto. Pero, ¿acaso eso le importaba a alguien?

Elena estudió bien y después del instituto entró en la Escuela de Magisterio. Los años de estudiante pasaron volando, y cuando acabó, regresó a ese pueblo al que ya llamaba hogar. Pero la vuelta, tan esperada, se tornó en pesadilla.

Cuando terminó de descargar su rabia, tía Marina apenas podía mirarla a la cara.

Se acabó. Te me vas ahora mismo. No quiero verte más aquí.

Tía Marina, ¿puedo al menos…?

¡He dicho que no!

Sin pronunciar palabra, Elena cogió la maleta y salió. ¿Así iba a ser su regreso? Humillación, rechazo, y encima embarazada, aunque apenas se notaba todavía y ya no pretendía esconderlo.

Debía buscar dónde vivir. Caminó por el pueblo, perdida en un mar de pensamientos.

Era un verano de sol castellano. En los huertos, los manzanos y perales ofrecían su fruto, los albaricoqueros brillaban como monedas de oro, y entre las parras, los racimos de uvas negras pesaban como los problemas. El aire olía a mermelada, pan recién hecho y brasas de chuletas asándose. El calor aplastaba, y Elena buscó agua. Frente a una portilla, llamó a una mujer que cocinaba en el porche.

¿Me puede dar un poco de agua? la voz, un susurro deshidratado.

Pilar, una mujer recia de unos cincuenta años, se volvió.

Pasa, hija. Ven si vienes con buen corazón.

Sirvió agua bien fresca en una jarra y Elena se sentó, agotada.

¿Te puedo acompañar un rato? Hace un calor…

Claro, mujer. ¿De dónde vienes? La maleta pesa, ¿eh?

Acabo de terminar Magisterio. Pensaba trabajar de maestra, pero no tengo dónde quedarme. ¿Sabe usted si alguien alquila una habitación?

Pilar la examinó de arriba abajo. Estaba bien arreglada, pero los ojos, cansados y tristes, la delataban.

Si quieres, puedes quedarte aquí. Me vendría bien algo de vida en la casa. No tienes que pagar mucho, sólo cuida bien de mis cosas. Si aceptas, te enseño la habitación.

A Pilar la tranquilizaba la compañía, y algún dinero extra nunca estaba de más en aquel rincón de Castilla. Su hijo vivía lejos y apenas la visitaba; en invierno se le hacía eterna la soledad.

Elena, aún sin creérselo, fue tras la dueña. La habitación era modesta pero acogedora: una ventana al huerto, mesa, dos sillas, una cama y un armario antiguo. Perfecta. Enseguida fijaron el precio no más de ciento veinte euros al mes y, tras cambiarse la ropa, Elena fue directa al Ayuntamiento a preguntar por trabajo.

Los días comenzaron a pasar entre la escuela y la casa. Elena apenas tenía tiempo de mirar el calendario, y poco a poco Pilar y ella se hicieron amigas. Pilar la cuidaba y, a cambio, Elena la ayudaba con la limpieza y la compra. Al caer la tarde, se sentaban en la terraza a tomar té con pastas. En el sur, el otoño se resiste, y en sus noches dulces la conversación fluía.

El embarazo fue tranquilo. Ni náuseas, ni manchas en la piel, sólo la barriga redondeándose. Un día se atrevió a contarle a Pilar su historia, tan común como amarga.

En segundo de carrera, Elena se enamoró de Jesús, hijo único de una familia de catedráticos. Él tenía la vida hecha: estudios, máster, carrera brillante en Madrid. Guapo, atento, admirado por todas, eligió a Elena, tal vez atraído por esa tímida sonrisa y los ojos marrones llenos de coraje. Quizá porque, como él, sabía cargar con el peso de la vida. Quién sabe. Pero pasaron los años y Elena sólo podía imaginar su futuro junto a Jesús.

El recuerdo de aquel día la perseguía. Despertó con nauseas, el olor de la comida la sublevaba, y la regla ¿Llevaba cuánto de retraso? Compró una prueba, volvió al piso, bebió agua y aguardó. Dos rayas. No podía creerlo. Dos. ¿Y ahora qué? Faltaba poco para los exámenes. Jesús nunca había hablado de tener hijos aún.

Pero al tocarse el vientre, sintió ternura.

Mi pequeño susurró, con una caricia temblorosa.

Aquella noche, Jesús la llevó a casa de sus padres. Esa reunión, aún recordada con lágrimas. Sin rodeos, le dijeron que lo mejor era abortar. Que después su hijo haría vida en Madrid, solo. Elena no encajaba con sus planes y no era lo mejor para su futuro.

Lo que Jesús respondió, sólo él lo sabe. Al día siguiente, entró en silencio a su cuarto, dejó un sobre con dinero sobre la mesa y se marchó.

Abortar nunca fue una opción. Ya quería a su pequeño, era suyo, sólo suyo. Eso sí: aceptó el dinero, no era tonta y lo necesitaría.

Al escucharla, Pilar no tardó en consolarla:

Hija, cosas peores pasan. Has sido valiente. Un hijo es una bendición y la vida sabrá darte su recompensa.

Elena, sin embargo, no quería ni pensar en reconciliarse con Jesús. Jamás perdonaría aquel desprecio.

El tiempo transcurrió. La barriga creció y Elena, ya incapaz de trabajar, se volcó en los críos del vecindario y en imaginar el futuro. Nunca supo si era niño o niña, daba igual mientras viniera sano.

Un día de marzo, sábado santo y lluvioso, Elena sintió las primeras contracciones. Pilar la llevó en coche al hospital de la capital provincial. El parto fue bueno y nació un niño robusto.

Te llamarás Andrés susurró, besándole la mejilla rosada.

Allí trabó amistad con varias puérperas. Una le contó que, dos días atrás, la esposa de un guardia civil tuvo una niña en ese hospital. Vivían juntos, sin casarse, pero tras el parto ella desapareció tras dejar una nota: No estoy lista para esto.

¿Y la niña?

La alimentan con biberón, pero la matrona dice que si alguien pudiera darle pecho iría mejor. Pero todas aquí tienen bastante con los suyos.

A la siguiente toma, la enfermera preguntó:

¿Alguien podría alimentar a la niña? Está muy débil.

Yo la cuido, pobre criatura dijo Elena suavemente, dejando a Andrés dormido y tomando a la recién nacida en brazos.

Tan pequeñita, tan rubia La llamaré Lucía.

Al lado de Andrés, Lucía era poco más que un pajarito.

Al darle pecho, la niña se aferró y enseguida se quedó dormida.

Eso es, necesitaba calor dijo la enfermera, sonriendo.

Desde ese día, Elena alimentó a ambos.

Poco después, la enfermera le avisó: el padre de Lucía quería dar las gracias. Así conoció a Don Ernesto Ruiz, un capitán de la Guardia Civil: bajo, miraba con firmeza y unos ojos azules que conmovían.

Lo que sucedió después se contó por todo el hospital, y después por el pueblo entero; ninguno lo olvidaría.

En el día del alta, médicos, enfermeras y limpiadoras se reunieron en la entrada. Junto a la puerta esperaba un todoterreno adornado con globos azules y rosas. El capitán Ernesto ayudó a Elena a subir, le entregó un fardo azul y luego otro rosa.

Entre aplausos y bocinazos, el coche se perdió en la carretera, rumbo al corazón de Castilla.

Así es la vida: nunca se sabe a dónde nos llevan los propios actos. Elena miraba por la ventanilla, abrazando a ambos bebés, mientras Pilar sonreía junto a ella. Dentro, la fragancia de las flores recién cortadas se mezclaba al olor a talco y a leche. El capitán Ernesto, que unas horas antes le había pedido la mano arrodillado junto a su cama, la miraba en el retrovisor; la diminuta Lucía dormía, aferrada al meñique de Elena.

En la casa que los esperaba no sólo encontrarían un hogar: les aguardaban amor, meriendas de pan con mermelada, el viejo armario que ahora se llenaría de juguetes, y una vida nueva, imprevisible, pero al fin y al cabo suya.

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